Por Siempre Jamás.

He de reconocer que os he echado de menos… y mucho, pero también he de reconocer que me hubiese quedado de vacaciones dos semanas más. Volver a la rutina siempre cuesta, aunque esta vez he de decir que mi vuelta a la realidad ha sido menos dolorosa, quizás porque estos meses van a ser muy bonitos, con toda la preparación del libro, con la llegada de la primavera que es mi época favorita del año, con todas las cosas buenas que están por venir.

Volví de Nueva York completamente enamorada de esa ciudad. Ya sabía que me ocurriría, de hecho, ¿habrá alguien que la haya visitado y piense lo contrario? sólo puedo decir que fue un viaje maravilloso en el que pasé mucho frío y en el que comí muchísimo. Cuando volví, aproveché para ir unos días a mi pueblo y disfrutar de mi familia. Ahora, instalada de nuevo en Madrid y con las pilas totalmente recargadas, me toca ponerme, de nuevo, a escribir para vosotros.

No sé si alguna vez os he contado (seguro que sí) que de pequeña era una niña muy extrovertida, me encantaba estar en todos los “saraos”, me encantaba bailar, cantar, ser la protagonista en las obras de teatro del colegio, siempre era la primera en levantar la mano cuando tocaba leer en voz alta… Era una niña muy viva y con mucha energía. Hoy te quería contar que cuando era pequeña, como a cualquier otra niña, me encantaba imaginar cómo iba a ser mi vida cuando fuese mayor, yo quería historias bonitas, quería ganar siempre las batallas contra las cosas malas que me fuese encontrando por el camino, soñaba con un amor de los de verdad, de los de película y cuentos. Me encantaba leer todo tipo de historias: de misterio, de miedo, de aventuras… Pero en cuanto a películas se trataba, es cierto que siempre me decantaba por el cine en el que había princesas de por medio… Claro, Disney fue gran protagonista de mi infancia, cómo seguramente también lo fue de la tuya.

Recuerdo cuando nació mi hermano Alex (yo tenía doce años), cómo viví tan consciente sus primeros pasos de la vida, sus descubrimientos, sus gustos y preferencias… Y recuerdo, perfectamente, cómo le encantaba Toy Story 2 (a mi también!). Podía ver la película absolutamente todos los días, una vez detrás de otra… Y yo me preguntaba por qué no se cansaba nunca. Los que tenéis hijos o hermanos pequeños, o incluso los que sois capaces de recordarlo de vuestra propia infancia, sabréis que los niños son capaces de ver una y otra vez sus dibujos favoritos y seguir viéndolo con la misma pasión y entusiasmo que cuando los descubrieron. Es la magia de la infancia: que lo que sienten, lo sienten de verdad, y que tienen mucho tiempo libre.

Pues bien, yo recuerdo perfectamente algunas de las películas que veía una y otra vez sin cansarme nunca. Me acuerdo perfectamente cuando llegaba el fin de semana y mi madre me llevaba al videoclub (en el caso de mi pueblo, en aquella época, era una pequeña tienda que bien podía ser una réplica en miniatura de algún centro comercial. Allí se alquilaban películas, había gominolas de todo tipo, bollería, zona de papelería e incluso joyería y zapatería. Os lo prometo. Estoy segura que la gente de l’Olleria sabe de qué tienda hablo. Con el tiempo, dejó de existir, nada dura para siempre. Ya lo sabéis.). Una vez estaba ahí, delante de todas esas películas sabiendo que podía elegir la que quisiese, me sentía nerviosa y emocionada, era tan divertido tener la posibilidad de tener al alcance todas aquellas maravillas… Normalmente elegía dos. Una distinta cada fin de semana, y otra que siempre era la misma: La Sirenia o La Cenicienta. Claro, con el tiempo, a mi madre le salió mucho más rentable comprarme un ejemplar de cada una. La Sirenita no recuerdo muy bien cómo llegó a mí, pero sí recuerdo que La Cenicienta me la regalaron mis abuelos un año por Papá Noel. (Ambas, en VHS, por supuesto, siguen en casa de mis padres). Entre las pelis de mi infancia puedo rescatar unas cuentas que vi una y otra vez: Mary Poppins, El Rey León, Jumanji, La Princesa Cisne, El niño invisible (la película de Bom BOm Chip!), Aladdín, Dos por el precio de una, Willow… Pero entre todas ellas, los dos clásicos de Disney de los que os hablo se llevan la palma.

La Cenicienta me encantaba por el triunfo ante la maldad desorbitada. No podía creer que la mujer que se había casado con su padre le hiciese todo aquello a esa pobre muchacha, en su propia casa y me encantaba que al final ella le hubiese dado dónde más le dolía a su madrastra, casándose y siendo feliz con el aclamado príncipe. Unos cuantos años después, descubrí esta misma historia en película, con personajes de carne y hueso y he de reconocer que me encantó muchísimo más.

El día que volví de Nueva York, en el avión, tenía una especie de tablet delante de mi asiento en la que podía elegir entre muchas películas, e incluso se podía jugar a videojuegos (la última vez que hice un viaje tan largo, la tele era la misma para todo el mundo. No hace tantos años, pero todo avanza). De repente la vi ahí, entre todas las candidatas a la reproducción y tuve que sonreír. Hacía años que no la veía y, por supuesto, no dudé que ella me iba a acompañar durante un trozo de vuelo.

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Dirigida por Andy Tennant y protagonizada por Drew Barrymore, Anjelica Huston y Dougray Scott en los papeles principales, Por Siempre Jamás, se estrenó en el año 1998.

“En el siglo XIX, la Gran Dama Marie Thérèse hace llamar a los hermanos Grimm a su palacio, donde debaten sobre la interpretación del cuento de ‘’Cenicienta’’ y observan un retrato en la habitación. María enseña entonces un zapato de cristal y les cuenta la historia de Danielle de Barbarac, la verdadera historia de ‘’Cenicienta’’.

