Sólo a ti te pertenece.

Hoy es uno de esos días en los que llevo todo el día pensando en un nuevo post. Me acabo de sentar frente al ordenador y la verdad que no sé ni sobre qué tema escribir… El otro día, una fiel lectora del blog me pidió a través de Twitter (mi cuenta como muchos ya sabéis es @lorenacorcoles) que escribiese un relato sobre un tema delicado y le prometí intentarlo.

Ojalá pudiese daros un abrazo y un beso a cada uno de vosotros, por hacerme tan feliz cada vez que me comentáis, me compartís o me leéis, cada vez que alimentáis esta ilusión y estas ganas de crear historias y hacer que siempre tenga algo nueva que os quiera contar. 

Leed despacito, como siempre os digo, como siempre hacéis…

Sólo a ti te pertenece.

Recuerdo perfectamente cuando no tenía más de seis años y en el colegio empezaban a hablarnos del cuerpo humano. Aquello me parecía tan fascinante que al volver a casa le dije a mi madre que de mayor quería ser médico, porque pensaba que sólo de esa forma conseguiría conocer cada rincón que se esconde dentro de nosotros. Con el tiempo, y con la idea totalmente metida en mi cabeza, descubrí también que los médicos curaban a las personas, salvaban vidas y además ayudaban a los bebés a nacer y yo quería ser parte de todo aquello.

Siempre fui buena estudiante, con unas notas normales, pero con el esfuerzo y la constancia que mis padres me habían inculcado desde muy niña. Siempre tuve una envidia muy sana de mi amiga Paula. Ella, sólo necesitaba leer por encima los apuntes para sacar una notaza, cuando yo me tiraba tardes enteras entre libros para poder conseguir buenos resultados, nunca excelentes. Mis profesores siempre hablaban de lo orgullosos que se sentían de mi por todos los esfuerzos que hacía. Cuando hice la selectividad, sucedió lo que todos temíamos, mi nota no alcanzaba para que pudiese ir a la facultad de medicina, y como ya sospechábamos que esto pasaría, aposté por mi segundo opción: enfermería. Recuerdo mis años de universidad como los mejores de mi vida. Dicen que esos son los amigos que se quedan para siempre, los que conoces en esa etapa y esos años cruciales de madurez y experiencias. Me esforcé muchísimo, dediqué todo mi tiempo, mi cuerpo y mi alma a sacar buenos resultados y a ir aprobando curso por año. Lo conseguí. De hecho, mi expediente conserva unas notas mucho mejores de las que hubiese imaginado. Mi primer contacto fueron mis prácticas y supe, más que nunca, que aquello era a lo que yo me tenía que dedicar.

Corren unos tiempos difíciles, a veces, incluso me asustan. Las oportunidades laborales son escasas y la mayoría de mis compañeros de promoción no trabajan de aquello que estudiamos juntos, con tantas ganas e ilusión. Muchos de ellos se han ido fuera del país, y algunos trabajan de enfermeros fuera de aquí. Se me parte el alma cuando lo pienso. Son felices, trabajan y aprenden otro idioma. Tienen lejos a su familia, a sus amigos y a su vida, y sé que sufren, como yo sufriría. Desde hace poco más de un año soy muy feliz y me siento afortunada por tener un trabajo al que acudir cada día y un sueldo que llega a mi cuenta de forma puntual a final de mes.

En una residencia de ancianos se ve absolutamente de todo. Desde personas que son plenamente felices por estar allí, rodeadas de personas de su misma edad, personas que sufren y lloran en silencio porque se sienten abandonadas y necesitan y quieren estar ahí fuera, en sus calles, en su casa, haciendo una vida normal, a personas que no son conscientes ni de donde están.

