Libertad.

Madre mía… No os podéis imaginar la felicidad que me produce pensar que a partir de ahora, y durante unos meses, cada vez que me siente frente al ordenador para reencontrarme con vosotros va a ser así. Con el día resistiendo en la ventana, con los niños jugando en mi urbanización, sus risas, sus patines y su pelota. ¡Cómo me gusta la primavera! ¡Cómo me gusta el sol y qué buena energía me dan estos días!

Hoy vengo con un relato, que ya nos tocaba. Siempre digo que existen dos tipos de amor: el bueno y el malo, y siempre pienso que para encontrar el bueno, alguna vez has tenido que conocer el malo, para saber que de ese ya no querrás saber nada nunca más. Hoy os traigo un relato que habla de esto, un relato en el que podéis poner nombre en vuestra cabeza a sus personajes, podréis imaginarles cómo queráis y podéis poner como decorado la ciudad que más os apetezca. Es más, os propongo que me contéis cómo imagináis su físico, qué nombre creéis que podrían tener y en qué ciudad imagináis que se desenvuelve la historia… Será divertido.

Leed despacito, como siempre… 🙂


 

Libertad.

 

Que suene una canción y escucharla en el más absoluto silencio es un verdadero placer. A veces, no nos damos cuenta que tenemos a nuestro alcance el poder disfrutar de pequeños momentos que son capaces de llenar nuestra alma, podemos suspirar tranquilos, podemos disfrutar de algo que se va a meter poco a poco dentro de nosotros. Dejamos salir un poco del dolor que queda dentro a través de un suspiro… y entonces, cuando sentimos ese vacío que ha dejado en nuestro cuerpo y nuestros sentimientos, sabemos que en el momento que empecemos a dedicarnos pequeños momentos y nos dediquemos a lanzar suspiros que se lleven en el aire el daño que nos han hecho, nos sentiremos un poco más libres, nos sentiremos un poco más nosotros mismos y que poco a poco, conseguiremos estar en paz. El tiempo todo lo cura, o eso dicen.

Aquella tarde de viernes estaba cargada de energía fuera de mis ventanas. El sol y la primavera sonreían complacientes, cogidos de la mano, observando a todos aquellos que reían a carcajadas en las terrazas, observando a los que paseaban y a los que andaban con prisa, observaban desde algún lugar a todos los que iban y venían, a los que cogían trenes o aviones, a los que daban por finalizada una semana de trabajo, a los que se besaban en las esquinas o los que abrazaban a sus amigos. En el lado de la ventana en el que estaba yo, se respiraba un aire más bien gris y frío, que poco tenía que ver con la realidad del mundo exterior. En ese lado de la ventana, se respiraba el aire que mi mente y mi corazón guardaban en silencio, queriendo sacarlo todo fuera y sin saber muy bien cómo hacerlo. Un hilo de luz, resplandeciente, se colaba entre las cortinas de mi casa, un hilo de luz que rozaba mi pierna, que acariciaba mi piel, un hilo de luz que quise interpretar como una pequeña esperanza en un alma llena de tinieblas y soledad. Porque siempre, en la más triste oscuridad, hay un hilo de luz que te acompaña.

Me quemaba el corazón, me quemaban las ganas, me quemaba el amor y me quemaba cada poro de la piel, sobre todo en la espalda, quizás porque era el momento en el que iba a renacer, en el que iba a volver a tener alas, en el que podía volver a sentirme libre y en el que iban a volver los resquicios de una libertad que alguna vez sentí inmensa, mía, y fuerte.

Siempre me gustaron las personas entregadas, las que tienen ilusiones y risas constantes en la cara, las que aman sin condición, las que quieren con fuerza y con pasión. Siempre me gustaron las personas que están dispuestas a sorprender y siempre están felices cuando reciben una sorpresa. Siempre me gustaron las personas llenas de energía, de sueños, de anhelos. Siempre me gustaron las personas educadas, alegres, divertidas, inteligentes y apasionadas. Siempre creí ser una de esas personas y todavía me pregunto en qué momento dejé de serlo.

Muchas veces, a lo largo de mi vida, me he preguntado qué era en lo que habíamos fallado los seres humanos a lo largo de la historia para haber convertido el mundo en el que vivimos en un mundo tan vacío de tantas cosas, en un mundo irracional donde la gente asesina, donde personas mueren de hambre y donde una conversación escrita en un teléfono móvil es, para la mayoría, más importante que apartar ese cacharro y disfrutar de un café tranquilo con un amigo. El mundo, el amor, las personas y la vida se volvieron hace tiempo completamente locos… Y en algún momento que no recuerdo, yo me había dejado llevar por esa locura, por esa irracionalidad y ese vacío que tanto me atemorizaba.