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En la Francia del siglo XVI, Auguste de Barbarac, padre de una joven Danielle, contrae matrimonio con Rodmilla de Ghent, una rica baronesa con dos hijas, Marguerite y Jaqueline,  pero muere de un ataque al corazón poco después. Esto causa que la Baronesa sienta envidia de la afección que tenía Auguste por su hija Danielle, y la trata miserablemente.  Para cuando Danielle cumple los 18, se ha convertido en una sirvienta en su propio hogar, cuidando de abejas y huertos, y sin separarse del último regalo de su padre, una copia de Utopía de Tomás Moro. Mientras está recogiendo manzanas, Danielle ve a un hombre robar el caballo de su padre y lo desbanca con una de las manzanas. Al reconocer que es el Príncipe Enrique, se avergüenza de sus actos. El príncipe le da un saco de oro a cambio de su silencia, que ella utiliza para rescatar a su sirviente, Maurice, al cual la Baronesa vendió para hacer frente a sus deudas.

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La huida de Enrique de sus responsabilidades en la corte se ve frustrada cuando se encuentra con un grupo de gitanos robando a un hombre. El hombre es Leonardo da Vinci, que ha sido llamado a la corte, y vuelve con él. Mientras tanto, Danielle se ha preparado como una “señora de la corte” y ha ido a comprar a Maurice, pero los guardas se niegan alegando que ha sido deportado a las colonias del Nuevo Mundo. Discute por su liberación, y cuando el Príncipe Enrique escucha la conversación, ordena que lo liberen. Asombrado por la inteligencia de Danielle, suplica por su nombre. Danielle, en su lugar, le da el nombre de su madre, ‘’Contesa Nicole de Lancret’’.

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El Rey Francis y la Reina Marie de Francia le dicen a Enrique que debe elegir una mujer antes de la fiesta de máscaras que han organizado, o tendrá que casarse con la princesa española Gabriella. Todas las familias de la nobleza reciben una invitación.  Momentos después de que Danielle llegue al baile, con “hada madrina” incluida, la Baronesa descubre la verdad de su identidad frente a Enrique y toda la corte. Enfadado y en shock por su mentira, Enrique se niega a escuchar cualquier explicación por su parte. Cuando sale corriendo del castillo, Danielle cae y pierde uno de sus zapatos, que más tarde encontrará Leonardo…

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Marie cuenta a los hermanos Grimm que Danielle era su tatarabuela y que aunque su historia se vio reducida a un cuento de hadas y que Danielle y Enrique vivieran felices para siempre, lo cierto era que existieron. Los hermanos dejan el palacio de Marie para contar al mundo la verdadera historia de ‘’Cenicienta’’.

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Es una historia muy similar a la que conocemos, pero con aspectos muy distintos. Quizás su toque de “realidad” hizo que me encantase de aquella forma. La aparición de Da Vinci en esta versión es uno de mis puntos favoritos. El final lo conocéis, aunque en esta película el final viene con más detalles que el cuento que conocemos de siempre, y el verdadero castigo hacia su madrastra y su hermanastra se disfruta por parte del espectador (una de las hermanastras es buena).

Ya sé que esto va a atraer más a las chicas que a los chicos, pero a todas aquellas o aquellos que de pequeñas/os disfrutabais con las películas de princesas y castillos, a todos aquellos que seguís recordando La Cenicienta con una sonrisa y la seguís viendo de vez en cuando, no os perdáis Por Siempre Jamás, porque estoy segura que os va a encantar. Ya me contaréis.

Este post se lo dedico a mi amiga Marta, que sé seguro que sonríe tanto como yo al recordar esta película.

Me alegro de haber vuelto. 🙂

Buenas noches, amigos.

Lorena.

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Por amor al arte (Parte II)

Dia de Sant Jordi. Un llibre i una rosa per a tothom…

¿Cómo no me tiene que hacer feliz que haya un día del libro? Un día oficial en el que los libros son los verdaderos protagonistas…  Hoy y siempre. No debemos dejar de leer nunca, porque la ignorancia es lo único que nos podrá hacer débiles. Hoy, en mi pueblo, se celebra el día del libro y como anuncié ayer en mi Twitter y en mi página de Facebook, espero que todos los que estéis por allí paséis por la biblioteca de l’Olleria, donde se van a celebrar muchas actividades y vais a poder encontrar una sorpresa (micro)literaria de la cual, junto a otro autor, Angel Cano Mateu, he sido cómplice. Cuando pase el día, os cuento al resto de qué se trata.

Hoy en el día del libro yo no podía dejar de escribir… Y aquí traigo la segunda y última parte del relato que os dejé a medias hace unos días, Por amor al arte. Recibí comentarios, recibí respuestas y creo que aunque hubo quién tuvo sus sospechas y a quién el protagonista no le daba muy buena espina… Creo que nadie esperaba el final que aquí os espera. Leed despacito, con calma, que hoy el día es para ello…. Hoy te lo quería contar.

FELIZ DÍA DEL LIBRO. FELIÇ SANT JORDI.

Por amor al arte (Parte II)

 

-¿Una sorpresa?.- Dijo ella con una tímida sonrisa muriéndose de ganas por saber de qué se trataba.

-Te lo contaré en París.

-¿París?- Gritó entre risas, asombro y besos.

En dos semanas viajarían juntos a la ciudad del amor, pasearían por sus calles y podrían disfrutar de todo el arte que a ella le apasionaba, por amor al arte.

Recibió la llamada de Jorge el lunes a primera hora, no lo podía creer. ¡Su mejor amigo estaba aquí! Jorge se había ido el año anterior a Alemania con una beca erasmus y allí conoció a Ana, de la cual se había enamorado locamente y con quien había empezado una maravillosa historia de amor quedándose a vivir junto a ella en Berlín, pero Jorge había vuelto durante unos días y ella se moría por verle. Jorge era uno de esos amigos que la vida te regala para guardarlos y mimarlos, él había sido su mayor cómplice desde niña, junto a María, eran los tres inseparables. Él fue su gran apoyo cuando ocurrió el trágico accidente de la muerte de su hermana. Él, más que un amigo, era un hermano.

-¡Me ducho y nos vemos enseguida!

Aquel día quedaría con Ángel por la tarde, así que la mañana ya estaba adjudicada a su mejor amigo, a sus historias y a que se contasen absolutamente todas las novedades de sus vidas. No les hizo falta decir donde reunirían, los dos acudieron a la misma cafetería de siempre, al verse, se fundieron en un abrazo eterno y en miles “qué ganas tenía de verte…”. Pasaron juntos tres horas que parecieron tres minutos y se dieron cuenta que la amistad verdadera está basada en eso, en que cada encuentro, aunque estuviese separado por tiempo y distancia, pareciese pegado al anterior. Le preguntó por María y ella sintió pena, mucha pena… Hacía tiempo que no se veían y sabía que tenía que llamarla. ¡Qué feliz fue aquella mañana! ¡Qué bonito estaba siendo todo en su vida!