Maribel llegó hace seis meses y desde el primer momento me robó el corazón. Desde siempre, las personas mayores han causado en mi una ternura infinita, sobre todo y no me preguntes por qué, los ancianos con el pelo blanco. En ellos siempre he visto reflejadas a la sabiduría y la bondad. Las personas mayores, sólo por todos los recuerdos y experiencias que llevan consigo mismas, son verdaderos tesoros de la naturaleza, que merecen el cariño y respeto de todo el mundo. Los primeros días Maribel casi no hablaba, se quedaba horas sentada al lado de la ventana y aunque yo insistía e intentaba darle conversación, ella me contestaba con monosílabos. Una tarde, con una sonrisa, me acarició la mano y me dijo que era muy linda.

Uno de sus hijos la visita casi todas las semanas. Sus nietos vienen a verla una o dos veces al mes. Está y se siente sola. Una tarde de domingo, en mi día libre, me vestí y vine a visitarla porque sólo quería estar con ella, sentada con ella y hablar con ella. Quería escuchar sus historias y envolverme de su magia…

Maribel mezcla el tiempo y el espacio y repite la misma historia mil veces. Me habla de su padre, de su madre, de sus hermanas, de sus días en el pueblo, de lo mucho que le habría gustado poder ir al colegio. Y siempre, siempre habla de Antonio, el gran amor de su vida.

Una tarde, cuando su hijo vino a visitarla, le pregunté por su padre, Antonio.

-¿Antonio? Mi padre se llamaba Miguel y falleció hace cinco años.

Asentí en silencio y pedí disculpas por haberme confundido. Al llevarle la cena, aquella noche, le pregunté:

-Maribel, ¿quiere hablarme de Antonio?.- Y a ella se le escapó una sonrisa dulce, pícara, de niña pequeña, como si el tiempo se hubiese detenido muchos años atrás.

Antonio y yo nos conocimos siendo unos críos. Mi padre no lo veía con buenos ojos. Él era más mayor que yo y venía de una familia todavía más pobre que la mía. Mi padre nunca habría visto a nadie bien para mí, porque yo era la niña de sus ojos. Antonio era de mi mismo pueblo y por aquel entonces a penas podíamos vernos. No podían vernos a solas por la calle, ni podíamos cogernos de la mano. Pero yo le quería, le quería tanto que le pedí matrimonio. ¡Fijate tu! Yo, que era una niña, que no sabía de nada y me quería casar con él, y además, no podía esperar a que él me lo pidiese. A mi padre no le quedó otra opción que aceptar mi decisión y desde ese momento quiso a mi novio y futuro esposo como a un hijo suyo. Mi Antonio era el hombre más bueno del mundo, era guapo, trabajador y estaba loquito por mí. Hicimos el amor dos meses antes de la boda, porque a mi me gustaban los retos y yo venía siendo revolucionaria desde la cuna y no entendía esa estupidez de tener que pasar por la iglesia primero. Aquel fue el día más bonito y feliz de mi vida. Mis padres estaban elegantes, mis hermanos muy contentos, y nosotros éramos los novios más guapos del mundo. Nos casamos en la pequeña iglesia de la plaza del pueblo, y después nos fuimos todos a la casa de mis abuelos, que tenían un patio bien grande, a comer chocolate y bizcochos. Eran otros tiempos y con muy poco conseguíamos ser felices. Dos meses, sólo dos meses de casados, cuando una mañana de sábado, tumbados en la cama, mi Antonio no se despertó. Por aquel entonces nadie sabía de qué había sido, no es como ahora que te lo dicen todo, pero sentenciaron que había sido un paro del corazón. Yo me desperté al lado de mi marido muerto y mis gritos se oyeron en todo el pueblo. Grité y lloré durante días y meses, y del disgusto perdí al hijo que llevaba en mis entrañas, sin nosotros saberlo. Mi vida estaba perdida. No quería levantarme de la cama y le suplicaba a ese Dios que me prometían que existía a que se me llevase a mi también, al ladito de mi Antonio, porque él se había llevado mis ganas de vivir y de seguir en este mundo. No quería que los años siguiesen y pasarlos sin él. Y mira bien lo que he aguantado…

