Siempre acabamos hablando de amor…

Al final, siempre pasa. Siempre acabamos hablando de amor. Si eres músico acabarás componiendo una canción que hable de amor, si eres escritor acabarás escribiendo sobre una historia que hable de amor, si en tu trabajo no tienes la necesidad de desarrollar ninguna faceta creativa, también acabarás hablando de amor… Y claro, es que siempre pasa.

Hoy te quería contar que el amor es como el pan de cada día, pero sé que eso ya lo sabes. Nos guste más o nos guste menos, estemos enamorados o no lo estemos, el amor siempre será admirado o anhelado, e incluso cuando nos convencemos y queremos odiarle, acabaremos echándole de menos. Muchas veces pienso que hay miles de personas que no están realmente enamoradas. El amor es como el agua, es capaz de adaptarse a la forma que desees darle. Miles de personas serán felices con quienes compartan sus vidas, pero no estarán enamoradas. Y eso, lo pensamos todos. Todos sabemos que nuestro amor es el más fuerte, que nadie quiere como nosotros queremos y que no hay historia más bonita que la nuestra. Todos creemos que queremos cómo nunca antes hemos hecho, y si al final, la historia fracasa, no pasa nada, volveremos a querer cómo nunca habíamos imaginado hacer. Y así es el amor, orgulloso y elegante, caballeroso y cobarde, enternecedor y grosero, seco y adorable, bueno y malo, fugaz y eterno… El amor es capaz de ser todo.

Aunque no estés enamorado, y aunque proclames y grites a los cuatro vientos que no quieres estarlo, te emocionarás cuando escuches una bonita historia de amor, se te encenderá el alma cuando oigas una canción o te saltarán las lágrimas cuando lo veas en el cine. Ese el poder del arte, y la igualdad de los seres humanos. No podemos negarlo. Somos iguales. Cambian los escenarios, los personajes y los cuentos, pero todos somos iguales.

Quizás viene implantado por la sociedad desde que nacemos, o quizás son sentimientos de verdad, pero desde muy pequeña siempre me he sentido enamorada. Lo más curioso es que del niño que me enamoré cuando tenía seis años, hoy es el hombre al que quiero y abrazo cada día, pero ese es otro tema que hoy no debemos tocar.  ¿El amor es para siempre? Y empiezan a reírse de nosotros las opiniones diversas que nos llevarán a los debates… Quizás sí, quizás no. Yo pienso que puede ser, sin ninguna duda. Dicen que el amor sólo puede durar tres años… Mis abuelos fruncirían el ceño al escucharlo, y sonreirían al recordar que llevan juntos desde que tienen doce, queriéndose cada vez más y sabiendo que no es imposible.

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Lo creamos o no, nos gusta pensar que puede serlo. Nos gusta imaginar que hay historias emocionantes que son capaces de viajar en el tiempo y el espacio, de jugar con el destino, y bailar con lo que no son casualidades. Hay una historia que estoy segura conocéis la mayoría. Una historia de amor que traiciona la realidad creando expectativas, una historia de amor que simplemente fue real. “Esas cosas sólo pasan en las películas“, lo habéis escuchado muchas veces, ¿verdad? Pues es mentira. En la vida real también pasa.

Os habéis emocionado con la historia de Allie y Noah, estoy segura. Habéis querido esperar que el amor de vuestra adolescencia vuelva para quedarse para siempre, habéis deseado vivir una historia de amor que os lleve a la locura y habéis soñado con esa casa blanca con ventanas azules que se ha construido para dar vida a vuestros sueños.

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El diario de Noah (The Notebook) fue llevada al cine de la mano de Nick Cassavetes en el año 2004. La historia empieza en una residencia de ancianos, donde un señor le relata a una amiga la historia de dos jóvenes que se enamoraron locamente en el verano de 1940, en Seabrook, Carolina del Sur. Ryan Gosling y Rachael McAdams dan vida a Allie y Noah. Ella, procedente de una familia adinerada de la ciudad y él un chico de campo, que trabaja en una fábrica de madera, darán forma a la historia de amor que ha hecho soñar a miles de espectadores en todo el mundo. Por diferencias sociales, al acabar el verano, sus vidas se ven separadas en contra de su voluntad. Siete años después, el destino les echa una mano y hace que Allie encuentre en el periódico una fotografía de Noah, delante de la casa que siendo unos “niños” le prometió que haría para ella.  Estoy segura que conoces bien la historia, y si no lo haces, no te seguiré contando nada porque quiero que la veas.

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La película recaudó 115.6 millones de dólares y cuenta con 12 premios y 3 nominaciones. Yo me enamoré de ella la primera vez que la vi, en mi piso de estudiante, en el año 2005. La he visto mil veces y sé que la veré mil más. Hace dos días se emitía en un canal de televisión y las redes sociales se hacían eco, una vez más, de lo mucho que le gusta a la gente. Es cierto, que suele gustar más a mujeres que a hombres y una encuesta realizada hace unos años, la sitúa en el número 1 de películas románticas. Pero si aún sabiendo que la mayoría conocéis esta historia, yo he venido a hablaros de ella, es porque más allá de la película, quiero hablaros del libro.

Cada año, por Navidad, mis abuelos me regalan un libro que ellos mismos firman con su puño y letra y que yo guardo como auténticos tesoros. En las navidades de 2008, El Cuaderno de Noah llegó a mis manos. Siempre soy más de las historias de los libros que de las películas, en el cine siempre pienso que se han olvidado de algún detalle que para mi era esencial. En este caso, creo que la película basada en la novela está realmente muy conseguida. No obstante, en el libro encontrarás detalles que no se llevaron a la gran pantalla. Como ver a Allie convertida en toda una artista internacional, o podrás trasladarte a su cocina, dónde ya siendo mayores, cuentan a sus hijos la enfermedad que ella padece.

