Los sueños, sueños son.

Empezar el martes ya directamente con vosotros, supongo que va a suponer una buena dosis de energía para todo el día, y eso me gusta. Me hace muy feliz sentarme a contaros alguna historia.

Los que seguís mi página de Facebook (lo que te quería contar) o mi Instagram personal (@lorenacorcoles), habréis visto que sí, una vez más, me estoy perdiendo entre las páginas de La Sombra del Viento. En varias ocasiones os he hablado de este libro, cómo lo descubrí, cómo lo acaricié por primera vez y cómo le declaré amor eterno a Daniel, uno de sus personajes principales. Supongo que al igual que nunca nos cansamos de ver nuestra película favorita, o igual que vemos siempre que echan en la tele alguno de esos clásicos románticos que pasen los años que pasen y los veas las veces que los veas, siempre te apetece, sentarte en el sofá y volver a disfrutarlos, a mí me pasa igual con este libro. Ya no sé cuántas veces lo he leído, pero sé que nunca dejaré de hacerlo. Cada vez que me sumerjo entre sus páginas, que acompaño a Julián, Penélope, Daniel, Bea o a Fermín Romero de Torres a pasear por aquella antigua Barcelona, gris y con el alma destrozada, con olor a miedo y muerte en cada una de sus calles, me encuentro conmigo misma. Siento paz y sonrío… En el libro hay una gran frase que dice: “Los libros son espejos: sólo se ve dentro lo que uno ya lleva dentro“. Supongo que cada vez que lo leo, algo nuevo despierta en mí, o porque quizás, la primera vez que visité El Cementerio de los Libros Olvidados, a principios de 2004, le entregué, sin ser consciente, cual enamorada, un trozo de mi alma para siempre.

Hoy no quería hablaros de la Sombra del Viento, aunque me hace muy feliz saber que muchos lo habéis leído, dejadme, solamente, insistir a los que todavía no lo han hecho. Es una auténtica obra maestra que, creo, debe leerse, al menos, una vez en la vida.

Pero hoy lo que te quería contar va más allá de las páginas de esta novela. Hoy quiero hablarte de los sueños, aunque en otras ocasiones te he hablado de ellos, pero creo que es necesario que nos volvamos a reencontrar, de vez en cuando, con este tema. Sobre todo, quiero aprovechar para recordárselo a todas esas adolescentes o jóvenes que me leen cada semana, porque están empezando prácticamente a caminar “solos” ante la vida, empezarán pronto a conocer la madurez y tendrán que tomar decisiones que les harán elegir caminos profesionales y formas de vida… Y creo que, sobre todas estas decisiones, deben priorizar los sueños y las ilusiones de cada uno.

Del mismo libro del que os acabo de hablar, rescato otra frase que me encanta: “Lo difícil no es ganar dinero sin más. Lo difícil es ganarlo haciendo algo a lo que valga la pena dedicarle la vida.” Creo que no hay nada más cierto. Lo que está claro es que todos tenemos sueños, anhelos y objetivos de futuro, esa es la magia del ser humano: las ilusiones y los deseos, qué queremos ser y cómo vamos a conseguirlo. Lo que está claro es que aquellas metas que te propongas no van a ir a buscarte hasta tu casa, pero tú si saldrás a la calle y lucharás para encontrarlas.

No quiero ni pretendo ser ejemplo de nada, ni para nadie. Pero me gustaría compartir con vosotros un poco de mí. Tengo un trabajo que no me disgusta, pero no me apasiona. Es un trabajo que me da una situación laboral muy estable, y un sueldo fijo cada mes con el que tengo que pagar un alquiler y vivir una vida que me apetece y me hace feliz, pero a mí lo que realmente me apasiona es esto; sentarme frente a un ordenador y dejar que los dedos traduzcan solos lo que mi mente va imaginando y pensando, sin que yo tenga tiempo, prácticamente de reaccionar. Trabajé mientras estudiaba y con eso y las becas que recibía pasé mis cinco años en la facultad. Ahora, si miro hacia atrás y pienso que han pasado casi diez años desde aquello, sé que hay que hacer las cosas de otra forma, porque ha pasado el tiempo y porque mi vida necesita encontrar ese camino y ese trabajo que realmente  me llene como persona.

