Se ahoga el corazón

Me gusta el café de media tarde, tranquilo y en silencio, los que me seguís en Instagram o seguís la página del blog en Facebook, habréis podido ver una foto que he subido hoy, de un regalo muy especial con el cual, a partir de hoy, mis cafés van a saber mucho mejor.

Me gusta el café de media tarde, mientras oigo a niños jugar al otro lado de la ventana, con la energía inagotable y las ganas de jugar y correr toda la tarde.

Hoy vengo con un nuevo relato, sobre un tema que me produce miedo y un total y absoluto rechazo. Porque hoy, todavía en muchos países, se castiga a aquellos que sólo quieren transmitir la información a la que tenemos derecho. Hoy, te lo quería contar.

Leed despacito, como siempre…

SE AHOGA EL CORAZÓN.

Se me ahogaba el corazón y me dolía el alma. Me dolía como sólo es capaz de doler la soledad que sabes que no tiene solución, como duele el amor cuando te mata, duele mucho más que la primera vez que pruebas con tus labios el sabor de la decepción, duele mucho más que una primera caída en bicicleta, o la pérdida de ese juguete que ha sido tu favorito desde donde te llega la memoria, cuando aún ni si quiera sabes cómo es el dolor de verdad…

Se me ahogaba el corazón y me dolía el alma por haber fallado, por haberme fallado a mí mismo y por no haber sabido afrontar con fortaleza una de esas duras pruebas que pone la vida, para simplemente eso, hacerte más fuerte y hacerte aprender. Lo que la vida a veces no se da cuenta es que hay pruebas que sobrepasan la razón, y tu mente queda tan destrozada que no es capaz de obligar a fingir una sonrisa apagada.
Se me ahogaba el corazón y me dolía tanto el alma que mi vida se estaba quedando sin fuerzas…

Desde joven había alzado la bandera de la revolución, en mis actos y pensamientos siempre había estado como prioridad la opción de luchar contra las injusticias, a favor de los menos favorecidos e intentar con un lema de energía positiva pegado a la piel, hacer frente a todos los baches que la vida ponía en mi camino y en el camino de los que estaban a mi alrededor.

Demasiado joven aguanté demasiadas injusticias. Injusticias vitales, que la vida, a la que durante mucho tiempo me pregunté qué era aquello que yo le debía, se empeñaba en castigarme y machacarme en una constante caída que parecía no tener fin. Mi madre me abandonó cuando sólo tenía cuatro años. Mi padre, que nunca tuve la menor duda de que era un buen hombre y me quería, no sabía organizarse bien para demostrarme que así era, no tenía tiempo para una mirada, un abrazo o una sonrisa sincera. Le molestaba que inventase historias, que escribiese hasta altas horas de la madrugada, que leyese libros en vez de intentar tener un oficio de provecho con el que poder trabajar y ganarme la vida. Con mis escritos, siempre decía, no iba a ir a ningún lado. Nos acostumbramos a convivir el uno con el otro. Tuve que aprender, demasiado pronto, a valerme por mí mismo, pero me di cuenta lo mucho que le necesitaba cuando una tarde de julio, cuando yo cumplía veinte años, lo encontré tendido sobre su cama, con una botella de alcohol y un bote de pastillas vació, entregado a un sueño eterno que no fuese capaz de devolverle nunca más a la realidad de sus días. En su puño cerrado encontré una vieja fotografía en la que él observaba a mi madre mientras ella sonreía y yo estaba en sus brazos, con apenas unos meses de vida.
Mi padre se fue sin despedirse de mí y nunca supe cómo debía afrontar aquello. Lloré de rabia durante mucho tiempo, con la culpa dentro de mí cuerpo de que en todos aquellos años no hubiese habido ni un solo motivo por el que se sintiese orgulloso de mí. No sé si fue su culpa, o fue mía.
Por entonces, yo ya estudiaba periodismo y había entregado mi vida, por completo, a las noticias y a la información, quería ser la voz de muchos que no podían levantarla, quería que el mundo cambiase y quería ser yo quien lo consiguiese. Es un pensamiento absurdo que todo ser humano tiene, al menos, una vez en la vida. El problema es que a mí me duró mucho tiempo.
Con un expediente ejemplar y una entrega absoluta a mi vocación y profesión, no tardé mucho tiempo, después de varios meses de prácticas, en encontrar un buen puesto de trabajo en uno de los periódicos más importantes de la ciudad.

