Desmonté el mundo.

Queridos míos, os he insistido tanto en que la primavera es mi estación favorita del año que hoy mismo me cuestionó si yo he perdido la razón o la ha perdido el tiempo, porque la primavera, como tal, ha desaparecido. El calor del pleno verano, ha llegado sin avisar, y mientras hace una semana todavía llevaba pantalón largo y chaqueta, hoy visto ropa que me pongo en pleno mes de julio.

He pasado unos días en mi tierra, disfrutando de las fiestas de Palomar con mis amigas, dónde me reencontré, después de diez años, con uno de los profesores que han marcado mi vida y fue para mí algo tan, tan bonito…  y estuve en l’Olleria, disfrutando de la comunión de mi prima Marta (ella es una de mis cosas favoritas de la vida), viviendo un fin de semana súper familiar y especial para nosotros… Porque en l’Olleria, las comuniones, más que un acto de fe, son toda una tradición y celebración y yo he sido muy feliz de verla a ella con tantísima ilusión…

Al llegar a Madrid, me doy cuenta lo bien que se está en el Mediterráneo, porque allí, aunque el calor sea igual de exagerado, el mar está bien cerca. Hoy me reencuentro con vosotros con un post en forma de relato sobre una de las caras del amor, una de esas caras que desde lejos, nos atrevemos siempre a juzgar, sin pensar realmente qué sienten sus protagonistas… Y aunque yo siempre he sido de las de defender que las cosas se pueden evitar y sobre todo, en estos temas, suelo estar en contra de los que se enamoran… Hoy he necesitado ponerme en su piel, porque a veces, la locura y el dolor, son los únicos que nos llevarán a la cordura y la felicidad.

Leed despacito, como siempre.


Desmonté el mundo.

Por aquel entonces yo debía tener unos veintitrés años. Tenía las ganas de vivir aferradas al alma, tenía ganas de comerme el mundo, estaba en mi segundo año de facultad y todo era bonito. Me había trasladado a la ciudad y vivía en un antiguo piso que mi abuela paterna conservaba, un piso deshabitado desde hacía muchísimos años y que mientras a mi madre la horrorizaba, yo vi su encanto desde el minuto uno. Recuerdo la primera vez que entré en él. Aquella casa olía a soledad y polvo, era un lugar oscuro al que sólo hacía falta abrir las ventanas, limpiar a fondo y darle una mano de pintura para convertirlo en un lugar acogedor. Cambié algunas cosas, algunas cortinas, algunos muebles, parte de la decoración, las almohadas, el colchón… Poco más. Me gustaba aquella casa, combinando lo antiguo con lo moderno, lo viejo, lleno de recuerdos y vivencias, con las cosas recién estrenadas. En el salón, un gran ventanal se abría a un pequeño balcón al que le puse una pequeña mesa de madera y un par de sillas, unas flores y mi café cada mañana. Al lado de aquel ventanal, en el interior de la casa, conservé un viejo tocadiscos que me parecía maravilloso, y justo a su lado, una estantería llena de libros e historias que otros habían escrito para que me acompañasen en el camino de la vida. Mi gata Lulú se mudó conmigo y cuando todo estuvo terminado, las dos nos miramos y asentimos. Nos gustaba nuestro nuevo hogar.

Acudía a clase por las mañanas, estudiaba y pasaba apuntes por las tardes. Los fines de semana, trabajaba en una cafetería y en verano aprovechaba para dar clases particulares a aquellos niños que en septiembre tenían que recuperar algunas asignaturas del curso anterior. Desde muy pequeña supe que quería ser abogada, seguramente lo supe antes de saber en qué consistía realmente aquello, pero una vez, viendo una película con mi madre, le dije que yo quería hacer lo mismo que hacía el señor de la pantalla, quería hablar por otros y ayudarles, quería defender a los buenos y meter en la cárcel a los malos, y entonces ella me dijo que para eso, tendría que estudiar mucho y sacar muy buenas notas en el colegio. Así lo hice.

