Alma en Pena.

¡Por fin viernes! Sé que te gusta tanto, como me gusta a mí. En Madrid sigue haciendo este tiempo raro que nos confunde la primavera, el verano y el otoño todo mezclado en uno, casi entrando en junio y no sabéis las ganas que tengo de que llegue el buen tiempo de verdad para estrenar mis nuevas sandalias de Alma en Pena.

El martes por la tarde, en pleno corazón de Madrid y en uno de mis barrios favoritos asistí a la presentación de la colección primavera verano de la firma Alma en Pena, en la tienda Adela Gil de Chueca. Diferentes profesionales de varios medios de comunicación acudieron para no perder ni un detalle del evento. La agencia de comunicación Nboca, por la que siento debilidad por lo profesionales y cercanas que son sus directoras, organizó una tarde perfecta, llena de buen rollo, risas y chicas.

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La nueva colección, tal como define la marca, está inspirada en una mujer de hoy, actual y moderna, dinámica y atrevida, que busca ir perfecta cada día sin renunciar a la comodidad. Tal como me comentó Mónica, su diseñadora, a veces no nos apetece ir en tacones a una fiesta, queremos ir cómodas con un zapato plano pero estiloso, y aquí es donde la firma adquiere todo su valor.

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La marca nace en 2006, surge de una idea de tres amigos con ganas e ilusión, y el curioso nombre de la misma tiene una historia muy bonita que hoy te quería contar. Mónica y su marido, caminaban una noche por las preciosas calles de Florencia cuando se encontraban en pleno proceso de creación de la que sería su primera colección. Como si de un cuento o una película romántica se tratase, la lluvia empapaba la ciudad y la música de un violín llenaba la noche de magia, a lo lejos, un comercio posaba tranquilo bajo un nombre: Alma en pena. Les llamó la atención. Cuando se acercaron y descubrieron que el verdadero nombre de aquel establecimiento era AlmaPlena, supieron que aquella confusión y aquella primera lectura errónea daría nombre a sus colecciones, a sus zapatos, a sus sandalias, a todas esas pequeñas piezas de arte donde el cuidado y los cristales cobran protagonismo para vestir nuestros pies.

Con el tiempo, con esfuerzo y mucha ilusión la marca ha ido expandiéndose tanto a nivel nacional como internacional, la podemos encontrar en muchas tiendas multimarca de nuestro país, y también en el mercado de EEUU, Sudámerica o China. Además, pronto abrirán su tienda online y podréis disfrutar de todos sus modelos, de sus sandalias y tacones.

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Ya sabéis que a mí me gusta la gente que apuesta fuerte por sus sueños, porque creo que sólo así se consigue de verdad lo que uno realmente desea y porque creo que todos somos capaces de conseguir aquello que deseamos. Le pregunté a Mónica por la situación actual, cómo estaban viviendo, a nivel profesional, esta crisis que a todos nos está matando. “La situación que se vive en estos momentos duros de la economía dificulta todo, pero por eso nosotros estamos en un nicho de mercado medio, teniendo una combinación de calidad/precio perfecto, y en este sentido es como estamos creciendo, manteniendo precios medios asequibles a todos“, afirmó.

Muchas veces, no sabemos afrontar situaciones negativas que viven a nuestro alrededor, y muchas personas, por temor, son capaces de abandonar sus proyectos. “Tirar la toalla no está en nuestra mente jamás, de momento nos va bien y no podemos pensar en nada más que en crecer internacionalmente, y seguir creando unas colecciones tan chulas, las colecciones de nuestros sueños, las sandalias de pedrería espectaculares, nuestras joyitas especiales para ti”, dijo ella.

Al evento acudí con mis amigas y pasamos una tarde maravillosa entre calzado, colores y piedras bonitas.

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Y, por supuesto, a la cita no faltó la actriz y modelo Vanesa Romero, imagen de la firma. Preciosa y simpatiquísima.