Cuando conocí a Alejandra sólo era un joven aprendiz. Ella tenía diecisiete años, la luz en la mirada, la picardía en la sonrisa y la vida en la voz, en el andar y en sus gestos que me hicieron creer que era un ángel bajado del mismo cielo pero con la sensualidad y la cara propia de una actriz de cine, de las de hacía años, de las que deslumbraban con su belleza y misterio. Alejandra era la hija del director del periódico, su única hija.
Habían días en los que visitaba a su padre y con la curiosidad que la caracterizaba se detenía a observar la redacción, los ordenadores y las manos de quienes escribían noticias, atendían el teléfono, sonreían ante un triunfo o se desesperaban ante el fracaso. Otras veces, pasaba corriendo al despacho y volvía a desaparecer en cuestión de minutos, corriendo de arriba abajo, con la inquietud de quien tiene diecisiete años y siente, como yo sentí una vez, que quiere comerse y solucionar el mundo.

Habían pasado siete meses desde que la había visto por primera vez hasta que tuve oportunidad de hablar con ella. Su señor padre, al que con el tiempo aprendí a cogerle cariño, había organizado una cena de Navidad para los empleados en su casa. Alejandra me observaba de reojo mientras sonreía, hasta que se acercó mientras yo me servía una copa para decirme directamente que tenía cara de tener pocos amigos. No se equivocaba. Asentí y a ella le salió una pequeña carcajada. Le sonreí y nos aguantamos durante varios segundos la mirada.

Cuatro años después, nos casábamos en una ceremonia elegante, celebrada por todo lo alto, muy a mi pesar y muy al gusto de mi suegro. Alejandra se licenció en Periodismo y empezó a ser, además de mi esposa, mi compañera de trabajo.

Nuestro amor siempre fue tranquilo y bueno, de los sanos y puros, de los que no gritan ni faltan el respeto, de los que sonríen en silencio cuando hay que callar y los que ríen a carcajadas cuando es el momento. Nuestro amor era un amor de complicidad, amistad, pasión, sexo y promesas eternas, un amor de amigos, amantes y dueños de sueños. Era el hombre más afortunado del mundo.

Nuestra hija Gabriela cumplió siete años hace sólo unos meses y nosotros, cada vez que la miramos, con esa delicadeza que transmite su mirada, esa calidez que regala su sonrisa y esa paz que desprende su alma, nos sentimos los seres más afortunados del planeta por haber sido capaces de crear algo tan hermoso y por seguir queriéndonos cada día como si todavía fuese el primero.

Alejandra, desde hacía mucho tiempo, estaba inmersa en una investigación sobre narcotráfico y prostitución que le estaba robando más horas y energía de la que debía. Cada vez que avanzaba y profundizaba más en el caso, cada vez que descubría algo nuevo, sentía más necesidad de llegar hasta el final, de luchar contra todo aquello que se estaba permitiendo en un mundo en el que ella vivía y en el que estaba dispuesta a dejarse el cuerpo y el alma si era necesario para intentar cambiarlo.
El reportaje final permitió destapar una de las mafias más importantes que se habían detenido en Europa en los últimos años, una mafia dónde gente con mucho peso y renombre había invertido dinero, sudor y maldad. Empresarios, jueces y abogados en una trama de prostitución, drogas y pederastia que consiguió que la policía detuviese a mucha gente y que mi inquieta y justiciera esposa se ganase el respeto de toda una profesión y todo un pueblo que ahora la admiraba y aplaudía… Me sentía muy orgulloso de ella, como compañero de vida y de trabajo. Había estado brillante. La admiraba, seguramente mucho más de lo que ella creía.

Hace dos semanas, salió a cenar con unas amigas, quería celebrar el triunfo y estaba feliz y pletórica. Gabriela y yo nos decantamos por un vestido verde con la espalda escotada y unos buenos tacones entre todas las opciones que nos propuso. Era preciosa. La besé y le dije que se divirtiera, su perfume se me quedó impregnado en la piel al abrazarla antes de que saliese…
No sabía que sería la última vez que lo haría.