No voy a entrar en detalles para contar algo que todos hemos vivido alguna vez: para contar cómo cogieron mi corazón y lo destrozaron en mil pedazos. Todos hemos vivido el desamor, pero por suerte, no todos hemos vivido una historia cómo la que he vivido yo. No entraré en detalles para decir que un día cualquiera, por una casualidad, con un beso apasionado, sellé un amor que yo creía eterno, cómo me dejé llevar por ese amor y cómo entregué mi cuerpo y mi alma hasta tal punto que los vendí a cualquier precio, por partes, como si de una enciclopedia entregada a tomos se tratase.

Me entregué ciegamente a una persona que me hizo creer que yo era lo más importante de su vida, que adoraba todas y cada una de mis virtudes y sonreía ante mis defectos, una persona que me besaba y me acariciaba, que me hacía el amor por las mañanas y me preparaba café los domingos. Una persona a la que le enseñé cada trocito de mi cuerpo, una persona a la que le hice un recorrido por cada resquicio de mi ser, una persona que me llenó de ilusión y vida, una persona que con el tiempo dejó de ser esa persona.

No quiero echarle la culpa a las rutinas, a la confianza y a la convivencia, porque echarle la culpa de lo que nosotros hacemos a algo que simplemente nos envuelve, me parece egoísta y desorbitado. La culpa la tuvo él, por esa personalidad que yo no entendía, y la culpa, sobre todo, la tuve yo, por perder esa personalidad que era sólo mía. Los primeros gritos se asociaron al trabajo, al estrés, y cuando lloraba desconsoladamente y me besaba, cuando me pedía perdón, entonces yo me culpaba por no ser más comprensible, y ahí iba perdiendo un poco de mí, me hacía un poco más pequeña y le iba entregando los primeros tomos de mi existencia. No por ser incomprensible, sino por permitir que alguien me gritase.

Con el tiempo, resulta que todo lo que antes hacía bien, ahora lo hacía mal. Desde elegir la ropa por la mañana, hasta llamar a un amigo para ver qué tal estaba. Incluso el café que preparaba todos los días, ya no tenía el mismo sabor, debía ser eso lo que le hacía tomarlo en silencio y casi sin mirarme a la cara. A veces, aparecía con un ramo de rosas por la puerta, porque sí, por ser un día cualquiera de nuestra historia y nuestra vida juntos, y entonces me daba cuenta de lo afortunada que era. Segunda entrega de mi alma y mi vida.

Me quería tanto que no podía soportar que otros me mirasen, que mis compañeros de trabajo quisiesen que yo les acompañase a tomar unas cañas después de la jornada o que mis amigos de toda la vida me dijesen en un mensaje que me echaban de menos o me querían. ¿Qué despropósito era ese? Me quería tanto que no podía soportar que alguien más me quisiese y por supuesto no podía soportar que yo contestase esos mensajes, que me fuese de cañas o que sonriese si alguien me miraba. Otra vez gritos y lágrimas. ¡Qué sinvergüenza yo, que estaba provocando todo aquello! ¿Esa era mi forma de querer? Eso no era querer y si seguía así me iba a quedar muy sola. Tercera entrega de mi vida, con mil anécdotas que no te voy a contar, porque me moriría de tristeza, no por ti, sino por mí, por haber aguantado algo así… Y me fui haciendo cada vez más pequeña, más desconfiada, más introvertida, más distante, más rara… Y dejé de ser quien era.

Una noche discutimos tanto que se atrevió a pegarme una bofetada. Lloramos los dos y él pidió perdón por haber perdido los papeles y los nervios. Yo no hablé en dos días… Era una sombra vagando entre las paredes de mi casa, que me parecía más triste y fría que nunca. Le perdoné porque él me quería, debía ser que esa si era una buena forma de querer. Debí perder tanta fuerza en mi cabeza que acabé perdonando aquello y entendiendo que sólo había sido por culpa de los nervios y el momento.

Y pasaron los años y mi vida se vio limitada de la oficina a casa, y de casa a la oficina. No recordaba la última vez que había visto a mis amigas o a mis amigos, y por supuesto, hacía mucho que no recibía ningún mensaje de nadie. Por una vez en su vida, él tenía razón: me había quedado sola.