Tres años después, y con el luto todavía, me mudé con mi hermano y su mujer a la ciudad para poder cuidar de mi sobrino Juanito. Allí conocí a Miguel, que me devolvió la ilusión y la vida. Él fue el padre de mis hijos y junto a él formé la maravillosa familia que tengo, mis seis hijos preciosos y mis catorce nietos. No ha habido ni un sólo día de mi vida en el que no me haya acordado de mi Antonio y de aquel hijo que no llegó, ni un sólo día en el que no me haya preguntado cómo habría sido mi vida con ellos y en el que no me haya lamentado por no tenerlos. Jamás he superado aquello. Mis hijos, no saben que yo me había casado antes. Miguel y yo decidimos que así fuese. Yo guardaba mi dolor en forma de secreto y ellos creían que su padre era al único hombre al que había amado en mi vida…”

Maribel lloraba a moco tendido como si fuese una niña mientras me miraba a los ojos y me apretaba la mano. Entendí su dolor a través de su mirada y se me partió el alma al ver a esa mujer, que no conseguía recordar prácticamente nada de su vida. Las pocas veces que sus nietos se dignaban a visitarla ella los confundía, incluso, en los días malos, ni si quiera los reconocía.

Maribel me miró sin saber por qué lloraba y me preguntó dónde estaba su hermana, le expliqué que no estaba y que ella estaba hablando de Antonio y su juventud.

-Quién es Antonio?.- Me dijo.

Nunca he sabido si aquella historia era real o no. Desde aquella noche, Maribel jamás volvió a hablarme de Antonio, aunque seguía viajando en el tiempo y mezclado su presente y su pasado. A veces, pensaba que aquella historia había sido producto de su imaginación, y otras veces, pensaba que aquella tarde, tras pronunciar aquellos recuerdos en voz alta, los había eliminado en un suspiro de su alma, había eliminado el dolor callado. Los recuerdos son uno de los tesoros más valiosos que poseemos, y si ahora mismo me preguntasen con qué recuerdo de mi vida me gustaría quedarme, no sabría la respuesta. Por alguna extraña razón, Maribel había querido guardar en su cabeza aquella historia a la perfección, aunque seguidamente no supiese de lo que hablaba, aunque jurase que su hermana había venido a visitarla o aunque repitiese la misma cosa una y mil veces.

Creo que no es justo que el tiempo haga con nuestra mente lo que hace. El Alzheimer es capaz de arrancarnos nuestras vidas, la única vida que tenemos está compuesta por nuestras vivencias, por nuestros recuerdos y por todo lo que hemos ido creando y consiguiendo a lo largo de los años. Pero un día, llega esta enfermedad y de la forma más cruel te lo arrebata, llevándose consigo algo que sólo a ti te pertenece.

Esta mañana, cuando he llegado a trabajar me han anunciado que Maribel murió anoche, mientras dormía, en silencio y soledad, con días a la espalda sin recibir ni una sola visita de esa familia que tanto había querido, esa familia a la que tanto había ayudado y cuidado. He ido a su habitación y con un dolor que me pesaba en el alma y sin poder parar de llorar, he decidido empaquetar sus cosas, guardar en una caja los marcos de fotos que envolvían su habitación, y meter en bolsas su ropa. He visto la Biblia sobre su mesilla, esa Biblia de la que no se separaba nunca. Me he acercado y la he acariciado en silencio, como si algo de ella todavía estuviese en esa habitación, conmigo. Yo, atea hasta la médula, he cogido el libro para guardarlo entre sus cosas cuando algo ha resbalado y ha caído suave y lento. Me he agachado para cogerlo y he tenido que sonreír mientras lloraba… En esa fotografía, en blanco y negro, arrugada por el tiempo, por el dolor y los recuerdos, podía verse a una joven Maribel, con la sonrisa en los labios y la vida en la mirada, feliz e ilusionada,  abrazada a un hombre alto y guapo el día de su boda. Detrás, escrito a boli y con una letra casi borrada por los años e ilegible por la caligrafía he podido llegar a leer: “Siempre tuyo. Antonio.”

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

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Nuestros sueños, amigos, son sólo nuestros.