A mi esposa la asesinaron en plena calle. Todavía la imagino, riendo, con su caminar y su energía, saliendo de aquel restaurante donde las balas y la vida la pillaron por sorpresa. Cinco tiros acabaron con su risa, con su sonrisa y su energía, acabaron con nuestra vida, le robaron parte de la suya a mi hija.
Mi esposa fue asesinada por transmitir información, por querer luchar contra las injusticias, por contar la verdad, por ser la voz de la noticia… Mi esposa fue asesinada porque todavía hoy vivimos en una sociedad donde el periodismo puede acabar siendo un trabajo de alto riesgo, porque todavía hay demasiados seres humanos que se creen dioses superpoderosos capaces de controlar el mundo, creen tener el poder del dónde, cuándo y cómo.

Mientras espero que se haga justicia y se encuentre a los culpables, he sentido como a poco he ido perdiendo la razón, la fuerza, las energías y la vida, y en el más puro egoísmo, he intentado llevar a cabo el que siempre fue el castigo de mis días. Intenté suicidarme loco de desesperación, sin pensar lo que dejaba. Roto de rabia y egocentrismo, alguien me encontró antes de que fuese demasiado tarde, antes de que pudiese dejar a mi pequeña Gabriela sola en este mundo…

Se me ahoga el corazón y me duele el alma. Me duele como sólo es capaz de doler la soledad que sabes que no tiene solución, como duele el amor cuando te mata, duele mucho más que la mentira en el momento que confías a ciegas, duele mucho más que la primera vez que pruebas con tus labios el sabor de la decepción, duele mucho más que una primera caída en bicicleta, o la pérdida de ese juguete que ha sido tu favorito desde donde te llega la memoria, cuando aún ni si quiera sabes cómo es el dolor…

Se me ahoga el corazón y me duele tanto el alma que la vida se me está quedando sin fuerzas.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

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És de tots. No es tanca.

Me duele escribir este post en castellano. Y no me duele porque no me guste el castellano, porque el castellano me gusta, es en castellano como hablo cada día, pero es verdad que en mi vida cotidiana echo mucho de menos hablar en valenciano, mi lengua materna. Me duele no escribir esto en valenciano, porque ahora más que nunca tengo que defender y gritar por la lengua con la que he crecido, con la que me he educado y la lengua en la que he estudiado hasta que llegué a la universidad. Muchas veces, cuando ando por Madrid y oigo a alguien hablar valenciano, me giro y le sonrío, y si, además, encuentro ocasión de intervenir les digo que jo també soc valenciana. Si es cierto que jamás me voy a olvidar de hablar en valenciano, viva en Madrid o en la China, es imposible que eso suceda, pero también es cierto que el dejarlo en el día a día me produce ciertas dudas a la hora de escribir y yo misma me sorprendo. Por eso sé que es muy importante que no deje de fomentarse nunca.

Hoy te quería contar que es cierto que siempre he sido una gran defensora de mi lengua, y siempre me he sentido muy orgullosa de mis orígenes. Aún recuerdo una vez, en el instituto, cuando estábamos en clase de música y una compañera me dijo: “Ay hija! Yo no sé que empeño tienes en defender tanto el valenciano“, la miré incrédula y le dije: ¿Si no lo hacemos nosotros, quién lo va a hacer?. Pero por suerte hay mucha gente inteligente que más allá de tierras valencianas lo hace. Gente que ama la diversidad lingúistica y cultural y sabe, sin tener que explicarselo, lo importantes que son.

Si te digo la verdad, mi sensibilidad no me dejaba ver Canal 9, la televisión valenciana. No dejé de verla porque dudase de sus profesionales, porque jamás he dudado de ellos, de todas esas personas que habían pasado por una facultad para ayudar en la libertad de expresión, y alimentar nuestro derecho a la información, y que lo hacen, además, en valenciano. De ellos no he dudado jamás. El problema es que Canal 9 pasó a ser una televisión corrupta, sucia, manipulada y manchada de azul por un gobierno que nos está quitando hasta la identidad. Dejé de verla hace años, por culpa de esos políticos que no entendieron que es una televisión pública, de todos y para todos. Lo único que me mantuvo atenta a la pantalla cuando visitaba a mis padres los fines de semana era l’Alqueria Blanca, una serie maravillosa de la que mi madre está enamorada y que ahora también se ve obligada a llegar a su fin. Porque todo ha llegado a su fin, pese a la desaprobación del pueblo y de los ciudadanos a quienes esa televisión les pertenece.

