Quiero

¡Ay, amigos! La verdad es que estos días, entre estar en casa (porque sí, me he venido un mes entero a mi pueblo y ni recordaba la última vez que había paso aquí tanto tiempo), entre tanto trabajo y demás… se me van los días sin actualizar el blog. Supongo, que cuando pase el verano todo será diferente. Hoy es día de reencontrarnos, para empezar así la semana y quiero hacerlo en forma de relato, porque no se me ocurre mejor forma de estar juntos, y hoy, que mi amiga Alba me ha pedido que lo haga, te lo quería contar. Un relato que habla de los sentimientos del ser humano en general porque todos, alguna vez, nos hemos enamorado con tanta fuerza que nos ha sido imposible que nos respondan de la misma manera… y todo, de un modo u otro, acabamos viviendo las mismas historias.

Leed despacio, como siempre…


QUIERO

Quiero que te duela la tripa como me duele a mí cuando pienso en ti, cuando pienso en aquella primera vez que nos vimos o cuando pienso en todas las que, casi por casualidad, nos hemos cruzado en la vida. Quiero que recuerdes aquel día en el que nuestras miradas se cruzaron por primera vez, aquel día en el que alguien pronunció nuestros nombres e hizo de nosotros una presentación oficial, para pasar de desconocidos a ser conocidos de forma cordial. Quiero que recuerdes aquella noche de verano, en la playa, entre música y sonrisas, en la que bailamos sin parar y bebimos juntos alguna copa de más. Quiero que te acuerdes de la ropa que llevaba, de aquel vestido de flores que  cubría con suavidad mi piel. Quiero que recuerdes cómo me mirabas o las primeras palabras que compartimos, quiero que las grabes a fuego en tu memoria y que cada vez que recuerdes esos instantes, una sonrisa tonta se apodere de tu cara. Quiero que recuerdes el momento en el que me pediste mi número de teléfono y que recuerdes aquel primer mensaje que nos encendió el corazón. Quiero que recuerdes esas noches, en las que nos pasábamos horas escribiéndonos, hasta que la fuerza de nuestros ojos por cerrarse se resistía a nuestras ganas, esas noches en las que te quedabas dormido con la pantalla del teléfono encendida, que se apagaba al mismo tiempo que nosotros, sin querer, nos quedábamos dormidos. Quiero que recuerdes cuándo me preguntaste si estaba disponible aquel martes por la tarde, en el que nuestra primera cita marcaría con fuerza el calendario y nuestras vidas.

Quiero que recuerdes el primer café, los nervios de la primera vez, la falta de palabras y las ganas de hablar sin parar. Quiero que recuerdes las ganas de los besos y la vergüenza que te impedía darlos. Quiero que recuerdes aquella primera cena, en la que una hamburguesa en aquel rinconcito de Madrid, pareció el mejor manjar y la velada más romántica. Quiero que recuerdes la primera cerveza, la primera de muchas que acompañaron a todas y cada una de las mariposas que revolotearon en nuestros estómagos. Quiero que recuerdes cada una de las risas a medias, donde temblaban los labios y la voz, donde las miradas se sostenían con la misma fuerza que tenían nuestros corazones por aquel entonces. Quiero que recuerdes el primer paseo por el parque o la primera vez que quisimos hacer un picnic en el Retiro. Quiero que recuerdes la primera vez que patinamos por Madrid Río y me cogiste de la mano, prometiendo que no me soltarías jamás. Quiero que recuerdes el primer helado que compartimos en La Puerta del Sol, paseando hasta la Plaza Mayor y sintiendo que el mundo se paraba y que todo a nuestro alrededor desaparecía. Quiero que recuerdes la primera vez que subiste a casa y te puse aquel disco que tanto me gustaba y que tanto detestabas, aquel disco que aceptaste con una sonrisa y aquel disco por el te burlaste de la música que me apasionaba. Quiero que recuerdes aquella noche en la que decidiste que te quedarías a dormir.

