Contigo en el Mundo

Creo que nunca he cerrado un libro e, inmediatamente, he escrito un post, pero sabía que una vez terminase estas páginas, iba a suceder. Lo supe desde el principio de empezar a devorarlo y claro, hoy te lo quería contar… … Sigue leyendo

¡Qué orgullosa estoy de ti!

Esta semana he tenido que cambiar el jueves por el martes. Como muchos ya sabéis, el martes fue el Día de Reyes en España y por lo tanto fue festivo, así que lo dediqué a vivirlo con ilusión tras abrir regalos, a ver pelis y a comer mucho roscón… Ayer tuve que asimilar la vuelta a la rutina después de las Navidades y hoy, por fin, estoy aquí con vosotros.

Ayer por la mañana publiqué en mi Twitter que el post llegaba hoy. Lo que no podía imaginar es que el día de ayer acabaría siendo tan feo para el mundo. Es necesario que comparta con vosotros mi conmoción, mi dolor y mi impotencia ante lo ocurrido en el periódico Francés Charlie Hebdo. Como bien dije en mi página de Facebook anoche, el periodismo se basa en el derecho a informar y el derecho a ser informados. El humor forma parte de los seres humanos y la religión y el fanatismo son opcionales en la forma de vida y, a veces, acaban siendo algo totalmente enfermizo. No sabéis la tristeza que tengo. Se ha atentado contra una profesión y sobre todo contra un derecho como es la libertad de expresión.

Ahora sí, hoy te quería contar que la exitosa serie de Disney Channel, Violetta, ha empezado su gira mundial de conciertos y lo ha hecho en Madrid, y claro, no me lo podía perder.

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Hace poco más de un año, ya pude disfrutar del espectáculo en esta ciudad, en el mismo lugar, y sabéis que para mí fue algo muy especial. Este año, si cabe, lo ha sido más.

Unos días antes del concierto me reencontraba con uno de mis mejores amigos, con mi “hermanito” pequeño, ese hermano que he elegido en la vida. Diego y todo el elenco de Violetta, acababan de llegar a Madrid para empezar los ensayos de la esperada gira. Disfruté de él durante esos días, disfrutamos de ponernos al día, de parar el tiempo, de recordar momentos, de contarnos nuevos sueños… Y una vez más, entendimos que la distancia no ha cambiado nada entre nosotros.

El domingo por la mañana, mi otro “hermano” elegido, David, y yo, desayunamos al sol en una terraza al lado del Palacio de los Deportes, mientras esperábamos a nuestro amigo Marc. El día era espectacular, y el sol había salido sonriente para recibir el espectáculo en su ciudad. Entramos cuando sólo faltaban diez minutos para que empezase todo. Con las luces todavía encendidas pudimos comprobar, una vez más, el poder de masas del fenómeno Violetta. El Barclaycad Center estaba completamente lleno. Pista y todas y cada una de sus gradas estaban completas, llenas de niños y niñas llenos de ilusión, padres sonrientes y orgullosos, camisetas, globos, diademas, bolsos, vestidos y un sinfin de complementos de la serie y cientos de pancartas con fotos y nombres de sus ídolos adornaban el recinto. Miramos al escenario, uno de nuestros mejores amigos era parte de eso y en sólo unos minutos iba a estar aclamado y adorado por miles de personas. Sonreímos.

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David Laguía, Marc Suárez y yo

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David, Marc y yo

Se apagaron las luces… ¡Y comenzó el show!

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No podemos olvidar que Violetta Live es un concierto para que sobre todo disfruten los niños, pero es tan grande y espectacular el montaje que lleva que es imposible que no impacte también a los mayores. Juego de luces, escenas en las pantallas, vestuarios… Ni un solo detalle podía dejarte indiferente. Música, sonrisas, sueños… Magia. Eso es lo que se respiró ahí dentro. Desde nuestros asientos bailamos las canciones y aplaudimos con fuerza y enormemente orgullosos las actuaciones de Diego, que no podía estar más guapo.

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Por supuesto, la estrella indiscutible del show es Martina Stoessel, que encarna a Violetta, la protagonista de la historia en la ficción. Dulce y emocionada, se ganó un poco más el corazón de todas esas niñas que sueñan con su música y sueñan ser como ella. (Sigo sorprendiéndome al ver el “boom” que se ha creado con esta serie).

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Si el arranque de gira estaba siendo especial de por sí, para Diego Domínguez y Alba Rico, los dos españoles de la serie, era muy emotivo poder estar en su país y arrancar aquí esta nueva aventura. Así lo mostraron y compartieron con su público desde el escenario.

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Nosotros sabíamos que Diego estaba enormemente feliz, estaba disfrutando desde ahí arriba y nosotros estábamos disfrutando con él en medio del público. Madrid fue su ciudad adoptiva, su segunda casa, donde vivió años muy importantes de su vida justo antes de irse a Argentina.

Al acabar el concierto, pudimos reunirnos con él para abrazarle muy fuerte, para aplaudirle, para despedirnos hasta dentro de unos meses y para recordarle, una vez más, lo orgullosos que estamos de él y lo grande que es en todo lo que hace. Diego es un luchador y perseguidor de sueños, ya lo sabéis, y no podía tener una recompensa más grande. Violetta acaba en unos meses, pero estoy segura que su carrera profesional, que empezó hace ya muchos años pese a su corta edad, no va a dejar de sorprenderle, ni de sorprendernos. (Eres grande, hermano!)

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Marc, Diego, David y yo

Aunque no estuve allí, no puedo dejar de mencionar el que fue uno de los mejores días de su vida. Violetta Live aterrizó hace un par de días en Zaragoza, la ciudad de Diego, su tierra, su casa y su gente. Un día inolvidable para él. Su familia y sus amigos entre un público donde el calor de sus paisanos le llegó al corazón. Se emocionó (y mucho) al ver el cariño de toda su ciudad y se siente muy, muy orgulloso de todos ellos.

“Estar en Zaragoza y sentirme querido por doce mil personas que gritaban mi nombre… Sentir que estaba en el lugar dónde había nacido, estar con mi familia y mi abuela… Fue uno de los días más bonitos de mi vida, sin duda”. Me dijo Diego.

Ya sabéis que Violetta Live acaba de arrancar, todavía quedan algunos conciertos en España antes de que vayan a viajar por Europa y posteriormente por toda Latinoamérica. Si tenéis la oportunidad, no dejéis de ir a verles. Nunca olvidaré la cara de ilusión de los niños que estaban allí. David, Marc y yo nunca olvidaremos la cara de Paula y de su madre, para quienes aquel día fuimos sus Reyes Magos y a las que sabemos que hicimos muy, muy felices.

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David, Martina, Marc y yo

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Marc, Samu, David y yo

Me quedé con las ganas de que todo el público cantase “Chachi Piruli…”, pero me tendré que esperar a volver a verle y cantárselo entre amigos y risas… Aun así, no sabéis lo bonito y mágico que fue ver un lugar tan emblemático de Madrid a reventar de gente y ver a una de las personas más importantes de tu vida sobre el escenario. Me sigo emocionando.

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Gracias Diego, por ser como eres, por seguir siendo quien eras. Por tu sonrisa constante y tus sueños ansiosos, por tu magia… Déjame gritar… ¡Qué orgullosa estoy de ti! Te queremos hasta el infinito. Ya lo sabes. Mucha suerte en esta nueva gira y hasta pronto, hermanito.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Sueños rotos…

He de reconocer que hoy me ha hecho especial ilusión encontrarme en Twitter una mención de una persona diciéndome que por fin era martes y por fin llegaba nuevo post. Es cierto que, aunque me gustaría poder sentarme tranquilamente frente al ordenador mucho más tiempo, no puedo, y el martes se ha convertido en un encuentro casi sagrado entre mis historias nuevas y vosotros.  A ver si poco a poco consigo ordenar un poco mis horas y puedo venir a contaros algo más a menudo… (Las buenas noticias siguen ahí, y os aseguro que ya queda muy, muy poco para que sepáis qué es ese proyecto tan importante que tengo entre manos).

A medida que nos hacemos mayores y  adquirimos nuevas experiencias, empezamos a valorar cosas que siempre tuvimos y nunca apreciamos como se merecían… Y esas, son las cosas más simples de la vida, como sentarte en el sofá a ver una película con tus padres, como abrazar a la persona que amas en silencio durante un buen rato, como reencontrarte con amigos en un café sin prisa, dejando de lado el teléfono, o como ir a comer a casa de tus abuelos… Esta mañana subía una foto de Mr. Wonderful a mi página de Facebook que decía: “No es más rico el que más tiene, sino el que encuentra aquello que necesita”, y no hay nada más cierto. Tengamos más o tengamos menos, lo esencial de la vida es apreciar con todas nuestras fuerzas las cosas buenas, las que realmente tienen importancia, las que suelen aparentar ser las más simples y las que cuando pase el tiempo, serán las que más recordaremos. Hace mucho tiempo que adquirí ésta como mi forma de vida, la de quedarme con lo bueno y echar lo malo fuera, es sencillo y realmente gratificante. Normalmente, cuando tomas esta decisión es tras una gran decepción.

Hoy te quería contar que para mí hay tres tipos de personas: las que creen querer a los demás más que a sí mismas, las que admiten que se quieren a sí mismas más que a los demás y las que se quieren tanto a sí mismas que no son capaces de querer a los demás, y he de decir que no soporto a estas últimas.