Traducida a dieciocho idiomas, y conmoviendo a millones de lectores en todo el mundo, El Cuaderno de Noah fue la primera novela de Nicholas Sparks, que no tuvo más que basarse en la historia de amor de los abuelos de su esposa para explicar con exquisita sensibilidad una de las historias de amor más bonitas que he conocido jamás.

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Porque puede ser para siempre, lo sabemos y queremos creerlo. Porque en el fondo, todos somos soñadores profesionales y nos guste o no, estemos enamorados o no, dispuestos a estarlo o no… siempre acabamos hablando de amor. 

Feliz martes, amigos.

Lorena.

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Te querré siempre, Daniel Sempere.

Hoy es uno de esos martes en los que me he levantado con mil cosas que hacer. Mi cabeza ya corría mientras mi cuerpo le pedía a la almohada y a las sábanas que me atrapasen unos minutos más. Con el olor del café y los besos de buenos días he empezado a hacer mil cosas y he pensado en un mensaje que recibí ayer. Pensar en este mensaje me ha hecho trasladarme a hace unos días, cuando un buen amigo citaba en una red social una lista de nombres que habían marcado su vida. Estos nombres eran de profesores y profesoras que encaminaron nuestra educación y nuestra adolescencia, que formaron parte de nuestros pensamientos y decisiones, que formaron parte de nuestros miedos e ilusiones, como alumnos y como personas. Sí, este buen amigo y yo compartimos aula, sillas, sueños y libros, y por tanto, todos estos profesores también son parte de mi vida.

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Me resulta maravilloso como a pesar de los años, muchos de ellos siguen formando parte de mí, de mis anécdotas, de mis experiencias y mis metas. Siguen dándome consejos, ayudándome en las preocupaciones y sonriéndome en los éxitos… Algunos de estos nombres me arrancaron una sonrisa al leerlos, y hoy, al pensar en ellos, me ha bombardeado la imagen de la portada de mi libro favorito. Supongo que se debe a que sigo asociándolo al momento en el que lo descubrí, o quizás es porque hace demasiado que no lo leo…

Hoy te quería contar algo que te quise contar desde el principio. Era diciembre de 2003, o enero de 2004, no lo recuerdo bien, cuando en una entrevista en televisión alguien habló de La Sombra Del Viento. Al día siguiente, le pregunté a mi profesora de literatura si lo conocía. Me sonrió y me dijo que ya era hora de que me apeteciese leerlo. Al día siguiente me prestó su ejemplar. Hoy, millones de personas lo han leído, pero por aquel entonces, la mayoría de la gente que me rodeaba no había oído hablar de él jamás. Me sentí aventurera y pionera en unas páginas que muchos desconocían, y me enamoré desde su “Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados…” hasta su última frase.

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La magia de la literatura, del cine o de la música, es el idioma universal de sus historias. Siempre encontrarás un reflejo de ti en una canción que te encante, en una película que te apasione o un libro que te emocione. Como quién ve su película favorita a menudo, o quien nunca se cansa de escuchar la canción de su vida, yo nunca me canso de leer La Sombra Del Viento. Lo hago una vez al año. Me gusta reencontrarme con sus personajes, verles de nuevo, imaginar sus días, sus preocupaciones y sus sueños. Me gusta descubrir cosas nuevas en mí cada vez que los veo a ellos.

Quizás he leído libros mejores en mi vida, pero todavía no he sido capaz de descubrirlo, ni reconocerlo, y eso sólo hace que los personajes de Carlos Ruíz Zafón sigan siendo mis favoritos entre todos  y cada uno de los que sigo conociendo a través de otras páginas y otras historias… Si eres de los que aún no lo han leído, sólo puedo decirte que lo hagas, y si ya lo has hecho, estoy segura que sonríes cada vez que recuerdas a Daniel Sempere, Beatriz Aguilar, Julián Carax, Penélope Aldaya o a Fermín Romero de Torres…

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Me enamoré de todos ellos cuando sólo tenía 16 años, pero si alguien me robó el corazón desde la primera vez que le descubrí, fue Daniel. Su personaje, su personalidad, su bondad y su pasión por la lectura, me han hecho muchas veces desear dar un paseo con él por una antigua Barcelona, sentarme a tomar un café en Els Quatre Gats, o andar sin prisa hasta la Avenida del Tibidabo y pararme a observar el palacete que se alza en el número 32. Muchas veces he anhelado no poder perderme entre los pasillos y laberintos del Cementerio de los libros Olvidados, o no poder observar el escaparate de la Librería Sempere e hijos, en la calle Santa Ana. Creo que fue este libro quién me hizo enamorarme de Barcelona… de la Barcelona de calles grises y tiempos fríos. Me gusta la Barcelona actual, pero sueño con la magia de aquellas calles y muero de rabia con las injusticias sociales de aquellos tiempos.

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A La Sombra del Viento le siguieron El Juego del Ángel y El Prisionero del Cielo. Maravillosos ambos, pero inigualables al primero. Todos ellos entremezclan una historia y unos personajes… El desenlace de todo llegará en el cuarto libro, que  Ruíz Zafón todavía no ha publicado.

Hoy pensar en mis profesores favoritos me ha hecho querer perderme de nuevo entre una Barcelona de posguerra, para desear el fracaso del inspector Fumero, y luchar por el bienestar social de unos personajes a los que quiero. Unos personajes que reflejan, sea como sea, la historia de miles de personas que vivieron una época de nuestra historia que no debe ser repetida, pero mucho menos olvidada. Ahora más que nunca, debemos ser fuertes y no permitir que nos hagan retroceder en el tiempo, ni permitir jamás que nos quiten nuestros derechos. Gracias a mi amigo Vicent por recordarme los buenos docentes que tuvimos. Gracias a ellos, por enseñarnos a ser mejores personas e inculcarnos valores esenciales. Gracias a ellos, por permanecer en el tiempo y la distancia, por seguir sonriendo y amando su trabajo, a pesar de que les estén recortando sus vidas.  Gracias a Carlos Ruíz Zafón, por despertar mi alma cada vez que me pierdo entre sus palabras.