Quiero que recuerdes la primera vez que hicimos el amor, en la que me acariciaste como si mi piel fuese a desaparecer bajo tus dedos. Quiero que recuerdes cada uno de los besos con los que me recorriste el cuerpo y me erizaste el alma. Quiero que recuerdes cada uno de nuestros despertares, entre miradas cómplices y besos, en los que las sábanas eran nuestras mejores aliadas y nada más tenía importancia. Quiero que recuerdes los te quiero porque sí, sin importar el día ni el lugar. Quiero que recuerdes, porque yo todavía no soy capaz de recordarlo, qué fue lo que te impulsó a desaparecer, poco a poco, de mi vida. Quiero que recuerdes qué era lo que te pasaba por la mente cuando no te apetecía escribirme un mensaje o cuando cualquier excusa era suficiente para impedir que nos volviésemos a ver. Quiero que recuerdes si te preguntaste si yo estaría llorando en mi habitación. Quiero que recuerdes si alguna vez me echaste de menos y si alguna vez te preguntaste si la que te echaba de menos era yo. Quiero que recuerdes cuándo fue el momento en el que te fijaste en otra persona y en el que otros besos llenaron tus labios de ilusión. Quiero que recuerdes si alguna vez volviste a mirar a alguien cómo me miraste a mí, si volviste a hacer rabiar, entre sonrisas, a alguien como lo hiciste conmigo, o simplemente, si alguien te llenó de felicidad como yo te llené a ti, o como tú me llenaste a mí.

Quiero que cuando suene tu móvil corras a mirarlo, esperando que quien te haya escrito sea yo. Quiero que mires, de vez en cuando, mi última conexión y que cada vez que me veas en línea, desees con todas tus fuerzas verlo convertido en un escribiendo… que te acelere el corazón. Quiero que si no lo hago, lo hagas tú, que me escribas y quieras sacarme una sonrisa, que quieras volver a ser tú quien me haga sonreír. Quiero que te inventes cualquier excusa para saber de mí, que le hagas una foto a tu cena o compartas conmigo una foto cada vez que veas el mar. Quiero que se te ocurra cualquier tontería que a mí me alegre el día, quiero que lo hagas cada día. Quiero que tengas ganas de luchar por mí y que te dé igual todo lo que haya llegado nuevo a mi vida. Quiero que entiendas que sigo pensando en ti cada vez que me voy a dormir y que si sueño contigo cada noche, no es por pura casualidad. Quiero que te mueras por llamarme y decirme que me vuelves a necesitar, que me echas de menos y que tarde o temprano necesitarás gritar que quieres volver a dormir abrazado a mi piel, a mi respiración, a mi aliento y al aroma de mi piel. Quiero que te pasen todas y cada una de estas cosas, porque son las que me pasan a mí.

138467_no-quiero-ser-tu-historia-

Buenas tardes, amigos.

 

Lorena.

 

Anuncios

Ojalá.

Un té frío con sabor a piña colada, un mugcake de plátano y canela recién sacado de la nevera, Cometo durmiendo a mis pies, el sol fuerte al otro lado de la ventana… Martes, las letras, tú y yo. Mi momento favorito de la semana.

Hoy vengo con un relato, porque ya sabéis que son mi parte favorita, porque me encanta inventar historias y me encanta meterme dentro de los sentimientos y emociones de personas que no conozco, pero acabo haciendo que formen, de un modo u otro, parte de mí.

Este relato viene de forma distinta, en una especie de reflexión o monólogo interno en el que espero que mucha gente se siente identificada o que, al menos, encontréis un momento de vuestras vidas en las que estas líneas podrían haberos descrito perfectamente, porque estoy segura que a lo largo de la vida, todo ser humano conoce a un amor imposible que guarda con cariño en su corazón y entierra en su alma… Hoy te lo quería contar.