Creo que no hay nada más importante que el amor propio, quererse a uno mismo es esencial para vivir con fuerza, seguridad y felicidad, es el paso básico para conseguir el respeto, el amor y la verdadera amistad. El ser humano es egoísta por naturaleza y aunque muchas veces nos cuentes aceptarlo que eso también forma parte de nosotros, es así. El egoísmo, como todo, tiene límites, y en la personalidad de cada uno está controlarlos o sobrepasarlos… Quererse a sí  mismo es casi tan importante como querer a los demás. Cuidar de las personas que te quieren es de vital importancia para conservarlas. Como dice Jorge Drexler “cada uno da lo que recibe, y luego recibe lo que da, nada es más simple, no hay otra forma….”, la vida no deja de ser un juego constante, un intercambio de cosas, y cuidar y querer a las personas que te cuidan y quieren simplemente es un feed back de sentimientos y cariño.

Hay personas despistadas, que no son capaces de entregar tanto como otras, pero mientras eso sea fruto del despiste y no de la maldad, siempre serán queridas y perdonadas. El problema, para mí, lo tienen aquellas personas que se quieren tanto, tantísimo, a sí mismas, que intentan querer a los demás, pero en el fondo, su egoísmo no les permite actuar con transparencia y naturalidad, y realmente, ese tipo de personas, además de producirme rechazo, me dan pena. Jamás podré entender a esas personas que no son capaces de alegrarse por algo bueno que les ocurra a los demás y sobre todo a aquellas que no son capaces de alegrarse por algo bueno que les ocurra a la gente que les importa, o alguna vez les importó. Hay gente que no es capaz de soportar que la gente de su alrededor sea más feliz que ellos mismos, aunque intenten vender su felicidad y su sonrisa. No hay nada más triste.

Por suerte, hay otras personas infinitamente buenas y por eso mismo, en nuestras manos está rodearnos sólo de ese tipo de gente. Elegir bien. Es crucial que aquellos que te rodeen te quieran de una forma sana, incondicional, limpia, pura… Es crucial mantener y cuidar a los amigos que jamás te van a fallar, a esos a los que no les importará lo ocupado que estés, a los que aunque lleven mucho tiempo sin verte, te harán sentir que sólo han pasado cinco minutos desde la última vez, es crucial querer, cuidar y conservar a aquellos que te hacen sentir especial, a los que te dan confianza con la mirada a la hora de hablar, a esos que jamás te van a juzgar, a los que te enseñarán lo que haces mal simplemente para que aprendas, jamás para reprochar, a esos que llorarán contigo todas tus penas y celebrarán contigo cada uno de tus éxitos como si fuesen suyos. Eso, amigos míos, son los amigos de verdad.

Estos días han sido unos días muy bonitos, de esos de amigos de verdad, de reencuentros con gente a la que veo todos los días y reencuentros con gente a la que llevaba meses sin ver. Estoy muy orgullosa de mis amigos, de esas personas a las que con el tiempo y las experiencias, he elegido como compañeros de vida, como guardianes de secretos, como mi otra familia… Estoy muy orgullosa de que ellos me hayan elegido a mi también y que me dejen ser, como lo hacen, parte de sus vidas.

Y tanto pensar en la amistad, en la gente buena y mala, en el egoísmo y en la decepción… Me he acordado de una película que descubrí hace muchos años, cuando todavía era una niña, que me impactó demasiado. Brokedown Palace (Sueños Rotos en castellano) es una película dramática protagonizada por Claire Danes y Kate Beckinsale. Dirigida por Jonathan Kaplan y escrita por David Arata fue estrenada a nivel mundial entre 1999 y 2000. El film se centra en el sufrimiento de dos estadounidenses en un país extranjero sumando como ingrediente de transfondo la amistad, la esperanza y los sueños truncados.

Alice (Claire Danes) es impulsiva e imprudente, mientras Darlene (Kate Beckinsale) es más reservada. Han terminado el instituto y deciden hacer un viaje exótico que jamás olvidarán. Mientras sus padres creen que sus hijas están en Hawaii, las dos jóvenes, aventureras y llenas de ilusión, se encuentran en Bangkok, Tailandia. Allí, sus vidas cambian para siempre cuando conocen Nick (Daniel Lapaine), un joven  y atractivo australiano del cual ambas se enamoran. El joven, decide querer pasar la noche con Darlene y ante los celos de Alice, ninguna de las dos jóvenes imaginan que sus sueños están a punto de romperse para siempre. Su destino y sus vidas cambian en el momento en el que van a regresar a Estados Unidos y son detenidas por las autoridades por por portar drogas en su equipaje. Lejos de su casa, de sus familias y en pésimas condiciones, la historia transcurre en una cárcel mientras luchan por intentar probar su inocencia antes de que sea demasiado tarde. El final, en medio de la fortaleza de una amistad incondicional, no te dejará indiferente. Recuerdo lo mucho que lloré… Y al pensar en el egoísmo del ser humano, me ha sido inevitable acordarme de aquella película que, si no has visto, tienes que ver.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.

El miedo.

Cuando salgo de Madrid, me gusta desconectar de todo. Aparezco menos en las redes sociales, y apago el ordenador. He estado unos días en mi casa, en mi pueblo, entre sus calles y mi gente, con reencuentros, con cariño y sonrisas, y he sido muy feliz. Ya estoy de vuelta, en la ciudad y aquí, con una historia nueva que te quería contar.

Traigo nuevo post, que ya tocaba, y viene en forma de relato… Para que leáis despacito, para que el miedo no se apodere de vosotros y para que intentéis arriesgar y luchar en la vida por aquello que deseáis… Muchas veces, como le pasa a la protagonista, no somos capaces de afrontarlo.

El miedo

Suena una canción triste de fondo, lenta, suave y melancólica, de esas en las que es esencial que reine el silencio, para que sólo se la escuche a ella, para que entre dentro de ti, para que la vivas y la sientas.

Me miro al espejo mientras voy borrando con un trozo de algodón embadurnado de leche limpiadora la apariencia de mi rostro. Voy quitando poco a poco la capa que me cubre, la capa de belleza y fortaleza, de mujer guerrera y valiente y siento cómo me voy quedando desnuda. Veo cómo reaparecen mis pecas, escondidas, camufladas, cómo salen tímidamente, cómo me cubren el rostro, y las voy recorriendo una a una, dejándolas libres, sabiendo que son parte de mí.

Voy borrando poco a poco el rojo pasión que cubre mis labios, ese rojo permanente que ha estado ahí durante todo el día, dueño de sonrisa imborrable y de tristeza escondida. Lo voy borrando y observo mis labios, pienso en todos esos besos que han regalado y pienso en todos esos besos que le quedan por regalar, en aquellos besos que siempre serán recordados o aquellos que se olvidaron sólo unas horas después… Pienso en esos besos que nunca han dado y esos besos que nunca darán. Esbozo una sonrisa y siento una lágrima juguetona y triste llegar hasta mi boca. Me observo y tengo miedo. Me tiemblan las manos. No sé si lo estoy haciendo bien o lo estoy haciendo mal, y la incertidumbre, en la mayoría de los casos, me mata. Me observo y me pregunto quién soy, quien quiero ser y pienso que no importa lo que piensen los demás. Hace mucho tiempo que eso dejó de darme miedo.

La canción ha acabado, pero el silencio sigue reinando, y acordes con mi vida, siguen sonando las baladas, las canciones lentas y melancólicas, de historias con finales tristes o de historias que ni si quiera han tenido un principio…
Oigo el sonido del vino caer contra el cristal, una copa más, he escogido un buen vino, porque hoy es día de eso, de tomar un buen vino en silencio y pensar… Con la música de fondo.

Siempre he querido solucionar el mundo, siempre he querido ganar y siempre he querido tener más. Nunca he sabido conformarme, siempre he regalado amor y siempre he sido un poco egoísta, siempre he sido una luchadora y siempre he tenido muchas aspiraciones profesionales, siempre he conseguido todo aquello que me he propuesto y nunca he tenido miedo. Nunca. Hasta que le conocí. Y ahora, de nuevo.
El silencio invade mi casa y mi vida, el silencio y la soledad son necesarias a lo largo de la vida, siempre que se necesiten y siempre que no hagan daño. Hoy el silencio duele, y la soledad también. Y yo, que nunca he sido de llorar, hoy lloro. Lloro mucho.

Nos conocimos hace tiempo, hace unos años que a mí me parecen toda una vida, por todo lo vivido y por el amor regalado. Dafne quiso celebrar su despedida de soltera en Ibiza, por todo lo alto, durante días en los que reímos, comimos, bebimos y nos divertimos como si se nos fuese a acabar la vida. Cuando estás con tus amigas, las de siempre, las que te conocen de verdad, las que te explican en qué te estás equivocando y lo hacen con cariño, las que sienten tus éxitos como los suyos, cuando todo eso ocurre, una no puede estar más feliz. Estábamos en uno de los mejores hoteles de la isla. La verdad, que hacía muchos años que no nos dedicábamos unos días a nosotras solas, a recordar viejos momentos y a brindar por los que todavía están por llegar. La vida nos ha tratado con cuidado, como nosotras la hemos tratado a ella, y a ninguna nos ha ido nada mal. Una de las noches, una de esas noches en las que el cuerpo sigue pidiendo más, conocimos a un grupo de chicos con los que compartimos risas y poco más. Al día siguiente nos los volvimos a encontrar. Sin ni si quiera saber cómo, ni por qué, Álvaro y yo compartimos sonrisas y miradas esquivas, y cuando nos pusimos a hablar, nos dimos cuenta que teníamos más cosas en común de las que habríamos imaginado. Casualmente era actor, y yo trabajaba para una agencia de actores. Le di mi tarjeta y le dije que se pusiese en contacto conmigo, le ayudaría en todo lo que estuviese en mis manos.