A Ángel no le gustó, no le gustó absolutamente nada.

-No entiendo qué te pasa… Es mi mejor amigo.

Le estaba faltando el respeto, la miraba a los ojos y le pedía explicaciones, que le jurase mientras la miraba que no había nada entre ese chico y ella, le hacía jurar que no se habían mirado, ni tocado, y le aseguraba que Jorge estaba enamorado de ella, no había otra explicación para que hubiese querido verla después de tanto tiempo… Ella lloraba, en silencio y a gritos, de rabia, de frustración. No entendía nada, no le reconocía, no sabía qué pasaba. Él se fue, enfadado, y ella se quedó sola. Se quedó llorando, llorando y llorando durante horas, llamándole por teléfono mientras él no contestaba. Quizás él tenía razón y debería haberle avisado de que iba a quedar con su mejor amigo.

Cuando consiguió hablar con él, le pidió perdón mil veces. Ella, que ya no sabía ni lo que hacía, le suplicaba que le perdonase aunque en el fondo de su alma se preguntase qué tendrían que perdonarle… ¿Cuál había sido el crimen? Ángel la perdonó, la volvió a llenar de besos y caricias, de amor, le explicó que la amaba tanto que la posibilidad de perderla o imaginarla con otro le volvía loco, y ella lo entendió. Asintió y le amó, sin reproches. Entregando su corazón, su alma y su personalidad a otro cuerpo y otro ser.

Viajaron a París. Esta vez, quería decírselo a sus padres.Cuando les dijo que viajaría con su novio, sus padres quisieron conocerle. Ellos, desde hacía años, vivían atemorizados por todo. De hecho, ella sabía aunque no se lo dijesen, que vivían con miedo cada vez que ella salía por la puerta de su casa. Les pareció encantador. Guapo, educado, alegre, simpático, cordial, respetuoso… Y la quería, en los ojos se le notaba que la quería mucho. Sin ninguna duda, dieron el visto bueno para que los enamorados viajasen a la ciudad del amor.

París, el viaje perfecto, la ciudad perfecta, el hotel perfecto, los museos perfectos, el chico perfecto… Nada tendría que haber fallado y falló. Desde aquella mañana en la que vio a Jorge, al que por supuesto, no había vuelto a ver antes de que volviese a Berlín, él había cambiado y ella se sentía culpable. Había perdido su confianza y por más que lo intentase no la recuperaba. Estaban bien sólo cuando él quería y poco a poco ella iba perdiendo la fuerza en demostrar que él era el único y gran amor de su vida. Entre altibajos, enfados y risas, besos y faltas de respeto, pasaron aquellos días en la capital francesa. Días de sueños mezclados con pesadillas que ella quería borrar y olvidar, siempre dispuesta a perdonar. Sin saber cómo ni por qué, estaba totalmente sujeta a él, a su estado de ánimo, a sus caricias y sus enfados. Había dejado de ser quien fue.

El tiempo pasaba sin más, pero ella era feliz, siempre se lo decía a sí misma. Los buenos momentos siempre superaban a los malos y ella prefería quedarse con eso. Estaría entregada a él en cuerpo y alma, no soportaría perderle. Una noche discutieron tanto que ya ni sabía cuál había sido el motivo inicial. Siempre había un motivo, si no era un mensaje que recibía en su móvil, era porque había sonreído cordialmente a algún conocido, o porque no le estaba queriendo cómo le quería antes, aunque ella en nada hubiese cambiado… Bajó del coche llorando mientras él aceleraba. No quería ir a casa, no sabía que hacer. Se acordó de su hermana y deseó con todas sus fuerzas poder abrazarla, poder hablar con ella, pedirle un consejo, un “dime que tengo que hacer…”. Llamó a María y le preguntó si podía dormir con ella. Pasó la noche en casa de su mejor amiga, llorando, escribiéndole mensajes que él no contestaba, preguntándose qué había hecho mal…

-Tienes que parar esto, por favor. No puedes permitir que te trate así. ¿Cuánto tiempo lleváis mal? ¿Cuánto tiempo llevas llorando? ¿Por qué nunca me has dicho nada? No puedo verte así…- María hablaba sin parar creando un monólogo que ella era incapaz de escuchar… Necesitaba verle y estar con él, como una maldita droga de la que no se podía desenganchar.

Quedaron por la tarde y el día se hizo eterno. Dieron un paseo y fueron a cenar. Ella intentaba quererle, pero había algo entre ellos que les separaba demasiado. ya no reconocía esa mirada, los besos no sabían igual y las caricias le daban miedo.

-Creo que deberíamos dejarlo… -Dijo mientras le quemaba la voz.

Él no contestó, sólo levantó la mirada del plato y la clavó sobre ella. No sabía quién era, esos ojos estaban llenos de odio, y sintió como un dolor espantoso le penetraba el pecho. Él pidió la cuenta y se levantó de la silla esperando que ella le siguiese, subieron al coche y aceleró. Aceleró mientras ella, llorando, le pedía que fuese más despacio y entonces el horror se fue reflejando en su cara… No podía creer lo que sus ojos veían.

-¿Qué es esto? ¿A qué estás jugando? ¿Qué tipo de broma es esta?- Ella lloraba y gritaba, estaba aterrorizada.

-Baja del coche. ¡Baja del coche he dicho!

La arrastró hasta el puente, ella lloraba, lloraba como una niña perdida. Aquel puente, aquel lugar. Aquel río que se había llevado la felicidad de su familia, que se había llevado la mitad de su corazón, aquel puente que les había arrancado la alegría, que les había destrozado la vida…. La sujetaba frente a su cara, con el cuerpo apoyado en la piedra fría que desembocaba en el vació, a muchos metros del agua, la miraba con desprecio y con una mirada que jamás habría sido capaz de reconocer…

-Te di una oportunidad, te di muchas. Te puse el mundo a tus pies, te regalé viajes, te llevé a los mejores restaurantes, te compré toda la ropa que te gustaba, todos los malditos libros de arte que querías, te llené de amor… Y tú, ¿qué hiciste? fallarme, fallarme una vez más. Mirar a otros, no quererme, despreciarme… ¿Crees que eres mejor que yo? ¡Contéstame!.- Estaba fuera de sí. Las venas del cuello parecía que iban a estallar y en sus ojos el fuego del odio parecía que los iba a quemar.

