Los sueños, sueños son.

Empezar el martes ya directamente con vosotros, supongo que va a suponer una buena dosis de energía para todo el día, y eso me gusta. Me hace muy feliz sentarme a contaros alguna historia.

Los que seguís mi página de Facebook (lo que te quería contar) o mi Instagram personal (@lorenacorcoles), habréis visto que sí, una vez más, me estoy perdiendo entre las páginas de La Sombra del Viento. En varias ocasiones os he hablado de este libro, cómo lo descubrí, cómo lo acaricié por primera vez y cómo le declaré amor eterno a Daniel, uno de sus personajes principales. Supongo que al igual que nunca nos cansamos de ver nuestra película favorita, o igual que vemos siempre que echan en la tele alguno de esos clásicos románticos que pasen los años que pasen y los veas las veces que los veas, siempre te apetece, sentarte en el sofá y volver a disfrutarlos, a mí me pasa igual con este libro. Ya no sé cuántas veces lo he leído, pero sé que nunca dejaré de hacerlo. Cada vez que me sumerjo entre sus páginas, que acompaño a Julián, Penélope, Daniel, Bea o a Fermín Romero de Torres a pasear por aquella antigua Barcelona, gris y con el alma destrozada, con olor a miedo y muerte en cada una de sus calles, me encuentro conmigo misma. Siento paz y sonrío… En el libro hay una gran frase que dice: “Los libros son espejos: sólo se ve dentro lo que uno ya lleva dentro“. Supongo que cada vez que lo leo, algo nuevo despierta en mí, o porque quizás, la primera vez que visité El Cementerio de los Libros Olvidados, a principios de 2004, le entregué, sin ser consciente, cual enamorada, un trozo de mi alma para siempre.

Hoy no quería hablaros de la Sombra del Viento, aunque me hace muy feliz saber que muchos lo habéis leído, dejadme, solamente, insistir a los que todavía no lo han hecho. Es una auténtica obra maestra que, creo, debe leerse, al menos, una vez en la vida.

Pero hoy lo que te quería contar va más allá de las páginas de esta novela. Hoy quiero hablarte de los sueños, aunque en otras ocasiones te he hablado de ellos, pero creo que es necesario que nos volvamos a reencontrar, de vez en cuando, con este tema. Sobre todo, quiero aprovechar para recordárselo a todas esas adolescentes o jóvenes que me leen cada semana, porque están empezando prácticamente a caminar “solos” ante la vida, empezarán pronto a conocer la madurez y tendrán que tomar decisiones que les harán elegir caminos profesionales y formas de vida… Y creo que, sobre todas estas decisiones, deben priorizar los sueños y las ilusiones de cada uno.

Del mismo libro del que os acabo de hablar, rescato otra frase que me encanta: “Lo difícil no es ganar dinero sin más. Lo difícil es ganarlo haciendo algo a lo que valga la pena dedicarle la vida.” Creo que no hay nada más cierto. Lo que está claro es que todos tenemos sueños, anhelos y objetivos de futuro, esa es la magia del ser humano: las ilusiones y los deseos, qué queremos ser y cómo vamos a conseguirlo. Lo que está claro es que aquellas metas que te propongas no van a ir a buscarte hasta tu casa, pero tú si saldrás a la calle y lucharás para encontrarlas.

No quiero ni pretendo ser ejemplo de nada, ni para nadie. Pero me gustaría compartir con vosotros un poco de mí. Tengo un trabajo que no me disgusta, pero no me apasiona. Es un trabajo que me da una situación laboral muy estable, y un sueldo fijo cada mes con el que tengo que pagar un alquiler y vivir una vida que me apetece y me hace feliz, pero a mí lo que realmente me apasiona es esto; sentarme frente a un ordenador y dejar que los dedos traduzcan solos lo que mi mente va imaginando y pensando, sin que yo tenga tiempo, prácticamente de reaccionar. Trabajé mientras estudiaba y con eso y las becas que recibía pasé mis cinco años en la facultad. Ahora, si miro hacia atrás y pienso que han pasado casi diez años desde aquello, sé que hay que hacer las cosas de otra forma, porque ha pasado el tiempo y porque mi vida necesita encontrar ese camino y ese trabajo que realmente  me llene como persona.

Como bien sabéis (aunque esté tardando un poco más de lo previsto), en poco tiempo sale a la venta mi primer libro: Me olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos. Con ello quiero deciros que nadie me ha regalado nada, que he buscado la forma de hacer realidad mis sueños, que he trabajado desde siempre, aunque no me gustase mi trabajo, pero he sido realista y he sabido que la vida vale dinero, aún así, tras mi jornada laboral, he buscado alternativas y he buscado y encontrado otros caminos que realmente me llenan ese vacío profesional que durante mucho tiempo tuve. Está claro que me he encontrado por el camino con gente maravillosa que me ha sonreído y me ha acompañado a conseguirlos, con su apoyo y su magia, y otra gente que no lo ha hecho, pero supongo que, al final, los que me siguen acompañando son los primeros.

No sé cómo ni donde acabará esta historia, si saldrá bien o saldrá mal, pero lo que sé es que es de vital importancia intentarlo. Si no lo intentas, no sabes si vas a ganas o a perder. Perder da fuerzas y ganar te hace querer más, y en la actitud y las ganas está la clave para conseguir aquello que deseamos, sea en el ámbito profesional o personal, desde elegir cómo queremos llevar el camino de nuestro trabajo y cómo buscaremos alternativas si este no nos hace feliz a cómo haremos que sea nuestra vida fuera de él, de qué amigos nos rodearemos y cuánta felicidad necesitaremos que nos dé nuestra pareja. Recordad siempre que vida sólo hay una, y yo, al menos, estoy dispuesta a exprimirla al máximo. ¿Qué vas a hacer tú?

Nunca es tarde y eso es una realidad. Da igual dónde estés o cómo estés y la edad que tengas, si tienes ganas de conseguir algo, y pones el empeño y la lucha necesarios, lo vas a conseguir. Yo creo en la capacidad del ser humano y creo que es capaz de conseguir absolutamente todo lo que se proponga, aunque a veces me decepcione, si no creyese en el ser humano, estaría totalmente perdida.

Descubrí el claro ejemplo de todo esto que os digo hace relativamente poco. Lo descubrí hace menos de tres años, porque fue Sergio quien me presentó esta película de la cual me enamoré la primera vez y la cual ya he disfrutado unas cuantas veces. Million Dollar Baby es una de esas obras del cine (aunque basada en una novela) que te dan una lección de vida, que te hacen mirarte y pensar: ¿qué hago aquí? y, ¿por qué no voy a buscar aquello que quiero llegar a ser?