Los primeros mensajes fueron más bien cordiales, y dos semanas después de haber vuelto de Ibiza, vino a verme a Barcelona, porque le había conseguido una entrevista con la directora de la agencia, para ver si encajaba en nuestro perfil y saber si podríamos llevar su trabajo e intentar darle oportunidades en un mundo cada vez más complicado. Álvaro conquistaba solamente con sonreír, pero sólo bastaban diez minutos a su lado para quedar totalmente enganchada a él, a su risa y su sentido del humor, a su desparpajo y humildad. No tenía un trabajo fijo y su economía no sobrepasaba los límites de la supervivencia mensual, así que le invité a quedarse en mi casa. A las afueras de Barcelona, tenía un piso maravilloso en el que sentía que me sobraba espacio, así que podía ocupar la habitación de invitados siempre que lo desease.

Llegó un martes por la tarde y su entrevista sería al día siguiente. Le recogí en la Estació de Sants y fuimos en coche hasta mi casa. He de reconocer que me ponía nerviosa tener a un hombre tan guapo a mi lado, pero como siempre, guardé la compostura y me disfracé de distanciamiento y cierto aire de frialdad. Preparé una cena básica para no llevar a confusiones y le dije que teníamos que descansar, nos esperaba un día largo a la mañana siguiente. Le dejé toallas limpias y puse unas sábanas que olían a limpieza y soledad sobre la que iba a ser su cama, le deseé buenas noches y caí rendida entre mis almohadas.

La reunión fue mejor de lo que pensamos y a la directora de la agencia le encantó. Pronto se organizó una sesión de fotos para crear su imagen de presentación para nuestra web, y le aseguramos que en menos de lo que esperaba, estaría trabajando. Se sentía completamente agradecido, estaba feliz e ilusionado, sus ojos brillaban de entusiasmo y eso hacía que resultase más apetecible. Intentaba mantenerme distante y ser una mujer profesional, decliné su invitación para cenar y le dije que prepararíamos cualquier cosa en mi casa. Preparé una ensalada y compré un par de pizzas, me obligó a abrir una botella de vino y me hizo brindar varias veces para celebrar el futuro que le habían prometido y que yo, en cierto modo, le había presentado. Dos botellas de vino cayeron rendidas a nuestros pies y el calor y las risas llenaron de color mi casa. Me miró a los ojos y no pude decir nada. Me besó con fuerza y me dejé besar. Nos tambaleamos hasta mi cama y le dejé desnudarme con pasión, le quité la camiseta con fuerza e hice el amor como si fuese la última vez de mi vida.

Pasamos cinco días conviviendo en mi casa, entre sexo y risas, y tras la sesión de fotos y trámites finalizados, volvió a su casa, un pequeño pueblo de Castellón, al menos, hasta que consiguiese su primer trabajo.

Durante las semanas siguientes nos dedicamos a enviarnos dos tipos de e-mails, los profesionales por parte de la agencia y los personales llenos de “te echo de menos” y “me muero por volver a verte…”. Nunca había mezclado lo profesional con lo personal, pero poco a poco, la historia se me fue yendo de las manos. Un mes después, tuve que llamarle para anunciarle que iba a hacer su primer casting para una obra de teatro muy importante en Barcelona. Aquella fue la segunda vez que le vi y aunque en la agencia creían que se hospedaba en un hostal del centro, esta segunda vez, también se instaló en mi casa. Le ayudé a repasar el guion y a preparar aquella prueba que tanta ilusión le hacía. El papel fue suyo. Tenía un talento indiscutible y un carisma que no dejaba a nadie indiferente. Supe desde el primer momento que iba a llegar muy lejos.

Los ensayos empezaban un mes después y me pidió que le ayudase a buscar piso. En un principio, le dije que podía quedarse en casa y entonces me di cuenta que ya estaba locamente enamorada de él. Fue entonces cuando me escribió un correo que cambió mi vida y mis ilusiones. Pedía perdón no sé cuántas veces, tantas, que yo ya no las alcanzaba a leer. Se le había olvidado contarme que llevaba cuatro años con su chica y que aunque yo le gustaba muchísimo y conmigo había pasado los mejores momentos de su vida, ella había decidido trasladarse con él a su nueva aventura y que él no tenía valor para decirle que no. Lloré tanto, de rabia y traición que me prometí que esa sería la última vez que lloraría por un hombre. Durante unas semanas mi estado de ánimo cambió, estaba triste, desolada y no quería volver a verle nunca más. Por desgracia, comenzábamos a trabajar juntos y le vería más de lo que hubiese deseado. Intenté, una vez más, separar lo personal de lo profesional, y una vez más, no supe. En la agencia todo el mundo hablaba de su talento, de lo guapo y bueno que era y yo tragaba en silencio un dolor que no era capaz de argumentar con lógica. Tres meses después, el día del estreno, la conocí. Era tímida y dulce y aunque entendí que ella no tenía la culpa, la odié con todas mis fuerzas. No supe llevar la situación y me fui consumiendo poco a poco, los días se me hicieron tan insoportables que decidí pedir un traslado en la agencia e irme a trabajar a la sede que teníamos en Madrid. Era buena y respetada en mi trabajo. Mucho. Al mes y medio me vi instalada en la capital de nuestro país, mirando de lejos su éxito y deseando que no volviésemos a coincidir, empezando mi vida de cero, de la forma más cobarde: llena de miedo.

Nunca me he vuelto a enamorar de nadie como me enamoré de él. Él, con quien sólo compartí una pequeña parte de mi vida, unos días, unas semanas o unos meses, nada comparado a todos los años que llevaba sobre la espalda. Pero a veces, hay historias que entran tan fuertes que se quedan, de un modo u otro, para siempre dentro de ti. Pensé que no volvería a confiar en nadie y lo hice, volví a querer y renací. Me centré en mi trabajo, en nuevas amistades y no dejé de estar, aún en la distancia, con las amistades de siempre. Con el tiempo, volví a tener ilusión y ganas y yo, que estaba en contra del matrimonio y toda esa parafernalia, me casé tres años después y mi matrimonio duró apenas seis meses, porque nunca fui capaz de volver a querer de verdad. Me casé con un chico normal, con un trabajo normal, mientras veía, en la sombra, cómo la carrera de Álvaro iba creciendo, cómo le iban adorando, y cómo se le habían relacionado un sinfín de relaciones tras dejar a su novia de siempre. Le seguía odiando cada vez que le veía en la prensa o la televisión, y a pesar, de seguir trabajando en mi misma agencia, cada vez que venía a Madrid, me las apañaba para no coincidir con él. Nunca me había gustado perder y sabía que jamás podría perdonarle.

No dejamos de ser simplemente seres humanos, que no somos capaces de controlar absolutamente todo, que nos equivocamos y cometemos errores.

Hace un par de meses, acudí al teatro con unas amigas, nos habían invitado a un estreno, y allí, entre los invitados, sin querer, mi corazón se paró cuando le vi a lo lejos. Quise irme en aquel mismo instante y me reí de mí misma, por no ser capaz de aguantar algo que había pasado hacía ya demasiados años. Me quedé. Intenté no estar pendiente, no saber ni dónde se sentaba, ni con quién hablaba, pero estaba tan nerviosa que empecé a encontrarme mal de verdad. Conseguí aguantar hasta el final de la obra y antes de que la gente empezase a salir, me excusé y me fui a la puerta para coger el primer taxi que pasase. La Gran Vía iluminada, ella que siempre vive y sonríe, pero aquella noche a mí me pareció triste y apagada.

Horas después recibí un mensaje. Me había visto y quería volver a verme. No contesté, pero a él la vida ya le había concedido el poder de creerse capaz de tener todos sus caprichos, de no aceptar un no por respuesta y creer que podía con todo lo que se propusiese. Como yo lo creía de mí misma, como siempre lo había creído, menos cuando le conocí a él. En varias ocasiones me citó en sitios distintos, desde cualquier cafetería hasta la habitación de un hotel, sin obtener respuesta, sin obtener mi presencia. Él sabía dónde podría encontrarme, pero le gustaba jugar y yo no se lo iba a permitir.

Empecé a recibir flores en la agencia. El primer día fueron seis, los años que llevábamos sin vernos, y cada semana se sumaba una más, como el paso del tiempo. La situación empezaba a ahogarme, y aunque me muriese por verle, le odiaba con todas mis fuerzas y jamás iba a darle ni una sola oportunidad.