Ella lloraba y suplicaba que él la llevase a casa… cuando escuchó una cruel y desgarradora carcajada.

Le dio la vuelta y la puso mirando al vacío, la sujetaba con fuerza y el temblor de su cuerpo ni si quiera se notaba entre la fuerza de sus brazos. Ya tenía medio cuerpo fuera. Ella sentía su aliento sobre su oído, ese aliento del que había estado locamente enamorada, al que le había entregado su vida, ahora le mordía, le quemaba el pelo y el alma.

-Eres igualita que la zorra de tu hermana… Aunque tu tengas amor al arte.- Y la empujó.

Una caída de segundos que se hicieron eternos, una caída al vacío que iba a llevarla a la muerte. Una caída que le regaló mil imágenes en su mente. Él, su amor, su odio, sus padres, Jorge, María… Lucía. Su hermana, su hermana. Él había sido el chico del que se había enamorado. Él la había asesinado. Boom. El golpe seco contra el agua le arrancó la vida y los suspiros.

Miró desde lo alto. Pobre familia. Otro suicidio. Arrancó el coche y se fue de allí. Los últimos caprichos le estaban saliendo demasiado caros.

Quizás fue la ira, fue el dolor, fue la rabia,fue la injusticia… A penas podía un brazo y el otro sin duda estaba roto. Las piernas pataleaban con toda su fuerza y a penas podían luchar contra el agua, y consiguió moverse, arrastrarse y llegar hasta una orilla fangosa, llena de matorrales, con el cuerpo lleno de heridas y el alma hecha jirones. Allí, en tierra sólida y húmeda dio los últimos suspiros, miró la noche, llena de estrellas y le pidió perdón. Sintió como su alma se desvanecía y como la vida se apagaba.

Pasaron minutos, horas y días… Años, incluso, le habían parecido a ella. Ocho horas le confirmaron después. Escuchó unos gritos… “¡Está aquí!” Decía la voz de una chica a la que no conocía. Sirenas, luces, lágrimas, alientos de felicidad… Acababa de volver a la vida.

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Feliz miércoles, amigos.

Lorena.

Gracias Gabo…

Sé que muchos esperabais que el siguiente post fuese la continuidad del relato que os dejé con el final a medias. Os prometo que la segunda parte de Por amor al arte llegará estos días, pero tras las vacaciones de Semana Santa y un intento fallido por desconectar del mundo, hoy debería dedicar unas humildes palabras a quien me regaló tantas palabras mágicas. Hoy te lo quería contar.

Estos días atrás a penas he estado mirando el móvil, no he visto las noticias en televisión ni un sólo día y no he leído los periódicos. Leía vuestras menciones en Twitter y poco más. La noche del jueves fue la única noche que sin saber muy bien por qué leí unos cuantos Tweets de todos aquellos a los que sigo… Tweets y RT… La noticia ya ocupaba todo el protagonismo en Twitter. No lo podía creer. Me crujió el alma.

Como bien os decía en mi página de Facebook, la vida está inevitablemente condenada a la muerte, pero cuando muere alguien tan grande entre millones y millones de personas… El corazón duele. Inevitablemente me acordé de José Luis Sampedro y ese post que les dedicaba a él y a su Vieja Sirena hace unos meses… Y otra vez la literatura llorando de rabia, y las letras gritando de dolor.

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Como a muchos los grandes, Amparo, mi profesora de literatura del instituto, se encargó de presentarmelo. El amor en los tiempos del cólera fue nuestro primer contacto, nuestras primeras caricias, mi amor incondicional por él, a primera vista. Aquella historia me enamoró por querer hacerla tan mía que quise compararla con un pequeño trozo de mi vida. En el protagonista, Florentino Ariza, enamorado toda su vida de la protagonista, vi un reflejo basado en la inocente y soñadora adolescencia de mi misma. Durante muchos años, le recordé esta historia a un chico que me había gustado desde siempre con el que durante muchos años soñé que me casaría. Con el tiempo, él se convirtió en mi amigo y pude explicarle cómo años atrás leyendo las palabras de García Márquez y una historia de amor que había costado más de 53 años para hacer feliz a su protagonista, había pensado en él y había sonreído al saber que nada es imposible y que el tiempo en el que estemos vivos será nuestra garantía para poder cumplir todo aquello que soñamos, sin importar el cómo y el cuándo. Quizás, simplemente por esto, aquella se convirtió en una de mis obras favoritas de todos los tiempos.

En mi primer año de universidad y con la moda aún creciente de celebrar el “amigo invisible” por Navidad, uno de mis profesores propuso hacer un amigo invisible en el que sólo se pudiesen regalar libros. A Ana, a quién por aquel entonces a penas conocía y con quien unos años después compartiría uno de los mejores viajes de mi vida, no dudé en regalarle un libro de uno de mis escritores favoritos y recuerdo que en la dedicatoria le puse que sólo esperaba que lo disfrutase tanto, como lo había disfrutado yo. La obra elegida fue Noticia de un secuestro.

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García Márquez es uno de esos escritores que forman el boom latinoamericano, uno de esos genios que han dedicado su vida al arte, a las letras y las palabras. Además de escritor, su vida ha tenido una larga trayectoria en el mundo del periodismo, aunque él estudiase derecho. Recuerdo cuando hace años se publicó aquella carta de despedida en la que sólo quería recalcar las cosas importantes de la vida y como mi amiga Norma me la envió en un e-mail para que me emocionase tanto como lo había hecho ella…

Yo, con una ideología bien lejana al catolicismo y a su iglesia, no dudé quien era el verdadero protagonista de este jueves santo que dejaba sin un brazo a la literatura contemporánea. Me emocioné de ver a tantísima gente citándole en las redes sociales y deseé que todos ellos le hubiesen leído, al menos, alguna vez. Me emocioné de ver a la literatura tan viva y saber que muchos genios fueron reconocidos también en vida. A García Márquez su Premio Nobel de Literatura en el año 1982 no le supuso el premio a una carrera literaria finalizada, el reconocimiento a un “ya está todo hecho”. Por el contrario, jamás dejó de escribir. Nos ha dejado una herencia literaria que viajará por los años, por los tiempos y las generaciones, y nosotros, estemos donde estemos, podremos contar, hasta que la vida nos lo permita, que estuvimos vivos en aquellos años en los que él todavía escribía historias, hacía reflexionar al mundo y creaba arte con sus libros y sus cuentos.