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Dirigida por Clint Eastwood, quien también participó en la producción, compuso la banda sonora e interpretó uno de los papeles principales, Million Dollar Baby se estrena en el año 2004 y consigue ser galardonada con más de cuarenta premios nacionales e internacionales, entre los que destacan cuatros premios Óscar, incluyendo mejor película, mejor director, mejor actriz principal y mejor actor secundario.  Además de Eastwood, protagonizan la película Hilary Swank y Morgan Freeman (quienes recibieron el Óscar a mejor actriz y mejor actor por estos papeles).

Narra la historia de Frankie Dunn, un veterano entrenador de boxeo ya al final de su carrera, y sus esfuerzos por ayudar a una boxeadora, llamada Maggie Fitzgerald, a llegar hasta lo más alto, aunque entrenar a una mujer esté contra sus criterios. Maggie tiene 31 años y trabaja como camarera. Eso no la hace feliz, ella tiene un sueño y una meta: quiere ser una gran boxeadora, quiere ser reconocida y quiere viajar por el mundo. En el camino hacia su sueño, se encuentra con muchas personas que no creen en ella, pero aunque algunas veces flaquea, la esencia de todo es que ella cree en sí misma y no va a parar hasta conseguirlo.

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Su sueño se convierte en una realidad y se convierte en una aclamada y conocida boxeadora, una mujer con éxito, fama y dinero que la llevarán a encontrarse con la peor de las decepciones: el egoísmo e interés de su propia familia. A veces, los sueños salen mal, y un fatídico golpe cambiará la vida de Maggie para siempre. No os voy a desvelar el final, aunque supongo que muchos lo conocéis, pero los que no, quiero que disfrutéis de esta película y luchéis por aquello que deseáis.

A veces los sueños cumplidos pueden torcerse y podemos encontrar un final que no hubiésemos deseado ni en nuestra peores pesadillas, pero aún así, en algún momento, ese sueño te hará completamente feliz y te dará una felicidad absoluta que el no haber luchado por él no podrá darte jamás.

De mi libro os diré que estamos eligiendo la portada y que muy pronto os traeré novedades. Gracias a los que me decís que tenéis muchas ganas de tenerlo en vuestras manos, no os imagináis las ganas que tengo yo.

” La magia de librar batallas más allá de lo humanamente soportable se basa en lo mágico que resulta arriesgarlo todo por un sueño que nadie más alcanza a ver excepto tú.”
Million Dollar Baby

Luchad siempre.

Feliz martes, amigos.

Lorena.

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Me gusta todo, menos tú.

Como cantaba mi amigo Mario en una de sus canciones: algo estamos haciendo mal. No ha sido nuestra culpa, o tal vez sí, pero algo estamos haciendo mal.

Hoy te quería contar algo en lo que todos deberíamos estar de acuerdo, con nuestras diferencias y preferencias, pero con las ideas superficiales, al menos, iguales. El problema es que estamos de acuerdo muchos, pero no todos, y ahí es cuando algo falla, porque algo falla.

Hoy quiero hablarte de lo mucho que me gusta el país en el que vivo y lo poco que me gustas tú. Quizás suena un poco frío, pero es la verdad.

Me gusta mucho mi país, es un país bonito, aparentemente tranquilo… Me gusta su sur, con sus rincones, sus colores, su calorcito, su arte, su acento, su clima, la gracia de su gente… Me encanta su norte, con esos paisajes de ensueño, tan verdes, tan bonitos, su agradecido fresquito en verano, sus lluvias, su comida, la bondad de su gente… Me gusta Barcelona, por ejemplo, la ciudad de mi libro favorito, la ciudad que para mí es un sueño, tan cosmopolita, tan avanzada siempre, me gusta su gente, su idioma, me gustan sus valores… Me gusta (y mucho) la capital de mi país, esta ciudad que he hecho un poco (bastante) mía,  me gustan sus calles, su vida, su mezcla, su cultura, sus pocas ganas de dormir, me gusta su gente, sus costumbres… Me gustan todos los rincones de mi país, unos más bonitos que otros, cada uno con sus cosas, una maravilla en su conjunto… Me gusta, por supuesto, Valencia, mi tierra, mi casa, me gusta el clima del Mediterráneo, su comida (¡viva la paella y la cassola!), me gustan sus playas, sus fiestas de Moros i Cristians, me gusta su lengua, me gusta su gente…

Me gustan tantas, tantísimas cosas… Me gusta todo, menos tú.

Vivo en un país precioso, de verdad te lo digo. Un país donde se hablan varios idiomas, un país que me transmite buen rollo, energía y felicidad. De mi país me gusta casi todo, y digo casi, porque no me gustas tú.

Me gusta mi país, me gustan sus médicos, me gustan sus profesores, me gustan sus periodistas, me gustan sus músicos, me gustan sus actores, sus directores de cine, me gustan sus escritores, me gustan sus deportistas, me gustan sus profesionales, porque los hay, perfectamente preparados y capacitados en cualquiera de los ámbitos. Me gusta su historia, su cultura, sus monumentos, me gusta la Giralda, la Sagrada Familia, la Catedral de Santiago, La Alhambra, El Palacio Real o La Puerta del Sol… Me gusta todo esto que se ha ido conservando y cuidando a lo largo de los siglos, con el paso de la gente y del tiempo.

No me gustas tú, porque lo estás destruyendo casi todo.

Vivo en un país maravilloso, con personas maravillosas… Pero siento una vergüenza extrema cada vez que veo a cualquiera de los políticos que creen que nos representan. Vivo en un país donde la corrupción está a la orden del día, donde nos roban por todos lados y  donde se consiente. Vivo en un país donde roba todo el mundo que tiene el mínimo poder, desde el alcalde de un pequeño pueblo hasta el yerno del rey, y eso me llena de tristeza, de rabia y de impotencia.

Vivo en un país dónde algunos tapan a los que roban, los esconden, y si salen a la luz, se atreven a justificarles. Vivo en un país donde nos han recortado en sanidad, siendo una de las mejores de Europa, donde nos han recortado en educación, tan básica y esencial, vivo en un país donde violan su cultura, manteniendo un IVA del 21%.  Vivo en un país donde siento tanta tristeza…

Supongo que muchos sabéis que mi lengua materna es el valenciano, es mi primer idioma, y en valenciano me he criado y educado. He estudiado en valenciano e incluso hice la selectividad en valenciano. Siempre he defendido mucho mi lengua, tan digna, tan bonita, tan nuestra… El valenciano es mi familia, mi pueblo, mis amigos de siempre, es mi tierra, es mi historia y es mi cultura.