Esta tarde, al salir por la puerta, un coche flamante me esperaba. Un conductor sonriente me hacía señas para que me acercase y él esperaba en el asiento trasero con una tímida sonrisa en los labios, donde he querido leer un “lo siento”. Iba a pasar de largo, pero he sabido que la situación no podía alargarse más. Sin pronunciar palabra, he abierto la puerta y me he sentado dentro. Le he visto asentir, con tristeza en los ojos y ha intentado acariciarme la mano. La he quitado bruscamente y le he indicado yo al chofer dónde quería ir. No podía ir a ningún hotel, ni aparecer en cualquier sitio, por desgracia, la prensa vive pegada a sus talones y salir en ella sería lo último que yo querría en mi vida. Hemos venido a mi casa, un pequeño apartamento en el barrio Salamanca, y él me ha seguido sin decir palabra. He cerrado la puerta a sus espaldas, mientras me temblaba la vida, y he servido dos copas de vino sin ser capaz de mirarle a la cara. Le he indicado con un gesto que se sentase en el sofá y le he dicho que tenía media hora para explicarme el porqué de todo en las últimas semanas.

He querido ver en él el arrepentimiento, pero no me lo he creído. Me ha jurado que nunca ha dejado de pensar en mí y que al haberme visto aquella noche en el teatro se había dado cuenta que tenía que luchar hasta que no le quedasen fuerzas para que yo le diese otra oportunidad. Le he escuchado en silencio, con mi mirada clavada en la suya, con una frialdad y entereza que no me creía ni yo, con los labios rojos y unos tacones de aguja que me dan el poder de una mujer fuerte, y esconden el dolor y la tristeza que hay dentro de mí. Le he visto llorar, y he visto en mi sofá, la escena que he deseado ver durante muchos años de mi vida. No le he dejado ni rozarme, aunque me moría por besarle, desnudarle y entregarme en cuerpo y alma a él, entregarle mi vida y mis ganas, como ya hice una vez. Cuando ha terminado su discurso, sollozando como un niño, al que me he dado cuenta que el éxito y la fama, hacen muy infeliz, al que me he dado cuenta que le faltan las cosas más básicas de la vida como amigos y cariño, le he invitado a marcharse. Le he explicado que ha conseguido que le escuchase, pero le he dicho que no quería volver a tener ningún tipo de relación con él. No quiero ser su amiga y no quiero tenerle en mi vida, lo he dicho mientras mi voz interior gritaba: ¡Cásate conmigo ahora mismo!

Le he visto salir, con su copa de vino intacta sobre la mesa, con los ojos inundados en un mar de lágrimas, que nunca sabré si eran ciertas o no. A veces, no somos tan fuertes como nos gusta aparentar, y yo sólo sé que he sentido miedo. Miedo a volver a ser traicionada por la única persona a la que he amado en toda mi vida. Miedo a volver a tener y volver a perder, miedo a arriesgar y no ganar, miedo a volverme a sentir vacía. Miedo a volver a tocar sus labios o besar su espalda desnuda, miedo a volver a abrazarle y querer que el mundo se pare. Miedo a no volver a saber vivir sin él, miedo a volver a entregarme, miedo a volver a despertar junto a él, miedo a compartir sus sueños… Y aunque realmente es lo único que deseo, el miedo, a veces, no nos deja elegir bien.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Boyhood (Momentos de una vida)

Me faltan horas al día… ¿No os pasa? Recuerdo cuando era pequeña y escuchaba aquello de que a medida que te haces mayor, el tiempo pasa mucho más rápido, y es verdad. Claro, a medida que creces, las obligaciones en ti también lo hacen, nuestra cabeza está a mil cosas a la vez: nuestra casa, nuestro trabajo, nuestros hobbies, nuestras quedadas con amigos… A veces, siento que me falta mucho tiempo para mí misma y sobre todo, me falta mucho, muchísimo tiempo para escribir. Necesito escribir más, mucho más.

De vez en cuando, es importante que nos dediquemos un día a nosotros mismos, a mimarnos, a ser felices, porque eso nos llenará de paz y eso hará que estemos más contentos con el resto del mundo.

Hace un par de semanas lo hice. Dormí sin prisa, comí mi comida favorita, leí, vi mi peli favorita y mi mente estaba totalmente relajada…

Hay tantas pelis buenas que pueden alegrarte el día…

Creo, sin embargo, que hay muy pocas películas que se basen en una vida real, en la vida de la mayoría de las personas, en la vida de alguien que no vive una gran historia de amor, que no sufre un grave accidente o no tiene una enfermedad. En la mayoría de los casos, el cine trata temas que existen en la vida real, claro, pero siempre con esa pizca de emoción que necesitamos ver en la gran pantalla, ese melodrama que nos hará quedarnos sin lágrimas o esa historia que nos hará soñar y querer vivir una igual.

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Hace justo una semana, estuve en el Matadero de Madrid disfrutando de la premiere de Boyhood (Momentos de una vida), una película que ha tardado doce años en rodarse, así que como mínimo, sabía que me iba a parecer interesante. Doce años y sólo 39 días de rodaje para crear una historia de verdad, para que los personajes de la trama no fuesen sustituidos por otros en el paso del tiempo, para que cada uno de ellos avanzase a través de la cámara como lo hacían en sus vidas cotidianas.

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Dirigida por Richard Linklater, la película se centra en la historia de Mason (Ellar Coltrane), un niño de seis años al que acompañaremos por el recorrido de su vida, le veremos crecer y descubriremos con él la adolescencia: la primera borrachera, el primer beso, el primer amor, la primera ruptura, las discusiones con su hermana, la relación con sus padres, sus amigos, los que van y los que vienen…

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Unos padres divorciados y una hermana mayor son sus compañeros de vida, aunque a lo largo de la historia encontraremos otros personajes y otras nuevas familias que formarán parte de su vida.

Fin. No hay más. Es una vida normal, como la de muchos chicos que se mudan de ciudad, que llegan nuevos a un instituto, que hacen nuevos amigos, que se enamoran y se decepcionan… No hay ni si quiera un mínimo punto en el que la historia se ponga excesivamente emocionante, es una trama lineal porque es como si alguien hubiese estado grabando tu vida (¿Te lo imaginas?).

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Sinceramente, a mí se me hizo un poco larga, pero es verdad, que también me parece un proyecto muy, muy interesante aunque no innovador porque todos sabemos que se han grabado otros documentales de este tipo, pero quizás presentarlo como una película más sin el apodo de documental, y basada en la ficción, es lo diferente en este caso.

Sí, se me hizo larga y es verdad, pero no por ello es una película que no recomendaría. Al contrario, creo que es importante para el espectador acercarse de este modo a una vida normal a través del séptimo arte, porque esto le va a hacer empatizar de una forma muy especial con los personajes y va ayudarle a reír o emocionarse en algunas escenas.

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Si tenéis la oportunidad, tenéis que verla, y sobre todo, no olvidéis nunca de cuidaros a vosotros mismos. Uno debe quererse, mimarse y cuidarse, aunque haya gente dispuesta a hacerlo. Hazme caso y dedícate un día para hacer las cosas que más te gustan, en una soledad voluntaria que traerá paz a tu mente y a tu alma.

Disfrutad del martes y tened siempre ganas de comeros la vida!!!!

Buenos días, amigos.

Lorena.

Me olvidé decir te quiero…

Es inevitable que nos gusten los días festivos, sin prisa, sin pausa… Anoche escribí un relato y no sabía cuando lo iba a publicar, lo que sé es que me parece uno de los relatos más bonitos que he escrito jamás, espero que a vosotros, al menos os guste.

No he podido aguantar mucho y hoy te lo quería contar.

A dos días de irme de nuevo de vacaciones os dejo esta historia, de amor y desamor, de distancia y sentimientos, de letras y circunstancias, para que lo leáis despacito y lo saboreéis como me gusta que hagáis y como sé que cada vez os gusta más hacerlo…

Gracias por seguir ahí, al pie del cañón, a mi lado, al otro lado de la pantalla… No sabéis lo feliz que soy.

Me olvidé decir te quiero…

“¿Se puede echar de menos algo que nunca has tenido? Muchos os preguntaréis quién soy y quienes me conocéis, al menos de vista, os preguntaréis qué hago aquí. Hoy quiero hablar de mi mejor amigo, de quien llenó de vida mi alma y de sueños mis días…”

Así empezaba aquello que yo había escrito.

Me habría gustado contarle la primera vez que le vi, porque yo la recuerdo. Me habría gustado sonreírle y explicarle que sólo tenía once años cuando jugaba con mis amigas del colegio en la calle y una de ellas me pidió que gritase su nombre, se giró y todas nos reímos. Aquella fue la primera vez, aquel día supe cómo se llamaba y aquel día me enamoré de él. No podíamos tener nada en común, ni amigos, ni aficiones, ni nada. Nuestra diferencia de edad, aunque no era exagerada, era suficiente para separar nuestras vidas e inquietudes. Algún día sería mayor y seguro que algún día podría conseguir estar cerca suya. Me conformaba con ser su amiga, mientras soñaba con sus besos.
Recuerdo las tardes de verano, en la plaza principal, o en la heladería junto a la iglesia, le recuerdo riendo con sus amigos, sobre motos y adolescencia, mientras yo observaba siendo sólo una niña, una niña pequeña. Era el chico más guapo que había visto jamás. Risueño, dulce, simpático, su piel tostada bajo su melena rubia… Estaba hecho de sueños.
Pasé de niña a adolescente y él seguía protagonizando mis pensamientos, protagonizaba con su nombre bajo tinta mis carpetas y libros del instituto, los corazones y las ilusiones. Estaba segura que jamás podría querer a nadie como le quería a él. Le deseaba y ya no quería ser sólo su amiga.