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No quiero dejar de mencionar el maravilloso catering del que pudimos disfrutar. Sobejano nos sorprendió con texturas y sabores, con dulces y salados y unos maravillosos zumos naturales de fruta. No dejéis de visitar su web. 

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Lo que te quería contar tenía su regalito preparado y no puedo estar más encantada con mis nuevas sandalias. ¡Son preciosas!

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Me encanta la gente que que apuesta por lo que realmente quiere, que apuesta por sus sueños, que los convierte en una realidad sin saber si saldrá bien o saldrá mal. Me alegro por el éxito de la gente valiente. Sé que Alma En Pena empezó siendo un sueño para sus creadores, y ellos hoy pueden vivir de sus sueños.

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Con Mónica, diseñadora y creadora de la firma.

Mil gracias a Nboca Comunicación y Alma en Pena por un evento tan bonito. ¡Nos vemos en la próxima colección!

Feliz día y feliz fin de semana, amigos.

Lorena.

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Mermelada de naranja.

Hoy me apetecía rescatar un relato que escribí hace un tiempo, o no hace tanto… Hoy te quería contar una historia que un día imaginé y plasmé en palabras. Léela despacito, para saborear los rincones, los momentos y el dulce sabor de la mermelada…

 

MERMELADA DE NARANJA

Cuando llegaba el frío siempre le pasaba lo mismo. Siempre le había pasado, y en cierto modo le gustaba. El frío la ponía nostálgica, y en el fondo, no le resultaba nada malo. Con el frío llegaban los días grises, las calles congeladas, los parques vacíos, las noches silenciosas, las farolas encendidas, los cafés calientes, el olor a castañas, la calle callada, la soledad detestada. Los días de invierno también le regalaban los momentos que más adoraba, los momentos desnudos, frente al pincel y las sombras, los momentos de sueños, de emociones plasmadas.

El despertador había sonado hacía ya un buen rato y como vieja y fiel costumbre lo había apagado. Era domingo. Por fin era domingo. Se levantó de la cama y miró la hora. Tenía tiempo. Puso la cafetera en marcha y abrió la ventana. El sol se escondía, tímido, entre el frío de las calles. Encendió un cigarro y se quedó en silencio. Esta ciudad le gustaba. Le había gustado desde el primer momento, se había sentido atrapada y se había dejado atrapar, sentía que la ciudad era suya y que ella, sobe todo, también le pertenecía. El silencio y el frío. La nostalgia y los recuerdos. No habían sido unos meses fáciles y sabía que cuando llegase el invierno, se derrumbaría en segundos… Pero hoy era domingo.

El abrigo marrón se lo regaló Irene, su mejor amiga, y la bufanda oscura la había comprado hacía años, en un mercadillo cualquiera cuando paseaba con Carlos, su fiel confidente. Ambas prendas serían perfectas para acompañarla. Bajó rápido hasta la plaza y torció por  la calle Colón hasta llegar a la esquina con la calle Valverde, y ahí se quedó. No sabía muy bien por qué lo hacía, no sabía con qué fin, ni por qué motivo, pero lo volvió a hacer, un domingo más, en lo que ya se había convertido una rutina. Ella odiaba la rutina, siempre la había odiado. Cuando escuchó el sonido del portal se distrajo mirando el escaparate de una tienda de animales mientras las piernas le temblaban… Sintió su sonrisa y vio su mirada sin ni siquiera darse la vuelta, y sintió como  caminaba, casi rozando su espalda. Él no se había dado cuenta que ella estaba ahí, ni si quiera el perro que siempre le acompañaba. Ella, la que estaba ahí, la que pasaba desapercibida,  domingo tras domingo, para verle salir.