Hace unos meses, al comenzar las fallas, la alcaldesa de Valencia (no voy ni a escribir su nombre, no quiero manchar este post) daba un discurso lamentable inventando todas y cada una de las palabras que pronunciaba en valenciano. Mi lengua, y la de muchos. No pude sentir más vergüenza… ¿Cómo una señora que cobra un sueldo que multiplica el de cualquier trabajador no sabe ni si quiera hablar el idioma de su tierra, el idioma oficial de la ciudad a la que representa? ¿No os parece surrealista? Desgraciadamente, esto no fue lo peor. No lo fue. Mientras las redes sociales se llenaban de comentarios y de videos sobre el discurso, mientras la mayoría de los ciudadanos no daban crédito a lo que había sucedido… Pasó algo realmente alucinante, que os prometo me hace plantearme dónde está la razón del ciudadano y dónde está la cultura de las personas. Lo peor, para mí, fue que hubo gente que se atrevió a salir en su defensa, se plantó ante el balcón del ayuntamiento con pancartas como “¡Viva nuestra alcaldesa!” o “Yo con el valenciano también me lío, pero de Rita me fío” (esta última me mató). Os prometo que tenía ganas de llorar…

Que los políticos nos roban es un secreto a voces, pero que se destapen constantemente tramas de corrupción y que la mayoría de ellos estén tranquilamente en la calle, cobrando sueldos de por vida y riéndose a carcajadas de todos los ciudadanos me da mucho asco. Hace unos días salían a la luz unas facturas de esta misma señora, la alcaldesa de Valencia, en las que se reflejaba que en los peores momentos de la crisis gastaba dinero de forma desorbitada, en cosas innecesarias como suites de hoteles, comidas de lujo, bebidas alcohólicas o coches privados con chófer… Mientras tanto, miles de ciudadanos se preguntaban cómo poder pagar las facturas de luz y agua, cómo comprar los libros de los colegios de sus hijos o cómo poder darles de comer en condiciones. Cuando los periodistas le preguntaron, tuvo la poca vergüenza de responder, para justificar estos elevados gastos, que no quiere “cutrerías” para Valencia. Ay, perdone, ¿es que ese dinero estaba siendo destinado a un colegio, a un hospital, o a un parque infantil? Porque me pierdo.

La alcaldesa de Valencia sólo es una entre cientos. Todos ellos me dan asco, mucho asco,  pero quien no me gusta eres tú. Si, tú, el que les vota, el que aún sabiendo todo eso, les apoya, como si a ti no te estuviesen robando nada, como si sólo me lo estuviesen robando a mí.

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Dentro de unos días empieza mayo, uno de mis meses favoritos, con su día uno como festivo: el día del trabajador. Yo estoy muy contenta porque ese día descanso. Desde hace unos años me acuerdo de todos los que tenemos suerte de tener un trabajo, pero, sobre todo, me acuerdo de todas esas personas que llevan mucho tiempo luchando por un trabajo digno. Me acuerdo de todos esos padres de familia que ya no encuentran trabajo porque “ya son muy mayores”, me acuerdo de todas esas mujeres que luchan incansablemente por poder tener un trabajo y mantener sus familias y sus hogares… Me acuerdo de todos y cada uno de esos jóvenes licenciados, brillantes, con un curriculum impecable, que están trabajando de camareros o limpiando hoteles en cualquier rincón de Europa, me acuerdo de los que tuvieron más “suerte”, y ejercen su profesión y vocación en otro rincón del mundo, con la consecuencia de estar lejos de su gente, de sus familias, de sus casas, de sus ciudades y sus calles… Y entonces, me vuelve a invadir la pena. Entonces me acuerdo de todos estos malditos políticos corruptos, a los que la gente ha elegido para representarles, para que luchen por sus derechos y mejoren su bienestar social, pero no lo han hecho, y aún así, les vuelven a votar. Entonces me acuerdo de esa gente que les vota y me encantaría que me explicasen por qué lo hacen y entonces pienso “tenemos lo que nos merecemos”, pero no, no nos lo merecemos. Se lo merecen los que les apoyan, pero no nosotros, no el resto.

Trabajar es un derecho, pero mientras miles de personas en mi país no tienen un trabajo digno, mientras miles de personas no tienen trabajo, sus políticos roban y viven vidas de lujo.

Vivo en un país muy bonito, te lo prometo… De él me gusta todo, menos tú.

snte

Buenas tardes/noches, amigos.

Lorena.

Volveré a París, a abrazarla a ella.

Los días de lluvia siempre me han parecido perfectos para escribir. Si os dijese que esta tarde me he sentado con un café calentito y mi perro durmiendo sobre mis piernas a escribir este relato, podría parecer demasiado utópico, pero es real. Ojalá no hubiesen motivos para un día como hoy. Hoy, día mundial contra el cáncer, os dejo este relato, ya sabéis, para leer con calma, despacito, para saborear los rincones, las vidas, las ilusiones, los miedos y la cobardía que a veces nos destroza la vida. Para todos los luchadores que han hecho frente a esta enfermedad, para todos los vencedores, para todos los vencidos, para todas y cada una de esas familias que lo han sufrido… Por todos esos malditos recortes en medicina, en estudios que espero algún día encuentren el triunfo de la batalla, por todos los que lucharán… Por todos los que aman la vida, por los que la aprovechan y por los que no… Hoy, te lo quería contar.

Volveré a París, a abrazarla a ella.

Bajé del taxi temblando, el sudor frío me estaba congelando el alma mientras la lluvia empapaba mi rostro, mi ropa y mi cuerpo… El corazón latía con más fuerza que nunca, sin casi tener fuerzas, pero latía de miedo. Llegué a la entrada de la estación casi sin aliento, miles de personas volaban de arriba a abajo, sin ni si quiera mirar a su alrededor. Prisas, relojes, maletas… Algunos esperaban. Abrazos de felicidad, otros de despedidas y todas esas cosas que forman parte de una estación de tren. No fui capaz de ver ningún rostro, ni escuchar ningún sonido claro, corrí  como pude de arriba a abajo, esperando que no fuese tarde, pero cuando llegué al andén… El andén estaba vacío. Algunos encargados de ser oficialmente acompañantes hasta el punto de partida venían en dirección contraria a la mía, y a lo lejos, entre la lluvia y la oscuridad de aquella mañana de domingo podían verse las luces de un tren que desaparecía. Acababa de perder la batalla más importante de mi vida.

Sólo tenía diecinueve años cuando conocí a Marco. Si todos los cuentos tuviesen que basarse en una historia de amor real, estoy segura que aquella hubiese sido digna de ser escrita. Nos conocimos en Inglaterra, en uno de esos veranos a los que estaba acostumbrada desde niña, conviviendo con otros jóvenes en una exquisita y refinada academia, aprendiendo el idioma y las costumbres. Siempre me pregunté si realmente mis padres estaban interesados en mejorar mi educación y enriquecer mi cultura o simplemente era mucho más cómodo no tenerme como responsabilidad durante dos meses que aprovechaban para ir de viajes con sus amigos. La cuestión es que, en el fondo, tampoco me importaba. Mi relación con ellos había sido más bien fría. Mi madre siempre había deseado tener una niña, para vestirla, peinarla y pasearla, no creo que para nada más. Me eduqué en uno de los colegios más prestigiosos de la ciudad y desde que mis recuerdos alcanzaban, las niñeras habían sido mis compañeras de juegos y deberes. Mi padre era un hombre de negocios que a penas pasaba por casa. No le importaba que mi madre se pasase los días exprimiendo su tarjeta de crédito, y a ella no le importaba saber que él estaba acostumbrado a verse con otras mujeres, mucho más jóvenes y guapas. Frente al mundo, eran el matrimonio perfecto y los padres perfectos. Como otros muchos, matrimonios de esos que pasan los años en la apariencia estando completamente vacíos.