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En el año 2000, un año después de que le diagnosticaran un cáncer linfático que finalmente ha acabado con su vida, decía en una entrevista a El Tiempo en Bogotá:

Hace más de un año fui sometido a un tratamiento de tres meses contra un linfoma, y hoy me sorprendo yo mismo de la enorme lotería que ha sido ese tropiezo en mi vida. Por el temor de no tener tiempo para terminar los tres tomos de mis memorias y dos libros de cuentos que tenía a medias, reduje al mínimo las relaciones con mis amigos, desconecté el teléfono, cancelé los viajes y toda clase de compromisos pendientes y futuros, y me encerré a escribir todos los días sin interrupción desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde. Durante ese tiempo, ya sin medicinas de ninguna clase, mis relaciones con los médicos se redujeron a controles anuales y a una dieta sencilla para no pasarme de peso. Mientras tanto, regresé al periodismo, volví a mi vicio favorito de la música y me puse al día en mis lecturas atrasadas”

Escribió por pasión, por vocación y nos regaló al mundo entero miles de páginas llenas de sabiduría, verdad, crítica, vida, política y amor… Y yo sólo puedo estar agradecida.

Duele el corazón cuando del mundo desaparecen personas tan necesarias, tan sabias. Cruje el alma cuando un genio muere.

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”

Entre otros, la crónica de una muerte anunciada nos parecerá cien años de soledad en las memorias de sus putas tristes

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GRACIAS GABO. 

Feliz lunes, amigos.

Lorena.

Nuestros sueños, amigos, son sólo nuestros.

¡Por fin sábado! Hoy es uno de esos días que voy a coger con ganas…El té de frutos rojos deja su aroma por toda la habitación y yo me siento frente al ordenador para hablaros de unas historias que ni si quiera son mías, pero creo que es necesario que conozcáis.

Podríamos hablar, de nuevo, de la persecución de los sueños. Ultimamente, es una moda establecida que la gente mande mensajes positivos, que enmarque fotos con frases gritando que el día va a ser estupendo, o que puedes comerte el mundo, si quieres. Una vez más, nos damos cuenta que todos somos excesivamente parecidos. A todos nos encantan esos mensajes. Nos encanta dar consejos de felicidad y nos encanta creer que podemos ser realmente felices, porque como bien sabéis, la esperanza es lo último que se pierde.

Sí es cierto, que las cosas en este país parecen cada vez más feas. Sólo necesitamos echar un vistazo a un periódico, o ponernos a ver un día las noticias de la televisión. La información que nos rodea es realmente lamentable, y no lo son los informadores, lo es el contenido. El otro día escuchaba la noticia de un matrimonio de 80 años que en menos de un mes van a ser expropiados, les van a quitar su casa. ¿Cuándo vives en un país así, puedes sentir otra cosa que no sea vergüenza? ¿Si se atreven a destruir la vida de unos ancianos, que siempre han sido reyes merecedores de respeto, cómo no lo van a hacer con los jóvenes a los que muchas veces no han tomado en serio? Pensé en todos nosotros, en toda nuestra generación, pensé en todos los niños que van a crecer y convertirse en adultos y pensé en lo negro que se les presenta el panorama. A mí lo que más rabia me da en este país, en esta situación económica y social es que no todos estamos en las mismas condiciones. Ricos y pobres han existido siempre, ya no podemos hacer nada frente a eso. El problema es cuando unos cuantos se hacen ricos a causa de los pobres. Ahí, amigos míos, radica el problema y la irracionalidad de todo lo que estamos viviendo. Tenemos unos políticos llenos de corrupción, de sonrisas frías frente a las cámaras, de falsedad, de despreocupación a los que les encanta decir que las cosas se van a solucionar mientras nos roban, mientras siguen con sus vidas caras y dejan que miles de niños en nuestro país sean víctimas de la desnutrición. Vergüenza, rabia, impotencia. Sólo puedo decir eso.

Si ante las cosas vitales, básicas, a las que tenemos derecho, nos estamos quedando desnudos… ¿Cómo se van a ocupar de nuestros sueños? Pues de nuestros sueños, señores, nos ocuparemos nosotros, que para eso son nuestros. El poder de las redes sociales no encuentra fronteras, y cada vez son más los jóvenes que apuestan por buscar ahí una salida, y demostrar ahí sus capacidades, sus ilusiones y su arte.

Mi amiga Alba es una de esas personas que la vida ha querido regalarle al mundo, es la bondad pura en forma de ser humano. Alba es ternura, es dulzura, es delicadeza, es amor, es una dulce fragancia, es una sonrisa sincera y un abrazo puro… Y mientras escribo estas cosas, me doy cuenta lo afortunada que soy teniéndola en mi vida. Instagram es una de las redes sociales más populares actualmente. La gracia consiste en subir una foto, ponerle un título y esperar que tus seguidores le den me gusta o no. En Instagram nos hemos acostumbrado a ver la vida de las personas en fotos, qué comen, a dónde viajan, qué ropa han comprado o cuáles son sus cafeterías favoritas… Muchos artistas han escogido Instagram como escenario de sus trabajos. Miles son los fotógrafos que llegan a todo el mundo a través de esta aplicación de móvil, miles son las personas que muestran su trabajo en imágenes, y Alba es una de ellas. Lo curioso es que Alba no es fotográfa, pero utiliza la fotografía como portada de unos microcuentos que son, sinceramente, maravillosos. Hace unas semanas que decidió empezar con esta aventura y yo, observándola en silencio, entre “me gusta” y comentarios de la gente, sabía que tarde o temprano necesitaría hablar de ella y lo que crea con sus manos.

Hoy te quería contar unos microcuentos que no me pertenecen… Estoy segura que tras leerlos, vas a querer ir a Instagram y seguir su cuenta: @microarte_

Poneos cómodos y disfrutad… Aquí os dejo algunos de ellos.