Leed despacito y disfrutad…

Ojalá

Ojalá supieses que recuerdo perfectamente la primera vez que te vi. Hace unos cuántos años y en aquel momento no sabía ni si quiera cómo te llamabas. Quién me iba a decir que mucho tiempo después acabarías robándome el sueño y las ganas. Siempre he pensado que no fue una casualidad que fuésemos en el mismo vagón de metro aquella mañana de marzo, como no fue casualidad que bajásemos en la misma parada, como no fue casualidad que aquella vez, perdida entre las páginas de un libro, levantase la mirada y me diese un vuelco el corazón. Aquellos vaqueros desgastados, aquellas zapatillas destrozadas, llenas de caminos hechos y de historias que yo no conocía, aquella camiseta verde que era la compañera perfecta para tus ojos y tu piel tostada… Supe que si quería volver a verte, debía hacer exactamente lo mismo que aquel día, al menos, esa era mi única esperanza. A la misma hora, en la misma zona del andén, para entrar al metro y encontrarte en ese vagón y así fue cómo me aseguré de verte cada mañana, de lunes a viernes, mientras durase el curso escolar. Ni si quiera me mirabas, todavía vestía el uniforme del colegio y tú ya ibas al instituto con los mayores. Nos separaba una calle entre tu instituto y mi colegio, mi amiga Claudia me acompañó a seguirte para confirmarlo. Nunca tuve tantas ganas de ir a clase, ni tantas ganas de despertarme por las mañanas. Ojalá supieses que te miraba cada mañana, que analizaba tus gestos, tu ropa e imaginaba cómo sería tu olor, a qué sonaría tu risa, cuáles serían tus películas favoritas o qué querrías ser de mayor… El cinco de mayo de aquel año hubo una avería en el metro, y estuvimos quince minutos parados en Alonso Martínez que a mí me pareció una maravilla, fue la primera vez en la que nuestras miradas se cruzaron y me sonreíste como quien sonríe a alguien en el metro, seguido de un suspiro, un “¡menudo rollo!” con la mirada… y a mi me tembló el corazón. Empecé a obsesionarme contigo y a saber que quería conocerte. Muchas veces me he preguntado si alguna vez te diste cuenta que estaba ahí todas las mañanas, la niña rubia del uniforme que se ponía nerviosa sólo de sentirte cerca… Jamás me atreví a preguntarlo.

Ojalá supieses que empecé a quererte cuando no sabía ni lo que era querer, que empecé a averiguar quienes eran tus amigos e incluso quien era la chica que te gustaba. Visto desde lejos, resulta obsesivo, pero sé que fue algo inocente y bonito, algo puro y verdadero, fue una necesidad de saber de ti, de querer que nuestros caminos encontrasen el modo de cruzarse… Aquellos primeros meses pasaron como relámpagos, demasiado rápidos, y muy a mi pesar el curso terminó. Por aquel entonces ya sabía tu nombre y sabía que quizás aquellos días serían los últimos de nuestra historia, de una historia que para mí era nuestra y para ti no existía. Aquel verano empecé a salir con mi primer novio, rogándole a la vida que nos volviésemos a cruzar, sólo necesitaba verte una vez más, al menos una.

Llegó septiembre y tras una semana sin coincidir en ese vagón que tanta ilusión me había regalado, me acerqué un día a la puerta de tu instituto y no te vi entrar, vi a tus amigos e incluso a la chica que te gustaba, pero no, no estabas. Podría haber sido más valiente y haberme acercado a preguntar, ¿pero qué les decía si querían saber quién preguntaba por ti? Nunca lo hice.

Ojalá supieses que los años que siguieron fui muy feliz, tuve varios novios en varias relaciones de las que siempre solía cansarme. Empecé la universidad y puedo decirte que no todos los días, pero si de vez en cuando, pensaba en ti. Me preguntaba dónde estarías, qué habría sido de ti, a qué te dedicarías, si tendrías novia o si seguirías en Madrid… Cuando las relaciones y los caminos se cruzan, acabamos pensando lo pequeño que es el mundo, cuando en realidad sabemos que vivimos en un mundo muy grande, donde viven millones de personas, y no nos damos cuenta que estas conexiones no son porque el mundo sea pequeño, son porque simplemente hay vidas y caminos destinados a estar conectados, por coincidencias de la vida o en forma de amigos en común.

En segundo de carrera, organizamos una fiesta maravillosa, con las emociones de los universitarios a flor de piel, con las ganas de comernos el mundo y la seguridad de que nos lo íbamos a comer, con los juramentos de amor eterno a esos compañeros que eran amigos inseparables desde el año anterior. Ojalá alguien me hubiese preparado para aquello, para entrar a aquel garito, con aquellas copas de más y encontrarte en la barra, riendo con unos amigos. Ojalá me hubiesen preparado para ver cómo Olivia, una de mis mejores amigas de la universidad, te daba un abrazo u ojalá alguien me hubiese preparado para asimilar que en aquel primer reencuentro, después de varios años, tú me ibas a devorar con la mirada y a sonreír y pedir que nos presentasen. “Este es mi primo Juan“, cayó en seco sobre mis oídos, intentando asimilar las cosas que tiene la vida, intentando averiguar si quería reírme a carcajadas o salir corriendo porque sentía miedo. Sí, ojalá supieses que aquel día sentí miedo, miedo de tenerte tan cerca, miedo de que me mirases así, miedo de que algo con lo que había soñado durante tantos días e incluso años, fuese una realidad. A veces, los seres humanos somos así.