Marco era un chico hecho de sueños. Atento, cariñoso, divertido, sorprendente… Le encantaba viajar, descubrir lugares y culturas, y casualmente vivía en la misma ciudad que yo. Tenía una fiel compañera que nunca le dejaba solo, una maravillosa cámara de fotos con la que inmortalizaba pequeños detalles insignificantes que cobraban vida cuando los veías después de haber pasado por ese objetivo. Su sueño era ser un fotógrafo reconocido mundialmente y exponer su arte en exposiciones casi inimaginables. Me gustaba su sonrisa y su risa, su vitalidad, sus ganas de comerse el mundo. La fotografía me llamaba mucho la atención, y lejos de la carrera de derecho que mi padre me obligó a estudiar, mi sueño habría sido estudiar publicidad, pero claro, eso era una carrera absurda para una familia como la mía.

Éramos unos niños y aún recuerdo con nostalgia y una sonrisa aquella inocencia y aquella pasión que se respiraba en nuestras miradas, en nuestras caricias involuntarias y en un país que no nos pertenecía, pero que estábamos dispuestos a hacer nuestro. Teníamos dos tardes libres a la semana, y aprovechábamos para conocernos y querernos. Me enamoré de él sin ni si quiera haberle dado un beso. Cuando le besé por primera vez, tras una tarde de paseo y helado de vainilla, supe que jamás querría besar otros labios. Una noche, se coló en mi habitación. Y en aquella academia inglesa, que creía tener controlados cada uno de nuestros pasos, le dije que me hiciese el amor como nunca antes se lo había hecho a nadie… Nuestra relación era maravillosa. Nuestras risas, nuestro sexo y nuestros besos. Era, sin duda, el hombre de mi vida.

Cuando volvimos de aquel verano del que sólo fuimos protagonistas, empezamos a convivir en nuestra vida real. Vivíamos en la misma ciudad, proveníamos de una vida con un poder adquisitivo demasiado parecido, sólo que a él, sus padres le apoyaban en sus sueños. A mi madre le encantó desde el primer momento… Marco le encantaba a todo el mundo. Y yo no podía ser más feliz.

Habían pasado casi cuatro años desde que nos conocimos, yo estaba a punto de terminar la carrera y él ya había conseguido algunas exposiciones en salas de renombre de Madrid y Barcelona, de las cuales había salido victorioso. Su fotografía no dejaba a nadie indiferente, y yo temía que algún día su talento nos separase. En el fondo, sabía que eso no podía pasar, nuestro amor era mucho más fuerte que cualquier proyecto, cualquier distancia y cualquier tiempo.

Levábamos un tiempo hablando sobre irnos a vivir juntos, pero yo prefería primero terminar mis estudios. Recuerdo perfectamente aquella noche de viernes en la que habíamos quedado para cenar. El clima era suave y las terrazas invitaban a quedarte horas en la calle.

-¡Va a ser maravilloso! Tú y yo, París, una vida nueva y una vida juntos.

Sonreí y asentí. Marco acababa de recibir una oferta de trabajo de una prestigiosa revista francesa, le ofrecían un sueldo de lujo y un trabajo fijo para, al menos, cinco años. No dudé seguir sus pasos, iría con él al fin del mundo. Un mes después estábamos instalados en un precioso apartamento en 5ème arrondissement-Paris, uno de los barrios más prestigiosos de la ciudad. Estábamos felices e ilusionados. Los primeros meses fueron difíciles, Marco pasaba mucho tiempo trabajando y yo tenía demasiado tiempo libre. Me sentía completamente sola. Echaba mucho de menos mi día a día, mis amigos, mis rutinas… Me dediqué a inspeccionar sola los rincones más extraordinarios de la ciudad. Intentaba visitar diferentes distritos y sobretodo aprender el idioma. Mis padres, en su más incuestionable perfección se habían olvidado de que además de inglés, no habría estado mal que hubiese aprendido algo de francés. Empecé a ver mis películas favoritas en francés, y a leer libros y revistas… Además, me apetecía y necesitaba encontrar un trabajo, porque el tiempo libre me estaba matando, incluso en una ciudad tan increíble como aquella.

Una mañana, paseando por el barrio de Ópera, encontré una pequeña librería con un encanto que llamaba a gritos mi atención. Entré a echar un vistazo, en el mostrador había una chica delgada y sonriente, con los ojos claros y el cabello oscuro, que ordenaba una serie de papeles mientras tarareaba una canción. Cuando me acerqué a pagar me dijo algo en francés que no conseguí entender.

-¿Eres española?- Y a mí se me iluminó la cara.

Empezamos a hablar. Se llamaba Laia y era catalana, hacía años había ido a París a estudiar una beca sobre historia del arte y se había quedado a vivir. Le conté mi situación y los motivos que me habían llevado hasta allí, y sin saber muy bien por qué, le expliqué la soledad que sentía y lo mucho que echaba de menos mi día a día. En poco tiempo, Laia se convirtió en mi mejor amiga. Marco estaba feliz, entusiasmado con su trabajo, y aunque intentaba estar pendiente de mí, le quedaba poco tiempo para ello, en la revista le tenían muy considerado y acababan de ofrecerle viajar por Europa una semana al mes para fotografiar ciudades y noticias.

Laia y yo nos convertimos en inseparables, muchas noches en las que Marco estaba fuera se quedaba conmigo en casa. Las dos teníamos una conexión indescriptible. Sentía que nos conocíamos como si hubiésemos pasado juntas toda la vida, pronto aprendimos a reírnos con las mismas cosas, a entendernos con una mirada y a compartir los mismos sueños. Consiguió que un buen amigo suyo me contratase como camarera en una cafetería que había muy cerca de la librería dónde ella trabajaba, así mejoraría el idioma y me sentiría realizada. No me gustaba nada la idea de vivir de Marco,aunque su sueldo nos lo permitía. Obviamente, mis padres no se enteraron de aquel trabajo nunca.