La soledad puede matarte de pena, o puede hacerte fuerte. No lo olvides.

Que suene una canción y escucharla en el más absoluto silencio es un verdadero placer. A veces, no nos damos cuenta que tenemos a nuestro alcance el poder disfrutar de pequeños momentos que son capaces de llenar nuestra alma, podemos suspirar tranquilos, podemos disfrutar de algo que se va a meter poco a poco dentro de nosotros. Dejamos salir un poco del dolor que queda dentro a través de un suspiro… y entonces, cuando sentimos ese vacío que ha dejado en nuestro cuerpo y nuestros sentimientos, sabemos que en el momento que empecemos a dedicarnos pequeños momentos y nos dediquemos a lanzar suspiros que se lleven en el aire el daño que nos han hecho, nos sentiremos un poco más libres, nos sentiremos un poco más nosotros mismos y que poco a poco, conseguiremos estar en paz. El tiempo todo lo cura, o eso dicen.

Aquella tarde de viernes, en la que el sol y la primavera observaban la buena energía que les mandaban a aquellos mortales que paseaban por la tierra, decidí cambiar mi vida. Aquella tarde de viernes escuché una canción en silencio, la escuché tantas veces como lágrimas quedaban en mi cuerpo, suspiré en silencio y fui sacando parte de un dolor que casi no me dejaba respirar: el dolor que producen las faltas de respeto, el dolor que produce la falta de cariño, de confianza y de complicidad, el dolor que produce entregarse tanto a alguien y perder la esencia de uno mismo. Aquella tarde de viernes, la soledad me agarró fuerte de la mano y me pidió que me levantara del sofá. Fuera, había un mundo lleno de sol, de terrazas llenas de gente, de colores alegres, de macetas llenas de flores, de cervezas fresquitas sobre las mesas, de risas sanas, de gente alegre, de la que a mí me gustaba, de la que alguna vez fui. Hice una maleta con pocas cosas. Cuando uno decide cambiar su vida, a veces, es mejor dejar todo atrás, porque es inevitable que los recuerdos te persigan, pero si cambias el decorado, los recuerdos se ven de otro color, y parecen mucho más lejanos.

Un pequeño instante puede cambiar toda una vida. Quizás fue una canción, o fue un rayo de sol entre mis cortinas… Cuando le dije que me marchaba, por supuesto, ardió Troya, pero no lloré y esta vez, cuando me agarró del brazo, le dije que no me volviese a tocar nunca más.

Me instalé en casa de quien siempre había sido mi mejor amigo, aunque yo me hubiese ido, supongo que los buenos amigos se quedan siempre, en silencio, observando los errores que cometemos desde lejos, para salir en nuestra ayuda en el momento que necesitamos que nos rescaten, que nos resuciten, que nos salven.

Hay decisiones que aunque se deberían tomar mucho antes, alguna vez han de ser tomadas. De aquello aprendí muchas cosas, pero sobre todo, en la vida, he aprendido que sólo quiero rodearme de gente que me quiera de verdad, con respeto y cariño, de gente que me coja de la mano y me sonría, quiero mil canciones en silencio y mil suspiros que se lleven el dolor que una vez estuvo dentro. He aprendido que mi personalidad es mía, y una vez se resurge de entre las cenizas nadie puede volver a cortarte las alas, porque nunca más permitirás que te roben, por amor, tu libertad.

Imagen de Google.

Imagen sacada de Google.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

Anuncios

Café enfriado, como siempre.

Ya tenía ganas de que la semana se volviese a parar en el martes, pero, de verdad, los días pasan tan rápido, que no parece que hayan pasado tantos desde la última vez que nos leímos. Ha dejado de llover en Madrid y hoy el sol ha querido salir a pasearse por la ciudad, a ver si le dejan quedarse, que las nubes ya sabéis que son muy peleonas, pero bueno, ya sabéis que no me importa. Ayer, por ejemplo, disfruté de una tarde de lluvia maravillosa.

Tenía ganas de volver con un relato, de eso sí que hacía mucho, así que aquí os lo traigo. Es un relato diferente, en la estructura, en la expresión y en la forma. Es un relato en el que seguro más de una persona se sentirá identificada y un relato con el que espero que, al llegar al final, reflexionen sobre cómo quererse a sí mismo por encima del dolor que intenten causar los demás, o que causan sin querer. Como decía Shakira en una de sus canciones: “Siempre supe que es mejor, cuando hay que hablar de dos, empezar por uno mismo…” . Nunca supe si ella lo decía de esta misma forma, pero yo siempre lo entendí así. Cuando te enamores, enamórate mucho y quiere con mucha fuerza, pero no te olvides, si te están haciendo daño, de quererte a ti más.