Con el tiempo, la diferencia de edad, aún siendo la misma, se apreciaba menos. Empezábamos a frecuentar los mismos bares e incluso, de vez en cuando, compartíamos amistades. Recuerdo la primera vez que coincidí con él en una discoteca. Yo me sentía muy guapa. Me había puesto mis mejores galas, la minifalda más bonita del momento, con los tacones más altos de mi vida. Le sonreí mientras le saludaba. Me sonreía educado, siempre lo hacía, cordial, carismático. Era la niña a la que llevaba conociendo de vista desde hacía unos cuantos años. Por supuesto, no fue mi primer beso, ni mi primer amor carnal, no perdí la virginidad en sus brazos ni le pude decir te quiero. El destino, con el paso de los años, parecía no estar de mi lado.

Paula era mi mejor amiga desde que íbamos al colegio y llevaba un par de meses saliendo con uno de sus amigos. Paula cumplió 21 años y preparó una fiesta maravillosa en su casa. Sus padres estaban de vacaciones y creíamos que podíamos comernos el mundo. ¡Bendita juventud! Qué felices fuimos. Estábamos radiantes y guapas, con las ganas en las pestañas y los sueños en la mirada, rodeadas de todos nuestros amigos de siempre, entre risas, alcohol y buena música. La sonrisa pícara de Paula me hizo un guiño hacia la puerta y le vi entrar. Él y todos sus amigos también estaban invitados, pero yo no lo sabía.

Por aquel entonces yo acababa de volver de pasar un año en Alemania con una beca Erasmus y además acababa de dejar una relación de dos años con el que le hubiese jurado al mundo que era el amor de mi vida. Cuando le vi entrar a él, me olvidé del mundo, de los amores y la vida, mi corazón estallaba de felicidad y miles de mariposas revoloteaban en mi estómago. Hacía mucho tiempo que no le veía y seguía estando tan guapo como siempre. Creo que aquella fue la primera vez que él se dio cuenta, realmente, de que yo existía, al menos yo como mujer y ya no como niña. Todos bailábamos, reíamos y bebíamos, él se acercaba y yo estaba, con dos copas de más, muy divertida. Mientras aguantaba que su amigo me tirase los trastos, sonreía sabiendo que era él por quien en aquel momento me moría. Se ofreció a llevarme a casa y acabamos en la suya. Había bebido tanto para contener la emoción de la noche y la vergüenza que al día siguiente apenas fui capaz de recordar nada. Siempre lo lamenté. Nos recuerdo besándonos cómo si se nos fuese la vida, nos recuerdo desnudándonos y recuerdo el momento en el que abrí los ojos y le vi durmiendo a mi lado. Nunca había sido tan feliz.

Es cierto que no sé muy bien qué pasó después. Los días siguientes me quedé esperando un mensaje o una llamada que nunca llegaron y supe que lo mejor era aceptar que había sido así, una noche fugaz, de borrachos y besos. Había que aceptar que había conseguido más de lo que unos años atrás habría imaginado, dormir abrazada a él había sido un regalo, un capricho que la vida me había regalado.

Perdimos el contacto, a lo que supongo que ayudó que yo me fuese del país. Había conseguido una beca para estudiar un master en Buenos Aires, la ciudad que acabé haciendo mía. No recuerdo la última vez que le vi, quizás hace seis o siete años, en Navidad, una noche que nos cruzamos por la calle.

Hace dos años recibí un e-mail en mi correo, me dio un vuelco el corazón cuando vi el remitente. Me enlazaba un artículo que acababa de leer sobre publicidad y marketing y creía que me podía interesar. Sabía, incluso, lo que había estudiado. Aproveché aquel correo de vuelta para agradecerle el interés y saber qué había sido de su vida, cómo le habían tratado los días, dónde vivía y a qué se dedicaba. Aquel fue el primer correo de muchos.
Al principio hablábamos de cosas generales, sobre cómo nos trataba la vida, cómo eran mis días en Argentina o cómo seguían los suyos por nuestra ciudad… Hablábamos del tiempo, del trabajo y de los sueños, a veces de los recuerdos, pero jamás hablamos de aquella noche. Nuestra noche. La noche de borrachos y besos. Empezamos a buscar excusas tontas para escribirnos, para saber uno del otro, al principio una o dos veces a la semana, al final todos los días. Acabamos hablando de nuestras preocupaciones, de cómo habíamos amanecido y cómo nos iríamos a dormir, acabamos dependiendo de aquellos correos que en silencio eran la ilusión de mis días. Me despertaba y miraba el móvil y cada mañana me encontraba con una respuesta suya, nunca tonteamos, jamás, pero nos necesitábamos en la distancia. Nos deseábamos sin decirlo y nos arrancábamos sonrisas.

No me atreví a contarle que Julio, mi novio, con quien vivía desde hacía años, me había pedido matrimonio. Nosotros no hablábamos de eso. Yo no quería perderle, perder algo que no tenía, no quería dejar de recibir sus e-mails con la historia de su día a día, no sabía si él tenía novia, y tampoco me interesaba. Julio era un hombre bueno, educado y sereno, un empresario de éxito que me daba la estabilidad, la paz que mi vida y mi nerviosismo necesitaban, pero Julio siempre viajaba, por trabajo, nunca estaba. Muchísimas veces me sentía sola y descuidada, pero cuando él volvía a casa sabía que me adoraba sólo por cómo me miraba. Julio estaba locamente enamorado de mí, era el hombre que más me había querido en mi vida y seguramente nadie sería capaz de quererme tanto como lo hacía él.

Jamás me atreví a enviarle un e-mail y decirle que le quería, que le quería desde aquella primera vez que le vi, en aquella calle, jugando con mis amigas cuando sólo tenía once años. Jamás me atreví a decirle que le quería porque tenía miedo de que él no me quisiese como Julio me quería. Es lo más cobarde y egoísta que he hecho en mi vida.

A veces, soñaba con él, nos imaginaba en una terraza, riéndonos a carcajadas, comiéndonos la vida. No recordaba su voz, hacía demasiado tiempo que no le veía. Jamás nos llamamos por teléfono, pero acabó siendo mi mejor amigo y sus e-mails siendo el motor y la alegría de mi vida. Deseaba abrir la bandeja de entrada, ver su nombre y abrir el correo, deseaba que me dijese que me necesitaba, que me quería y que quería regalarme el mundo, que volviese a España, que estuviese a su lado y que recuperásemos todo el tiempo que se nos había esfumado de los dedos. Nunca lo hizo.

Llevaba dos días sin saber nada de él. Durante dos años, cada día, había recibido un e-mail con su nombre. Dos días sin noticias. Estaba segura que pasaba algo. Busqué a Paula en Facebook, con quien hacía años que había perdido el contacto, pero de quien sabía que se había casado con su mejor amigo, aquel que le trajo aquella noche a aquella fiesta. Le resumí mi historia, la verdad, ella me había conocido, y sabía lo mucho que yo le había querido, ella era la única que podía darme una respuesta. Su mensaje tardó tres horas en llegarme, tres horas que me parecieron eternas. Mi corazón se paró en seco y las letras se me hicieron borrosas. Cogí el primer avión que volaba a Madrid, no me importaba el precio.

Cuando aterricé él ya no estaba. Ya no estaba. Mi mejor amigo, mi primer amor, mi verdadero amor, mi amor platónico, mi ilusión, el motor de mis días ya no estaba. Un accidente de tráfico le había dejado en coma durante cuatro días, había muerto sólo una hora antes de que yo llegase. Abracé a Paula y nos fundimos entre silencios y lágrimas, no nos hacía falta decir nada.

No sabía si ir al tanatorio, no quería ir a ese lugar. No quería verle allí, a quien hacía muchos años que no veía, a quien sólo había abrazado una vez en mi vida, a quien no sabía cómo sonaba su voz, ni su risa, no quería verle allí, no quería ver al guardián de mis secretos e historias, no quería ver allí a mi mejor amigo, al amor de mi adolescencia, al amor de mi vida.

Me esperé en la puerta mientras le incineraban, mientras veía a amigos y familiares, a viejos rostros conocidos con el paso del tiempo pegado en la piel y la tristeza tatuada en el alma… Reconocí a su hermano, y a él se le iluminaron los ojos.
-Clara, ¿verdad?
Asentí con la tristeza gritando en mi sonrisa apagada.
-Dios mío… Estás aquí… Él te quería, ¿sabes? Estaba enamorado de ti.
Mi corazón se estrujaba, el dolor gritaba.
-Pronunció tu nombre cuando llegó la ambulancia…

Mi mundo se derrumbó y me cagué en la vida. Me cagué en esa vida en la que él me había enseñado a no cagarme, a no enfadarme con ella, en esa vida en la que él me había enseñado a querer, a tranquilizar y a cuidar…

Paula me dio un codazo y la miré atontada, me hizo un gesto con la cabeza y miré al frente. El cura que conducía el funeral me sonreía con los ojos, me tocaba hablar, tenía que leer aquello que había escrito para él. Le miré con el dolor encendido en la mirada y le negué con la cabeza, le supliqué con la misma que siguiera y que entendiese que no tenía fuerzas… Agarré el papel que había escrito, destinado a los que no sabían quién era y a aquellos que me conocían de vista, aquel papel en el que hablaba de mi mejor amigo, y lo guardé en el bolsillo. Paula me acarició la mano.