Echo la vista atrás y visualizo cada uno de los momentos, cada detalle, cada instante, pero mirando desde lejos, creo que las cosas pasaron demasiado deprisa. No sabía muy bien por qué, ni si quiera me atrevía a mencionarlo en voz alta para no asimilar que era real, pero mi necesidad por ver a Laia se fue incrementando cada vez más. Mi amiga, mi confidente, mi consejera y compañera. No sólo  necesitaba verla para contarle mis secretos o preocupaciones, empezaba a tener la necesidad de abrazarla fuerte, de besarla, de acariciarle la piel, de desnudarla, de cuidarla, de quererla… ¿Qué me estaba pasando? ¿Qué locura era esa?

Una tarde de marzo, Laia me dijo que me iba a llevar a un sitio que me iba a encantar. Las dos teníamos la tarde libre, Marco estaba en Roma de viaje, y a las cinco nos encontramos en la puerta de su librería. Aquella tarde me llevó al salón de thé Fauchon, y me enamoré de aquella cafetería. Sin saber muy bien cómo, ni por qué, aquella tarde sentí que el mundo a nuestro alrededor se desvanecía, y que nosotras y nuestras sonrisas estábamos por encima de todo y todos. Le dije que se viniese aquella noche a casa, y creo que ambas sabíamos que aquella noche no sería como las demás. Preparé unas pizzas y nos sentamos en el sofá, preparé unos gintonics con frutos rojos y estuvimos riéndonos, bebiendo y fumando hasta casi el amanecer. Lo evitable ya era inevitable, y entre nosotras ya no existían miradas de comprensión, ahora lo que se reflejaba era pasión… y, ¿por qué no? También amor. Cuando nos tumbamos en la cama, todo me daba vueltas… Laia se me acercó y empezó a acariciar mi espalda, recuerdo perfectamente la suavidad de sus manos rozándome, de arriba a abajo, y las mil mariposas que volaban en mi estomago como, sin yo saberlo, no ocurría desde hacía años. Me besó en el cuello, y a pesar de los escalofríos y la felicidad que en esos momentos sentía, tenía miedo, mucho miedo. Me di la vuelta y la miré a los ojos, entonces entendí que nunca había sido tan feliz. Nos besamos como si el mundo no existiese, nos acariciamos, nos quisimos y nos amamos como estoy segura no habríamos sido capaz de hacer con nadie.

Todo lo demás pasa como diapositivas fugaces por mi mente…

Los miedos, las dudas, las lágrimas, el temor, el daño que le hice a Marco, la cobardía de no contarle nada a mis padres, mi ruptura, mi asimilación de los sentimientos nuevos, la pasión que sentía, la felicidad, la locura, el miedo a una sociedad que cree que está civilizada pero es incapaz de aceptar con normalidad a dos mujeres cogidas de la mano…

Dejamos París a los dos meses de estar juntas. Nos trasladamos a Barcelona, y tras un tiempo con un fuerte dolor en la cabeza, en uno de mis viajes a Madrid, fui al médico al que siempre me había llevado mi madre. Me hicieron pruebas durante días. Un tumor me estaba destrozando la vida. No había casi esperanzas, ni si quiera mucho tiempo. El mundo oscureció de repente, y sentí la rabia y la impotencia, el odio eterno contra la vida, que me estaba fallando en el momento que más la quería. Pensé en Laia, en su dulce voz, en su piel preciosa, y en su eterna sonrisa. Me quedé en casa de mis padres unos días, antes de tomar una decisión, antes de hacerle frente a la realidad… ¿Cómo yo, que tenía tantas ganas de vivir, iba a dejarla a ella sola? Quise contarle lo que pasaba cuando se me quebraba la voz al teléfono pero no tenía valor, no tenía valor para destrozarla. Una muerte nunca se supera, una ruptura acaba curándose con el tiempo. Nadie muere de amor, y eso todos lo sabemos. Nunca me habían gustado las mujeres, hasta que la conocí a ella. Todo había sido tan rápido, tan fugaz, tan bonito, tan nuestro… Un año a su lado me parecía una vida entera que me pertenecía, que nos pertenecía. Intenté hacerlo lo mejor que pude, y cuando volví a Barcelona y la vi, sólo pude echarme en sus brazos a llorar…

-¿Qué pasa? ¿Qué te pasa?.- Repetía una y otra vez mientras lloraba también, sin saber por qué.

Le dije que no podía ser, que mis sentimientos hacia ella habían cambiado, que era maravillosa, que era una de las cosas más bonitas que me habían pasado jamás, pero había estado confundida. Le mentí hasta dónde no se puede ni si quiera llegar a mentir, le dije que necesitaba que nos distanciásemos, que yo iba a volver a Madrid, que nuestros caminos se separaban, que me había dado cuenta que había confundido la amistad con el amor, y que todo había sido un error… Saqué fuerzas de dónde no las había y le pedí cien veces perdón. Se apartó de mis brazos, lloraba en silencio y me miraba. No me estaba creyendo, y me odió, me odió como sólo se puede odiar a alguien a quien en algún momento has amado, dejando atrás todo lo bueno. Me odió y sintió que le había destrozado la vida. En pocos días, sola en aquel piso, recogí todas mis cosas y me marché de allí.

Estuve meses sin saber nada de ella. Volví a casa de mis padres, que parecía que me querían más que nunca y que por primera vez necesitaban demostrarme que se preocupaban por todo lo me pasase. En los meses que siguieron mi vida estaba totalmente apagada, me pasaba el día llorando y quienes me rodeaban me pedían que fuese fuerte ante una enfermedad que me estaba arrancando la vida. Yo no lloraba por eso, yo lloraba porque la echaba mucho de menos y porque sólo necesitaba estar con ella. Mi cuerpo se iba debilitando y mi cara había perdido el color. Pedí que nadie se lo contase a Marco, ya había sufrido demasiado por mí.

Un sábado por la mañana recibí un mensaje de texto.

“Estoy en Madrid, te espero a las dos del mediodía en el metro de Velázquez. Mañana a las once de la mañana cojo un tren a Barcelona y de ahí cojo un avión.  Vuelvo a París.”

Leí y releí mientras el corazón se me rompía en pedazos que dolían. Me dolía el pecho, la cabeza, el cuerpo y el alma. Miré cada segundo el reloj y pensé en acudir a la cita. Estaba al lado de mi casa. Ella estaba allí, había venido por mí, con la última esperanza, con una ilusión a punto de ser enterrada. Me estaba demostrando que no me odiaba tanto como yo pensaba, y me estaba pidiendo a gritos que volviese a su lado. Si me veía se daría cuenta que me quedaba poco tiempo, ya no tenía pelo, no tenía fuerzas, y estaba totalmente destrozada. Le iba a hacer mucho daño. Vi el reloj posarse en las dos, las tres, las cuatro y cada una de las horas de aquel sábado. Lloré cuando ya no me quedaban lágrimas, y me mantuve despierta cuando ya no tenía fuerzas ni para ello. Aquella noche volví a París, entré en aquella librería y la vi ahí, tarareando detrás de un mostrador, aquella noche vi luz, vi su sonrisa y vi sus ojos, aquella noche sentí su piel y el sabor de sus labios, sentí la felicidad abrazándome la espalda, y me vi a mi misma sonreír, bailar, divertirme. Me vi llena de amor, y también de vida. Me desperté con el sudor empapando mi cuerpo, seguramente tenía fiebre. No tenía casi fuerzas para vestirme, mis padres aún dormían, me vestí como pude y bajé a coger un taxi.