Una vez concluida la acción, decidió volver a casa. Estaba cansada, y quizás más triste que nunca. Sentía rabia, incluso sentía dolor. ¿Se podía sentir más dolor del que ya había sentido? Pues sí, ella lo sentía. No había sido un domingo bueno, y seguramente la culpa era del frío y de los días de invierno. Cambió su ruta habitual, porque no estaba siendo un domingo cualquiera y al sentir el dulce olor del pan recién hecho de la panadería de madera que coronaba aquella calle tan estrecha, se detuvo a mirar el escaparate y no tuvo más remedio que sonreír. Mermelada de naranja. Allí estaba, posando tranquila y reluciente en unos frascos pequeños de cristal que aseguraban que era casera. La bombardearon los recuerdos, los bonitos y viejos, y decidió comprar una. Se llevó una barra de pan recién horneada y decidió mimarse aquel día. Con el café que quedaba y el olor del pan que se había impregnado en su casa, se quito la ropa y empezó a pintar, mientras comía mermelada, se encendía cigarrillos y dejaba el pincel bailar.

Cuando era niña y aún vivía en el pueblo, preparaba con su abuela la mermelada de naranja. La ayudaba a pelar la fruta, a quitar toda la piel blanca para que ni un sólo amago de amargo llegase al final, troceaban la pulpa y cortaban la piel en tiras muy finas… Le encantaba mezclar el azúcar y ver como se bañaba y hervía la naranja troceada. Su abuela decía que el truco era no dejarla sola ni un momento, mimarla junto al fuego lento y remover con delicadeza. No pudo tener una infancia más bonita. No pudo sentir más amor que el que le había regalado esa mujer, que ejerció de madre sin poner ni una sola pega. Su abuela… Su abuela que tan pronto se fue y tantas preguntas le dejó sin responder…

Siete años atrás había llegado a Madrid. Tras terminar sus estudios de historia del arte, decidió instalarse en un barrio céntrico de la ciudad, dónde vivían los bohemios y soñadores, dónde el arte era sagrado y las ilusiones estaban intactas. Llegó a aquel barrio porque Carlos, su fiel confidente, lo conocía bien. Se habían conocido en una beca Erasmus, y él la convenció para trasladarse a Madrid, dónde los sueños eran posibles y las oportunidades inmediatas. Esta ciudad le había dado los mejores momentos de su vida, las mejores amistades y también las mejores oportunidades. Había tenido trabajos de todo tipo… pero su trabajo favorito se encerraba entre las paredes de su casa, dónde podía pintar con libertad y desnudarse, en todos los sentidos, frente al lienzo y el pincel. Lo de pintar desnuda tenía sus razones, y todo empezó en aquellos primeros meses en el corazón de Malasaña…

Carlos se relacionaba con el modernismo puro de Madrid. Artistas de todo tipo, y soñadores profesionales. Carlos llevaba meses enamorado de un chico que era actor e insistió mucho en que ella le acompañase aquella noche, a una fiesta cualquiera que cambiaría su vida para siempre, aunque en ese mismo instante ni si quiera lo sabía. Risas, gente joven, alcohol y drogas, desfilaban sonrientes entre la humareda de cigarros que se consumían como almas… y entre esa multitud, salió un chico a saludarla con un “Llevo observándote desde que has llegado…”. Le ofreció un cigarro, y al encender aquel mechero, consumió su vida sin saberlo. Jaime era diseñador de interiores y conquistador profesional.

Aquella fiesta acabó de madrugada, Jaime se ofreció a acompañarla a casa. Ella le invitó a pasar, y allí, en aquel sofá rodeado de lienzos y pinturas, se desnudaron con la mayor pasión que habían conocido jamás. Hicieron el amor hasta quedarse sin fuerzas y al despertar le pidió que pintase, desnuda, para él. Pronto se hicieron inseparables. Los besos, las caricias inimaginables, las risas en la cama, los abrazos interminables, la complicidad inagotable, los viajes de ensueño, los mejores restaurantes, las presentaciones oficiales, los regalos inalcanzables… Todo era perfecto y esa perfección encajó de forma perfecta en una burbuja que no podía ser real. Jaime tenía buenos contactos y en pocos meses consiguió que muchos amigos quisieran comprar cuadros. Cuadros que ella pintaba, desnuda, en su pequeño estudio de Malasaña. Entre el dinero que eso le proporcionaba y el trabajo que había conseguido a media jornada en uno de los mejores museos de la ciudad, ella vivía perfectamente, sin excesos ni necesidades.