Decidieron expandir sus cenizas en la montaña, en la montaña que envolvía nuestra pequeña ciudad, donde tanto le gustaba perderse y donde tanto disfrutaba. No fui capaz de acudir a su despedida.

He pasado dos semanas en España, luchando contra el dolor, reencontrándome con mi familia y mis amigos, sin explicarle a nadie por qué estaba aquí. Mañana vuelvo a Buenos Aires, a mi vida real, a mi rutina, a mis días de soledad, donde ya no habrá e-mails de buenos días…

He subido a la montaña y he roto el papel que escribí para su despedida, me he sentado en el suelo y lo he roto en tantos pedazos como he podido, he abierto las manos y he visto como corrían, risueños, miles de papelitos, a través del viento, ese viento que también le lleva, ese viento que acaricia mi cara y me abraza… Esta es nuestra historia, mezclada con el viento, con su aliento, para que sea sólo nuestra.
Me olvidé decir te quiero…

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Feliz fin de semana, amigos.

Lorena.

El Palacio de los deportes a tus pies…

Os prometo que no me gusta nada estar tantos días sin escribir, así como os prometo que cada día se me ocurren mil cosas que os quiero contar. Os prometo que no tengo tiempo. Estas fechas están llenas de preparativos, y a mí, que me encanta la Navidad, me falta tiempo para todo. Comprar regalos, organizar sorpresas, escribir postales, cenas y comidas con amigos… Todo eso más la cantidad de trabajo que tengo estas semanas me dejan totalmente desconectada. Hoy, por fin, encuentro un ratito para hablaros de un concierto que viví muy de cerca hace sólo una semana…Hoy te lo quería contar.

No os imaginais lo bonitas que están las calles de Madrid en estas fechas… El centro huele a castañas y gofres de chocolate, y las luces llenan las calles de magia entre miles de personas… Ya sabéis que esta ciudad me tiene enamorada. Hace unos cuantos posts, os hablaba de mi amigo Diego, de su carrera profesional, de nuestra amistad, de cómo habíamos llegado a querernos como hermanos y cuánto lo echaba de menos… Cada día, en twitter, recibo muestras de cariño de parte de sus fans, que se han enganchado al blog y que, de un modo u otro, me están acompañando en esta aventura… Muchas esperabais nuestro ansiado reencuentro, y el momento llegó hace sólo una semana. En las redes sociales se hace evidente el boom y la masa de fans que mueve la serie Violetta, pero es cierto que hasta que no lo vi con mis ojos, no fui consciente de la realidad.

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Tras finalizar su gira latinoamericana, el elenco de la serie de Disney Channel han estado recorriendo las ciudades más importantes de España, empezando, de este modo, su gira europea. LLegó el día, y llegó el concierto de Madrid. Diego llevaba semanas diciéndome que le hacía mucha ilusión que fuésemos a verle, pero si os soy sincera pensé que no me iba a dar tiempo porque justo ese día trabajaba. Ese mismo sábado, Diego me envió un mensaje y me dijo que me daba tiempo de sobra, así que dejaba unas invitaciones para que compartiésemos con él el aclamado show. Mi amigo David (uno de los mejores amigos de Diego también) y yo, nos fuimos hasta el Palacio de los Deportes y nada más llegar nos dirigimos a recoger nuestras invitaciones. Permitidme que os cuente algo que me pareció bonito y a la par curioso. Mientras estábamos en las taquillas una chica se me acercó y me llamó por mi nombre. Yo, la reconocí al instante. Era Merche, la chica que lleva una de las páginas de fans de Diego en Twitter. Merche es una gran seguidora del blog y recibo constantemente muestras de cariño por su parte. Aquel día, ella había ganado un meet & great para estar con todo el elenco de la serie, y como sabía que iba a ver a mi Chachi, había traído un regalo para mí. Merche me entregó una carta y un dibujo que había hecho con todo su cariño, y sus palabras me parecieron preciosas y no sabéis lo feliz que soy sabiendo que la gente se emociona con las cosas que yo escribo, por eso, precisamente eso, es lo que me da energía para seguir contando historias, para no parar nunca de contarlas…

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Ya sentados en las gradas, David y yo conocimos a una familia que había venido desde Cádiz, unos padres que habían viajado a Madrid sólo para hacer realidad la ilusión de sus hijas, para que ellas, que no sobrepasaban los diez años de edad, soñasen entre las canciones y las luces, entre los bailes y la ilusión que se respiró en aquel concierto. Les contamos que éramos amigos de Diego, y ya podéis imaginar su emoción… Les prometí que les conseguiría un autógrafo suyo que más tarde les envié por una imagen de whatsapp y con lo que doy fe, ellas fueron muy felices. Y yo más. Diego, que es tan bueno y humilde, no dudó en hacerlo (y más con lo mucho que él ama Andalucía…) Un besazo enorme para Cádiz, porque sé que ahora, ellas también me leen.

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Como bien os decía antes, sabía la gran repercusión que Violetta está causando en todo el mundo… Pero ver el Palacio de los Deportes prácticamente lleno, y ver a uno de mis mejores amigos, a mi hermanito, sobre ese escenario, fue una de las cosas más bonitas que voy a sentir esta Navidad… David y yo nos mirábamos y nos sonreíamos, sobraban las palabras. Estábamos disfrutando y estábamos muy, muy orgullosos de ver a nuestro amigo, al que sólo hace un año estábamos deseando suerte, triunfar. Y triunfar de este modo. El concierto fue un auténtico show, un espectáculo increíble, que estoy segura disfrutaron tanto niños como mayores… El juego de luces, las perfectas coreografías, la incansable energía, el maravilloso vestuario, los diálogos, las canciones… Fue una combinación brutal y perfecta que no dejó a nadie indiferente, y que hizo soñar a miles de niños y niñas que aquel día sólo pensaban en cantar y bailar.

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Cuando acabó el concierto, pudimos pasar a los camerinos, ahí estuvimos con la familia de Diego, que había venido desde Zaragoza… y el momento del reencuentro os lo podéis imaginar. Fue realmente emocionante, teníamos una mezcla de sentimientos… Nervios, emoción, nostalgia, felicidad, admiración… que se fundieron en un abrazo y me hicieron ver, una vez más, que mi Chachi sigue siendo el mismo, ese chico risueño, alegre, que no se cansa de querer a los suyos, y sobretodo, que no se cansa de soñar. Por la noche, nos reunimos unos cuantos amigos para poder cenar con él, en casa, con tranquilidad, para hablar y contarnos todas las historias que nos hemos perdido los últimos meses los unos de los otros… Y la amistad verdadera tiene ese poder especial de hacer real que el tiempo y el espacio no existan, y que las risas y la complicidad siempre sean las mismas.

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Es Navidad, es mi época favorita del año, tengo amigos maravillosos, tengo salud, trabajo, una familia increíble y un hombre que complementa en todos los sentidos… Podría decir que todo es perfecto en mi vida, o quizás es perfecto porque valoro mucho todo lo que tengo, exprimo el lado más positivo y me siento enormemente afortunada por ello, pero es cierto que en ese concierto dónde vi la ilusión de tantos, tantos niños… pensé en todos esos niños que soñaron también con estar ahí y no pudieron porque sus padres no pudieron pagar esas entradas. Una vez más, insisto, la música es cultura, la cultura no es un lujo, la cultura es para todos, y los precios de los espectáculos se quedan al alcance de muy pocos.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

Entre risas y aplausos… La llamada.

Como bien sabéis, soy sensible por naturaleza. Me emociono con millones de cosas, me duelen otros millones de cosas más y suelo llorar una vez al día. Soy muy feliz, y eso también me hace llorar a veces. Muchas veces lloro por el dolor ajeno, por historias y personas que no conozco, pero de las cuales conozco alguna historia y sé que la vida a veces ni es justa, ni fácil.  Muchas veces lloro de alegría, también por personas a las que no conozco absolutamente de nada, pero de las cuales conozco alguna historia, algún sueño, y veo cómo lo consiguen. Me gusta mucho que la gente consiga lo que desea… Y sobretodo, me gusta porque esa gente, en la mayoría de los casos, ha luchado para ver sus sueños hechos realidad. Ha puesto ilusión, esfuerzo, constancia y sobre todo, muchas ganas.

Ahora mismo, nos encontramos en una situación dónde las cosas son difíciles, y dónde todos los sectores se ven muy afectados, y uno de ellos es el arte, la cultura, que tanto deberíamos cuidar y proteger mientras quienes tienen el poder intentan derribarla. La literatura, es una de las grandes pasiones de mi vida. Leer y escribir son cosas esenciales para mí, porque me gusta leer y contar historias. También me gusta escucharlas, y cómo no, verlas. Sin saber muy bien cómo, Madrid me ha regalado muchos, muchos amigos a los que adoro que se dedican a la interpretación, que al igual que yo, pero de otro modo distinto, cuentan historias que no les pertenecen y saben hacer suyas. Quizás por eso nos entendemos bien. En estos últimos tres años, he vivido el amor por actuar muy de cerca, y eso me ha hecho valorarlo y quererlo más. Ver todas las caras que envuelven ese maravilloso mundo, que parece fácil desde el otro lado del televisor, o desde debajo de un escenario, pero que lleva muchas horas y años de sacrificio y dedicación. Incluso conlleva muchos momentos de éxito, y muchos meses sin trabajo. Es el sabor agridulce de un trabajo complicado en cuanto a estabilidad, y gratificante y mágico para quien lo ama de verdad.

