Por Siempre Jamás.

He de reconocer que os he echado de menos… y mucho, pero también he de reconocer que me hubiese quedado de vacaciones dos semanas más. Volver a la rutina siempre cuesta, aunque esta vez he de decir que mi vuelta a la realidad ha sido menos dolorosa, quizás porque estos meses van a ser muy bonitos, con toda la preparación del libro, con la llegada de la primavera que es mi época favorita del año, con todas las cosas buenas que están por venir.

Volví de Nueva York completamente enamorada de esa ciudad. Ya sabía que me ocurriría, de hecho, ¿habrá alguien que la haya visitado y piense lo contrario? sólo puedo decir que fue un viaje maravilloso en el que pasé mucho frío y en el que comí muchísimo. Cuando volví, aproveché para ir unos días a mi pueblo y disfrutar de mi familia. Ahora, instalada de nuevo en Madrid y con las pilas totalmente recargadas, me toca ponerme, de nuevo, a escribir para vosotros.

No sé si alguna vez os he contado (seguro que sí) que de pequeña era una niña muy extrovertida, me encantaba estar en todos los “saraos”, me encantaba bailar, cantar, ser la protagonista en las obras de teatro del colegio, siempre era la primera en levantar la mano cuando tocaba leer en voz alta… Era una niña muy viva y con mucha energía. Hoy te quería contar que cuando era pequeña, como a cualquier otra niña, me encantaba imaginar cómo iba a ser mi vida cuando fuese mayor, yo quería historias bonitas, quería ganar siempre las batallas contra las cosas malas que me fuese encontrando por el camino, soñaba con un amor de los de verdad, de los de película y cuentos. Me encantaba leer todo tipo de historias: de misterio, de miedo, de aventuras… Pero en cuanto a películas se trataba, es cierto que siempre me decantaba por el cine en el que había princesas de por medio… Claro, Disney fue gran protagonista de mi infancia, cómo seguramente también lo fue de la tuya.

Recuerdo cuando nació mi hermano Alex (yo tenía doce años), cómo viví tan consciente sus primeros pasos de la vida, sus descubrimientos, sus gustos y preferencias… Y recuerdo, perfectamente, cómo le encantaba Toy Story 2 (a mi también!). Podía ver la película absolutamente todos los días, una vez detrás de otra… Y yo me preguntaba por qué no se cansaba nunca. Los que tenéis hijos o hermanos pequeños, o incluso los que sois capaces de recordarlo de vuestra propia infancia, sabréis que los niños son capaces de ver una y otra vez sus dibujos favoritos y seguir viéndolo con la misma pasión y entusiasmo que cuando los descubrieron. Es la magia de la infancia: que lo que sienten, lo sienten de verdad, y que tienen mucho tiempo libre.

Pues bien, yo recuerdo perfectamente algunas de las películas que veía una y otra vez sin cansarme nunca. Me acuerdo perfectamente cuando llegaba el fin de semana y mi madre me llevaba al videoclub (en el caso de mi pueblo, en aquella época, era una pequeña tienda que bien podía ser una réplica en miniatura de algún centro comercial. Allí se alquilaban películas, había gominolas de todo tipo, bollería, zona de papelería e incluso joyería y zapatería. Os lo prometo. Estoy segura que la gente de l’Olleria sabe de qué tienda hablo. Con el tiempo, dejó de existir, nada dura para siempre. Ya lo sabéis.). Una vez estaba ahí, delante de todas esas películas sabiendo que podía elegir la que quisiese, me sentía nerviosa y emocionada, era tan divertido tener la posibilidad de tener al alcance todas aquellas maravillas… Normalmente elegía dos. Una distinta cada fin de semana, y otra que siempre era la misma: La Sirenia o La Cenicienta. Claro, con el tiempo, a mi madre le salió mucho más rentable comprarme un ejemplar de cada una. La Sirenita no recuerdo muy bien cómo llegó a mí, pero sí recuerdo que La Cenicienta me la regalaron mis abuelos un año por Papá Noel. (Ambas, en VHS, por supuesto, siguen en casa de mis padres). Entre las pelis de mi infancia puedo rescatar unas cuentas que vi una y otra vez: Mary Poppins, El Rey León, Jumanji, La Princesa Cisne, El niño invisible (la película de Bom BOm Chip!), Aladdín, Dos por el precio de una, Willow… Pero entre todas ellas, los dos clásicos de Disney de los que os hablo se llevan la palma.

La Cenicienta me encantaba por el triunfo ante la maldad desorbitada. No podía creer que la mujer que se había casado con su padre le hiciese todo aquello a esa pobre muchacha, en su propia casa y me encantaba que al final ella le hubiese dado dónde más le dolía a su madrastra, casándose y siendo feliz con el aclamado príncipe. Unos cuantos años después, descubrí esta misma historia en película, con personajes de carne y hueso y he de reconocer que me encantó muchísimo más.