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A ti sé que ya te había hablado sobre mi pasión sobre el escritor catalán, pero hoy necesitaba contarte cómo me enamoré de sus personajes, y cómo le juré amor eterno a Daniel Sempere.

Feliz martes, amigos.

Lorena.

Resaca de emociones y el libro de tu vida.

Los días de desconexión son necesarios. Eso siempre. Y en verano, los días de desconexión son imprescindibles. Para dedicarselos a uno mismo, a mimarse y relajarse. Pero cuando septiembre llega es como empezar un año nuevo, sin los restos de confeti ni el sabor de las uvas… Pero parece que todo empieza de nuevo. El verano se va alejando despacito, suave y sin prisa, y la rutina, vestida con una pícara sonrisa, llega con fuerza para abrazarse al otoño, que pronto empezará a bailar.

Las vacaciones han llegado a su fin, y mañana empieza mi septiembre, en mi Madrid, que me arropa y me vuelve loca, y  aún así, tan enamorada de la capital, no es por nada,  pero pienso que tener pueblo es una suerte. Al menos para mí. Cuando vives en una gran ciudad, es maravilloso tener un pueblo al que escaparte. Entonces, la palabra pueblo consigue ser sinónimo de pequeño paraíso, de destino perfecto para hacer una escapada, de rincón perdido para olvidarte del mundo. Y eso da felicidad. Mucha.

Hoy te quería contar que durante toda la semana pasada, mi pueblo ha estado arropado por sus fiestas. Festes patronals i de Moros i Cristians. La música ha ido sonríendo por las calles, los colores y la alegría iban saltando cogidos de la mano. Luces, trajes, brillos, retumbe de tambores y cornetas, marchas moras, marchas cristianas, ojeras y cansancio, jóvenes y mayores, sonrisas de niños y ancianos, y mucha, mucha ilusión. Si algo caracteriza las fiestas de mi pueblo son la ilusión y la intensidad con la que los componentes de las comparsas las disfrutan.

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Y entonces se mezclan la emoción, la felicidad, y también las lágrimas. Desde muy niña he vivido las fiestas desde dentro, sintiéndolas como son, mías y de mi gente. Y ahora, que me toca verlas desde fuera, siguen despertando en mí las mismas emociones, las mismas alegrías. Veo la ilusión en la cara de muchos amigos y familiares, engalanados, orgullosos, espléndidos. Y sólo hace falta que la música empiece a sonar para que mi piel se erice y para que mis ojos se llenen de lágrimas que se derraman como gotas de cristal, tan propio de mi pueblo. Y claro, eso es algo tan difícil de explicar como de entender. Y es que la fiesta, sin ninguna duda, cada uno la lleva dentro.  Y cada uno la suya, está claro. Pero me gusta saber que esta es mi historia, que son mis orígenes, que es mi cultura, mi pasado, mi vida.

Y claro, pasados los días y con la  resaca de emociones retumbando fuerte en mi cabeza,  pienso una vez más lo importante que son los recuerdos que arrastramos en la vida, los que llevamos pegados a la piel e impregnados en el alma, esos recuerdos que son la historia de nuestros días y nuestros años, y sé que es verdaderamente importante guardarlos y conservarlos, cuidarlos y mimarlos. Al fin y al cabo, nuestros recuerdos sólo son las imágenes que conservamos de nosotros mismos.

Y entonces pienso en un libro que me regaló mi amiga Sara. Un libro distinto y especial. Un libro en blanco. Con preguntas sobre uno mismo. Un libro que hay que ir llenando con los momentos y las vivencias, con los recuerdos y las historias. Y guardarlo. Porque será el almacén de tus emociones escritas y porque si algún día, sea por lo que sea, te olvidas de lo que sentiste o de quién fuiste, quizás sus páginas te permitan reencontrarte. Quizás sea tu guía cuando menos lo creas y más lo necesites. Y quizás sea la guía de tus recuerdos que un día quieras regalarle a alguien especial. Yo, el libro de tu vida. “Es un libro único. Un libro que en realidad son muchos libros, tantos como personas. Un libro que nadie sabe cómo empieza ni cómo acaba, porque todavía no está del todo escrito. Un libro que te propone 100 preguntas a las que sólo tú puedes dar respuesta”.

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Entretenido y divertido, un regalo perfecto, tanto para recibir cómo para entregar. Una forma distinta de almacenar las vivencias a las que quizás no les diste importancia. Un buen lugar dónde guardar recuerdos, sueños y combatir la resaca de emociones.

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Buenas noches, amigos.
Lorena

Tu viniste, yo me voy.

Empezar las vacaciones siempre trae felicidad. Salir de la rutina es liberarse de muchos quebraderos de cabeza que inevitablemente forman parte del día a día.
Por unos días me alejo de la ciudad hechicera, de su ruido, sus luces, sus prisas y su vida. Y sonrio. No sonrío por alejarme, porque a penas la he dejado y ya la echo de menos. Sonrío por la paz que me produce ir a reencontrarme con los míos. Con la gente que conozco desde que mi memoria es capaz de alcanzar, por saborear durante unos días el dulce olor de mi casa o respirar el aroma de la comida de mi abuela. Esos son los pequeños detalles y las pequeñas cosas que a mi me dan la vida.

Te quería contar que me he acordado, de repente, de una columna de opinión que leí hace muchos años en El País. La escribía Susana Fortes y hablaba de los olores de su infancia, de su abuela y su casa.