Como bien sabéis (aunque esté tardando un poco más de lo previsto), en poco tiempo sale a la venta mi primer libro: Me olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos. Con ello quiero deciros que nadie me ha regalado nada, que he buscado la forma de hacer realidad mis sueños, que he trabajado desde siempre, aunque no me gustase mi trabajo, pero he sido realista y he sabido que la vida vale dinero, aún así, tras mi jornada laboral, he buscado alternativas y he buscado y encontrado otros caminos que realmente me llenan ese vacío profesional que durante mucho tiempo tuve. Está claro que me he encontrado por el camino con gente maravillosa que me ha sonreído y me ha acompañado a conseguirlos, con su apoyo y su magia, y otra gente que no lo ha hecho, pero supongo que, al final, los que me siguen acompañando son los primeros.

No sé cómo ni donde acabará esta historia, si saldrá bien o saldrá mal, pero lo que sé es que es de vital importancia intentarlo. Si no lo intentas, no sabes si vas a ganas o a perder. Perder da fuerzas y ganar te hace querer más, y en la actitud y las ganas está la clave para conseguir aquello que deseamos, sea en el ámbito profesional o personal, desde elegir cómo queremos llevar el camino de nuestro trabajo y cómo buscaremos alternativas si este no nos hace feliz a cómo haremos que sea nuestra vida fuera de él, de qué amigos nos rodearemos y cuánta felicidad necesitaremos que nos dé nuestra pareja. Recordad siempre que vida sólo hay una, y yo, al menos, estoy dispuesta a exprimirla al máximo. ¿Qué vas a hacer tú?

Nunca es tarde y eso es una realidad. Da igual dónde estés o cómo estés y la edad que tengas, si tienes ganas de conseguir algo, y pones el empeño y la lucha necesarios, lo vas a conseguir. Yo creo en la capacidad del ser humano y creo que es capaz de conseguir absolutamente todo lo que se proponga, aunque a veces me decepcione, si no creyese en el ser humano, estaría totalmente perdida.

Descubrí el claro ejemplo de todo esto que os digo hace relativamente poco. Lo descubrí hace menos de tres años, porque fue Sergio quien me presentó esta película de la cual me enamoré la primera vez y la cual ya he disfrutado unas cuantas veces. Million Dollar Baby es una de esas obras del cine (aunque basada en una novela) que te dan una lección de vida, que te hacen mirarte y pensar: ¿qué hago aquí? y, ¿por qué no voy a buscar aquello que quiero llegar a ser?

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Dirigida por Clint Eastwood, quien también participó en la producción, compuso la banda sonora e interpretó uno de los papeles principales, Million Dollar Baby se estrena en el año 2004 y consigue ser galardonada con más de cuarenta premios nacionales e internacionales, entre los que destacan cuatros premios Óscar, incluyendo mejor película, mejor director, mejor actriz principal y mejor actor secundario.  Además de Eastwood, protagonizan la película Hilary Swank y Morgan Freeman (quienes recibieron el Óscar a mejor actriz y mejor actor por estos papeles).

Narra la historia de Frankie Dunn, un veterano entrenador de boxeo ya al final de su carrera, y sus esfuerzos por ayudar a una boxeadora, llamada Maggie Fitzgerald, a llegar hasta lo más alto, aunque entrenar a una mujer esté contra sus criterios. Maggie tiene 31 años y trabaja como camarera. Eso no la hace feliz, ella tiene un sueño y una meta: quiere ser una gran boxeadora, quiere ser reconocida y quiere viajar por el mundo. En el camino hacia su sueño, se encuentra con muchas personas que no creen en ella, pero aunque algunas veces flaquea, la esencia de todo es que ella cree en sí misma y no va a parar hasta conseguirlo.