Hace poco hablaba de la TV MOVIE de los Niños Robados. Te hablaba de monjas y de Macarena García… Hoy vuelven a ser protagonistas de mi post, pero por algo totalmente distinto.

Hoy te quería contar una historia que estoy segura que ni los propios protagonistas recuerdan. Hace unos meses, una noche cualquiera en un bar cualquiera de Madrid, estaba con unos amigos y entre el grupo de gente que éramos estaban Javier Calvo y Javier Ambrossi, a los que conocía por primera vez, por esos amigos en común que nos unían. Aquella noche, ellos me hablaron de La LLamada. Me hablaron de un musical que se iba a estrenar en el hall del Teatro Lara, del cual eran directores  y cuya protagonista sería Macarena García, que recientemente había ganado el Goya 2013 a Mejor Actriz Revelación por Blancanieves. El musical, que contaba con pocos recursos pero con un pequeño y maravilloso elenco, me lo presentaron con muchas ganas e ilusión. Y eso, como ya os he dicho, nunca falla. La historia se basaría en un campamento de monjas, dónde a una de las protagonistas se le aparecería Dios por las noches, cantándole canciones de Whitney Houston. Además de ello, habría una banda de rock tocando en directo. Buena pinta tenía, sin ninguna duda. Y prometí ir. Las entradas se agotaban casi todos los días, y por unas cosas u otras, al final no pude ver la obra. Sabía que volverían a representarla unos meses después, así que esta vez no fallaría.

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Hace justo un mes, se presentaba ante la prensa el retorno del musical y esta vez sobre el escenario principal. Acudí a la cita de prensa con mis compañeros de La Caja de Música, dónde pude ver quince minutos de la obra y entonces supe que necesitaba verla.

Madrid, por suerte, es una ciudad con mucha vida cultural. No sólo las obras de más renombre acarician los teatros de la ciudad. Hay muchísimos actores, muchísimos escenarios y muchísimas historias en los teatros de las calles paralelas dispuestos a emocionarte y hacerte soñar. El viernes pasado, por fin, fui a ver La Llamada.

Si te digo la verdad, tenía un poco de miedo. Había puesto grandes expectativas en el musical, y le había prometido a quién me acompañaba que le iba a encantar. Tenía miedo a decepcionarme, a pesar de haber leído muchas críticas buenas. Mi acompañante es actor, entiende de interpretación mucho más que yo y sabía que él iba a ser mucho más crítico, y quizás temía más su opinión que la mía, porque la obra la había elegido yo. Pero, ¿sabéis que nos pasó? Que reímos a carcajadas, sin descanso. Y fue maravilloso.

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María (Macarena García) y Susana (Andrea Ros) son dos adolescentes comunes, que quieren divertirse, salir de fiesta, bailar y hacer locuras. Además, su consolidada amistad está combinada por su amor a la música y su sueño de crear un grupo de electro-latino. Ambas son extrovertidas, risueñas, llenas de vida y locura… Aunque todo cambia cuando María empieza a tener un comportamiento extraño, que Susana no entiende y que ella no es capaz de confesar. Ve a Dios (Richard Collins-Moore) , cada noche, vestido de traje y cantándole canciones de esa negra que murió, cuyo nombre no consigue recordar…

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Custodiadas por dos monjas con actitud totalmente antagónica, serán castigadas tras haberlas pillado en una de sus escapadas nocturnas. Milagros (Belén Cuesta) es una monja joven, que te hará reír con ternura, te emocionará y sacará tu lado más sensible. Inocente, dulce y comprensiva, su cabeza está llena de dudas que no se atreve a pronunciar en voz alta. Por otro lado, Bernarda (Gracia Olayo) es una monja estricta, de carácter fuerte que te arrancará las carcajadas desde la imposición y el respeto, y que te descubrirá que todo ser humano tiene un lado sensible por descubrir…

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Canciones originales, música en directo y una mezcla de sentimientos y valores que no dejarán a nadie indiferente. A los ateos les hará reír sin parar, sin revelarse al pensar que están viendo una obra que habla de religión y fe. A los más creyentes, por otro lado, les arrancará las mismas risas, porque se habla de la religión desde el respeto y la originalidad. Exquisita es la interpretación de las actrices y el actor. Salí realmente fascinada con cada uno de ellos, y también mi acompañante, al que le gustó mucho más de lo que él mismo esperaba. Nos sorprendió mucho la faceta de cantantes de Andrea y Macarena, que están brillantes las dos. La LLamada es una de esas obras que hay que ver. Un musical al alcance de todos, con entradas por sólo 18 euros, en uno de los teatros más importantes de Madrid. Mientras ríes te emocionarás con temas como la amistad, el respeto, el amor, la incertidumbre, la homosexualidad y la fe. Podéis seguir todas sus noticias en su Twitter oficial: @lallamada_ y disfrutar de la obra los viernes a las 22.30h, los sábados a las 23.30h y los domingos a las 20.30h.

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“La llamada es un sueño”, Andrea Ros.

Siempre insisto en la ilusión, los sueños y la persecución de ellos, pero ya veis que es realmente importante que uno luche por lo que realmente desea. No podemos quedarnos de brazos cruzados y esperar que nuestros objetivos vengan a buscarnos. Corren tiempos difíciles y todos lo sabemos, por eso ahora, con más ganas que nunca, debemos luchar por lo que queremos, por lo que deseamos, haciendo el camino para llegar a nuestra meta. Si nos ponen la zancadilla, la saltaremos, y si nos caemos, nos levantaremos siempre con una sonrisa… Si quieres, todo llega. Id a ver La llamada, dejad que os empape la risa, que os entren las ganas de cantar, de gritar, de saltar y de luchar… Apoyad el arte, haced fuerza para respaldar la cultura. No os rindáis jamás.

Yo ya he sentido la llamada. Y tú, ¿a qué esperas? La vida es más bonita si la vivimos entre risas y aplausos…

Buenas noches, amigos.

Lorena.

Nos necesitamos los unos a los otros…

José Saramago decía: “En verdad aún está por nacer el primer humano desprovisto de esa segunda piel que llamamos egoísmo”, y esta se convirtió en una de mis frases favoritas. El ser humano, aún con el corazón más noble que exista, y con la bondad más garantizada, siempre tiende a ser egoísta. Aunque sólo sea por un momento, aunque sólo sea en una ocasión puntual o con alguien en concreto. El egoísmo, inevitablemente, forma parte de nosotros y forma esa segunda piel de la que hablaba Saramago.

El otro día hablaba con Carmen sobre algunas circunstancias de la vida y de las personas, sobre el egoísmo y también sobre la envidia. Cuándo el ser humano se siente plenamente feliz, aún cabe en él el sentimiento de la envidia. Es así. La envidia sana siempre me ha parecido bonita, es una envidia vestida de sonrisa y amiga de la admiración, de las cosas buenas. La envidia mala, sin embargo, es un verdadero problema. El problema es de quien la siente, y no de quien la provoca, no tengo dudas. La envidia puede llevar a cometer locuras, e incluso muchas veces, aunque sólo sea de forma inconsciente, acabará haciendo daño. En la mayoría de los casos, quien siente envidia se autoconvence de que no es cierto, que simplemente siente indiferencia y que el triunfo o bienestar de otros le trae sin cuidado.

Y entonces, tenemos un problema. Es tan sano vivir alejado de todo eso! No puedo predicar que el ser humano viste de egoísmo y envidia y decir que nunca he experimentado estos sentimientos, resultaría bastante absurdo, no es cierto? El egoísmo, aunque suene mal, lo he sentido, como lo has sentido tú. Es cierto que en muchos momentos de la vida he pensado antes en los demás que en mí, y esto muchas veces me ha traído consecuencias satisfactorias y otras me ha hecho mucho daño, por entregarme a causas no merecidas y personas que no lo merecían. Pero inevitablemente, en otras ocasiones, el egoísmo, aludiendo a su propio significado, me ha hecho pensar en mí antes que en los demás, en mi beneficio y mi bienestar. Supongo, que mientras no sea en exceso, es algo normal.

De la envidia… De la envidia quedaría mal decir que nunca la he conocido, sea del lado que sea. Pero es verdad, que pocas cosas en la vida me han producido envidia. Quizás porque soy una persona, que aún no teniendo mucho, siempre he sido muy positiva, muy conformista y siempre he valorado muchísimo las cosas de mi alrededor. Siempre he sido de valorar lo que tengo, antes que de anhelar lo que me falta. Ahora, no es que tenga poco, porque no lo es, sino que lo que tengo me parece mucho, y soy feliz. Y la envidia no forma parte de mis pensamientos, al menos, que yo sepa. Pero claro… supongo que alguna vez en la vida la habré sentido. Tampoco creo que haya sido víctima ni objetivo de envidia. Soy una persona demasiado extrovertida y eso tiene un blanco y negro claro. O caigo muy bien, o caigo muy mal. Los que no me soportan, es porque no lo hacen, sin más, no es porque me tengan envidia. Por suerte, creo que las personas a las que quiero me soportan bastante, al menos de momento.