Por aquel entonces yo tenía veintitrés años, veintitrés años recién estrenados y un sin fin de planes en los que por supuesto, él no entraba. Todo cambió aquella tarde de junio en la que se cruzaron nuestras vidas…

Marisa, una señora de voz dulce y educada, me había llamado hacía sólo unos días porque había visto mi anuncio sobre las clases particulares. Su hijo Víctor, necesitaba ayuda en los exámenes finales y además, seguramente, iba a necesitar ayuda durante todo el verano para preparar los exámenes de septiembre. Me avisó que tenía 13 años y la tontería eterna del adolescente que se cree mayor y lo sabe absolutamente todo.  Vivían sólo a dos manzanas de mi casa. Vivían en un quinto piso, en un edificio de color marrón y tostado. Aquella casa me daba paz, quizás por lo silenciosa y sola que estaba. Olía a limpio y tenía las paredes blancas. En el salón, donde daríamos nuestras clases, habían fotos familiares repartidas por estanterías y muebles, algunas en la playa, otras en la nieve, todas ellas enmarcaban sonrisas y felicidad, enmarcaban la infancia de unos niños que ya habían perdido su inocencia. La madre de la criatura me pareció más dulce todavía en persona que por teléfono y el rebelde adolescente, en el fondo, me hacía gracia, se ponía rojo cada vez que le hablaba y no se atrevía a levantar los ojos y mirarme a la cara. Como por aquellas fechas, yo también estaba de exámenes, nos veíamos todas las tardes, de lunes a jueves, una hora y media cada día. Me pagarían al final de cada semana, y a mi me parecía genial para mis gastos y caprichos que llegaban al mismo tiempo que el viernes en el calendario. Víctor tenía un hermano mayor, de dieciséis años que al parecer, aunque no fuese un estudiante brillante, cumplía con sus obligaciones y una hermana pequeña, de ocho años que era una preciosidad y, sin ninguna duda, la princesa de la casa. Una tarde en la que Marisa salió a recoger un vestido que tenía encargado llegó Jaime, el padre. No había coincidido nunca con él y en el momento que se cruzaron nuestras miradas supe que mi vida estaba perdida para siempre.

No podía creer que aquel hombre, que era increíblemente guapo y atractivo, pudiese ser tan mayor como para tener tres hijos y una mujer. Nuestras miradas se cruzaron en silencio, como se cruzan las miradas de dos personas que ya se han visto antes, que se suenan de algo y no saben de qué, se cruzaron como se cruzan las miradas de quienes se devoran con las mismas y sienten que el resto del mundo se ha desvanecido a sus pies. Me levanté para presentarme y en el momento que me dio dos besos se me erizó toda la piel, ni yo misma podía entender qué era lo que estaba sucediendo. Cuando salió del salón, me miró con una delicadeza que no había visto jamás en ningún ser humano y asintió. Entonces supe que él sabía lo que a mí me estaba pasando, y lo que es peor, supe que a él le estaba pasando lo mismo.

Aquella noche no pude dormir. Sin saber cómo, ni por qué, me estaba volviendo loca de rabia, sólo le había visto una vez y sólo quería estar a solas con él, y quizás, como sabía que era imposible todavía lo deseaba más. Desde aquel día, mis clases particulares tenían un motivo de ser, sólo deseaba que fuese la hora para acudir a aquella casa, todas las tardes con la esperanza de volverle a ver. Tardé una semana en volver a coincidir con él, nuestras miradas volvieron a cruzarse, en silencio, calmadas, ardiendo, fuertes, seguras, irracionales, apasionadas… Y sabía que me estaba quemando, pero no quería dejar de jugar. Era una locura, pero necesitaba vivirla. Desde aquel segundo reencuentro, acudía casi todas las tardes, a la misma hora, con una excusa tonta. Su despacho estaba en el piso de abajo, así que era muy fácil para él. No había pasado absolutamente nada, ni habíamos cruzado más de dos palabras, pero empecé a tener miedo de que su mujer me viese mirarle, o que le viese a él mirarme a mí, empecé a temer que me dijese un día que ya no hacía falta que volviese más.