-A Atocha, por favor.

Bajé del taxi temblando, el sudor frío me estaba congelando el alma mientras la lluvia empapaba mi rostro, mi ropa y mi cuerpo… El corazón latía con más fuerza que nunca, sin casi tener fuerzas, pero latía de miedo. Llegué a la entrada de la estación casi sin aliento, miles de personas volaban de arriba a abajo, sin ni si quiera mirar a su alrededor. Prisas, relojes, maletas… Algunos esperaban. Abrazos de felicidad, otros de despedidas y todas esas cosas que forman parte de una estación de tren. No fui capaz de ver ningún rostro, ni escuchar ningún sonido claro, corrí  como pude de arriba a abajo, esperando que no fuese tarde, pero cuando llegué al andén… El andén estaba vacío. Algunos encargados de ser oficialmente acompañantes hasta el punto de partida venían en dirección contraria a la mía, y a lo lejos, entre la lluvia y la oscuridad de aquella mañana de domingo podían verse las luces de un tren que desaparecía. Acababa de perder la batalla más importante de mi vida. Sentí como me flaqueaban las piernas, como mi cabeza me estaba matando a martillazos y sentí el fuerte sonido de mi cuerpo al desplomarse contra el suelo.

Dos días después me desperté en el hospital, donde sigo, donde sé que ya no me queda tiempo. Quizás quedan un par de días, quizás unas horas, o quizás unos minutos. El cáncer me ha ganado la batalla, pero sólo me siento perdedora ante la cobardía. Sé que cerraré los ojos, y sólo volveré a París, a abrazarla a ella.

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Buenas noches, amigos.

Lorena

Te querré siempre, Daniel Sempere.

Hoy es uno de esos martes en los que me he levantado con mil cosas que hacer. Mi cabeza ya corría mientras mi cuerpo le pedía a la almohada y a las sábanas que me atrapasen unos minutos más. Con el olor del café y los besos de buenos días he empezado a hacer mil cosas y he pensado en un mensaje que recibí ayer. Pensar en este mensaje me ha hecho trasladarme a hace unos días, cuando un buen amigo citaba en una red social una lista de nombres que habían marcado su vida. Estos nombres eran de profesores y profesoras que encaminaron nuestra educación y nuestra adolescencia, que formaron parte de nuestros pensamientos y decisiones, que formaron parte de nuestros miedos e ilusiones, como alumnos y como personas. Sí, este buen amigo y yo compartimos aula, sillas, sueños y libros, y por tanto, todos estos profesores también son parte de mi vida.

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Me resulta maravilloso como a pesar de los años, muchos de ellos siguen formando parte de mí, de mis anécdotas, de mis experiencias y mis metas. Siguen dándome consejos, ayudándome en las preocupaciones y sonriéndome en los éxitos… Algunos de estos nombres me arrancaron una sonrisa al leerlos, y hoy, al pensar en ellos, me ha bombardeado la imagen de la portada de mi libro favorito. Supongo que se debe a que sigo asociándolo al momento en el que lo descubrí, o quizás es porque hace demasiado que no lo leo…

Hoy te quería contar algo que te quise contar desde el principio. Era diciembre de 2003, o enero de 2004, no lo recuerdo bien, cuando en una entrevista en televisión alguien habló de La Sombra Del Viento. Al día siguiente, le pregunté a mi profesora de literatura si lo conocía. Me sonrió y me dijo que ya era hora de que me apeteciese leerlo. Al día siguiente me prestó su ejemplar. Hoy, millones de personas lo han leído, pero por aquel entonces, la mayoría de la gente que me rodeaba no había oído hablar de él jamás. Me sentí aventurera y pionera en unas páginas que muchos desconocían, y me enamoré desde su “Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados…” hasta su última frase.

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La magia de la literatura, del cine o de la música, es el idioma universal de sus historias. Siempre encontrarás un reflejo de ti en una canción que te encante, en una película que te apasione o un libro que te emocione. Como quién ve su película favorita a menudo, o quien nunca se cansa de escuchar la canción de su vida, yo nunca me canso de leer La Sombra Del Viento. Lo hago una vez al año. Me gusta reencontrarme con sus personajes, verles de nuevo, imaginar sus días, sus preocupaciones y sus sueños. Me gusta descubrir cosas nuevas en mí cada vez que los veo a ellos.

Quizás he leído libros mejores en mi vida, pero todavía no he sido capaz de descubrirlo, ni reconocerlo, y eso sólo hace que los personajes de Carlos Ruíz Zafón sigan siendo mis favoritos entre todos  y cada uno de los que sigo conociendo a través de otras páginas y otras historias… Si eres de los que aún no lo han leído, sólo puedo decirte que lo hagas, y si ya lo has hecho, estoy segura que sonríes cada vez que recuerdas a Daniel Sempere, Beatriz Aguilar, Julián Carax, Penélope Aldaya o a Fermín Romero de Torres…

La Sombra del Viento imagen sobre el libro

Me enamoré de todos ellos cuando sólo tenía 16 años, pero si alguien me robó el corazón desde la primera vez que le descubrí, fue Daniel. Su personaje, su personalidad, su bondad y su pasión por la lectura, me han hecho muchas veces desear dar un paseo con él por una antigua Barcelona, sentarme a tomar un café en Els Quatre Gats, o andar sin prisa hasta la Avenida del Tibidabo y pararme a observar el palacete que se alza en el número 32. Muchas veces he anhelado no poder perderme entre los pasillos y laberintos del Cementerio de los libros Olvidados, o no poder observar el escaparate de la Librería Sempere e hijos, en la calle Santa Ana. Creo que fue este libro quién me hizo enamorarme de Barcelona… de la Barcelona de calles grises y tiempos fríos. Me gusta la Barcelona actual, pero sueño con la magia de aquellas calles y muero de rabia con las injusticias sociales de aquellos tiempos.

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A La Sombra del Viento le siguieron El Juego del Ángel y El Prisionero del Cielo. Maravillosos ambos, pero inigualables al primero. Todos ellos entremezclan una historia y unos personajes… El desenlace de todo llegará en el cuarto libro, que  Ruíz Zafón todavía no ha publicado.