La envidia y el egoísmo son dos sentimientos  muy negativos, que siempre intentamos ocultar, siempre renegamos de ellos y pocas veces somos capaces de afirmar que están ahí, acompañándonos en el tiempo, en los pasos y en la vida. Pero están, y no nos podemos engañar. Hay una película que me ha encantado desde que soy pequeña. En ella, la envidia, el egoísmo, la maldad y la superficialidad son los ingredientes principales que hacen sombra a una dulce y tierna historia de amor.

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Basada en la novela Amistades Peligrosas del escritor Choderlos de Lactos, Crueles Intenciones llegó a la gran pantalla en el año 1999 de la mano del director Roger Kumble. 

En Manhattan viven los ricos y poderosos hermanastros Sebastian Valmant (Ryan Phillipe) y Kathryn Merteuil (Sarah Michelle Gellar), a quienes les encanta divertirse haciendo daño a las personas y riendose de los fracasos de los demás, sin soportar, bajo ningún concepto, que alguien pueda reírse de ellos. Su juego de calculadores y perversos se ve entremezclado con la obsesión de ambos por poseerse, en todos los aspectos. Sus vidas cambian cuando, poco antes de empezar el curso, Sebastian muestra a Kathryn una entrevista que se ha publicado sobre la hija de su nuevo director. La dulce y angelical Anette Hargove (Reese Witherspoon) defiende a través de sus palabras el amor verdadero y la importancia de mantener relaciones sexuales sólo cuándo se esté plenamente enamorado y entregado, afirmando que es virgen. Sebastian encuentra en ella su nuevo juguetito y no descansará hasta conseguir cambiar su filosofía de vida. Kathryn observa con una sonrisa, asegurando que su hermanastro, esta vez, tiene las de perder… Las cosas darán un giro inesperado cuando Sebastian empiece a interesarse realmente por Anette y consiga encender la ira de su hermana…

Un triángulo amoroso envuelto por la maldad que no deja indiferente cuando te paras a pensar de lo que es capaz el ser humano con tal de salirse con la suya… De lo que muchas veces es capaz de hacer el egoísmo y la envidia, cuando rozan límites que jamás podrán ser racionales.

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En la vida real, la gente debería ser consciente que todo tiene unos límites para encajar dentro de la cordura y de lo natural, pero sobretodo, sería importante que todos aprendiésemos que es mucho más fácil y satisfactorio vivir alejados de los malos pensamientos, alegrándonos por los triunfos de los demás e intentar celebrarlo con una sonrisa, porque la vida siempre es justa y todo lo que desees se te devolverá. Porque quizás algún día necesites que ese que provoca en ti la rabia, te eche una mano y te ayude a caminar. Porque aunque nos creamos autosuficientes, nos necesitamos los unos a los otros. 

Feliz lunes, amigos.

Lorena.

El amor bueno merece ser feliz.

Hay situaciones que merecen ser mimadas, como hay personas que lo merecen también. Hace unos días me senté con una amiga en una terraza del centro de Madrid, nos acompañaban dos copas de vino y unos cigarrillos. Dejamos de lado nuestros teléfonos móviles y nos dejamos llevar por las confidencias, los secretos y las risas… Porque a veces es necesario mimar los momentos.

Empezamos a hablar de historias, de las que recordábamos, de las de ahora, de las de siempre… Y acabamos debatiendo sobre el amor y las personas. El amor… Aún recuerdo cuando en plena adolescencia un profesor me decía que el amor era un ideal, y yo defendía con uñas y dientes que el amor era una realidad y la más bonita del mundo, sin ni si quiera haberlo conocido. Está claro, que recibimos el amor como un sentimiento, como la forma de querer a alguien. No sólo podemos hablar del amor hacia una pareja… Yo estoy enamorada de tantas cosas!!! Estoy enamorada de un hombre maravilloso, de mi familia, de mi perro, de mis amigas y mis amigos… Incluso estoy enamorada de algunos sabores, olores y lugares. El amor es demasiado amplio, y el amor puro y sano, sin duda, es maravilloso.

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Otras veces, el amor duele. Claro, el ser humano experimenta siempre el lado positivo y negativo de las mejores cosas y a veces, el amor duele. A mi también me ha dolido. Tanto y hasta tal punto que pensé que ya nada tendría solución… Pero es verdad que pasado el tiempo, te das cuenta que el drama no fue para tanto y que al final fue una cosa más, a la que con el tiempo aprendes a quitarle importancia y además aprendes a sonreírle por todo lo bueno que ha nacido del momento más oscuro.

Entre vinos y tabaco hablábamos del amor como obsesión, de esa necesidad que muchas personas sienten por aferrarse fuerte a un recuerdo y no ser capaces de limpiarse los ojos ante la realidad. El amor hace cometer locuras, está claro. Francisco de Quevedo decía: “No hay amor sin temor de ofender o perder lo que se ama.” Y es verdad. Cuando uno ama, se niega a perder lo que ama, lo que quiere, lo que está alimentando su vida y sus ilusiones… Esto sucede incluso en las relaciones dónde el amor ofende y hace daño. Pero si es cierto, y esto no lo podemos discutir, es que alguien debe intentar luchar por lo que quiere, pero sobretodo debe saber hasta qué punto y qué momento puede hacerlo. El problema, sin duda, viene cuando alguien arrastra una ilusión más allá de lo que permite el tiempo. Mi amiga y yo, entre complicidad y comprensión, nos contamos una historia que más bien parece sacada de una película americana… y que obviamente a una película me recordó.

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Hablábamos de una persona a la que conocimos, que siempre tuvo miedo de si misma, y quizás si se hubiese valorado un poco más habría sabido llevar las cosas de otro modo. (Es tan importante que confiemos y nos queramos a nosotros mismos!)… Esta persona luchó con todas sus armas para impedir que otras dos se conociesen. Sabía, de algún modo, que si esto ocurría, estas personas se enamorarían. Intuiciones que a veces se tienen, aunque no gusten. Lo impidió y lo consiguió. Pero claro… lo consiguió durante un tiempo. Consiguió que dos personas estuviesen alejadas en el espacio y el tiempo, y evitó que sus vidas se cruzasen, aunque sólo fuese andando por la misma calle.

Y aquí viene la cuestión… ¿El destino es capaz de jugar las cartas del amor? Pues a veces pasa. Esas dos personas, muchos años después, se conocieron por casualidad. Y no hubo remedio, ni nadie lo pudo evitar. Tenían que conocerse, y eso había sido así desde muchos años atrás. Se enamoraron. Se enamoraron como jamás habían logrado hacer. Fusionaron risas, sueños y vida. De estas dos personas, una es buena amiga mía, de esas con las que comparto vinos y cigarrillos… Y os prometo que jamás he visto a nadie mirarse cómo lo hacen ellos. Y entonces, sé que la magia entre las personas existe, que el destino se ríe ante la maldad de la gente, y que todo ocurre cuando y dónde tiene que ocurrir. Entonces sonrío, porque sé que el amor bueno existe, el puro y verdadero, y que al final, siempre supera al que hace daño. O al menos intenta hacer daño (como veis, no siempre lo consigue).

Quienes hayáis visto la película, la habréis visualizado al leer esto… No tan lejos de la realidad, OBSESIÓN fue llevada al cine de la mano de Paul McGuigan en el año 2004. Con un reparto de lujo, Josh Harnett, Diane Kuger y Rose Byme forman ese trío amoroso en un film de etapas retrospectivas, de corte mixto, dramático y romántico a la vez.

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Matt es un joven que vive en Chicago cuando ve por casualidad a Lisa, una joven y atractiva bailarina. Hará todo lo posible por conocerla y conseguir que ella le conceda una cita. Lo consigue. Desde ese momento son inseparables. Se aman locamente y saben que ya no podrían estar el uno sin el otro. Todo cambia cuando, a punto de irse a vivir juntos, Lisa desaparece sin decir nada. Matt, destrozado, abandona la ciudad y decide empezar de cero. Dos años más tarde, y prometido con otra joven, la casualidad y el destino les brindan una oportunidad juntándoles de nuevo en la misma ciudad. Lo que Matt no sabe es que Lisa lleva dos años sintiendo la misma sensación de abandono, lleva dos años sin una explicación y que sigue tan enamorada de él como lo está él de ella. Alex, la mejor amiga de Lisa, y enamorada de Matt en la sombra, ha hecho y hará todo lo posible para que ellos no se vuelvan a encontrar.

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Si no la habéis visto, os la recomiendo para una de estas tardes grises y frías que ya han llegado. Porque a veces, hay gente mala que lucha por hacer daño a los demás, y porque la mayoría de las veces, el destino sabe cómo jugar.  Porque a todas esas personas, que siguen obsesionadas con una realidad que no les corresponde, la vida las sabe frenar, y yo desde esa terraza del centro de Madrid, con una copa de vino y un cigarrillo en la mano, les quise sonreír. Y desearles suerte, que les hace y les hará mucha falta.

Porque sin ninguna duda, el amor bueno se merece ser feliz.

Feliz martes, amigos.

Lorena.