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Hace una semana, el presidente de la Generalitat Valenciana, Alberto Fabra, anunciaba el cierre de RTVV (Radio Televisió Valenciana) por no poder financiar este ente público de radio y televisión con 24 años de vida. Este señor (me dan escalofríos sólo de escribir la palabra señor para hablar de tal persona), ha decidido que tras la anulación del ERE y tener que volver a admitir a más de mil trabajadores, es mejor cerrarlo.

Más allá de los dos mil despidos que esto supone, dos mil personas en el paro, dos mil profesionales sin trabajo, dos mil familias destrozadas, el cierre de RTVV es el fin de los únicos medios de comunicación que fomentaban mi lengua, como a ellos les daba la gana, sí, pero los únicos medios de comunicación dónde el valenciano todavía tenía voz. Y esa voz la han apagado. Lo han decidido y me río junto a mi impotencia, porque RTVV no es del PP, ni nunca lo ha sido.

Cuando esta noticia salió, recibí varios mensajes pidiéndome que escribiese sobre ello, y sentí una responsabilidad enorme. Yo sólo puedo escribir desde la rabia y la frustración de una ciudadana más, a la que le están robando parte de su cultura, la que ve cómo están tapándole la boca a su lengua y cómo el periodismo, una vez más, pasa a ser un “negocio” y no una necesidad. En mi Facebook personal, compartí un artículo de un ex trabajador de Canal 9, que relataba una serie de datos que merecen ser destacados: “Recuerdo cuando nos exigían grabar a Eduardo Zaplana desde su perfil bueno…”, “Cuando Camps impuso su ley en Canal 9. Cuando nos dieron la orden de dejar de llamarle Francesc para llamarle Francisco..”, “Cuando me prohibieron decir que Zapatero había anunciado el cheque-bebé, como si de este modo los valencianos no fuesen a enterarse de la noticia…”, “Tampoco pude decir que miles de manifestantes gritaban contra el gobierno. Los manifestantes no ‘colapsaban’el Paseo del Prado, la manifestación ‘transcurría por’. Y no poníamos pancartas explícitas contra Rajoy, ni contra el PP…”. A mí se me pusieron los pelos de punta al leerlo. Y mientras lo publicaba, hablaba de las ganas que tenía de escribir sobre el tema, a lo que mi amigo Vicent, periodista y especializado en Comunicación Política, me contestó unas palabras que supe al instante que necesitaría citarlas (aunque él me escribió en valenciano, claro): “Sí, Lorena, escribe sobre cómo intentan robarnos todo. Canal 9 era una televisión enferma, pero ellos que son tan católicos le han provocado la muerte, porque la cura era demasiado cara. Pero tienen dinero para comprar el Valencia CF, o para pagar a los bancos 3400 millones de euros en concepto de intereses por la deuda de la Generalitat, uno de los más altos del Estado Español. Ellos han dicho que si no cierran RTVV deberán cerrar un hospital, o un colegio, o ambas… Eso es demagogia. tenemos memoria y todos recordamos a Camps paseandose con su Ferrari por Valencia… De aquel polvo, este barro. Merecemos algo mejor y merecemos que la gente sepa que los valencianos no somos imbeciles, ni inutiles, ni fascistas, ni gandiashores… Por favor, nos lo merecemos”.

Esa es una realidad, y esta es la realidad que soportamos. Y una vez más, cada vez que hablo de descontento social, lo hago para que los que estáis lejos sepáis y entendáis cómo estamos. Por suerte, aquí somos muchos los que lo sabemos, pero no nos hacen caso. Vivimos en un país de corrupción y mentiras, de manipulación y sonrisas envenenadas, retrocedemos en el tiempo, nos recortan en todos los sectores, pero siguen diciendo que estamos mejorando. No sé si es que creen que somos tontos, o de verdad creen que son dueños de algo que no les pertenece, ni les pertenecerá jamás. Nuestra dignidad, nuestros valores, nuestras vidas. Con el cierre de RTVV se comete un atentado contra el derecho de expresión, contra el derecho de información, y se asesina a sangre fría una lengua, que a ellos poco les importa, pero a nosotros nos pertenece, personal e historicamente. Asesinan el deporte de nuestra tierra, como la Pilota Valenciana… Y nos asesinan nuestra cultura. Pero no estamos dispuestos.