Ojalá supieses que recuerdo todas y cada una de las veces en las que fuimos coincidiendo, sin coincidencia, después. Empecé a creer que te gustaba, es más, estaba completamente segura de ello, porque era verdad. Ojalá supieses que cuando me enviaste el primer mensaje, yo ya tenía guardado tu número de teléfono y que me dio un vuelco el corazón cuando vi tu nombre en la pantalla de mi teléfono. Ojalá supieses que no te besé la primera vez que quedamos a solas porque no quería estropearlo, aunque me estuviese muriendo por hacerlo. Ojalá supieses que grabé a fuego en mi memoria tu perfume la primera vez que te di un abrazo.

Ojalá supieses que aquella noche, en la que mis padres no estaban y dormiste en mi cama, fue la mejor noche de mi vida. Ojalá supieses que intenté memorizar cada beso, cada caricia, cada risa, cada suspiro, cada gota de sudor y felicidad en nuestros cuerpos… Ojalá supieses que me he alimentado de esos recuerdos en infinitos momentos de mi vida. Ojalá supieses que estaba locamente enamorada de ti, desde que llevaba uniforme e iba al colegio. Ojalá te hubiese contado que cada mañana cogía aquel metro sabiendo que estarías dentro de aquel vagón. Ojalá te hubiese dicho lo importante que eras para mí, y que llevaba media vida soñando contigo. Ojalá no te hubiese idolatrado tanto y hubiese asimilado que eras un ser humano más, normal, corriente, un chico con una vida normal, con ambiciones e inquietudes, con ganas de risas y buen rollo, con ganas de sexo sin compromiso. Ojalá no me hubiese enamorado de ti. Ojalá.

Ojalá no hubiese tenido que escuchar aquello de eres “la mejor amiga del mundo“, cuando habría matado por poner en tus labios “eres el amor de mi vida“. Ojalá hubiese tenido más fuerza para contarte toda la verdad y explicarte toda nuestra historia, sí, que para mí era nuestra y para ti lo era a medias. Ojalá no me hubiese querido comportar como colega, sólo para mantenerte cerca, ojalá no hubiese tenido que acostumbrarme a ello sin poder besarte ni si quiera una vez más, sin tener que tragar un dolor que me estaba quemando el alma, ojalá te hubiese olvidado.

Ojalá me hubiese enamorado de otra persona como tú lo hiciste, ojalá no hubiese encontrado tu nombre y tu cara en mil canciones, en mil novelas de amor o en mil películas que me habría encantado ver contigo. Ojalá hubiese querido al resto de chicos que pasaron por mi vida después, la mitad de lo que te quise a ti. Ojalá, al menos, no te hubieses olvidado también que era tu amiga. Ojalá no la hubieses conocido a ella y ojalá no me hubieses apartado del todo.

Ojalá supieses que sigo mirando el móvil, mientras veo que estás “en linea“, mientras deseo con rabia un “escribiendo…” que no llega ni ha llegado nunca más. Ojalá supieses que sigo mirando tus fotos y que te sigo queriendo como el primer día, como tú nunca pudiste quererme, como tu nunca sabrás que yo te quería…

Ojalá no tuvieses tu vida y ojalá yo no tuviese la mía, ojalá nos hubiésemos encontrado de otra forma, ojalá nos hubiesen acompañado otros sentimientos, ojalá volvamos a vivir otra vida para empezar nuestra historia desde el principio. Ojalá no supiese que mañana te casas y ojalá hoy no hubiese derramado ni una sola lágrima.

Ojalá pudiese volver a aquel vagón, y cambiar todo desde el minuto cero, ojalá pudiese volver a aquel instante y mirar hacia otro lado, sin fijarme en tus vaqueros desgastados o esa camiseta verde que tanto te favorecía. Ojalá pudiese volver y haberme retrasado tres minutos en todos los días de después para coger el siguiente metro…

Ojalá me hubieses querido, como yo te quise, como yo te quiero.

Imagen de Google.