Todos soñamos y muchos decidimos perseguir nuestros sueños, por eso nos alejamos de nuestras casas y nuestras familias, no es fácil, pero tomamos la decisión de no conformarnos, de buscar nuestra felicidad en otro lugar, lejos de quienes, al fin y al cabo, son las personas más importantes de nuestra vida. Y nos vamos. Y es entonces, cuando estás lejos, cuando te acuerdas de lo bonitas que son las calles de tu pueblo, de lo mucho que te gusta reír con tu familia o de lo bien que sabe la comida que menos te gustaba.
Recuerdo que leí aquella columna de Fortes cuando aún vivía en mi casa y aún no era consciente de lo mucho que se pueden llegar a echar de menos los olores del día a día. Y con el tiempo, aunque eres verdaderamente feliz luchando por lo que quieres y aquello a lo que aspiras, sabes que la felicidad en estado puro les pertenece a los que te arroparon siempre, desde que naciste. Las calles que te vieron crecer tienen el poder de enamorarte en la distancia como nunca fueron capaces de hacerlo y el lugar de donde vienes te hace saber que no debes olvidarlo. No debes olvidar nunca lo que fuiste, de dónde viniste, ni con quién estuviste.

Me quedo en silencio y sé que yo no estoy tan lejos. Y entonces se me encoge el corazón cuando pienso en esos miles de jóvenes que tienen que emigrar a otros países en busca de una, sólo una, simple oportunidad. Pienso en los miles de jóvenes de mi generación que tienen que “huir” a buscar un trabajo, a aprender un idioma, a empezar de cero, con títulos universitarios, con títulos de post grado, o simplemente con las ganas y la necesidad de tener un trabajo. Todo colgado a la espalda, con una maleta llena de sueños y nostalgia.

Se van del país que hasta hace unos años les brindaba becas y apostaba por ellos, les encendía la sonrisa y les decía que estudiasen y se formasen profesionalmente. Podrían comerse el mundo. Les decían, claro. Y en las palabras de quedaron las promesas y se ahogaron las esperanzas.

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La realidad que nos bombardea no nos brinda una oportunidad. Y muchos se marchan con la ilusión de una nueva vida, otros lloran porque no tienen otra salida. Una vez leí en una red social que alguien decía: “Mar, tierra y aire, esas son las salidas tras acabar la universidad”. Y entonces siento mucha pena. Más que pena siento impotencia. Siento tristeza. Siento rabia ante un gobierno que me ahoga, que ahoga a una generación perfectamente preparada, formada, capacitada. Siento rabia ante un gobierno que está recortando mi sanidad, y por tanto mi vida, y también la tuya. Siento rabia ante un gobierno que recorta mi educación, y ante un gobierno al que pudre la corrupción.

Y al mismo tiempo que pienso en todos los que de van, pienso en todos los que un día vinieron. Gente que al igual que nosotros hacemos ahora, tuvo que dejar su familia, su país, su vida por buscar simplemente un trabajo, al que supuestamente todos tenemos derecho. Recuerdo a arquitectos trabajando de albañiles, o la historia de un médico que aquí trabajaba en la obra en pésimas condiciones. Pienso en la “grave enfermedad” que es la xenofobia, en el veneno de la gente que excluye socialmente a quienes vienen de cualquier otro rincón del mundo. En la irracionalidad de quienes de creen seres superiores por el color de su piel, o en la intolerancia de quien rechaza sin saber que quizás un día la vida dé un giro y las cosas se pongan del revés.

“Nihil novum sub sole” me enseñó mi profesor de latín. No hay nada nuevo bajo el sol. Y es que a muchos de les olvidó que la historia siempre se repite, que sus antepasados tuvieron que emigrar y que sus descendientes también lo harán.
Y en este contexto de xenofobia e injusticia social, quiero recomendarte un libro que leí en la facultad. Cabeza de turco, del periodista alemán Günter Walrraff.
En el libro se narra su propia experiencia, al hacerse pasar por un inmigrante turco, para tener acceso a los peores trabajos en la Alemania Occidental de la década de 1980.
Decidió investigar a fondo las calamidades que los inmigrantes soportan argumentando que “hay que enmascararse para desenmascarar a la sociedad”.

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Quizás a más de uno le vendría bien concienciarse a través de estas páginas. Y a todos los demás, a los que sienten pena por los que deben irse y por los que tuvieron que venir, que por suerte somos la mayoría, estoy segura que os encogerá el corazón y tendréis más ganas que nunca de luchar contra la irracionalidad. Porque siempre, para entender cualquier situación, debemos ponernos en el lugar de los demás. Porque no somos tan distintos, porque al igual que tu viniste, yo me voy.

Ya veis que una no descansa ni si quiera en el momento de desconectar, pero la felicidad de volver a casa, aunque sólo sea por unos días, me ha hecho pensar en la tristeza de quienes no pueden hacerlo, ni saben cuando podrán.

Feliz martes, amigos.

Lorena.

Las malas lenguas siempre mueren.

A veces, es mejor guardar silencio. Porque la mayoría de las veces el silencio no es una falta de respuesta, sino que el silencio se convierte en la respuesta más sincera. Hay una frase en una de mis películas favoritas, La Vida es Bella, que me encanta y dice: “El silencio es el grito más fuerte”.

A veces, uno necesita silencio para responderse a sí mismo, para echar un vistazo a su alrededor y sonreír por lo que gusta, e incluso lamentarse por lo que está mal. Nos encontramos en una sociedad llena de ruidos, de relaciones sociales, de tecnología y comunicación durante las veinticuatro horas del día. Yo, personalmente, debo reconocer que soy una adicta a las redes sociales, a internet y la comunicación en general. Donde incluyo, por supuesto, las relaciones personales y la comunicación no verbal.

Hoy te quería contar que he decidido regalarme unos minutos de silencio. Quizás es gracias a un libro que terminé de leer hace unos días. En las fechas señaladas la gente sabe con qué regalo acertar y eso pasó en mi cumpleaños. Muchos de mis amigos me regalaron libros, los cuales, por cierto, aún tengo por leer. Mi amigo Marc me regaló varios, uno de ellos es del que te vengo a hablar. 99 Maneras de ser feliz, de Gottfried Kerstin, una guía de pequeños placeres que te ayudan a iluminar la vida, a valorar las cosas, a verlo todo desde otro punto de vista.