Hoy te lo quería contar…

Café enfriado, como siempre. 

Creo que empecé a tomar café más bien tarde, no sé a qué edad empiezan normalmente las personas a tomar café, pero yo debería tener, al menos, veinte años. Quizás fue en la facultad, entre clase y clase, en las épocas de exámenes, no sé muy bien cuando ni por qué. Nunca me lo he planteado. Lo que si sé es que siempre me pasaba igual, me gustaba calentar el café hasta el punto en el que al coger la taza con mis manos estuviese bien caliente y su aroma subiese lentamente. Una vez servido, me costaba beberlo así, lo dejaba enfriar y al final, siempre se enfriaba demasiado. Y siempre me pasaba igual. Y siempre me pasa. ¿Te acuerdas?

Hoy miro la taza, que me espera impaciente, caliente, humeante, y sé que todavía no nos podemos encontrar, tendrá que pasar un rato, mientras asimilo todo lo que me está pasando. El teléfono no deja de sonar, un sin fin de mensajes y llamadas que no me apetece contestar. Es más, no me apetece ni si quiera mirar. Necesito soledad. Necesito silencio. Porque me ha costado mucho tiempo encontrarme, pero al final, encontrarse a sí mismo, aunque no sea una tarea fácil, es imposible que salga mal, y  mira que yo, he estado perdida.

Me perdí hace mucho tiempo, todo ese tiempo en el que dejé de sonreír. Porque yo antes sonreía mucho, ¿sabes? Sonreía siempre, cuando me despertaba, cuando bajaba a la calle y me cruzaba con algún vecino en el portal, cuando iba hasta la esquina a comprar el pan recién hecho a primera hora del día, sonreía cuando llegaba al trabajo, aunque odiase trabajar para una compañía de seguros y odiase tener que estar pegada al teléfono todo el día para reclamar a los clientes una gran cantidad de impagos que llevaban a sus espaldas, y todos con la misma historia: no tenían dinero, era la crisis del país, y tenían razón. Aún así yo sonreía, sonreía cuando salía del trabajo, cuando me paraba en el Starbucks a comprar un Mocca Blanco que me iba bebiendo por el camino hasta llegar a casa, sonreía mientras recogía mi casa y la limpiaba, sonreía cuando preparaba la cena, cuando veía la tele o cuando leía un buen libro. A veces también lloraba, pero siempre fui más risueña que melancólica. Los fines de semana me reunía con mis amigos, en alguna terraza del barrio, entre cervezas y risas. Me gustaba mi vida y sonreía porque era feliz.

Cuando te conocí sonreía todavía con más fuerza. No te esperaba, ¿sabes? Llegaste sin avisar, cuando no me apetecían compromisos, cuando no me apetecían explicaciones, ni tenerlas que dar, cuando me apetecía estar sola y disfrutar de una libertad que tú prometías y que con el tiempo traicionaste. Entonces, cuando te conocí, supe que era una sorpresa, un regalo de la vida, una oportunidad de ser más feliz, de encontrar ese amor, que aunque no me apeteciese, tanto anhelaba. Y me enamoré de ti, me enamoré locamente, como seguro que no había hecho antes, y te lo dije, te lo dije una y otra vez, que eras lo mejor que me había pasado jamás, y tu me decías lo mismo, me prometías una y otra vez que nunca habías estado así con nadie, que lo nuestro era fuerte e irrompible, que la vida había cruzado nuestros caminos y no permitiríamos que se separasen jamás. Me mirabas y yo veía en tus ojos todas y cada una de las verdades de tus palabras, estabas locamente enamorado de mí  y sólo me hacía falta adentrarme en tus pupilas para sonreír como nunca antes había sonreído, para sentirme afortunada y especial, para saber que tenía que ser así, para darle fuerza y credibilidad al destino, que había cruzado nuestras vidas y nuestros corazones. ¿Te acuerdas cómo nos mirábamos? Nos mirábamos con tantísima fuerza, con tanta pasión… ¿Te acuerdas cómo nos besábamos? Lo hacíamos constantemente, en cualquier rincón, como una extraña fuerza que se apoderaba de nosotros y no nos dejaba utilizar la razón. Nos rozábamos la piel y ardían nuestras almas, ¿te acuerdas? Éramos puro fuego, deseo y pasión. Recuerdo perfectamente la primera vez que nos tumbamos en una cama. Queríamos hablar y contarnos cada uno de los detalles de nuestras vidas, mientras nos acariciábamos la piel, y no pudimos evitarlo, a los tres segundos nos estábamos devorando. Me besaste con tantas ganas, me cogiste con tanta fuerza… Me llevaste al paraíso mientras yo bordeaba con mis piernas tu cintura, mientras te sentía mío con tanta fuerza que quería gritar y llorar ahí mismo, en aquel instante, en aquella habitación, porque nunca había sido tan feliz. ¿Te acuerdas cómo me acariciabas? Te encantaba pasar tus dedos, finos y delicados, suaves y señoriales, por mi espalda, lentamente, de arriba a abajo, mientras nos reíamos y soñábamos, mientras planeábamos nuestro futuro, nuestras vidas, e imaginábamos el paso del tiempo, mientras imaginábamos cómo íbamos a recorrer el tiempo cogidos de la mano, mientras tus manos acariciaban mi espalda desnuda, entre nuestras sábanas, entre las cuatro paredes de la que habíamos hecho nuestra casa.