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Su sueño se convierte en una realidad y se convierte en una aclamada y conocida boxeadora, una mujer con éxito, fama y dinero que la llevarán a encontrarse con la peor de las decepciones: el egoísmo e interés de su propia familia. A veces, los sueños salen mal, y un fatídico golpe cambiará la vida de Maggie para siempre. No os voy a desvelar el final, aunque supongo que muchos lo conocéis, pero los que no, quiero que disfrutéis de esta película y luchéis por aquello que deseáis.

A veces los sueños cumplidos pueden torcerse y podemos encontrar un final que no hubiésemos deseado ni en nuestra peores pesadillas, pero aún así, en algún momento, ese sueño te hará completamente feliz y te dará una felicidad absoluta que el no haber luchado por él no podrá darte jamás.

De mi libro os diré que estamos eligiendo la portada y que muy pronto os traeré novedades. Gracias a los que me decís que tenéis muchas ganas de tenerlo en vuestras manos, no os imagináis las ganas que tengo yo.

” La magia de librar batallas más allá de lo humanamente soportable se basa en lo mágico que resulta arriesgarlo todo por un sueño que nadie más alcanza a ver excepto tú.”
Million Dollar Baby

Luchad siempre.

Feliz martes, amigos.

Lorena.

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Se ahoga el corazón

Me gusta el café de media tarde, tranquilo y en silencio, los que me seguís en Instagram o seguís la página del blog en Facebook, habréis podido ver una foto que he subido hoy, de un regalo muy especial con el cual, a partir de hoy, mis cafés van a saber mucho mejor.

Me gusta el café de media tarde, mientras oigo a niños jugar al otro lado de la ventana, con la energía inagotable y las ganas de jugar y correr toda la tarde.

Hoy vengo con un nuevo relato, sobre un tema que me produce miedo y un total y absoluto rechazo. Porque hoy, todavía en muchos países, se castiga a aquellos que sólo quieren transmitir la información a la que tenemos derecho. Hoy, te lo quería contar.

Leed despacito, como siempre…

SE AHOGA EL CORAZÓN.

Se me ahogaba el corazón y me dolía el alma. Me dolía como sólo es capaz de doler la soledad que sabes que no tiene solución, como duele el amor cuando te mata, duele mucho más que la primera vez que pruebas con tus labios el sabor de la decepción, duele mucho más que una primera caída en bicicleta, o la pérdida de ese juguete que ha sido tu favorito desde donde te llega la memoria, cuando aún ni si quiera sabes cómo es el dolor de verdad…

Se me ahogaba el corazón y me dolía el alma por haber fallado, por haberme fallado a mí mismo y por no haber sabido afrontar con fortaleza una de esas duras pruebas que pone la vida, para simplemente eso, hacerte más fuerte y hacerte aprender. Lo que la vida a veces no se da cuenta es que hay pruebas que sobrepasan la razón, y tu mente queda tan destrozada que no es capaz de obligar a fingir una sonrisa apagada.
Se me ahogaba el corazón y me dolía tanto el alma que mi vida se estaba quedando sin fuerzas…

Desde joven había alzado la bandera de la revolución, en mis actos y pensamientos siempre había estado como prioridad la opción de luchar contra las injusticias, a favor de los menos favorecidos e intentar con un lema de energía positiva pegado a la piel, hacer frente a todos los baches que la vida ponía en mi camino y en el camino de los que estaban a mi alrededor.