Soy una persona muy positiva, con mucha energía y os prometo que la mayoría de los días me levanto con ganas de comerme el mundo. Intento siempre vestirme con una sonrisa y salir a la calle sin dejarla en casa. Siempre suelo ver el lado bueno de las cosas  y de las cosas malas aprendo, como todos. También me lamento y también me duelen, pero si es cierto que las olvido facilmente. Y no es por nada, pero se vive muy tranquila si te tomas la vida así.  Por eso, quizás, nunca he sido mucho de libros de autoayuda (no porque crea que no los necesito, sino porque muchas veces me olvido de ellos). Pero éste, edición bolsillo, pequeño y fácil de leer, me ha enseñado que la vida hay que gozarla, disfrutarla, hay que vivirla y hay que ser feliz. 

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Otra de mis frases favoritas se la leí una vez a Alejandro Sanz en una dedicatoria de uno de sus discos, y decía: “Si todo el mundo supiera que funciona eso de trabajar codo con codo, en vez de a codazos…” y hoy, al pensar en el libro, hacerle caso y regalarme unos minutos de silencio, la he recordado.

El silencio me ha hecho pensar en la competitividad que no es sana, en la envidia profesional y personal, en la gente que necesita preocuparse e intentar solucionar la vida de los demás. Cuando esto pasa, este intento nefasto de solución no es una ayuda, sino un intento de destrucción. De destrucción que hay veces que afecta, y otras que te hace fuerte. Pues yo soy más de la segunda parte, porque es más saludable y porque hace tiempo decidí echar a la gente mala de mi vida en el momento de detectarla. Decidí rodearme de gente buena, de corazones sanos, de quienes se alegran por los triunfos y no sonríen ante los fracasos. De los que dan la mano, de los que te aprietan fuerte, porque como siempre digo, por suerte, a nuestros amigos los elegimos. 

 

“La envidia es la religión de los mediocres. Los reconforta, responde a las inquietudes que los roen por dentro y, en último término, les pudre el alma y les permite justificar su mezquindad y su codicia hasta creer que son virtudes y que las puertas del cielo solo se abrirán para los infelices como ellos, que pasan por la vida sin dejar más huella que sus traperos intentos de hacer de menos a los demás y de excluir, y a ser posible destruir, a quienes, por el mero hecho de existir y de ser quienes son, ponen en evidencia su pobreza de espíritu. Mente y redaños. Bienaventurado aquel al que ladran los cretinos, porque su alma nunca les pertenecerá”.

Carlos Ruiz Zafón.

 

Hace poco me enteré del daño que las malas lenguas intentaban hacerle a una persona a la que quiero, a la que quiero mucho. Y hoy el silencio me ha llevado a pensar en ella, a querer protegerla y mimarla, a estar a su lado y sonreír mientras aprende, mientras se hace fuerte y no deja que le afecte. A todas esas personas que se preocupan tanto por las vidas ajenas, sin estar en ellas, les aconsejo, desde mi humilde conocimiento, que lean 99 Maneras de Ser Feliz. Quizás sonríen un poco más y quizás la vida no les resulta tan amarga. Porque al final, las malas lenguas siempre mueren.

 

Feliz jueves, amigos.

Lorena.

Olor a café y emociones en ayunas.

No es muy temprano, pero tampoco demasiado tarde como para dar los buenos días. Al fin y al cabo, para mi el verano es eso. No tener que madrugar demasiado y menos cuando no te tienes que levantar para ir a trabajar. Y siempre que pienso en esto, me acuerdo de mis veranos y mi infancia En el pueblo, en la playa. El despertar y desayunar con mis abuelos, las mañanas frente a las series infantiles que nos regalaba la televisión y que hoy, por desgracia, no encuentro ninguna ni si quiera parecida. Me acuerdo de las horas de piscina, las risas con mi hermano y los juegos en la calle. Esos sí eran unos buenos veranos. Dónde los horarios no existían, donde los sueños permanecían intactos y dónde los problemas quedaban lejos, demasiado lejos.

Esta mañana he puesto la cafetera y con el sonido y el aroma del café, de repente, me ha bombardeado una sensación. ¿No os pasa, a veces, que un olor es capaz de transportaros a un recuerdo? ¿Cómo es esa magia cuando un olor en concreto te transporta a un momento que ocurrió hace años? Yo tengo dos olores favoritos, que siempre me hacen sonreír por encima de todas las cosas. Uno es el olor de casa de mis padres, ese olor que sólo una madre es capaz de impregnar en la ropa, esa dulzura que te hace sentirte feliz, que todo está bien, que estas con los tuyos. Otro, sin duda, es el olor de la piel de la persona que más quiero en mi vida. Porque el amor tiene la capacidad de regalarte el mejor olor y también es capaz de regalarte el olor que se clava a puñaladas, que hace daño. En este caso, el olor que a mi me gusta es el que me transporta la felicidad, la calma, la paz, la tranquilidad y la locura que ríe sin parar.

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Hoy, sin esperarlo, el aroma del café me ha llevado a pensar en el amor, en las horas sin dormir, en los nervios a flor de piel y la ilusión recorriendo con mucha fuerza cada poro de la piel.
No es que sea muy mayor, ni pueda hablar de una trayectoria larga en sentimientos y amores, pero como todo en la vida, cada uno, más joven o más viejo, tiene ya sus recuerdos almacenados, sus sentimientos guardados y sus historias en la espalda.
El ser humano, desde bien temprano cree que tiene la capacidad de haber amado y haber sufrido lo necesario como para reflexionar y aconsejar sobre la vida. En mi caso, echo la vista atrás y puedo contar amores y desamores, sonrisas y lágrimas, locura y rabia, pasión y dolor. Cada vez he amado de una forma distinta, no sé si más o menos, simplemente distinta. No sólo he amado a hombres. También he amado a amigos y amigas, a familiares y profesores, a gente que ha ido pasando por mi vida. Y es entonces cuando el aroma del café me ha hecho pensar en una ciudad que siempre sentí mía y en la que ya no vivo. Me he acordado de gente que estaba y ya no está. Me he acordado de los que a pesar del tiempo y la distancia han sabido seguir con fuerza. Me he acordado de los que amé y de quienes sigo amando. Y me he sonreído en silencio. Me he sonreído a mi misma porque he pensado que soy feliz. Muy feliz. Y es que en la vida, al final, sólo se quedan los que sintieron amor puro desde el principio, sin nada a cambio, sin odio ni maldad. Los que sienten amor del bueno, del de verdad.