Jaime la quería con todas sus fuerzas. Se moría por ella. No podía existir amor más puro, más bueno, más noble… No podía haber mujer más perfecta, ni hombre más maravilloso. Sus vidas estaban totalmente compactadas y nada ni nadie podría separarles jamás. Con el tiempo llegaron los enfados, los celos imperdonables, las faltas de respeto, los gritos desagradables… Pero ella los olvidaba cada mañana al despertarse. Irene la observaba desde hacía tiempo y sabía que algo no iba bien, pero ella lo negaba. Su relación era perfecta y no había capacidad para cuestionarla.

-Mirate, no eres feliz. Y tu lo sabes. Mira tus cuadros, míralos bien… Sabes que no eres tú la que los está pintando…

Oídos sordos. Esa había sido su mejor faceta desde hacía, al menos, un año. No importaban las lágrimas, ni los ojos hinchados encadenados al llanto, él la quería y ella a él también. Una noche de enero, de esas de frío y silencio, discutieron tanto que él se fue dando un portazo. Ella lloraba y le suplicaba que se quedase, que podrían arreglarlo. Luís sólo era un viejo amigo y no había nada malo en aquel mensaje de “Qué tal te va todo?”. Y no, no había nada malo. Ni en aquel mensaje, ni en cualquier otro. El portazo retumbó en todo en edificio, tras el fuerte sonido, el silencio se abrazó al llanto y al mensaje siguiente que Jaime escribió: “Esto se ha acabado”.

Era inevitable y ella lo sabía. Se tenía que acabar. No eran felices y ambos lo sabían. Los celos les destrozaron, la desconfianza marchitó su relación y aún así, ella le seguía amando… Sintió como las piernas se le aflojaban, como el corazón se le aceleraba y como después de varias horas, las lágrimas ni salían… Le llamó miles de veces, llamó a un teléfono que jamás se descolgó. Por primera vez en su vida se sentía sola, derrotada y destruida. En los últimos dos años su vida se había centrado en él y ahora no le quedaban fuerzas para acudir a nadie. No sabría cómo explicarlo, ni a quién hacerlo. Sólo había alguien que no fallaría. A pesar del tiempo.

Carlos se presentó en su casa en menos de una hora y la estuvo consolando toda la noche. Le repetía mil y una vez que era lo mejor que podía haberle pasado, que había dejado de ser ella misma, y que algo bueno, seguro, estaría por venir… Carlos decidió ahorrarse los comentarios y rumores de la gente, que decían que Jaime había estado desde el principio con otras mujeres, entre música, alcohol, drogas y fiestas modernistas a las que ella, normalmente, no acudía. No había consuelo… Las lágrimas de aquella noche se alargaron a los días, a las semanas y los meses. No tenía fuerzas para ir al museo y pocas veces conseguía pintar algo en condiciones. Los encargos de cuadros disminuyeron notablemente y su vacío sólo se refugiaba en volver a casa, bajo el calor de su hogar, los consejos de su abuela y las tardes de mermelada de naranja.

-Vuelve a casa… Vuelve aquí, al pueblo, con tu familia… En Madrid estás muy sola…

Pero no volvió, decidió querer ser fuerte y seguir con las oportunidades que sabía que esta ciudad le había brindado, y descubrir todas las que todavía desconocía. Con el tiempo, aprendió a convivir con el dolor, con la ausencia y el recuerdo de quién no merecía ser recordado. Aprendió a sonreír por cosas simples y a ver lo positivo en cada esquina de su vida. Volvió a desnudarse frente al lienzo, y empezó a recuperar una ilusión que había enterrado demasiado rápido. Sólo había una cosa que tenía clara: el amor no existía, y no existiría jamás.