Desde que salió la noticia, las RRSS se hacían eco de la opinión de los ciudadanos. En Twitter se están utilizando hashtags como #RTVVesdetots o #RTVVnoestanca. Este fin de semana, además, Valencia, Castellón y Alicante acogían unas multitudinarias manifestaciones contra la decisión de Frabra. Políticos de otros partidos, actores, periodistas, cantantes y miles de personas se unían con un sólo objetivo, defender lo que nos pertenece, y pedir la dimisión de esos ladrones, vestidos de corbata, que sonríen mientras matan.

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Mientras escribo estas palabras, me inunda la pena y la rabia. Radió Televisió Valenciana és de tots. Radió Televisió Valenciana no es tanca.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

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Escriure aquest post en castellà, com comentava abans, em feia mal. Per això, he decidit escriure’l també en valencià. No perque el castellà no m’agrade, que m’agrada i és en castellà com parle cada dia, però és veritat que a la meva vida cotidiana trobe molt a faltar el valencià, la meva llengua materna. Vuic escriure en valencià perquè ara més que mai tinc que defendre i cridar per la llengua amb la qual he crescut, amb la qual m’he educat i la llengua amb la qual he estudiat fins que vaig arribar a la universitat. Moltes vegades, quan camine per Madrid i escolte algú parlar en valencià, em gire i li dedique un somriure, i si a més trobe l’ ocasió d’intervindre, li dic que jo també sóc valenciana. És veritat que mai m’oblidaré de parlar en valencià, visca a Madrid o a la China, és impossible que això passe, però també és veritat que el deixar-lo en el dia a dia em provoca certs dubtes a l’hora d’escriure’l i jo mateixa em quede sorpresa. Per això se que és molt important que no deixe de fomentar-se mai.

Avui et volia contar que és cert que sempre he sigut una gran defensora de la meva llengua, i sempre m’he sentit molt orgullosa dels meus orígens. Encara recorde una vegada, a l’institut, quan estavem a una classe de música i una companya em va dir: “Ay filla! Jo no se quin afany tens en defendre tant el valencià!”, la vaig mirar incrèdula i li vaig dir: “Si no ho fem nosaltres, qui ho té que fer?”. Però per sort hi ha molta gent intel·ligent que més enllà de terres valencianes ho fa. Gent que estima la diversitat lingüistica i cultural i sap, sense tindre-li-ho que explicar, la importància que té.

Si et dic la veritat, la meva sensibilitat no em deixava veure Canal 9, la televisió valenciana. No vaig deixar de veure-la perque tinguera dubtes sobre els seus profesionals, perquè mai he dubtat d’ells, de totes eixes persones que han passat per una facultat per a ajudar en la llibertat d’expressió i alimentar el nostre dret a la informació, i que ho fan, a més, en valencià. D’ ells no he dubtat mai. El problema es que Canal 9 va passar a ser una televisió corrupta, bruta, manipulada i pintada de blau per un gobern que està robant-nos fins la identitat. Vaig deixar de veure-la fa anys, per culpa de tots aquests polítics que no van entendre que és una televisió pública, de tots i per a tots. L’única cosa que em va mantindre atenta a la pantalla quan visitava als meus pares el cap de setmana era l’Alqueria Blanca, una serie meravellosa de la qual ma mare està enamorada i que ara també es veu obligada a arribar a la seva fi. Perquè tot ha arribat a la seva fi, a sobre del descontent del poble i els ciutadans als quals aquesta televisió els pertany.

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Fa una setmana, el president de la Generalitat Valenciana, Alberto Fabra, anunciava el tancament de RTVV (RàdioTelevisió Valenciana) per no poder finançar aquest ens públic de ràdio i televisió amb 24 anys de vida. Aquest senyor (m’entren calfreds només d’escriure la paraula senyor per a parlar d’aquesta persona), ha decidit que després de l’anul·lació del ERE i tindre que tornar a admitir a més de mil treballadors, és millor tancar-lo.

Més enllà dels dos mil acomiadaments que això suposa, dos mil persones més aturades, dos mil professionals sense feina, dos mil families destrossades, el tancament de RTVV és el final dels únics mitjans de comunicació que fomentaven la meva llengua, com a ells els donava la gana, sí, però els únics mitjans de comunicació on el valencià tenia veu. I aquesta veu ha sigut apagada. Ho han decidit ells i em ric amb impotència, perquè RTVV no és del PP i mai ho ha estat.