¡Por fin sábado! Hoy es uno de esos días que voy a coger con ganas…El té de frutos rojos deja su aroma por toda la habitación y yo me siento frente al ordenador para hablaros de unas historias que ni si quiera son mías, pero creo que es necesario que conozcáis.

Podríamos hablar, de nuevo, de la persecución de los sueños. Ultimamente, es una moda establecida que la gente mande mensajes positivos, que enmarque fotos con frases gritando que el día va a ser estupendo, o que puedes comerte el mundo, si quieres. Una vez más, nos damos cuenta que todos somos excesivamente parecidos. A todos nos encantan esos mensajes. Nos encanta dar consejos de felicidad y nos encanta creer que podemos ser realmente felices, porque como bien sabéis, la esperanza es lo último que se pierde.

Sí es cierto, que las cosas en este país parecen cada vez más feas. Sólo necesitamos echar un vistazo a un periódico, o ponernos a ver un día las noticias de la televisión. La información que nos rodea es realmente lamentable, y no lo son los informadores, lo es el contenido. El otro día escuchaba la noticia de un matrimonio de 80 años que en menos de un mes van a ser expropiados, les van a quitar su casa. ¿Cuándo vives en un país así, puedes sentir otra cosa que no sea vergüenza? ¿Si se atreven a destruir la vida de unos ancianos, que siempre han sido reyes merecedores de respeto, cómo no lo van a hacer con los jóvenes a los que muchas veces no han tomado en serio? Pensé en todos nosotros, en toda nuestra generación, pensé en todos los niños que van a crecer y convertirse en adultos y pensé en lo negro que se les presenta el panorama. A mí lo que más rabia me da en este país, en esta situación económica y social es que no todos estamos en las mismas condiciones. Ricos y pobres han existido siempre, ya no podemos hacer nada frente a eso. El problema es cuando unos cuantos se hacen ricos a causa de los pobres. Ahí, amigos míos, radica el problema y la irracionalidad de todo lo que estamos viviendo. Tenemos unos políticos llenos de corrupción, de sonrisas frías frente a las cámaras, de falsedad, de despreocupación a los que les encanta decir que las cosas se van a solucionar mientras nos roban, mientras siguen con sus vidas caras y dejan que miles de niños en nuestro país sean víctimas de la desnutrición. Vergüenza, rabia, impotencia. Sólo puedo decir eso.

Si ante las cosas vitales, básicas, a las que tenemos derecho, nos estamos quedando desnudos… ¿Cómo se van a ocupar de nuestros sueños? Pues de nuestros sueños, señores, nos ocuparemos nosotros, que para eso son nuestros. El poder de las redes sociales no encuentra fronteras, y cada vez son más los jóvenes que apuestan por buscar ahí una salida, y demostrar ahí sus capacidades, sus ilusiones y su arte.

Mi amiga Alba es una de esas personas que la vida ha querido regalarle al mundo, es la bondad pura en forma de ser humano. Alba es ternura, es dulzura, es delicadeza, es amor, es una dulce fragancia, es una sonrisa sincera y un abrazo puro… Y mientras escribo estas cosas, me doy cuenta lo afortunada que soy teniéndola en mi vida. Instagram es una de las redes sociales más populares actualmente. La gracia consiste en subir una foto, ponerle un título y esperar que tus seguidores le den me gusta o no. En Instagram nos hemos acostumbrado a ver la vida de las personas en fotos, qué comen, a dónde viajan, qué ropa han comprado o cuáles son sus cafeterías favoritas… Muchos artistas han escogido Instagram como escenario de sus trabajos. Miles son los fotógrafos que llegan a todo el mundo a través de esta aplicación de móvil, miles son las personas que muestran su trabajo en imágenes, y Alba es una de ellas. Lo curioso es que Alba no es fotográfa, pero utiliza la fotografía como portada de unos microcuentos que son, sinceramente, maravillosos. Hace unas semanas que decidió empezar con esta aventura y yo, observándola en silencio, entre “me gusta” y comentarios de la gente, sabía que tarde o temprano necesitaría hablar de ella y lo que crea con sus manos.