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“Dónde está el límite, ¿qué se puede considerar ilícito? Todos los días apuntaba en un cuaderno las veces que se engañaba al día. Como si de un juego se tratase, ella sabía que esta vez la máxima puntuación era la que le hacía perdedora. Buscó en el diccionario y leyó en alto: “2.m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda lo contrario a lo que desea.” Sabía que le faltaba algo a esa definición… Una especie de moraleja, cuando recurrimos a esa definición lo más probable es que ya esté sucediendo lo contrario a lo que deseas o ya haya sucedido. Decidió cerrar los ojos, dejar de respirar y esperar. Siempre pensó que en último suspiro la mente se llenaría de imágenes reveladoras, respuestas ocultas y reacciones desconocidad. Algo le rozó la espalda y subió a su pierna. Inmediatamente supo qué tenía que hacer, a veces sólo hace falta que alguien apoye  su mano en tu espalda o, en este caso, su pata en la piel para ayudar a calmar escalofríos, para despejar laberintos sin salida.”

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“Tienen vida propia, saben qué piensas y cómo vas a reaccionar. Cuando estás dejando de creer en ellas aparecen y cuando aparecen, sentencian. O, ¿somos nosotros? ¿Necesitamos creer en algo aparentemente ajeno a nuestras decisiones para poder decidir? Ató desesperadamente su vida a ‘las señales del destino’ como fuerza mayor. Si se enamoraba de alguien, y una foto de esa persona se caía de la pared de su habitación, tenía que alejarse de ella. O, ¿quizás eso sólo la ayudaba a decidir sin sentirse desprotegida? Las señales se lo indicaban… No estaba sola en esta decisión. Ya. Cobardía o cierta fe. No ha tenido más miedo en su vida como el que tiene ahora. Porque ahora sigue viendo señales, pero no van en la dirección que ella quiere ir. ¿Quién nos asegura que la decisión que tomamos es la correcta? Nadie. Eso es lo bueno o malo de la vida. Nosotros, al final, somos los que elegimos, ¿no?”

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“No tengo palabras, de corazón, no las tengo…” Martina hundió sus ganas en el abrazo más largo que supo dar. Leticia le había enseñado un lienzo, hecho para ella, para su nuevo escondite de magia y religión sin Dios. Le quería robar toda la tristeza que tenía en las manos, quería romper esa oscuridad que no le dejaba amasar la vida a su gusto. Las lágrimas de Martina eran señales que anunciaban una calle cortada por Leticia. No sabía cómo salir de allí, y sobre todo, no sabía cómo sacarla… Llevaban años dibujándose, una a la otra, fantasías en el cielo, sin querer saber que la solución era crear realidad en la Tierra”.

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“Todos sabían qué ocurría, nadie quería empezar esa guerra. Una guerra llena de dolor. Con abrazos como curas y con recuerdos dolorosos como armas, tiros en el pecho y cortes en la piel. La guerra de las cicatrices abiertas. De la película con final infeliz e inevitable. Las imágenes se mezclaban en la cámara de su interior, en sus sueños. Hospitales, luces cegadoras, sonidos desagradables, palabras que se apagan, lágrimas que nacen y no morirán nunca. Una vida se apaga y nadie hace nada. Y no hay mayor explicación: nadie hace nada porque no hay nada que pueda hacer nadie. Ante el ladrón de sístoles y diástoles, nadie tiene la carta vencedora, nadie tiene un as en la manga ni otro juego al que recurrir. Bajó la mirada  mientras una lágrima recorría su cara, pidió un minuto de silencio completo. de ojos cerrados y lentos latidos. Un minuto de sol en blanco y negro. Un minuto de silencio como homenaje al silencio eterno que se creó en su cuerpo una vez el corazón de su madre dejó de latir.”

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Porque el arte puede estar en las cosas más pequeñas, porque podemos encontrar arte en aquello que nos emocione, que nos transporte, que nos haga soñar. Porque creo que Alba todavía no es consciente del talento que tiene en esa cabecita y en esas manos que traducen lo que su corazón dicta. Porque creo que todos deberíais seguir su cuenta, y deberíais leerla… Con cada historia, con cada emoción, con cada microcuento. Porque me siento afortunada de rodearme de personas como ella. Porque aunque haya quienes se creen con el poder de arrancarnos nuestros derechos y nuestras vidas… Que nunca crean que podrán arrancarnos nuestros sueños. Porque nuestros sueños, amigos, son sólo nuestros.

Feliz sábado,

Lorena.

El juego prohibido, la pasión y la mentira.

Me gusta escuchar historias, me gusta inventarlas, me gusta escribirlas, me gusta contarlas… Hoy os traigo este relato. Para aquellos que tienen en su vida un “qué habría pasado si…”, y eso, amigos míos, lo tenemos todos. Porque hay historias que marcan, otras que se olvidan, algunas que se recuerdan, otras que se entierran… Pero las historias siempre son nuestras, y seguro que todos habéis sufrido alguna vez por haber perdido un tren… Seguro que también habéis sonreído cuando habéis decidido no subir. Porque no olvidéis, que al final, no somos tan distintos.

Os dejo este relato, para que leáis despacito… Que es jueves, y los jueves siempre son bonitos.

EL JUEGO PROHIBIDO, LA PASIÓN Y LA MENTIRA

“Perdóname. Sólo puedo y debo empezar así. Perdóname por aparecer ahora mismo, de la nada, desde la sinrazón, desde dónde esto ya no tiene sentido. Perdóname por el tiempo, por la distancia, por matar los sentimientos. Perdóname por haberme ido, por no saber darte, por no poder hacer, por no encontrar el valor. Perdóname por estas palabras, por empezar como tú lo hiciste, porque ya nada puede empezar, porque ya no queda nada, porque ya no es nuestro, porque sé que siempre creíste que nunca lo fue. Hoy he escuchado tu voz y sin querer, he sentido el aroma de tu piel e inevitablemente he tenido esta estúpida necesidad de decirtelo. Perdóname…”

Releyó tantas veces como pudo, le temblaban las manos, le temblaba el corazón. Cerró los ojos y le dio al botón. Mensaje enviado.