El día que volví de Nueva York, en el avión, tenía una especie de tablet delante de mi asiento en la que podía elegir entre muchas películas, e incluso se podía jugar a videojuegos (la última vez que hice un viaje tan largo, la tele era la misma para todo el mundo. No hace tantos años, pero todo avanza). De repente la vi ahí, entre todas las candidatas a la reproducción y tuve que sonreír. Hacía años que no la veía y, por supuesto, no dudé que ella me iba a acompañar durante un trozo de vuelo.

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Dirigida por Andy Tennant y protagonizada por Drew Barrymore, Anjelica Huston y Dougray Scott en los papeles principales, Por Siempre Jamás, se estrenó en el año 1998.

“En el siglo XIX, la Gran Dama Marie Thérèse hace llamar a los hermanos Grimm a su palacio, donde debaten sobre la interpretación del cuento de ‘’Cenicienta’’ y observan un retrato en la habitación. María enseña entonces un zapato de cristal y les cuenta la historia de Danielle de Barbarac, la verdadera historia de ‘’Cenicienta’’.

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En la Francia del siglo XVI, Auguste de Barbarac, padre de una joven Danielle, contrae matrimonio con Rodmilla de Ghent, una rica baronesa con dos hijas, Marguerite y Jaqueline,  pero muere de un ataque al corazón poco después. Esto causa que la Baronesa sienta envidia de la afección que tenía Auguste por su hija Danielle, y la trata miserablemente.  Para cuando Danielle cumple los 18, se ha convertido en una sirvienta en su propio hogar, cuidando de abejas y huertos, y sin separarse del último regalo de su padre, una copia de Utopía de Tomás Moro. Mientras está recogiendo manzanas, Danielle ve a un hombre robar el caballo de su padre y lo desbanca con una de las manzanas. Al reconocer que es el Príncipe Enrique, se avergüenza de sus actos. El príncipe le da un saco de oro a cambio de su silencia, que ella utiliza para rescatar a su sirviente, Maurice, al cual la Baronesa vendió para hacer frente a sus deudas.

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La huida de Enrique de sus responsabilidades en la corte se ve frustrada cuando se encuentra con un grupo de gitanos robando a un hombre. El hombre es Leonardo da Vinci, que ha sido llamado a la corte, y vuelve con él. Mientras tanto, Danielle se ha preparado como una “señora de la corte” y ha ido a comprar a Maurice, pero los guardas se niegan alegando que ha sido deportado a las colonias del Nuevo Mundo. Discute por su liberación, y cuando el Príncipe Enrique escucha la conversación, ordena que lo liberen. Asombrado por la inteligencia de Danielle, suplica por su nombre. Danielle, en su lugar, le da el nombre de su madre, ‘’Contesa Nicole de Lancret’’.

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El Rey Francis y la Reina Marie de Francia le dicen a Enrique que debe elegir una mujer antes de la fiesta de máscaras que han organizado, o tendrá que casarse con la princesa española Gabriella. Todas las familias de la nobleza reciben una invitación.  Momentos después de que Danielle llegue al baile, con “hada madrina” incluida, la Baronesa descubre la verdad de su identidad frente a Enrique y toda la corte. Enfadado y en shock por su mentira, Enrique se niega a escuchar cualquier explicación por su parte. Cuando sale corriendo del castillo, Danielle cae y pierde uno de sus zapatos, que más tarde encontrará Leonardo…

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Marie cuenta a los hermanos Grimm que Danielle era su tatarabuela y que aunque su historia se vio reducida a un cuento de hadas y que Danielle y Enrique vivieran felices para siempre, lo cierto era que existieron. Los hermanos dejan el palacio de Marie para contar al mundo la verdadera historia de ‘’Cenicienta’’.

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Es una historia muy similar a la que conocemos, pero con aspectos muy distintos. Quizás su toque de “realidad” hizo que me encantase de aquella forma. La aparición de Da Vinci en esta versión es uno de mis puntos favoritos. El final lo conocéis, aunque en esta película el final viene con más detalles que el cuento que conocemos de siempre, y el verdadero castigo hacia su madrastra y su hermanastra se disfruta por parte del espectador (una de las hermanastras es buena).

Ya sé que esto va a atraer más a las chicas que a los chicos, pero a todas aquellas o aquellos que de pequeñas/os disfrutabais con las películas de princesas y castillos, a todos aquellos que seguís recordando La Cenicienta con una sonrisa y la seguís viendo de vez en cuando, no os perdáis Por Siempre Jamás, porque estoy segura que os va a encantar. Ya me contaréis.

Este post se lo dedico a mi amiga Marta, que sé seguro que sonríe tanto como yo al recordar esta película.

Me alegro de haber vuelto. 🙂

Buenas noches, amigos.

Lorena.

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