Hoy te quería contar unos microcuentos que no me pertenecen… Estoy segura que tras leerlos, vas a querer ir a Instagram y seguir su cuenta: @microarte_

Poneos cómodos y disfrutad… Aquí os dejo algunos de ellos.

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“Dónde está el límite, ¿qué se puede considerar ilícito? Todos los días apuntaba en un cuaderno las veces que se engañaba al día. Como si de un juego se tratase, ella sabía que esta vez la máxima puntuación era la que le hacía perdedora. Buscó en el diccionario y leyó en alto: “2.m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda lo contrario a lo que desea.” Sabía que le faltaba algo a esa definición… Una especie de moraleja, cuando recurrimos a esa definición lo más probable es que ya esté sucediendo lo contrario a lo que deseas o ya haya sucedido. Decidió cerrar los ojos, dejar de respirar y esperar. Siempre pensó que en último suspiro la mente se llenaría de imágenes reveladoras, respuestas ocultas y reacciones desconocidad. Algo le rozó la espalda y subió a su pierna. Inmediatamente supo qué tenía que hacer, a veces sólo hace falta que alguien apoye  su mano en tu espalda o, en este caso, su pata en la piel para ayudar a calmar escalofríos, para despejar laberintos sin salida.”

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“Tienen vida propia, saben qué piensas y cómo vas a reaccionar. Cuando estás dejando de creer en ellas aparecen y cuando aparecen, sentencian. O, ¿somos nosotros? ¿Necesitamos creer en algo aparentemente ajeno a nuestras decisiones para poder decidir? Ató desesperadamente su vida a ‘las señales del destino’ como fuerza mayor. Si se enamoraba de alguien, y una foto de esa persona se caía de la pared de su habitación, tenía que alejarse de ella. O, ¿quizás eso sólo la ayudaba a decidir sin sentirse desprotegida? Las señales se lo indicaban… No estaba sola en esta decisión. Ya. Cobardía o cierta fe. No ha tenido más miedo en su vida como el que tiene ahora. Porque ahora sigue viendo señales, pero no van en la dirección que ella quiere ir. ¿Quién nos asegura que la decisión que tomamos es la correcta? Nadie. Eso es lo bueno o malo de la vida. Nosotros, al final, somos los que elegimos, ¿no?”

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“No tengo palabras, de corazón, no las tengo…” Martina hundió sus ganas en el abrazo más largo que supo dar. Leticia le había enseñado un lienzo, hecho para ella, para su nuevo escondite de magia y religión sin Dios. Le quería robar toda la tristeza que tenía en las manos, quería romper esa oscuridad que no le dejaba amasar la vida a su gusto. Las lágrimas de Martina eran señales que anunciaban una calle cortada por Leticia. No sabía cómo salir de allí, y sobre todo, no sabía cómo sacarla… Llevaban años dibujándose, una a la otra, fantasías en el cielo, sin querer saber que la solución era crear realidad en la Tierra”.

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“Todos sabían qué ocurría, nadie quería empezar esa guerra. Una guerra llena de dolor. Con abrazos como curas y con recuerdos dolorosos como armas, tiros en el pecho y cortes en la piel. La guerra de las cicatrices abiertas. De la película con final infeliz e inevitable. Las imágenes se mezclaban en la cámara de su interior, en sus sueños. Hospitales, luces cegadoras, sonidos desagradables, palabras que se apagan, lágrimas que nacen y no morirán nunca. Una vida se apaga y nadie hace nada. Y no hay mayor explicación: nadie hace nada porque no hay nada que pueda hacer nadie. Ante el ladrón de sístoles y diástoles, nadie tiene la carta vencedora, nadie tiene un as en la manga ni otro juego al que recurrir. Bajó la mirada  mientras una lágrima recorría su cara, pidió un minuto de silencio completo. de ojos cerrados y lentos latidos. Un minuto de sol en blanco y negro. Un minuto de silencio como homenaje al silencio eterno que se creó en su cuerpo una vez el corazón de su madre dejó de latir.”