Quan aquesta noticia es va fer pública, vaig rebre diferents missatges de gent que em demanava que escrivís sobre açò, i vaig sentir una responsabilitat enorme. Jo només puc escriure des de la rabia i la frustració d’una ciutadana més a la que li estàn robant part de la seva cultura, que veu com estàn tapant-li  la boca a la seva llengua i com el periodisme, una vegada més, passa a ser un “negoci” i no una necessitat. Al mur del meu Facebook personal, vaig compartir un article d’un ex-treballador de Canal 9, que relatava una sèrie de dades que mereixen ser destacades: ““Recuerdo cuando nos exigían grabar a Eduardo Zaplana desde su perfil bueno…”, “Cuando Camps impuso su ley en Canal 9. Cuando nos dieron la orden de dejar de llamarle Francesc para llamarle Francisco..”, “Cuando me prohibieron decir que Zapatero había anunciado el cheque-bebé, como si de este modo los valencianos no fuesen a enterarse de la noticia…”, “Tampoco pude decir que miles de manifestantes gritaban contra el gobierno. Los manifestantes no ‘colapsaban’el Paseo del Prado, la manifestación ‘transcurría por’. Y no poníamos pancartas explícitas contra Rajoy, ni contra el PP…”. A mi s’em van posar els pèls de punta al llegir-ho. Mentre ho publicava, parlava de les ganes que tenia d’esciure sobre aquest tema, i el meu amic Vicent, periodista i especialitzat en Comunicació Política, em va contestar unes paraules que a l’instant vaig saber que necessitaria citar-les: “Sí, Lorena… Escriu sobre com intenten furar-nos-ho tot. Canal 9 era una televisió malalta, però ells que són tan catòlics li han provocat la mort perquè la cura era massa cara. Però tenen diners per comprar el Valencia CF o per pagar als bancs 3400 milions d’euros en concepte d’interessos pel deute de la Generalitat. Un dels més alts de l’Estat espanyol. Ells han dit que si no tanca RTVV hauran de tancar un hospital, o una escola, o ambdues coses… Això és demagògia… Tenim memòria i tots recordem a Camps passejant-se en Ferrari per València… D’aquelles pols, estos fangs. Meresquem alguna cosa millor i meresquem que la gent sàpiga que els valencians no som imbècils, ni inútils, ni fascistes, ni gandiashorers… Per favor, ho meresquem!”

Aquesta és una realitat, i aquesta és la realitat que suportem. Una vegada més, i cada vegada que parle de descontent social, ho faig per als que esteu lluny sapigueu i entengueu com estem. Per sort, aqui som molts els que ho sabem, però no ens fan cas. Vivim a un país de corrupció i mentides, de manipulació i somriures enverinats, retrocedim en el temps, ens retallen en tots els sectors, però continuen diguent que estem millorant. No se si creuen que som tontos, o de veritat que són amos d’una cosa que no els pertany, ni els pertanyirà mai. La nostra dignitat, els nostres valors, les nostres vides. Amb el tancament de RTVV es comet un atentat contra el dret d’expressió, contra el dret d’informació i s’assassina a sang freda una llengua, que a ells ben poc els importa, però a nosaltres ens pertany, personal i històricament. Assassinen el deport de la nostra terra, com la Pilota Valenciana… i ens assassinen la nostra cultura. Però no estem dispostos.

Des de que va eixir la noticia, les RRSS s’han fet ressò de la opinió dels ciutadans. En Twitter, s’estàn utilitzant hashtags com #RTVVesdetots o #RTVVnoestanca. Aquest cap de setmana, a més, València, Castelló i Alacant acollien unes multitudinaries manifestacions en contra de la decisió de Fabra. Polítics d’altres partits, actors, periodistes, musics i milers de persones s’unien amb un unic objectiu, defendre els que ens pertany i demanar la dimisió d’aquests lladres, vestits amb corbata, que somriuen mentre maten.

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Mentre escric aquestes paraules, m’inunda la pena i la ràbia. Radio Televisió Valenciana és de tots. Radió Televisió Valenciana no es tanca.

Bona nit, amics.

Lorena.