Imagen de Google.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Me olvidé decir te quiero…

Es inevitable que nos gusten los días festivos, sin prisa, sin pausa… Anoche escribí un relato y no sabía cuando lo iba a publicar, lo que sé es que me parece uno de los relatos más bonitos que he escrito jamás, espero que a vosotros, al menos os guste.

No he podido aguantar mucho y hoy te lo quería contar.

A dos días de irme de nuevo de vacaciones os dejo esta historia, de amor y desamor, de distancia y sentimientos, de letras y circunstancias, para que lo leáis despacito y lo saboreéis como me gusta que hagáis y como sé que cada vez os gusta más hacerlo…

Gracias por seguir ahí, al pie del cañón, a mi lado, al otro lado de la pantalla… No sabéis lo feliz que soy.

Me olvidé decir te quiero…

“¿Se puede echar de menos algo que nunca has tenido? Muchos os preguntaréis quién soy y quienes me conocéis, al menos de vista, os preguntaréis qué hago aquí. Hoy quiero hablar de mi mejor amigo, de quien llenó de vida mi alma y de sueños mis días…”

Así empezaba aquello que yo había escrito.

Me habría gustado contarle la primera vez que le vi, porque yo la recuerdo. Me habría gustado sonreírle y explicarle que sólo tenía once años cuando jugaba con mis amigas del colegio en la calle y una de ellas me pidió que gritase su nombre, se giró y todas nos reímos. Aquella fue la primera vez, aquel día supe cómo se llamaba y aquel día me enamoré de él. No podíamos tener nada en común, ni amigos, ni aficiones, ni nada. Nuestra diferencia de edad, aunque no era exagerada, era suficiente para separar nuestras vidas e inquietudes. Algún día sería mayor y seguro que algún día podría conseguir estar cerca suya. Me conformaba con ser su amiga, mientras soñaba con sus besos.
Recuerdo las tardes de verano, en la plaza principal, o en la heladería junto a la iglesia, le recuerdo riendo con sus amigos, sobre motos y adolescencia, mientras yo observaba siendo sólo una niña, una niña pequeña. Era el chico más guapo que había visto jamás. Risueño, dulce, simpático, su piel tostada bajo su melena rubia… Estaba hecho de sueños.
Pasé de niña a adolescente y él seguía protagonizando mis pensamientos, protagonizaba con su nombre bajo tinta mis carpetas y libros del instituto, los corazones y las ilusiones. Estaba segura que jamás podría querer a nadie como le quería a él. Le deseaba y ya no quería ser sólo su amiga.

Con el tiempo, la diferencia de edad, aún siendo la misma, se apreciaba menos. Empezábamos a frecuentar los mismos bares e incluso, de vez en cuando, compartíamos amistades. Recuerdo la primera vez que coincidí con él en una discoteca. Yo me sentía muy guapa. Me había puesto mis mejores galas, la minifalda más bonita del momento, con los tacones más altos de mi vida. Le sonreí mientras le saludaba. Me sonreía educado, siempre lo hacía, cordial, carismático. Era la niña a la que llevaba conociendo de vista desde hacía unos cuantos años. Por supuesto, no fue mi primer beso, ni mi primer amor carnal, no perdí la virginidad en sus brazos ni le pude decir te quiero. El destino, con el paso de los años, parecía no estar de mi lado.

Paula era mi mejor amiga desde que íbamos al colegio y llevaba un par de meses saliendo con uno de sus amigos. Paula cumplió 21 años y preparó una fiesta maravillosa en su casa. Sus padres estaban de vacaciones y creíamos que podíamos comernos el mundo. ¡Bendita juventud! Qué felices fuimos. Estábamos radiantes y guapas, con las ganas en las pestañas y los sueños en la mirada, rodeadas de todos nuestros amigos de siempre, entre risas, alcohol y buena música. La sonrisa pícara de Paula me hizo un guiño hacia la puerta y le vi entrar. Él y todos sus amigos también estaban invitados, pero yo no lo sabía.