Una tarde, mientras su hijo se había escapado al baño, pasó por el salón y me vio sola, entró a preguntar si quería agua o algún refresco, que hacía mucho calor… Le dije que no se molestase, estaba a punto de marcharme a mi casa, y entonces, en ese instante me preguntó qué estudiaba… Cuando escuchó la palabra derecho le salió una medio sonrisa que a mí me hizo temblar el corazón y entonces me dijo que él era abogado y que cualquier cosa que necesitase, podía contar con él.

Mis ganas de verle, o simplemente de estar a solas con él, crecían por segundos. No me reconocía. No me importaba su familia, ni su mujer, ni nada, sólo quería estar con él y quería vivir, al menos una vez en la vida, las cosas con las que llevaba soñando desde que le había visto por primera vez. Una tarde, al cruzarme con él, le pregunté si podría echarme una mano con un tema que tenía atravesado y sobre el cuál me examinaba una semana después. Me dijo que al terminar la clase, pasase por su despacho. En aquella oficina trabajaban varios abogados, entre todos habían alquilado el local para que les saliese más rentable, y cada una de las habitaciones de aquel piso, eran las oficinas personales de cada uno de ellos. La suya daba a la calle, y el sol entraba con ganas por pequeños espacios que esquivaba a través de las cortinas. Me senté y empecé a exponerle mis dudas, me temblaba la voz y me sudaban las manos. Me miraba fijamente, en silencio, y entonces se puso a mi lado y me acarició la mano. Un silencio nos envolvió, y sin saber cómo, sentí sus labios sobre mi cuello, cogí sus manos y apreté mis senos, le besé cómo jamás había besado a nadie, le desabroché cada botón, le arranqué la camisa, le dejé subirme el vestido y apreté su espalda contra mi cuerpo que reposaba ya contra la pared y sentí como nos convertíamos en solo uno, con fuerza, rabia, pasión y miedo.

Cuando terminamos lloré en silencio, mientras él me abrazaba y me acariciaba el pelo… Aquel día cambió mi vida para siempre. Dejó de subir a su casa cuando yo estaba, nos veíamos en su despacho, con la excusa de mis dudas y su experiencia. A veces, sólo nos abrazábamos y nos besábamos, otras nos pasábamos un buen rato hablando, otras hacíamos el amor, y otras simplemente nos acariciábamos las manos. Me enamoré de él como jamás me he enamorado de nadie. La primera vez que vino a mi casa era un domingo, había dicho en casa que iba a comer con unos amigos, preparé pasta con tomate y bajé las persianas para que la luz del pleno agosto entrase con delicadeza por lo bajo. Alquilé unas películas, y estuvimos tirados todo el día, comiéndonos a besos, saboreando cada poro de nuestra piel, desnudándonos el alma y queriendonos sin límites ni por qués… Lulú nos miraba cómplices, sabía de él sin conocerle y sabía que yo jamás había sido tan feliz. Mi olor favorito era el de su piel, mis caricias favoritas las de sus manos y sabía que ya no quería hacer el amor con alguien que no fuese él…

Aquel fue uno de los veranos más tristes y bonitos de mi vida. Bonito por la pasión y las ganas y tristes por una clandestinidad que me hacía cada vez más daño, por seguir subiendo a aquella casa y ver aquellas fotos en el salón, por pasar por el lado de su mujer y sentirme tan desgraciada de su desgracia, por verle en una familia que no era mía, yo, que era suya… y él, que tanto me quería…

En septiembre mi dolor ya era insoportable y le dije a Marisa que no podía seguir dandole clases a Víctor porque debía centrarme en mi carrera. Nunca supe si lo hice por vergüenza, o por egoísmo, pero necesité salir de allí. Un año después, la situación era insostenible y yo sabía que estábamos locos el uno por el otro. Vivíamos ya dentro de nuestra locura, que era sólo nuestra, pero era la única forma en la que éramos felices. Se divorció. Sus hijos mayores tardaron muchos meses en poder perdonarle lo que le había hecho a su madre y a mí tardaron años en querer hablarme.