¿Te acuerdas cuándo me preparabas sorpresas? Cuando un día, por que sí, me llenabas la casa de flores y el aroma del jazmín se impregnaba en cada rincón, en cada almohada, en cada libro, en cada camisa o en cada canción que sonaba. Cuando otro día, sin motivo alguno, me llenabas las paredes de notas con frases que habías rescatado de conversaciones que yo había olvidado. Cuando, de repente, me sorprendías y me llevabas a cenar a mi restaurante favorito, cuando nos tumbábamos en el sofá a ver películas mientras comíamos palomitas, cuando nos despertábamos un domingo, sin ningún tipo de prisa, y nos pasábamos horas y horas mirándonos a los ojos, acariciándonos las manos, riéndonos a carcajadas, besándonos hasta el alma…

Yo era consciente de que algún día todo podía cambiar, ¿sabes? Claro que lo era, no por nada, sino porque siempre he sido racional y realista. Sabía que nada es eterno y que en las relaciones, la magia del principio hay que aprovecharla con todas las fuerzas que uno tiene, porque cuando menos te lo esperas… Llega la rutina y la arrasa. No sólo la rutina, perdóname, llega también la confianza y la confianza tiene cosas buenas y cosas malas. Desgraciadamente, a veces, ganan las malas. El mal humor se encierra en casa, incluso el que viene de la calle, ese también se queda en casa. Podía haber sido bonito, estoy totalmente segura de ello, porque me conozco, porque sé como soy, porque las mujeres somos así, porque somos más pasionales en todos los aspectos, en las guerras y en el amor, porque le ponemos más ganas a todo, a lo bueno y a lo malo, a la alegría y a una discusión, pero en el fondo, siempre queremos que las historias de amor salgan bien, porque por alguna extraña razón queremos que así sea, porque somos más sensibles, más nostálgicas y porque, joder, de pequeñas todas hemos soñado con un cuento de hadas. Por eso sé que no me han faltado ganas, por eso sé que no me habrían faltado nunca. Pero claro, me quitaste la ilusión, ¿te acuerdas también de eso?

¿Te acuerdas cuando dejaste de mirarme con esa ternura y esa magia? ¿Te acuerdas cuándo empezaste a gritarme? ¿Te acuerdas en qué momento empezaron a molestarte todas y cada una de las cosas que hacía? No sé si te acordarás del momento exacto, pero vamos, acordarte, supongo que te acuerdas. Yo me acuerdo perfectamente, me acuerdo cuando en alguna discusión ni si quiera levantabas la vista del televisor, me acuerdo perfectamente cuando empezaste a llegar tarde a casa y siempre era porque tenías mucho trabajo, menos cuando era porque algún amigo te había insistido para que te quedases a tomar unas cervezas. Me acuerdo perfectamente cuando dejaron de brillarte los ojos al mirarme, cuando dejaste de tocarme con pasión o cuando dejaste de prepararme sorpresas. Me acuerdo cuando los domingos, te molestaba quedarte horas en la cama y el problema era que yo era una aburrida y quería estar siempre en casa, me acuerdo la primera vez que me tumbé boca abajo, entre nuestras sábanas blancas, y mi espalda desnuda se quedó esperando que la recorrieras de arriba a abajo, se quedó sola y fría, esperando tus manos que ya no resultaban ser tan bonitas. Me acuerdo cuando a penas me hablabas, cuando siempre estabas cansado o cuando te pasabas horas y horas enviando mensajes en tu teléfono (e-mails de trabajo, siempre). 