Demasiado joven aguanté demasiadas injusticias. Injusticias vitales, que la vida, a la que durante mucho tiempo me pregunté qué era aquello que yo le debía, se empeñaba en castigarme y machacarme en una constante caída que parecía no tener fin. Mi madre me abandonó cuando sólo tenía cuatro años. Mi padre, que nunca tuve la menor duda de que era un buen hombre y me quería, no sabía organizarse bien para demostrarme que así era, no tenía tiempo para una mirada, un abrazo o una sonrisa sincera. Le molestaba que inventase historias, que escribiese hasta altas horas de la madrugada, que leyese libros en vez de intentar tener un oficio de provecho con el que poder trabajar y ganarme la vida. Con mis escritos, siempre decía, no iba a ir a ningún lado. Nos acostumbramos a convivir el uno con el otro. Tuve que aprender, demasiado pronto, a valerme por mí mismo, pero me di cuenta lo mucho que le necesitaba cuando una tarde de julio, cuando yo cumplía veinte años, lo encontré tendido sobre su cama, con una botella de alcohol y un bote de pastillas vació, entregado a un sueño eterno que no fuese capaz de devolverle nunca más a la realidad de sus días. En su puño cerrado encontré una vieja fotografía en la que él observaba a mi madre mientras ella sonreía y yo estaba en sus brazos, con apenas unos meses de vida.
Mi padre se fue sin despedirse de mí y nunca supe cómo debía afrontar aquello. Lloré de rabia durante mucho tiempo, con la culpa dentro de mí cuerpo de que en todos aquellos años no hubiese habido ni un solo motivo por el que se sintiese orgulloso de mí. No sé si fue su culpa, o fue mía.
Por entonces, yo ya estudiaba periodismo y había entregado mi vida, por completo, a las noticias y a la información, quería ser la voz de muchos que no podían levantarla, quería que el mundo cambiase y quería ser yo quien lo consiguiese. Es un pensamiento absurdo que todo ser humano tiene, al menos, una vez en la vida. El problema es que a mí me duró mucho tiempo.
Con un expediente ejemplar y una entrega absoluta a mi vocación y profesión, no tardé mucho tiempo, después de varios meses de prácticas, en encontrar un buen puesto de trabajo en uno de los periódicos más importantes de la ciudad.

Cuando conocí a Alejandra sólo era un joven aprendiz. Ella tenía diecisiete años, la luz en la mirada, la picardía en la sonrisa y la vida en la voz, en el andar y en sus gestos que me hicieron creer que era un ángel bajado del mismo cielo pero con la sensualidad y la cara propia de una actriz de cine, de las de hacía años, de las que deslumbraban con su belleza y misterio. Alejandra era la hija del director del periódico, su única hija.
Habían días en los que visitaba a su padre y con la curiosidad que la caracterizaba se detenía a observar la redacción, los ordenadores y las manos de quienes escribían noticias, atendían el teléfono, sonreían ante un triunfo o se desesperaban ante el fracaso. Otras veces, pasaba corriendo al despacho y volvía a desaparecer en cuestión de minutos, corriendo de arriba abajo, con la inquietud de quien tiene diecisiete años y siente, como yo sentí una vez, que quiere comerse y solucionar el mundo.

Habían pasado siete meses desde que la había visto por primera vez hasta que tuve oportunidad de hablar con ella. Su señor padre, al que con el tiempo aprendí a cogerle cariño, había organizado una cena de Navidad para los empleados en su casa. Alejandra me observaba de reojo mientras sonreía, hasta que se acercó mientras yo me servía una copa para decirme directamente que tenía cara de tener pocos amigos. No se equivocaba. Asentí y a ella le salió una pequeña carcajada. Le sonreí y nos aguantamos durante varios segundos la mirada.

Cuatro años después, nos casábamos en una ceremonia elegante, celebrada por todo lo alto, muy a mi pesar y muy al gusto de mi suegro. Alejandra se licenció en Periodismo y empezó a ser, además de mi esposa, mi compañera de trabajo.

Nuestro amor siempre fue tranquilo y bueno, de los sanos y puros, de los que no gritan ni faltan el respeto, de los que sonríen en silencio cuando hay que callar y los que ríen a carcajadas cuando es el momento. Nuestro amor era un amor de complicidad, amistad, pasión, sexo y promesas eternas, un amor de amigos, amantes y dueños de sueños. Era el hombre más afortunado del mundo.