El café me ha hecho pensar que quizás nunca me he enamorado como lo estoy ahora. Estoy segura que nunca lo he hecho. Y entonces me he sentido afortunada. Me he sentido la persona más afortunada del mundo. Por querer con fuerza y que me quieran. Por sentir esa fuerza que no tiene explicación, esa magia, esa sensación que crees que jamás existirá y que es invención del cine y la literatura, que nos han engañado y con ella han disfrazado nuestra vida real. Pero resulta que a veces pasa, cuando menos te lo esperas, pasa.

También hay gente que no se enamora jamás. Hay gente que quiere y vive, que sonríe, pero no se enamora con la fuerza que los libros escriben. Pero claro, ¿quienes somos nosotros para juzgar la forma de amar de cada uno?

Entonces he sentido pena y me he acordado de un libro que leí hace años. Este libro me lo prestó una persona tras leer uno de mis relatos, me dijo que me encantaría y lo devoré en cuestión de horas. “Carta de una desconocida”, de Stefan Zweig. En el libro, se narra la historia de un amor solitario, de una amor sin límites y un amor que, aún no siendo correspondido, viaja por el espacio y el tiempo durante una vida entera. Una de esas historias de amor que encogen el corazón y te hacen ver que la vida, muchas veces, resulta realmente jodida. Hay quien no abre los ojos a tiempo, y quien no lucha con fuerza contra el destino.

Hoy el aroma del café ha despertado en mi todo esto. Y te lo quería contar. 

Ahora os dejo, voy a prepararme el desayuno, que aunque no lo parezca, aún tengo las emociones en ayunas.

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Feliz martes, amigos.

Lorena.

Una copa de vino y sexo en Milán.

Teniendo en cuenta que hace sólo un par de semanas pasé unos días en Milán, seguro que a muchos de mis conocidos este titulo les va a confundir. Tranquilo, no vengo a hablarte de mi viaje, ni de mi romance, que podría, pero no. Vengo a hablarte de lo que más me gusta. De páginas y letras.

Los que me conocen saben que soy melodramática por naturaleza, que la vida me ha regalado con generosidad una sensibilidad que me hace vivir las emociones de una forma intensa. Tanto las buenas, como las malas. Cuando cuento algo bueno, la gente me dice: “Por qué te pasan cosas tan emocionantes?”. No saben que quien las hace emocionantes soy yo al contarlas. Las vivencias no son extraordinarias, son normales, como las de cualquiera. Pero claro, cuando me pasa algo malo, lo paso realmente mal, porque todo me afecta, quizás demasiado. Ya sabes, todo tiene su lado positivo y su lado negativo. Por suerte suelo vestirme con una sonrisa cada mañana y afrontar con alegría cada día.

Conocí a Ana Milán a través de la televisión, como quizás también la conociste tú. Un día alguien debió mencionarla en Twitter, algo hizo que ella se cruzase entre los tweets que leía y empecé a seguirla. Me parece divertida y graciosa. Tiene sentido del humor y las palabras adecuadas para cada momento (claro, además de actriz, también es periodista!).  Sexo en Milán comenzaba a ser un tema de actualidad. Ana Milán se hacía eco de las criticas que recibía de sus seguidores a través de la red social. Parecía atractivo. Me picaba la curiosidad y claro, había que leerlo.

Hoy te quería contar que hay libros que merecen ser leídos con una buena copa de vino. Yo suelo ser de novelas largas, de dramas y misterios, de historias de amor imposibles, de momentos clandestinos y sufrimientos románticos. Pero a veces, es necesario leer para reír. Y para sonreír.

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Sexo en Milán es uno de esos libros que me ha hecho reír, mucho. Para estos días de calor lo ideal es tropezar con un libro fresco, entretenido, divertido y ameno. Estos son los ingredientes principales que se entremezclan con recetas de cocina, amistad y amor, entre las páginas de color rosa que ella nos brinda.

Recuerdo que leí este libro en una de esas épocas tontas que a veces el amor (más bien el desamor) te regala. En una de esas épocas tontas en las que los hombres resultan un problema, y sientes que cuanto más lejos les tengas, más feliz serás. Una de esas épocas en las que necesitas que tus amigas te abracen sin parar, en las que necesitas sentarte en un sofá con ellas a reír y a llorar durante horas, hablando tonterías o intentando solucionar el mundo. Una de esas épocas en las que lo único que necesitas es mimarte. Y encontrarte a ti misma.

Me sumergí en las páginas de Ana Milán y me camuflé entre sus palabras, hasta tal punto que podía sentirlas mías. Me sentí identificada y me vi reflejada en muchas anécdotas, vi reflejadas a mis amigas, vi reflejados sentimientos y entendí que podrán cambiar los personajes y los escenarios, pero al final, no somos tan distintas.

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Recuerdo perfectamente cómo me sentí en el momento que acabé el libro. Me apeteció ponerme unos tacones, pintarme los labios rojos, tomarme una copa y comerme el mundo entero, ahí, en ese mismo instante, y en un momento.   Recuerdo que lo escribí en Twitter, y recuerdo que mi amigo Tomás me contestó: “Hazlo“.

Porque Sexo en Milán es “un libro de chicas, para chicas, que deberían leer los chicos“. 

Al final, las épocas tontas del desamor siempre pasan. Y el amor vuelve, con más fuerza que nunca, de la mano de quien menos te lo esperas. Y entonces te quedas en silencio y sonríes, y cuando besas, sientes que estás besando por primera vez. Porque sí, siempre pasa.