Por aquel entonces yo acababa de volver de pasar un año en Alemania con una beca Erasmus y además acababa de dejar una relación de dos años con el que le hubiese jurado al mundo que era el amor de mi vida. Cuando le vi entrar a él, me olvidé del mundo, de los amores y la vida, mi corazón estallaba de felicidad y miles de mariposas revoloteaban en mi estómago. Hacía mucho tiempo que no le veía y seguía estando tan guapo como siempre. Creo que aquella fue la primera vez que él se dio cuenta, realmente, de que yo existía, al menos yo como mujer y ya no como niña. Todos bailábamos, reíamos y bebíamos, él se acercaba y yo estaba, con dos copas de más, muy divertida. Mientras aguantaba que su amigo me tirase los trastos, sonreía sabiendo que era él por quien en aquel momento me moría. Se ofreció a llevarme a casa y acabamos en la suya. Había bebido tanto para contener la emoción de la noche y la vergüenza que al día siguiente apenas fui capaz de recordar nada. Siempre lo lamenté. Nos recuerdo besándonos cómo si se nos fuese la vida, nos recuerdo desnudándonos y recuerdo el momento en el que abrí los ojos y le vi durmiendo a mi lado. Nunca había sido tan feliz.

Es cierto que no sé muy bien qué pasó después. Los días siguientes me quedé esperando un mensaje o una llamada que nunca llegaron y supe que lo mejor era aceptar que había sido así, una noche fugaz, de borrachos y besos. Había que aceptar que había conseguido más de lo que unos años atrás habría imaginado, dormir abrazada a él había sido un regalo, un capricho que la vida me había regalado.

Perdimos el contacto, a lo que supongo que ayudó que yo me fuese del país. Había conseguido una beca para estudiar un master en Buenos Aires, la ciudad que acabé haciendo mía. No recuerdo la última vez que le vi, quizás hace seis o siete años, en Navidad, una noche que nos cruzamos por la calle.

Hace dos años recibí un e-mail en mi correo, me dio un vuelco el corazón cuando vi el remitente. Me enlazaba un artículo que acababa de leer sobre publicidad y marketing y creía que me podía interesar. Sabía, incluso, lo que había estudiado. Aproveché aquel correo de vuelta para agradecerle el interés y saber qué había sido de su vida, cómo le habían tratado los días, dónde vivía y a qué se dedicaba. Aquel fue el primer correo de muchos.
Al principio hablábamos de cosas generales, sobre cómo nos trataba la vida, cómo eran mis días en Argentina o cómo seguían los suyos por nuestra ciudad… Hablábamos del tiempo, del trabajo y de los sueños, a veces de los recuerdos, pero jamás hablamos de aquella noche. Nuestra noche. La noche de borrachos y besos. Empezamos a buscar excusas tontas para escribirnos, para saber uno del otro, al principio una o dos veces a la semana, al final todos los días. Acabamos hablando de nuestras preocupaciones, de cómo habíamos amanecido y cómo nos iríamos a dormir, acabamos dependiendo de aquellos correos que en silencio eran la ilusión de mis días. Me despertaba y miraba el móvil y cada mañana me encontraba con una respuesta suya, nunca tonteamos, jamás, pero nos necesitábamos en la distancia. Nos deseábamos sin decirlo y nos arrancábamos sonrisas.

No me atreví a contarle que Julio, mi novio, con quien vivía desde hacía años, me había pedido matrimonio. Nosotros no hablábamos de eso. Yo no quería perderle, perder algo que no tenía, no quería dejar de recibir sus e-mails con la historia de su día a día, no sabía si él tenía novia, y tampoco me interesaba. Julio era un hombre bueno, educado y sereno, un empresario de éxito que me daba la estabilidad, la paz que mi vida y mi nerviosismo necesitaban, pero Julio siempre viajaba, por trabajo, nunca estaba. Muchísimas veces me sentía sola y descuidada, pero cuando él volvía a casa sabía que me adoraba sólo por cómo me miraba. Julio estaba locamente enamorado de mí, era el hombre que más me había querido en mi vida y seguramente nadie sería capaz de quererme tanto como lo hacía él.

Jamás me atreví a enviarle un e-mail y decirle que le quería, que le quería desde aquella primera vez que le vi, en aquella calle, jugando con mis amigas cuando sólo tenía once años. Jamás me atreví a decirle que le quería porque tenía miedo de que él no me quisiese como Julio me quería. Es lo más cobarde y egoísta que he hecho en mi vida.