Mi madre montó en cólera cuando se enteró, me echó la culpa de absolutamente todo, pero con el tiempo supo entenderme y perdonarme. Nos instalamos en el viejo piso de mi abuela paterna, y lo hicimos nuestro hogar. Terminé mis estudios y nos casamos cinco años después. Olivia llegó a nuestras vidas cuando yo cumplí los veintinueve y Claudia sólo quince meses después. Montamos nuestro propio bufete de abogados y trabajamos juntos formando un equipo que no podría ser mejor.

A veces, me pregunto si algún día la vida me perdonará el daño que hice, o si la vida, mirándonos desde lejos, sonríe y entiende que a veces, no podemos controlar nuestros destinos, nuestros caminos y nuestros actos, y si quizás ella, me ha perdonado ya, entendiendo que el amor, a veces, simplemente nos vuelve locos y necesita desmontar el mundo para que dos almas se lleguen a encontrar. Yo desmonté el mundo, infinitamente egoísta, para buscar mi felicidad.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

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Siempre acabamos hablando de amor…

Al final, siempre pasa. Siempre acabamos hablando de amor. Si eres músico acabarás componiendo una canción que hable de amor, si eres escritor acabarás escribiendo sobre una historia que hable de amor, si en tu trabajo no tienes la necesidad de desarrollar ninguna faceta creativa, también acabarás hablando de amor… Y claro, es que siempre pasa.

Hoy te quería contar que el amor es como el pan de cada día, pero sé que eso ya lo sabes. Nos guste más o nos guste menos, estemos enamorados o no lo estemos, el amor siempre será admirado o anhelado, e incluso cuando nos convencemos y queremos odiarle, acabaremos echándole de menos. Muchas veces pienso que hay miles de personas que no están realmente enamoradas. El amor es como el agua, es capaz de adaptarse a la forma que desees darle. Miles de personas serán felices con quienes compartan sus vidas, pero no estarán enamoradas. Y eso, lo pensamos todos. Todos sabemos que nuestro amor es el más fuerte, que nadie quiere como nosotros queremos y que no hay historia más bonita que la nuestra. Todos creemos que queremos cómo nunca antes hemos hecho, y si al final, la historia fracasa, no pasa nada, volveremos a querer cómo nunca habíamos imaginado hacer. Y así es el amor, orgulloso y elegante, caballeroso y cobarde, enternecedor y grosero, seco y adorable, bueno y malo, fugaz y eterno… El amor es capaz de ser todo.

Aunque no estés enamorado, y aunque proclames y grites a los cuatro vientos que no quieres estarlo, te emocionarás cuando escuches una bonita historia de amor, se te encenderá el alma cuando oigas una canción o te saltarán las lágrimas cuando lo veas en el cine. Ese el poder del arte, y la igualdad de los seres humanos. No podemos negarlo. Somos iguales. Cambian los escenarios, los personajes y los cuentos, pero todos somos iguales.

Quizás viene implantado por la sociedad desde que nacemos, o quizás son sentimientos de verdad, pero desde muy pequeña siempre me he sentido enamorada. Lo más curioso es que del niño que me enamoré cuando tenía seis años, hoy es el hombre al que quiero y abrazo cada día, pero ese es otro tema que hoy no debemos tocar.  ¿El amor es para siempre? Y empiezan a reírse de nosotros las opiniones diversas que nos llevarán a los debates… Quizás sí, quizás no. Yo pienso que puede ser, sin ninguna duda. Dicen que el amor sólo puede durar tres años… Mis abuelos fruncirían el ceño al escucharlo, y sonreirían al recordar que llevan juntos desde que tienen doce, queriéndose cada vez más y sabiendo que no es imposible.