Aquel domingo estaba triste y ella sabía que gran parte de culpa la tenían el frío y el invierno. En medio de tantos recuerdos, del café enfriado, del pan delicioso y de la mermelada de naranja recién comprada, sonrió en silencio. Su abuela la había dejado hacía sólo unos meses y ese desayuno, y ese cuadro que pintaba a base de rabia, eran suyos. De las dos. Empezó a reír a carcajadas. Todos estos recuerdos le habían devuelto un detalle que jamás podría relacionar con Jaime. La mermelada de naranja. Jamás la había comido con él, y por alguna extraña razón, jamás le había hablado de aquellos años de infancia, entre fogones y azúcar dónde preparaba aquella delicia en compañía de su abuela…

Jaime había desaparecido de su vida hacía poco más de cinco años, sabía por terceras personas que ahora vivía en Italia, con una modelo de la que se había enamorado un verano de estos en Ibiza. Jaime había desaparecido de su vida, pero consiguió arrancarle gran parte de su alma. No había vuelto a creer en el amor. Bueno, no del todo. En todo este tiempo había conocido muchos chicos. Su vida social se había incrementado con creces y cada vez se había sentido más feliz. De los chicos había decidido guardar los besos momentáneos, los abrazos efímeros y las caricias ocasionales. No quería compromisos. No creí, ni quería creer en nadie. No creería jamás. Estaba feliz como estaba. Tenía su trabajo, sus amigos, sus amigas, sus risas, sus pinceles, sus cuadros que de vez en cuando vendía, que otras veces exponía en el Retiro o el Palacio Real, dónde todo el mundo se asombraba y la felicitaba, y con lo que ella tenía suficiente.

Poco antes de empezar el verano, un domingo cualquiera, estaba con unas amigas tomando unos vinos en la plaza, cuando le dio un vuelco el corazón  y cuyo hecho habría negado hasta el último instante si alguien se lo hubiese preguntado. Vio cómo él se dirigía hacia la calle Colón y sin pensarlo dos veces se levantó de la silla y le siguió hasta comprobar que torcía por la calle Valverde y se metía en el segundo portal. Cuando volvió a la mesa, justificó su improvisaba huída diciendo a sus amigas que le había parecido ver a una antigua amiga de la facultad, pero que se había confundido. Por suerte, nadie notó nada y la conversación que tenían a medias siguió su ritmo. Conversación que ella jamás llegó a escuchar. No podía creer lo que acababa de pasar.

Cuando tenía ocho años, sus tíos la llevaron de vacaciones a un pequeño pueblo de Cantabria. Allí, pasó una de las mejores vacaciones de su vida, donde hizo muchos amigos con los que jugaba de forma incansable y donde sólo fue feliz. Hugo, por aquel entonces, tenía 12 años, y se juntaba con los mayores. Era el hermano de Elena y ambos eran nietos de la mujer que vivía en la casa continua a la que ellos habían alquilado. Durante dos semanas vio a Hugo cada día. Durante más de veinte años le guardó en sus sueños. No le había vuelto a ver jamás, ni si quiera guardaba una foto suya, pero estaba segura que recordaba cada rasgo de su cara y no necesitaba ni si quiera cerrar los ojos para conseguirlo. Hacía años que no pensaba en él, pero incluso en la adolescencia seguía recordando lo mucho que le gustaba. No cabían dudas, aquel chico, con camiseta blanca, vaqueros cortos y zapatillas que acababa de cruzar la plaza tecleando la pantalla de su móvil y acompañado por un bull dog francés, era él. No sabía cómo, ni por qué, pero ese chico le acababa de encender el corazón y le había devuelto el trozo de alma que le faltaba. ¿Pero qué estaba diciendo? Ella no creía en el amor, y pensaba mantenerse fiel a sus ideas hasta el fin de sus días.