¿Te acuerdas de la mañana en la que me di cuenta de todo? Una camisa blanca llena de maquillaje, incluso restos de pinta labios de un rojo bastante feo, por cierto. ¿Te acuerdas cuándo me decías que todo tenía una explicación? ¿Te acuerdas cómo lloraba? ¿Te acuerdas cómo gritaba de dolor? Y no, no se te caía la cara de vergüenza. Es más, te atrevías a pedir perdón, a decir que había sido un error. Me gustaría recordarte que no dejamos de hacer el amor porque yo me quedaba dormida, me gustaría recordarte que no dejaste de llenar la casa de flores o notas porque yo estaba distante, me gustaría recordarte que no nos quedábamos viendo películas y comiendo palomitas porque ya las hubiésemos visto todas, me gustaría recordarte que pisoteaste mi dignidad, mi confianza, mi respeto, mi amor incondicional, mis besos, mis caricias, mis ilusiones, mis sueños y mis lágrimas. Me gustaría recordarte que me hiciste daño, porque podría decirte que me arruinaste la vida, pero no, no te iba a permitir también eso. Conseguiste que llorase durante muchas noches, eso sí. Pero bueno, ya lloraba durante horas cuando estábamos juntos y tú ni te inmutabas, ¿te acuerdas también de eso?

A veces me he sentido estúpida, ¿sabes? Por no haberme dado cuenta antes, por no haber hecho yo lo mismo… Pero eso sólo lo pensaba cuando estaba muy enfadada, después me daba cuenta que yo no lo había hecho, porque ¡YO NO SOY IGUAL QUE TÚ!

Hace un rato me he dado una ducha lenta, en silencio, con velas, con agua muy, muy caliente, y la he dejado bajar lentamente por mi cuerpo, la he dejado acariciar suavemente mi espalda, porque si ahí, por alguna de esas estúpidas casualidades de la vida, todavía quedaba alguna de tus huellas, las borrase con calma, que se llevase consigo cada una de tus caricias impregnadas en la memoria de mi piel, que se llevase todos y cada uno de los recuerdos que aún guardo tuyos, lentamente, sin prisa, que en ocasiones como esta, a veces, no está mal hacer larga una despedida. 

Tras la ducha he preparado café, muy, muy caliente, que por cierto, ya está completamente frío en la taza, como siempre. Ahora me lo beberé, pero claro, al haber dejado ir cada resquicio de dolor que quedaba en mí, por el desagüe de la bañera, he creído que podía darte las gracias, ¿por qué no? Si yo siempre he sido muy educada. Gracias por cada grito, porque ahora estoy segura que jamás volveré a permitir que nadie me levante la voz, gracias por cada muestra de indiferencia, porque ahora, jamás me entregaré a alguien que no me merezca, gracias por cada falta de cariño, porque ahora, jamás volveré a estar con nadie que no me demuestre cada día que me quiere con todas sus fuerzas. Gracias por todas las lágrimas que he derramado, porque te aseguro que todas y cada una de ellas me han hecho, cada día, un poquito más fuerte, hasta convertirme en alguien invencible. Gracias por las mentiras, porque ahora sé que no podré confiar en el primer cretino que se cruce en mi camino. Gracias por esta experiencia, porque te aseguro que he aprendido muchísimo de ella.

Gracias y, por cierto: buena suerte, porque créeme que tú, la suerte, la vas a necesitar. Es más, vas a necesitar mucha (ya sabes, por eso del karma, que yo siempre he sido de creer en esas cosas, y el karma es muy sabio…)

Por cierto, que he vuelto a sonreír, ¿sabes? Como antes hacía, ¡Qué fuerte! Casi ni lo recordaba, y ahora, que por fin me he encontrado, sé que nada sucede por casualidad y que no puedo ser más feliz. 

Ni un abrazo de cordialidad.

Sara.

Envió aquel e-mail para despedirse de aquella historia, porque a veces, cuando pasa el tiempo y el dolor se suaviza, podemos ver las cosas de otra forma, y muchas veces, es necesario poner un punto final. Cogió la taza de café y dio el primer sorbo, se había enfriado, como siempre.

1_cafe2

Buenas tardes-noches, amigos.

Lorena.