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Porque el arte puede estar en las cosas más pequeñas, porque podemos encontrar arte en aquello que nos emocione, que nos transporte, que nos haga soñar. Porque creo que Alba todavía no es consciente del talento que tiene en esa cabecita y en esas manos que traducen lo que su corazón dicta. Porque creo que todos deberíais seguir su cuenta, y deberíais leerla… Con cada historia, con cada emoción, con cada microcuento. Porque me siento afortunada de rodearme de personas como ella. Porque aunque haya quienes se creen con el poder de arrancarnos nuestros derechos y nuestras vidas… Que nunca crean que podrán arrancarnos nuestros sueños. Porque nuestros sueños, amigos, son sólo nuestros.

Feliz sábado,

Lorena.

Siempre acabamos hablando de amor…

Al final, siempre pasa. Siempre acabamos hablando de amor. Si eres músico acabarás componiendo una canción que hable de amor, si eres escritor acabarás escribiendo sobre una historia que hable de amor, si en tu trabajo no tienes la necesidad de desarrollar ninguna faceta creativa, también acabarás hablando de amor… Y claro, es que siempre pasa.

Hoy te quería contar que el amor es como el pan de cada día, pero sé que eso ya lo sabes. Nos guste más o nos guste menos, estemos enamorados o no lo estemos, el amor siempre será admirado o anhelado, e incluso cuando nos convencemos y queremos odiarle, acabaremos echándole de menos. Muchas veces pienso que hay miles de personas que no están realmente enamoradas. El amor es como el agua, es capaz de adaptarse a la forma que desees darle. Miles de personas serán felices con quienes compartan sus vidas, pero no estarán enamoradas. Y eso, lo pensamos todos. Todos sabemos que nuestro amor es el más fuerte, que nadie quiere como nosotros queremos y que no hay historia más bonita que la nuestra. Todos creemos que queremos cómo nunca antes hemos hecho, y si al final, la historia fracasa, no pasa nada, volveremos a querer cómo nunca habíamos imaginado hacer. Y así es el amor, orgulloso y elegante, caballeroso y cobarde, enternecedor y grosero, seco y adorable, bueno y malo, fugaz y eterno… El amor es capaz de ser todo.

Aunque no estés enamorado, y aunque proclames y grites a los cuatro vientos que no quieres estarlo, te emocionarás cuando escuches una bonita historia de amor, se te encenderá el alma cuando oigas una canción o te saltarán las lágrimas cuando lo veas en el cine. Ese el poder del arte, y la igualdad de los seres humanos. No podemos negarlo. Somos iguales. Cambian los escenarios, los personajes y los cuentos, pero todos somos iguales.

Quizás viene implantado por la sociedad desde que nacemos, o quizás son sentimientos de verdad, pero desde muy pequeña siempre me he sentido enamorada. Lo más curioso es que del niño que me enamoré cuando tenía seis años, hoy es el hombre al que quiero y abrazo cada día, pero ese es otro tema que hoy no debemos tocar.  ¿El amor es para siempre? Y empiezan a reírse de nosotros las opiniones diversas que nos llevarán a los debates… Quizás sí, quizás no. Yo pienso que puede ser, sin ninguna duda. Dicen que el amor sólo puede durar tres años… Mis abuelos fruncirían el ceño al escucharlo, y sonreirían al recordar que llevan juntos desde que tienen doce, queriéndose cada vez más y sabiendo que no es imposible.

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Lo creamos o no, nos gusta pensar que puede serlo. Nos gusta imaginar que hay historias emocionantes que son capaces de viajar en el tiempo y el espacio, de jugar con el destino, y bailar con lo que no son casualidades. Hay una historia que estoy segura conocéis la mayoría. Una historia de amor que traiciona la realidad creando expectativas, una historia de amor que simplemente fue real. “Esas cosas sólo pasan en las películas“, lo habéis escuchado muchas veces, ¿verdad? Pues es mentira. En la vida real también pasa.