Qué día tan agotador… Parecía que todo estaba demasiado oscuro, el día era gris, el cansancio se le pegaba a las pestañas y las ojeras arrastraban la evidencia de unos días de trabajo interminables. Sonó el móvil, era un correo electrónico y estaba segura que sería alguien de la oficina, esos inoportunos que no saben controlar su reloj, que no saben respetar el horario, que no asimilan el descanso. No quería mirarlo, no le apetecía, así que lo dejó sobre la mesa, se preparó un te verde, su favorito, y se tumbó en el sillón. El gato dormía, y los niños estaban con su padre. En aquella casa tan grande y solitaria se respiraba silencio. Por fin, silencio. Se quedó dormida casi sin querer y cuando se despertó, como una cruel manía que ya  parecía algo innato, cogió el teléfono. Había demasiados mensajes sin leer, y demasiados correos sin abrir. Sólo había dormido un rato y aquello parecía arder. Con uno ojo abierto y el otro incapaz de despertar, miró por encima. Lo que sospechaba era una realidad. E-mails inagotables de trabajos, de dudas y propuestas, hasta que un nombre abrió como platos los ojos aún dormidos y la mirada que se resistía a despertar. No, la verdad es que no dudó en abrirlo, leyó rápidamente mientras el corazón, inconsciente, se aceleraba. Volvió a leer, palabra por palabra. Leyó con calma y sentía cómo le iban temblando las manos. Leyó y volvió a leer hasta casi aprenderse esas palabras, que sin saber por qué estaban acuchillando sus recuerdos, hasta aprendérselas de memoria. Soltó el móvil sobre la mesa y se quedó tumbada. No tenía ningún derecho a escribirle. Ya no.

Habían pasado cinco horas y sabía perfectamente que ese correo había llegado a sus manos. ¿Cómo no iba a llegar, si se pasaba veinticuatro horas pendiente del teléfono? Seguramente lo había leído nada más enviarlo, pero no iba a contestar. Al fin y al cabo, era lógico. Estaba en todo su derecho.

Ya era tarde, y el frío penetrante encerraba a la gente en casa. Aún así decidió dar un paseo, necesitaba darlo. Se puso el gorro de lana que le acababan de regalar por su cumpleaños, unos guantes, el abrigo más caliente que tenía y con las manos en los bolsillos, decidió lamentarse por las calles. ¿Por qué le había escrito? No tenía derecho a entrar en su vida así. Pero, ¿por qué no? Ella hizo lo mismo. No iba a contestar a ese correo, lo sabía, pero había sido inevitable escribirle. Aquella chica… ¡Dios mío! Aquella chica tenía su misma voz. La había oído de lejos, en una simple cola de supermercado, pronunciar a penas dos palabras con la cajera, palabras con una sonrisa que inevitablemente le recordaron a su sonrisa. Como una bomba de recuerdos, en cuestión de segundos, las imágenes habían vuelto a su cabeza, las risas, las lágrimas, su pelo, su piel, sus besos… Su voz.

Es increíble, pero siempre pasa. Un momento, un hecho concreto, un segundo del tiempo, un instante y el mundo se para, la mente viaja y eres capaz de revivir algo que habías enterrado hacía tiempo, demasiado tiempo. Eran jóvenes, y tenían tantos sueños, que creyeron que juntos podrían comerse el mundo, que superarían los obstáculos y que el tiempo sólo era una cuestión que debían atravesar juntos…

Era un domingo por la noche, con un invierno a las espaldas y la primavera casi llamando a la puerta, cuando un mensaje, entre risas, entró en su correo. Ella se estaba riendo, de la situación, de él y de la vida. Era la mejor amiga de alguien demasiado cercano, pero a penas había oído mencionar su nombre. Por entonces, era una absoluta desconocida. Aquel mensaje fue fresco y gracioso, no había maldad, ni intenciones. Hasta que las hubo. Decidió contestarle, sin saber por qué, entrar en su juego. Ni si quiera sabía cómo era, pero le resultaba divertido, poco común, una huída de lo rutinario. Los mensajes se fueron encadenando, y el juego fue demasiado peligroso. No sabía ni cómo, ni por qué, pero a medida que pasaban las semanas sólo necesitaba saber de ella, cada vez más, quería saberlo todo. Qué le divertía, qué le asustaba. La había visto en fotos. Era evidente que le gustaba. Le gustaba mucho más de lo que hubiese deseado.  Llegó a desearla sin ni si quiera haberla visto, sin saber cómo era su voz, cómo caminaba, como sonaba su risa… Pero deseaba acariciar su piel, y morder sus labios. Deseaba abrazarla, dormir junto a ella. La deseaba. 

Dudó si debía contestarle. No podía saber si debía o no. ¿Se lo debía a él? ¿Se lo debía a si misma? ¿Se lo debía al tiempo? Por quién no se lo debía, sin duda, era por él. Él, quién compartía sus sueños con ella. Quien la abrazaba cada día y la cuidaba cada noche…  Había pasado demasiado tiempo, y no lo necesitaba. Pero le temblaban las manos… sólo quería saber cómo estaba, si era feliz, si lo había sido, si estaba bien, si necesitaba algo… A ella siempre le preocupaba si los demás necesitaban algo, aunque últimamente incluso eso descuidaba.

Volvió a leer el e-mail… Habían pasado tantos años…

Pasaron semanas hablando, sin conocerse, sin verse, deseándose, queriéndose, jugando a lo imposible, desafiando a la realidad, burlándose de la lealtad. Ella le deseaba tanto como él la deseaba a ella. Sabía a lo que se exponía, sabía en qué lugar estaría, sabía que sería una mentira, sabía que sería escondida, que sería inexistente, ella, que siempre quería ser protagonista. Le hizo un guiño al tiempo y al dolor que sabía que llegaría, pero se abrazó a la ilusión y a la esperanza de que al final ganaría. Preparó una maleta pequeña, compró un billete de tren y le dijo que estaba de camino. Huía de la ciudad, y de la vida misma. La acompañaba esa persona en común, ese nexo de unión que sin querer había cruzado sus vidas. La acompañaba hasta el destino, que bien lo conocía, y allí, en el momento oportuno desaparecería. Él les esperó con una sonrisa, y hubo una presentación oficial, con dos besos que morían por ser miles en sólo uno, por juntar labios y unir vidas… Se fueron a su casa de la playa, y aquel fue el mejor fin de semana de su vida. La pasión gritaba por toda la casa, las paredes se hacían pequeñas ante tal inmensidad, ante lo que ellos sentían. Hicieron el amor, toda la noche, todo el día, se comían a besos y se comían a risas. Se querían, el juego se les había ido de las manos y volver atrás ya no sabían…