Hoy pensar en mis profesores favoritos me ha hecho querer perderme de nuevo entre una Barcelona de posguerra, para desear el fracaso del inspector Fumero, y luchar por el bienestar social de unos personajes a los que quiero. Unos personajes que reflejan, sea como sea, la historia de miles de personas que vivieron una época de nuestra historia que no debe ser repetida, pero mucho menos olvidada. Ahora más que nunca, debemos ser fuertes y no permitir que nos hagan retroceder en el tiempo, ni permitir jamás que nos quiten nuestros derechos. Gracias a mi amigo Vicent por recordarme los buenos docentes que tuvimos. Gracias a ellos, por enseñarnos a ser mejores personas e inculcarnos valores esenciales. Gracias a ellos, por permanecer en el tiempo y la distancia, por seguir sonriendo y amando su trabajo, a pesar de que les estén recortando sus vidas.  Gracias a Carlos Ruíz Zafón, por despertar mi alma cada vez que me pierdo entre sus palabras.

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A ti sé que ya te había hablado sobre mi pasión sobre el escritor catalán, pero hoy necesitaba contarte cómo me enamoré de sus personajes, y cómo le juré amor eterno a Daniel Sempere.

Feliz martes, amigos.

Lorena.

El palacio del alma

Para muchos, agosto es un mes que sabe a vacaciones, desconexión, relax… Siempre fue uno de mis favoritos. Te traigo un nuevo relato, que escribí hace años, que quedó seleccionado hace unos años en un certamen de Relatos Cortos.

Hoy, te quería contar una historia de esas que roban unos minutos. De esas que espero robe tu atención y,ojalá, un trocito de tu alma…

El palacio del alma

Alguien me dijo alguna vez que todo aquello que nos sucede a lo largo de la vida perdura para siempre en nuestra memoria. Existen los recuerdos muertos, aquellos recuerdos dormidos que  despiertan cuando un hecho concreto ocurre y te transporta, de un modo u otro, al lejano momento en que todo sucedió. Este recuerdo que yo le cuento estaba más vivo de lo que jamás hubiese imaginado…

Hace unas semanas, dos, quizás tres, ya no lo sé, estaba viendo un programa de televisión de esos en el que los reportajes sobre la gente, sus pueblos, y la vida cotidiana, son los protagonistas. Mi abuela Cecilia, que ya roza casi los noventa años, sentada en su silla de ruedas y resistiendo con pocas ganas a la vida, miraba sin ver junto a mi, un programa dedicado a palacios perdidos en tierras de nuestra península, algunos destruidos por el tiempo, y otros conservados por el alma.

Hace meses que Cecilia no habla, la vida nunca ha sido fácil para ella. Ahora, tras la muerte de uno de sus hijos se consume poco a poco, acompañada por la falta de ganas de comer, sonreír, hablar y en definitiva, vivir. El gemido de un llanto atrapó mi atención cuando me giré y la vi con los ojos penetrados en el viejo televisor e inundados en un mar de lágrimas  repitiendo en voz baja “no puede ser…”.

En la pantalla sólo aparecía una joven entrevistando a un anciano y mostrando, de fondo, un precioso palacio perdido entre las montañas que envuelven la ciudad condal. No podía entender nada, la envolví con mis brazos y llorando como una niña, empezó a hablar de algo que llevaba demasiado tiempo enterrado en su memoria.

Sobre los años veinte Cecilia nació en el seno de una familia humilde y tan numerosa como era digna de su época. Desde muy niña empezó a hacerse cargo de las tareas del hogar, a cuidar de sus hermanos pequeños y de una madre enferma que murió cuando ella cumplía los trece años. Nunca entendió los golpes que daba la vida, ni por qué la gente debía pasar hambre… pero quizás lo que jamás pudo comprender fue el por qué su padre debía recurrir a ella para calmar todas estas desgracias, metiéndose en su cama cada noche, y acariciándola con desprecio debajo de las sabanas.  Recién cumplidos los dieciséis la situación rozaba los límites de la desesperación, y con el alma partida en dos, dejó a sus hermanos y decidió huir de aquella vida lo más lejos posible. No tenía donde ir, ni dinero para poder sostenerse, pero tras meses vagando entre sombras compartidas con penurias y condiciones infrahumanas, acabó por refugiarse en una ciudad lejana de la que sólo había oído hablar.

Fue suerte o quizás la fuerza del destino pero acabó sirviendo para una de las familias más prestigiosas de la ciudad. Parecía que la vida le sonreía, después de tanto tiempo volvía a dormir bajo un techo, disponía de un plato caliente cada día y empezaba a relacionarse con la gente. Lo recuerda con una humilde sonrisa, dice que, a pesar de las continuas humillaciones por parte de sus señores, allí fue feliz. Compartía las horas de cocina y limpieza con las demás sirvientas, entre risas y sueños, anhelando una vida que sabía que jamás tendría. Cecilia nunca desveló a nadie las noches de pesadillas que pasó junto a su padre, pero sentía verdadero temor hacia los hombres y ni si quiera podía imaginar que las caricias y los besos eran capaces de producir una exquisita sensación de verdadero placer. Gozaba del único día libre que tenía a la semana para pasear por la ciudad y no olvidaba ir a la iglesia a rezar por sus hermanos. Siempre se lamentó de no saber escribir, de no poder jamás volver a dirigirse a ellos.

Tras varios meses desde su llegada al palacio en el que vivía, aunque sólo fuese en la parte trasera y rodeada de frío y polvo, llegó el verano, y fue entonces cuando el corazón se le paró por primera vez.

Enrique era el hijo mayor de los señores Rodríguez, y acababa de  regresar del colegio donde estaba internado para pasar el verano junto a su familia. Fue en la hora de la cena cuando Cecilia sacó los platos, que se le derrumbaron en el suelo al ver por primera vez aquella cara. Sintió como una fuerza extraña le oprimía el pecho. El señor Rodríguez se levantó de la mesa y ante la mirada cobarde de su familia cogió a Cecilia de los pelos arrastrándola hasta la cocina, y lleno de furia le dijo que si algo así volvía a suceder no volvería a pisar aquella casa. Esa noche no consiguió dormir y con las lágrimas volvieron a aparecer las imágenes en las que su padre se le insinuaba por debajo de las sabanas. No olvidará jamás el momento del día siguiente en el que un joven Enrique entraba en la cocina para preguntarle si se encontraba bien tras lo que había sucedido la noche anterior.

Enrique no cabía en su sorpresa desde que había visto, al regresar a su casa, la cara de esa  muchacha. Su piel, hecha como de una fina porcelana, aquellos ojos negros que delataban una tristeza incalculable y su frágil cuerpo, hacían que esa joven no hubiese pasado desapercibida para nadie.

Los encuentros inesperados entre pasillos, salones y jardines, se hacían cada vez más comunes, y las miradas y sonrisas no podían evitar delatar a esos dos adolescentes.

Nadie preguntó si estaban preparados para aquello, si debían dejar que aquella atracción siguiese creciendo, nadie quiso saber si en verdad estaban dispuestos a mirarse, a sentirse, y con el tiempo, a quererse. El destino, egocéntrico y caprichoso como sólo él suele ser, decidió por ellos. Así fue, sus vidas, confusas y tan distintas, se mezclaron con el transcurso del tiempo y poco a poco se empezó a crear su propia historia de amor.