Os habéis emocionado con la historia de Allie y Noah, estoy segura. Habéis querido esperar que el amor de vuestra adolescencia vuelva para quedarse para siempre, habéis deseado vivir una historia de amor que os lleve a la locura y habéis soñado con esa casa blanca con ventanas azules que se ha construido para dar vida a vuestros sueños.

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El diario de Noah (The Notebook) fue llevada al cine de la mano de Nick Cassavetes en el año 2004. La historia empieza en una residencia de ancianos, donde un señor le relata a una amiga la historia de dos jóvenes que se enamoraron locamente en el verano de 1940, en Seabrook, Carolina del Sur. Ryan Gosling y Rachael McAdams dan vida a Allie y Noah. Ella, procedente de una familia adinerada de la ciudad y él un chico de campo, que trabaja en una fábrica de madera, darán forma a la historia de amor que ha hecho soñar a miles de espectadores en todo el mundo. Por diferencias sociales, al acabar el verano, sus vidas se ven separadas en contra de su voluntad. Siete años después, el destino les echa una mano y hace que Allie encuentre en el periódico una fotografía de Noah, delante de la casa que siendo unos “niños” le prometió que haría para ella.  Estoy segura que conoces bien la historia, y si no lo haces, no te seguiré contando nada porque quiero que la veas.

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La película recaudó 115.6 millones de dólares y cuenta con 12 premios y 3 nominaciones. Yo me enamoré de ella la primera vez que la vi, en mi piso de estudiante, en el año 2005. La he visto mil veces y sé que la veré mil más. Hace dos días se emitía en un canal de televisión y las redes sociales se hacían eco, una vez más, de lo mucho que le gusta a la gente. Es cierto, que suele gustar más a mujeres que a hombres y una encuesta realizada hace unos años, la sitúa en el número 1 de películas románticas. Pero si aún sabiendo que la mayoría conocéis esta historia, yo he venido a hablaros de ella, es porque más allá de la película, quiero hablaros del libro.

Cada año, por Navidad, mis abuelos me regalan un libro que ellos mismos firman con su puño y letra y que yo guardo como auténticos tesoros. En las navidades de 2008, El Cuaderno de Noah llegó a mis manos. Siempre soy más de las historias de los libros que de las películas, en el cine siempre pienso que se han olvidado de algún detalle que para mi era esencial. En este caso, creo que la película basada en la novela está realmente muy conseguida. No obstante, en el libro encontrarás detalles que no se llevaron a la gran pantalla. Como ver a Allie convertida en toda una artista internacional, o podrás trasladarte a su cocina, dónde ya siendo mayores, cuentan a sus hijos la enfermedad que ella padece.

Traducida a dieciocho idiomas, y conmoviendo a millones de lectores en todo el mundo, El Cuaderno de Noah fue la primera novela de Nicholas Sparks, que no tuvo más que basarse en la historia de amor de los abuelos de su esposa para explicar con exquisita sensibilidad una de las historias de amor más bonitas que he conocido jamás.

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Porque puede ser para siempre, lo sabemos y queremos creerlo. Porque en el fondo, todos somos soñadores profesionales y nos guste o no, estemos enamorados o no, dispuestos a estarlo o no… siempre acabamos hablando de amor. 

Feliz martes, amigos.

Lorena.

Arrugas de algodón.

En mi último post os hablaba de Marina, y en Marina Oscar Drai decía: “… desaparecí del mundo durante una semana. Por espacio de siete días y siete noches, nadie supo de mi paradero”.

Yo sólo he desaparecido porque estaba de vacaciones. Porque necesitaba desconectar, mimarme y disfrutar, porque necesitaba recargar energías para volver con fuerza. He estado en mi casa, en las calles que me vieron crecer, con mi gente de siempre, y también me he perdido unos días por Italia, de dónde he vuelto completamente enamorada de cada rincón, de cada esquina.

Pero hoy te quería contar algo que me pasa cada vez que me alejo de casa. Hoy me voy a atrever a reflexionar sobre la vida. Es más, me voy a atrever a reflexionar sobre una vida que ni si quiera es mía, pero estoy segura que quien la vive, no se va a molestar porque lo haga.