Por si no lo conocías, te presento Sexo en Milán porque hay libros que están hechos para mimarte, y merecen que los leas pensando solamente en ti (a veces no está mal ser un poco egoísta), con una sonrisa y una buena copa de vino.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

Anoche me comí a Carlos Ruíz Zafón.

“Marina me dijo una vez que sólo recordamos lo que nunca sucedió”, y Marina es uno de esos libros que llevo en mí, en mi alma y mi memoria. Siempre.

Hace mucho tiempo que descubrí a mi escritor favorito, Carlos Ruíz Zafón. De hecho, hoy, por suerte, sus libros venden miles y miles de ejemplares, pero yo descucbrí La Sombra del Viento cuando casi nadie lo conocía. Me enamoré de cada una de las palabras, de cada uno de sus personajes, de cada una de sus frases, de cada una de sus historias, y le juré amor eterno. Pero pronto te hablaré de ello, hoy no.

Hoy te quería contar que ayer fue mi cumpleaños, y dicen que la felicidad no es felicidad hasta que no la compartes con los demás. Por suerte, tengo mucha gente con la que compartir la mía.

A medida que pasan los años, me doy más cuenta de la importancia que tiene rodearse de gente buena, recargar las energías de esa gente que te quiere y a la que quieres, y lo necesario que es echar a la gente que te hace daño fuera.

Ayer pasé uno de los días más bonitos de mi vida, y mira que llevo 26 años celebrando cumpleaños… pero ninguno había sido como este. Hace tiempo que siento que mi felicidad ha alcanzado la cima. Porque sí, la felicidad absoluta existe. Y sólo consiste en valorar lo que tenemos, disfrutarlo, exprimirlo y saborearlo al máximo.

Marina es uno de esos libros que cada vez que leo me arranca una sonrisa, uno de esos libros que cada vez que cierro cuando lo termino, me hace llorar como si fuese la primera vez que lo descubro. Supongo que en eso consiste la magia de la literatura. Bueno, supongo no. Estoy segura de ello.

Ayer tuve una fiesta sorpresa, con las personas más importantes de mi vida. Ayer fue una noche hecha de sueños, e inventada para soñar. Y Marina se convirtió en mi tarta de cumpleaños.

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Nunca había visto una tarta más bonita, y nunca podría haber sentido una tarta tan mía. Hoy quería compartir mi felicidad contigo, quería enseñarte mi preciosa tarta, y quería dar las gracias a las personas que me endulzan cada uno de mis días. Sobretodo, quería darle las gracias a Raquel, una persona que me quiere y a la que quiero. La persona que puso todo su amor y toda su imaginación en crear el pastel de mi vida. Ella supo transportar los sentimientos a través de las manos y crear, pensando sólo en mí, esta maravilla. No sabes cómo me emocioné y cómo estoy de agradecida.

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Os invito a visitar la página “Sucre i xocolate” en Facebook, descubriréis verdaderas maravillas que estoy segura os sorprenderán.

Yo, por mi parte, nunca me imaginé que Carlos Ruíz Zafón y yo nos encontraríamos de esta manera. Con una taza de café, con muchísimo azúcar y hablando de Marina. Tampoco me imaginé que nos acompañaría El Prisionero del Cielo, que fue el tercer libro que publicó de los cuatro que formarán la trama de La Sombra del Viento, ni me imaginé que me lo comería.

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Nunca os olvidéis de sonreír cada día, de disfrutar de la vida.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

Adiós dos veces…

Te quería contar que los miércoles siempre me han gustado. Los miércoles saben a esa mitad de la semana que te despierta una sonrisa, te acerca al descanso y te hace sentirte mucho más feliz que el lunes, por ejemplo, aunque sólo los separen un par de días. Pero hoy ha sido un miércoles raro, gris, apagado y muy, muy triste para la cultura de este país.

Hemos empezado el día con la noticia de la muerte de Jesús Robles, fundador de una de las librerías más especiales y con más encanto de Madrid. Robles nos enseñó que el cine también se lee, y fusionó sus dos pasiones en un espacio maravilloso que regentaba junto a su esposa en el centro de la ciudad.

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La librería Ocho y Medio es un lugar emblemático para los amantes del cine. Situada en la Calle Martín de los Heros, se convirtió en el rincón favorito de muchos seguidores del cine y la literatura, así como el de muchos actores, directores y escritores. Según cuentan, Robles se ganó el cariño y respeto de todo el gremio. Su interés y su pasión por el séptimo arte le llevaron a ocupar un lugar privilegiado en el corazón de muchos profesionales. Y así se ha demostrado hoy en las redes sociales, dónde las muestras de cariño han sido interminables.

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Alex de la Iglesia, por ejemplo, escribía en Twitter: “María, ánimo. Te quiero @Libros8ymedio ” (Refiriéndose a la esposa del fallecido), o Maruja Torres, que decía: “La gente como Jesús Robles no muere: se va a la pantalla”.

A la librería Ocho y Medio no le hace falta publicidad. Hace muchos años que eso no es necesario. Pero si te gusta el cine, deberías pasar a echarle un vistazo porque estoy segura que te enamorará. Lamentablemente, no será Jesús Robles quien te atienda, pero estoy segura que esas cuatro paredes han querido empaparse de su magia para siempre.

Además, la librería cuenta con una maravillosa terraza dónde tomar un café rodeado de libros y arte. Sólo recomendado para los verdaderos amantes de la cultura.

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El día ha seguido y unas horas después se confirmaba la muerte de la periodista Concha García Campoy, que ha fallecido en un hospital de Valencia, tras varios años luchando contra la leucemia.

A sus 54 años, y con una carrera profesional más que admirable, la periodista ha dejado un vacío impactante entre compañeros y profesionales.  Tras una vida dedicada a la radio y la televisión, con numerosos premios y galardones como el Premio Ondas o el Micrófono de Oro, entre otros, Campoy trabajaba desde 2011 en la Dirección del Informativo matinal de Tele 5 (Mediaset), siendo éste su último trabajo.