Nuestra hija Gabriela cumplió siete años hace sólo unos meses y nosotros, cada vez que la miramos, con esa delicadeza que transmite su mirada, esa calidez que regala su sonrisa y esa paz que desprende su alma, nos sentimos los seres más afortunados del planeta por haber sido capaces de crear algo tan hermoso y por seguir queriéndonos cada día como si todavía fuese el primero.

Alejandra, desde hacía mucho tiempo, estaba inmersa en una investigación sobre narcotráfico y prostitución que le estaba robando más horas y energía de la que debía. Cada vez que avanzaba y profundizaba más en el caso, cada vez que descubría algo nuevo, sentía más necesidad de llegar hasta el final, de luchar contra todo aquello que se estaba permitiendo en un mundo en el que ella vivía y en el que estaba dispuesta a dejarse el cuerpo y el alma si era necesario para intentar cambiarlo.
El reportaje final permitió destapar una de las mafias más importantes que se habían detenido en Europa en los últimos años, una mafia dónde gente con mucho peso y renombre había invertido dinero, sudor y maldad. Empresarios, jueces y abogados en una trama de prostitución, drogas y pederastia que consiguió que la policía detuviese a mucha gente y que mi inquieta y justiciera esposa se ganase el respeto de toda una profesión y todo un pueblo que ahora la admiraba y aplaudía… Me sentía muy orgulloso de ella, como compañero de vida y de trabajo. Había estado brillante. La admiraba, seguramente mucho más de lo que ella creía.

Hace dos semanas, salió a cenar con unas amigas, quería celebrar el triunfo y estaba feliz y pletórica. Gabriela y yo nos decantamos por un vestido verde con la espalda escotada y unos buenos tacones entre todas las opciones que nos propuso. Era preciosa. La besé y le dije que se divirtiera, su perfume se me quedó impregnado en la piel al abrazarla antes de que saliese…
No sabía que sería la última vez que lo haría.

A mi esposa la asesinaron en plena calle. Todavía la imagino, riendo, con su caminar y su energía, saliendo de aquel restaurante donde las balas y la vida la pillaron por sorpresa. Cinco tiros acabaron con su risa, con su sonrisa y su energía, acabaron con nuestra vida, le robaron parte de la suya a mi hija.
Mi esposa fue asesinada por transmitir información, por querer luchar contra las injusticias, por contar la verdad, por ser la voz de la noticia… Mi esposa fue asesinada porque todavía hoy vivimos en una sociedad donde el periodismo puede acabar siendo un trabajo de alto riesgo, porque todavía hay demasiados seres humanos que se creen dioses superpoderosos capaces de controlar el mundo, creen tener el poder del dónde, cuándo y cómo.

Mientras espero que se haga justicia y se encuentre a los culpables, he sentido como a poco he ido perdiendo la razón, la fuerza, las energías y la vida, y en el más puro egoísmo, he intentado llevar a cabo el que siempre fue el castigo de mis días. Intenté suicidarme loco de desesperación, sin pensar lo que dejaba. Roto de rabia y egocentrismo, alguien me encontró antes de que fuese demasiado tarde, antes de que pudiese dejar a mi pequeña Gabriela sola en este mundo…

Se me ahoga el corazón y me duele el alma. Me duele como sólo es capaz de doler la soledad que sabes que no tiene solución, como duele el amor cuando te mata, duele mucho más que la mentira en el momento que confías a ciegas, duele mucho más que la primera vez que pruebas con tus labios el sabor de la decepción, duele mucho más que una primera caída en bicicleta, o la pérdida de ese juguete que ha sido tu favorito desde donde te llega la memoria, cuando aún ni si quiera sabes cómo es el dolor…

Se me ahoga el corazón y me duele tanto el alma que la vida se me está quedando sin fuerzas.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.