A veces, soñaba con él, nos imaginaba en una terraza, riéndonos a carcajadas, comiéndonos la vida. No recordaba su voz, hacía demasiado tiempo que no le veía. Jamás nos llamamos por teléfono, pero acabó siendo mi mejor amigo y sus e-mails siendo el motor y la alegría de mi vida. Deseaba abrir la bandeja de entrada, ver su nombre y abrir el correo, deseaba que me dijese que me necesitaba, que me quería y que quería regalarme el mundo, que volviese a España, que estuviese a su lado y que recuperásemos todo el tiempo que se nos había esfumado de los dedos. Nunca lo hizo.

Llevaba dos días sin saber nada de él. Durante dos años, cada día, había recibido un e-mail con su nombre. Dos días sin noticias. Estaba segura que pasaba algo. Busqué a Paula en Facebook, con quien hacía años que había perdido el contacto, pero de quien sabía que se había casado con su mejor amigo, aquel que le trajo aquella noche a aquella fiesta. Le resumí mi historia, la verdad, ella me había conocido, y sabía lo mucho que yo le había querido, ella era la única que podía darme una respuesta. Su mensaje tardó tres horas en llegarme, tres horas que me parecieron eternas. Mi corazón se paró en seco y las letras se me hicieron borrosas. Cogí el primer avión que volaba a Madrid, no me importaba el precio.

Cuando aterricé él ya no estaba. Ya no estaba. Mi mejor amigo, mi primer amor, mi verdadero amor, mi amor platónico, mi ilusión, el motor de mis días ya no estaba. Un accidente de tráfico le había dejado en coma durante cuatro días, había muerto sólo una hora antes de que yo llegase. Abracé a Paula y nos fundimos entre silencios y lágrimas, no nos hacía falta decir nada.

No sabía si ir al tanatorio, no quería ir a ese lugar. No quería verle allí, a quien hacía muchos años que no veía, a quien sólo había abrazado una vez en mi vida, a quien no sabía cómo sonaba su voz, ni su risa, no quería verle allí, no quería ver al guardián de mis secretos e historias, no quería ver allí a mi mejor amigo, al amor de mi adolescencia, al amor de mi vida.

Me esperé en la puerta mientras le incineraban, mientras veía a amigos y familiares, a viejos rostros conocidos con el paso del tiempo pegado en la piel y la tristeza tatuada en el alma… Reconocí a su hermano, y a él se le iluminaron los ojos.
-Clara, ¿verdad?
Asentí con la tristeza gritando en mi sonrisa apagada.
-Dios mío… Estás aquí… Él te quería, ¿sabes? Estaba enamorado de ti.
Mi corazón se estrujaba, el dolor gritaba.
-Pronunció tu nombre cuando llegó la ambulancia…

Mi mundo se derrumbó y me cagué en la vida. Me cagué en esa vida en la que él me había enseñado a no cagarme, a no enfadarme con ella, en esa vida en la que él me había enseñado a querer, a tranquilizar y a cuidar…

Paula me dio un codazo y la miré atontada, me hizo un gesto con la cabeza y miré al frente. El cura que conducía el funeral me sonreía con los ojos, me tocaba hablar, tenía que leer aquello que había escrito para él. Le miré con el dolor encendido en la mirada y le negué con la cabeza, le supliqué con la misma que siguiera y que entendiese que no tenía fuerzas… Agarré el papel que había escrito, destinado a los que no sabían quién era y a aquellos que me conocían de vista, aquel papel en el que hablaba de mi mejor amigo, y lo guardé en el bolsillo. Paula me acarició la mano.

Decidieron expandir sus cenizas en la montaña, en la montaña que envolvía nuestra pequeña ciudad, donde tanto le gustaba perderse y donde tanto disfrutaba. No fui capaz de acudir a su despedida.

He pasado dos semanas en España, luchando contra el dolor, reencontrándome con mi familia y mis amigos, sin explicarle a nadie por qué estaba aquí. Mañana vuelvo a Buenos Aires, a mi vida real, a mi rutina, a mis días de soledad, donde ya no habrá e-mails de buenos días…

He subido a la montaña y he roto el papel que escribí para su despedida, me he sentado en el suelo y lo he roto en tantos pedazos como he podido, he abierto las manos y he visto como corrían, risueños, miles de papelitos, a través del viento, ese viento que también le lleva, ese viento que acaricia mi cara y me abraza… Esta es nuestra historia, mezclada con el viento, con su aliento, para que sea sólo nuestra.
Me olvidé decir te quiero…

1208811476_f

Feliz fin de semana, amigos.

Lorena.