Un amor de novela, un amor de sueños… un amor imposible.

Enrique Rodríguez había crecido exprimiendo y saboreando miles de  libros, y a parte de una estricta educación recibida en el internado donde estaba, había basado su bagaje cultural en las preciosas historias que se plasmaban en tantas y distintas páginas. Aquello le hizo ser diferente a su familia, le hizo comprender que la historia había estado envuelta por tantas injusticias que no merecía la pena entender de clases sociales, razas o culturas.

Cecilia nunca supo leer ni escribir, pero Enrique sabía como arrancarle la mayor sonrisa, cuando cada tarde ella le sacaba la merienda al jardín y él con un libro entre las manos le recitaba en voz baja los versos más dulces de alguna exquisita poesía.

La clandestinidad siempre ha sido protagonista de sensaciones de miedo que a todos nos gusta tener, pero un amor clandestino, y más, un amor prohibido, no podía acabar bien.

Habían pasado ya tres años desde que mi abuela había llegado por primera vez a aquel precioso palacio, y había soportado, junto a su amado, la distancia de cada invierno esperando con ansia la llegada del calor. No pasaba un segundo en el que no pensase en él, en el que no soñase con su cara, o en el que no cerrase los ojos para intentar recordar su olor. Tres años escondiendo un amor que no era más que el sentido de su vida.

Todo cambió, de repente, al finalizar el verano de 1939, cuando una asustada Cecilia descubrió la causa por la que hacía un par de meses que no había tenido la menstruación. Escondió su situación bajo ropas anchas tanto tiempo como le fue posible, pero llegó el momento en el que la circunstancia era más que evidente. El señor Rodríguez no lo dudó ni un segundo, sin ni si quiera saber que la criatura que se engendraba en aquellas entrañas era su propio nieto, despidió a Cecilia.

Graciela, una de sus compañeras de limpieza y cocina, la más mayor y la única que tenía un hogar junto a su familia más allá de aquel palacio, la acogió en su casa, siendo solamente ella la sabedora de la identidad del padre de aquel niño.

Con las flores de la primavera nació Francisco, el hijo mayor de mi abuela, mi padre. Cecilia pasó cada noche de su embarazo llorando y lamentando que Enrique no estuviese con ella, intentando concienciarse de que no iba a estar jamás.

Cuando Enrique regresó aquel verano y preguntó por una de las criadas, sus padres, que jamás le habían prestado demasiada atención a sus preocupaciones, se extrañaron que se interesase por algo así.

-La muy fresca, que tuvo el valor de quedarse embarazada y ocultarlo para seguir viviendo aquí. Y claro, la tuvimos que despedir…- Le explicó su padre con una odiosa carcajada.

A Enrique se le paró el corazón al enterarse de la noticia, pero era consciente  que nadie permitiría jamás su relación con aquella muchacha, y sabía que si su padre se enteraba que aquel hijo era suyo, sería capaz de matarle para hacerle desaparecer. Sabía el dolor y el sufrimiento que estaría pasando su preciosa joven de porcelana, y sabía el dolor que sentiría cuando se enterase que sus padres habían organizado su boda con una refinada y adinerada jovencita, el próximo invierno. Cobarde y envenenado por el miedo que no le dejaba enfrentarse a aquel padre al que siempre odió, convenció a Graciela para que dijese algo que hundiría el alma de Cecilia para siempre.

-Acuérdate Graciela, sólo le puedes decir que he muerto, debes hacerlo por ella, para que siga viviendo alejada de mí, alejada de todo esto. Si no lo haces y ella me busca, mi padre la matará, y matará a nuestro hijo. Debes hacerlo por ella, para que no sufra jamás, para que no se entere de esta estúpida boda que han planeado, para que no crea nunca que he dejado de quererla, porque siempre la querré.

Cecilia creyó morir cuando recibió aquella noticia, pero su pequeño era lo mejor que podía guardar de toda aquella historia. Francisco tenía los mismos ojos que su padre, la misma nariz, los mismos labios. De un modo u otro, Enrique estaría con ella para siempre.

Con los años tuvo que aparentar que había superado aquella muerte como mejor pudo, pero su alma seguiría rota el resto de su vida. Cuando Francisco cumplió los siete años, Cecilia se casó con un primo de Graciela, un hombre humilde y trabajador que había estado enamorado de ella desde el primer momento en el que la vio. Quiso al pequeño Francisco como a su propio hijo, y le dio, además, tres hermanitos. En tiempos de posguerra  dejaron una antigua Barcelona para  irse, en busca de trabajo, a vivir a la ciudad de Alicante.

Mi padre murió hace unos meses, de un cáncer de pulmón al que había resistido con fuerza durante varios años. Él nunca conoció su verdadera historia, su verdadero origen, jamás supo de la existencia de aquel palacio, ni de aquel padre que adoraba la poesía. Quizás fue mejor así.

Hace meses que mi abuela no habla, que no come, y que no sonríe. Dicen que ninguna madre es capaz de superar la muerte de un hijo, y ahora sé que la muerte de mi padre supuso para mi abuela la muerte definitiva de alguien que había permanecido vivo cada vez que Francisco hablaba, gritaba, sonreía o lloraba.

Cecilia seguía llorando con los ojos clavados en el televisor cuando terminó de despertar en voz alta el recuerdo silenciado más preciado e importante de su vida. No dejaba de pensar por qué la vida le había fallado hasta el final, desvelándole pocas horas antes de su fin, a través de un programa de esos que hablan de los pueblos, de la gente y la vida cotidiana, que en Barcelona seguía existiendo ese palacio, ahora en ruinas, y que un viejo Enrique seguía vivo tras más de sesenta años desaparecido.

Cecilia murió hace unas semanas, dos, quizás tres, no sé. Murió aquella noche en la que vimos aquel programa de televisión, murió en mis brazos, encogida como una niña, llorando y sonriendo, recordando esos ojos que había visto a través del televisor y que ahora, eran ellos los que delataban una tristeza incalculable arrastrada a lo largo de la vida. El palacio que se veía en televisión conservaba un jardín en pésimas condiciones, las paredes de la casa estaban infinitamente deterioradas, y en su interior ya no había ni un solo mueble, pero los ojos de Cecilia no llegaron a ver nada de eso, a través del televisor ella siguió viendo un precioso jardín, repleto de flores, con la mesa preparada para sacar la merienda, veía las paredes tan brillantes que parecían de cristal, y recordaba la elegancia de cada mueble que envolvía cada una de las salas… aquel palacio no había cambiado con el tiempo, porque aquel día Cecilia regresó a él para poder, por fin, recuperar su alma.

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Buenas noches, amigos.
Lorena.