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Como en el caso de Robles, el revuelo en las RRSS no se ha hecho esperar. Conmoción y dolor se mostraba en Twitter por su pérdida. Entre los miles de comentarios, Elvira Lindo, por ejemplo, publicaba: “Se fue Concha García Campoy. Colaboré con ella en la radio. Fue una maravilla, como amiga y como directora. Lo siento mucho”, o el periodista Jordi Évole, que decía:”Uno de mis primeros recuerdos radiofónicos: A vivir que son dos días. Gracias Concha García Campoy. Mucha pena”.

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Decir adiós nunca es agradable. A casi nadie nos gusta. Por suerte, en la vida hay personas que, aunque no conozcamos, son capaces de robarnos un trozo de corazón cuando se marchan, cuando nos tenemos que despedir de ellas. Porque hay personas que son capaces de brillar con fuerza y son admiradas. Mucho. Hoy siento mucha pena, porque no hemos tenido que decir solamente un adiós, sino que hemos dicho adiós dos veces y  hoy no tengo mucho más que añadir.

Ha sido un miércoles raro, gris, apagado y muy, muy triste para la cultura de este país.

 

Buenas noches,

Lorena.

Él, que escribió la carta.

Hoy me he levantado un poco nostálgica, lo estoy cada vez que pienso en él. 

Te quería contar que cuando decidí empezar a escribir este blog sabía que tarde o temprano te hablaría de uno de los escritores que más ha marcado mi vida. Y también sabía que esto sucedería temprano, antes que tarde.

Soy una de esas personas a las que le encanta recordar, viajar por los recuerdos de mi memoria, que por suerte, tengo mucha…

Yo tenía 17 años y estudiaba segundo de bachiller. Por entonces, con los nervios que caracterizan el curso que desemboca en la selectividad, éramos muy pocos los que decidimos escoger como optativa la asignatura de literatura. Y fue una suerte. Nuestras clases de literatura se convirtieron en un pequeño mundo, dentro de un instituto. Durante esa hora, nos trasladábamos a cualquier café, a cualquier momento de la historia, a cualquier ciudad y gozábamos compartiendo historias, opiniones y sueños. Pensar en aquellos momentos siempre me arranca una sonrisa. Nostálgica, pero sonrisa.

 

Creo que José Luis Sampedro es uno de esos regalos que la historia ha querido regalarle al mundo. Uno de esos genios que nacen cada mucho tiempo, para llenar de luz este mundo de tinieblas que aparentemente está lleno de colores, para abrir los ojos de los que ven sin mirar, o despertar oídos de quienes oyen sin escuchar. Es uno de esos hombres que nacen simplemente para hacer la vida mucho mejor a los demás, para dejar su sabiduría impregnada en el espacio y el tiempo, uno de esos hombres que pasan por aquí y se quedan para siempre.

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En aquella clase de literatura, nos presentaron a Sampedro y a La Vieja Sirena. Una novela histórica que no es más que un canto a la vida, al amor y la tolerancia. Uno de esos libros que vayas donde vayas, siempre te acompañarán. La historia nos enamoró a todos, pero a una de mis compañeras la cautivó. Ella lo catalogó como el libro más increíble que había leído jamás, se enamoró y sé que durante mucho tiempo ocupaba parte de sus pensamientos. Sólo éramos unas niñas, pero ella decidió escribirle una carta al escritor, humanista y economista. Sabíamos que no iba a contestar, por aquel entonces, Sampedro tenía 88 años, y su vida estaba en Tenerife, donde pasó los años de un merecido descanso y paz.

Estoy segura que a Sampedro le cautivó la delicadeza, la ternura y la admiración que flotaban entre esa inocente carta que mi amiga Lourdes le escribió. Lo imagino sonriendo, con una vida llena de reconocimientos y halagos, recibiendo aquella carta a puño y letra de una estudiante adolescente, de un pueblo perdido de Valencia. Lo imagino y os prometo que se me llenan los ojos de lágrimas. Porque Sampedro contestó. Él, a sus casi 90 años de edad, contestó la carta.

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Un día cualquiera, en ese buzón entró una carta que nos llenó de esperanza a los siete u ocho estudiantes que amábamos la literatura, que asombró a nuestra querida y admirada profesora, y que llenó de vida la ilusión de mi amiga. Sampedro era miembro de la Real Academia Española desde 1990, y si no me equivoco la carta llegó poco antes de Navidad. Recuerdo perfectamente que era una postal, con una Ñ gigante en su portada y algún dibujo sobre el gran caballero de la Mancha, por entonces se celebraban los 400 años de la publicación de la novela de Cervantes.

 

Una postal, con la letras de Sampedro, su letra. Un tesoro. En ella agradecía la admiración, la inocencia y la sensibilidad, poco común, en una persona de esa edad, le pedía a mi compañera que nunca dejase de escribir y se sentía fascinado por la carta que había recibido.

 

Hace unos meses, me desperté con la noticia de la muerte de José Luis Sampedro. Me preparé un té rojo, y me senté en la cocina. Busqué mi ejemplar de La Vieja Sirena y lloré en silencio. Aquel día supe que una parte de la literatura se apagaba para siempre. Aquel día las letras lloraban y las palabras gritaban de dolor. Nos dejó una de las personas más grandes que han visitado el mundo en los últimos tiempos. Por suerte, nos dejó muchas cosas. Nos dejó su sabiduría en novelas, libros, conferencias y discursos que nunca morirán. Dicen que mientras nos recuerdan, siempre seguimos vivos. Él, por suerte, no será olvidado jamás. A veces pienso qué pasa cuando la vida se lleva a un ser humano así. Creo que se debe quedar un vacío grande en el mundo, que alguna parte de él se debe apagar para siempre…

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Se me llenan los ojos de lágrimas mientras escribo estas palabras, porque como bien le dedicó en su día Mecano a Dalí “los genios no deben morir”.

 

Feliz martes, amigos.

 

Lorena.