Cada vez que paso unos días en mi pueblo y luego me voy, aparece el mismo sentimiento. Tristeza. Nostalgia. Pena. Me enfado con el tiempo, por correr tan rápido. De vez en cuándo me pregunto qué hago aquí, en esta ciudad. Me pregunto si cuando los años sean muchos y eche la vista hacia atrás no me arrepentiré de haberme perdido demasiadas cosas, del día a día, de las personas más importantes de mi vida. Luego se me pasa, y sé que Madrid me da la felicidad que necesito, y que no me imagino, hoy por hoy, en otra ciudad que no sea ésta. Estas calles que he sabido hacer mías. Estos sueños que aún vuelan.

Hace unos días, mientras estaba allí, estuve con una persona a la que conozco desde que nací. Las arrugas le acarician la piel en forma de sonrisas. Su mirada a veces se pierde. A ratos no recuerda qué ha pasado. No sabe dónde está. No sabe quién la cuida y quién la abraza. Otras veces sonríe, y sabe perfectamente lo que pasa en cada instante. Me dijeron que quizás no me recordaba, pero cuando entré en su habitación, la vi sentada junto a la ventana, me sonrió y me dijo que no me había reconocido con las gafas de sol puestas. Creo que ella nunca había producido en mí tanta ternura como aquella tarde. Creo que nunca me había sonreído así.

Sentada en un sillón me acariciaba la mano, me preguntaba qué tal todo y me contaba historias que yo sabía que nunca habían ocurrido. Pero yo también le sonreía, me hacía la sorprendida y le daba a sus relatos la importancia que merecían. Para mí, los recuerdos son uno de los bienes más preciados que posee el ser humano. No seríamos nada sin ellos. Los recuerdos son nuestro recorrido. Quienes somos y quienes hemos sido. Y entonces, me permití el lujo de enfadarme con la vida. Me enfadé porque me parecía injusto verla tan indefensa, perdiendo momentos que la habían hecho sonreír o llorar. Me enfadé con la vida porque no es justo que una persona pase los últimos meses, o años, de su vida estando perdida. Me enfadé con la vida porque no me parece justo que alguien sufra, incluso cuando ya no es capaz de saber diferenciar el sufrimiento de la felicidad.

Pasé una tarde con ella, que creo que ambas nos debíamos. La vi tranquila, cansada, la vi reír, pero también la vi perderse en la tristeza. Ella sabe que nunca más se levantará de ese sillón. Sabe que no volverá a ver el mar, o el pueblo donde nació. Sabe que ahora sólo queda afrontar los días como vienen, disfrutar de las visitas y sonreír mientras se pueda. A veces pide perdón, porque cree que se porta mal cuando no es ella. Pero no sabe que no hace falta, porque ya está todo perdonado. Me enfadé con la vida por hacer de la vejez la más tierna sabiduría y darle luego el trago amargo de arrancarle los días.

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Hoy no he hablado de ninguno de los temas que hasta ahora estaba tratando. Porque hoy quería hacer una reflexión, y te quería contar que me enfadé con la vida. 

Cuando un niño pequeño está sobre protegido se dice que está entre algodones“. Algunas personas mayores vuelven a ser niños. Vuelven a necesitar estar mimados y cuidados. Vuelven a necesitar que les comprendan y les enseñen. Vuelven a empezar. Sólo que esta vez el tiempo ha ido penetrando en su cuerpo y en su mente. Esta vez, el tiempo pone arrugas sobre su piel. Arrugas que son los años, que son las vivencias, que son las lágrimas, que son las sonrisas, que son los bailes, que son el amor, que son la música, que son los paseos, que son la familia, que son los amigos, que son los días, que son los momentos (los que están y los que se fueron)… Porque cambian los escenarios, cambian los tiempos. Pero a todos nos envolverán estas arrugas.  Arrugas que no son más que arrugas de algodón.

Buenas noches, amigos.

Lorena.