Cada domingo, sobre la una del mediodía, se paseaba por el barrio y no volvía a casa hasta encontrarselo paseando con su perro. Habían pasado seis meses desde la primera vez que le vio y en esos seis meses, veintiséis domingos le había visto sonreír por una calle u otra  en pleno corazón de Madrid. Ni una, ni si quiera una vez de esas veintiséis, él se había dado cuenta que ella estaba ahí. Hoy volvía a ser domingo, le había vuelto a ver, y por primera vez en tanto tiempo sentía rabia y tristeza, por primera vez en mucho tiempo volvía a comer pan con mermelada de esa que cocinaba con su abuela. Odiaba el amor, y no estaba enamorada.

La semana transcurrió tranquila. Con el frío y la nostalgia, con los cafés calentitos en el metro, el olor a castañas en la calle y la mermelada sobre la mesa, en forma de recuerdo bonito, triste, como si fuese una canción, una imagen, un olor… Estaba ahí, posando serena. Llegó otro domingo más, y tras la experiencia del anterior, decidió poner punto y final a aquella historia. No tenía sentido. Nada lo tenía. No sabía a qué se dedicaba, no sabía si tendría pareja, si sería gracioso, si sería cordial, si sería bueno, si sería sincero… Ella no creía en el amor, y nada de eso tenía sentido. Enfadada con el mundo, se encerró en casa todo el domingo. Carlos, que nunca fallaba, la visitó con un cargamento de cupcakes para contarle la maravillosa aventura que había tenido la noche anterior con un joven futbolista que pronto llegaría a ser una estrella, o eso creía él. Cuando acabó el día supo que no fue tan malo. Habían pasado seis meses, y ya había acabado. No había necesitado bajar a la calle, esperar verle salir del portal, no había echado de menos nada de todo aquello.

Las semanas pasaron, pasó la Navidad, esa que tanto adoraba y que desde hacía un tiempo tanto odiaba, pasó el frío, la nostalgia, seguían los recuerdos, los pinceles… Y empezaba a llegar el calor. Irene había tenido que volar a Francia urgentemente, su hermana, que vivía desde hacía varios años al sur del país, acababa de dar a luz a una preciosa niña a la que llamaron Dana, así que ella no tuvo más remedio que quedarse cuidando al perro de quien había sido su mejor amiga los últimos casi ocho años.

La tarde sonreía y el sol ya coronaba la ciudad. Las calles volvían a estar llenas de gente y las terrazas volvían a ser escenarios de risas y encuentros. La primavera siempre fue su estación favorita del año. Se puso el vestido verde que tanto le gustaba, unas botas marrones y una chaqueta vaquera que había comprado en una tienda de segunda mano, cogió al perro y decidió bajarse a dar un paseo.  Paseó por todo el centro, estuvo mirando tiendas, observando a la gente pasar, sonriendo a los malhumorados y disfrutando de aquel día. Sin saber por qué, estaba feliz. El dolor del pasado se había difuminado, y quizás el nuevo trabajo que había conseguido hacía tan sólo unas semanas ayudaba bastante en que aquel fuese un buen momento. Decidió sentarse en una de sus terrazas favoritas de Chueca y se puso a leer los mensajes que habían estado sonando en el último rato en su móvil. De repente noto un tirón en su silla, y sintió como los dos perros se entrelazaban en medio de juegos e inocencia. Levantó la cabeza y encontró la misma cara de sorpresa que supuso se reflejaba en la suya, sólo que a ella le volvían a temblar las piernas.

Él le sonrió y le dijo:

-Nos conocemos?

-Creo que no…- pudo balbucear.

-Mmmm… Bueno, no sé, me llamo Hugo.

-Yo soy Marta y me encanta la mermelada de naranja.- dijo con una sonrisa.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.