Acabado el fin de semana, volvieron los mensajes, ahora acompañados por un “te echo de menos…”. Pero ella era la sombra, frente a quien ante el mundo, ante familiares y amigos era la protagonista, la oficial, la verdadera. Ante todos menos ante su confidente, su nexo, su cómplice, que empezaba a sufrir demasiado por todo lo que venía… Dos ciudades distintas, una pareja de tres, dónde la tercera era ella, dónde la sobra era ella, era sobra y también sombra. Y ahora, al recordarlo, se daba cuenta que lloraba…

La noche caía con fuerza, y además empezaban a caer los primeros copos de nieve, el invierno venía vestido de tipo duro y decidió volver a casa, aún con las manos en los bolsillos, preguntándose mil veces por qué le había mandado ese correo y recordando lo mucho que le gustaba… Cabizbajo al recordar su cobardía y lo infeliz que le habían resultado los años, y los días. Aquello duró demasiado tiempo, habían sido los mejores meses de su vida. Ella era luz, era vida, era alegría, era risas. Es más, ella era su luz, era su vida, era su alegría, era su risa. Se sentía cobarde, egoísta y era capaz de revivir el juego, el único juego de su vida del que se sentía un absoluto perdedor frente a quienes le consideraban frío y calculador. Habría muerto por ella, no tenía duda. Pero eran unos niños, ella estaba lejos, tenía ganas de comerse el mundo y él se conformaba con comerse su pequeña ciudad de costa, quedarse cómo estaba, con su rutina de siempre, con sus cosas de siempre. Recordaba cómo se sintió totalmente perdido… ¿Realmente había amado a dos mujeres al mismo tiempo? Lo que era real es que a una la había engañado totalmente, y a la otra, sin duda, le había fallado. En las promesas y en los sueños. Sus recuerdos estaban vivos, demasiado vivos. Recordaba cada encuentro, cuando ya no hacían falta cómplices, cuándo sólo estaba ella, ella por encima de todo, por encima de la realidad y la mentira, ella, su risa y su voz. Recordaba cada vez que la había besado, aquí o allí, cada abrazo, cada caricia, cada vez que le había hecho el amor, como no se lo habían hecho nunca, recordaba sus lágrimas, sus noches en vela ante la indecisión, ante dos caminos tan distintos. Uno, le acomodaba. Otro, le atemorizaba. ¿Valiente o cobarde? Esa era la cuestión. Llevaban así muchos meses, mucha distancia, mucho dolor y lo que tendría que haber pasado, más bien pronto que tarde, pasó. Ella le pidió que tomase una decisión.

La amaba, sabía que la amaba y que posiblemente se arrepentiría siempre si no luchaba por demostrarle que esa era su verdad.

Esa noche, su marido no había ido a dormir, las cosas no iban demasiado bien, el trabajo la tenía tan absorbida que había dejado de lado las cosas más importantes de su vida. Su relación se marchitaba poco a poco y había días que él ni si quiera aparecía. A penas pasaba tiempo con sus hijos, y siempre acudía a su ex marido para que se hiciese cargo de ellos, porque había salido a última hora una reunión. Su vida personal se estaba destruyendo mientras la profesional alcanzaba su máximo esplendor, y era una lástima no ser consciente de poder combinar las dos.

Y ahora aquel e-mail… ¿Por qué? ¿Por qué le había escrito? ¿Qué quería? ¿Qué buscaba? Sin saber por qué, al despertar por la mañana fue en lo único que pensó. En él. Él, cobarde y egoísta, que no supo hacer frente a la situación, que salió vencedor del juego, viviendo en la mentira. Él que tomó una decisión, y como todo en su historia esa decisión llegó a través del ordenador. ¡Un correo electrónico a modo de despedida! Un correo electrónico en forma de adiós, para acabar cómo todo había empezado, obviando los besos, las caricias, la complicidad y el amor. Y ahora… ¡Diez años después volvía a enviarle un e-mail! No lo podía creer…

Llamó a la oficina, y sin saber muy bien por qué, le dijo a su secretaria que no se encontraba bien y que no iría a trabajar. Prometía volver al día siguiente y ponerse al día con todo y todos, pero le dijo que ese día no iba a estar disponible para nadie. Se preparó un te y sujetó el móvil en la mano, mientras se paseaba de arriba a abajo por todo el salón.

¿De verdad seguía sintiendo algo? ¿De verdad un simple correo le estaba provocando todo esto? Quería contestarle, quería decirle que le odiaba, que había estado pensando en él durante todo ese tiempo, que se había casado, que tenía dos hijos preciosos y un ex marido engreído al que no soportaba, quería decirle que se había casado por segunda vez con un hombre maravilloso, al que amaba, sólo a él, y que su relación se estaba pudriendo porque ella había conseguido ser dueña de una multinacional que crecía por segundos.

Quería verle. Quería besarle. Ella también quería volver a sentir su voz, a acariciar su piel, a jugar al juego prohibido, a ver sus ojos, a hacer el amor en la casa de la playa, y a decirle al oído que siempre sería suya… Pero al idealizar todo aquello vivido en plena juventud, se acordó de lo mucho que echaba de menos los besos de su marido, las caricias y las risas, las flores frescas, el desayuno de la risa, el color en las paredes y la alegría en su mirada. Las infidelidades le habían dolido demasiado, y el juego prohibido había sido un juego lleno de dolor arrastrado por el tiempo, una cicatriz en la espalda que seguramente no desaparecería jamás. Lo que sí había quedado era el tiempo y la distancia, los recuerdos y el olvido. Cogió el móvil y borró aquel correo.

Salió de casa y cogió el primer taxi que vio. Su marido estaba desayunando, en la cafetería de siempre, en la mesa de siempre.  Ella se sentó con una sonrisa.

-¿Me invitas?.- Le dijo. Y vio como la mirada se le encendió como el primer día.

Borró aquel correo y enterró aquellos recuerdos, sonrío para si misma y supo, más que nunca, que hay trenes que pasan y no vuelven, aunque lo intenten.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.