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Lo creamos o no, nos gusta pensar que puede serlo. Nos gusta imaginar que hay historias emocionantes que son capaces de viajar en el tiempo y el espacio, de jugar con el destino, y bailar con lo que no son casualidades. Hay una historia que estoy segura conocéis la mayoría. Una historia de amor que traiciona la realidad creando expectativas, una historia de amor que simplemente fue real. “Esas cosas sólo pasan en las películas“, lo habéis escuchado muchas veces, ¿verdad? Pues es mentira. En la vida real también pasa.

Os habéis emocionado con la historia de Allie y Noah, estoy segura. Habéis querido esperar que el amor de vuestra adolescencia vuelva para quedarse para siempre, habéis deseado vivir una historia de amor que os lleve a la locura y habéis soñado con esa casa blanca con ventanas azules que se ha construido para dar vida a vuestros sueños.

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El diario de Noah (The Notebook) fue llevada al cine de la mano de Nick Cassavetes en el año 2004. La historia empieza en una residencia de ancianos, donde un señor le relata a una amiga la historia de dos jóvenes que se enamoraron locamente en el verano de 1940, en Seabrook, Carolina del Sur. Ryan Gosling y Rachael McAdams dan vida a Allie y Noah. Ella, procedente de una familia adinerada de la ciudad y él un chico de campo, que trabaja en una fábrica de madera, darán forma a la historia de amor que ha hecho soñar a miles de espectadores en todo el mundo. Por diferencias sociales, al acabar el verano, sus vidas se ven separadas en contra de su voluntad. Siete años después, el destino les echa una mano y hace que Allie encuentre en el periódico una fotografía de Noah, delante de la casa que siendo unos “niños” le prometió que haría para ella.  Estoy segura que conoces bien la historia, y si no lo haces, no te seguiré contando nada porque quiero que la veas.

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La película recaudó 115.6 millones de dólares y cuenta con 12 premios y 3 nominaciones. Yo me enamoré de ella la primera vez que la vi, en mi piso de estudiante, en el año 2005. La he visto mil veces y sé que la veré mil más. Hace dos días se emitía en un canal de televisión y las redes sociales se hacían eco, una vez más, de lo mucho que le gusta a la gente. Es cierto, que suele gustar más a mujeres que a hombres y una encuesta realizada hace unos años, la sitúa en el número 1 de películas románticas. Pero si aún sabiendo que la mayoría conocéis esta historia, yo he venido a hablaros de ella, es porque más allá de la película, quiero hablaros del libro.

Cada año, por Navidad, mis abuelos me regalan un libro que ellos mismos firman con su puño y letra y que yo guardo como auténticos tesoros. En las navidades de 2008, El Cuaderno de Noah llegó a mis manos. Siempre soy más de las historias de los libros que de las películas, en el cine siempre pienso que se han olvidado de algún detalle que para mi era esencial. En este caso, creo que la película basada en la novela está realmente muy conseguida. No obstante, en el libro encontrarás detalles que no se llevaron a la gran pantalla. Como ver a Allie convertida en toda una artista internacional, o podrás trasladarte a su cocina, dónde ya siendo mayores, cuentan a sus hijos la enfermedad que ella padece.

Traducida a dieciocho idiomas, y conmoviendo a millones de lectores en todo el mundo, El Cuaderno de Noah fue la primera novela de Nicholas Sparks, que no tuvo más que basarse en la historia de amor de los abuelos de su esposa para explicar con exquisita sensibilidad una de las historias de amor más bonitas que he conocido jamás.

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Porque puede ser para siempre, lo sabemos y queremos creerlo. Porque en el fondo, todos somos soñadores profesionales y nos guste o no, estemos enamorados o no, dispuestos a estarlo o no… siempre acabamos hablando de amor. 

Feliz martes, amigos.

Lorena.