Empezó mi vida…

Cuando me marché y escribí el último post, tenía claro que hoy era el día que iba a volver. A veces, los planes no salen como uno quiere. Hace dos días que llegué a España y en menos de 48 horas he tenido que hacer muchos km para ir hasta casa a arropar a mi familia, para despedirme de un ser querido, y hacerle frente a la muerte, que es lo único que temo en la vida… Hoy ha sido un día muy triste y os prometo que no creía tener fuerzas, pero tras llegar (de nuevo) a Madrid y estar en el sofá, me he dado cuenta que esto era lo único que me podía desahogar: escribir.

Estas dos semanas en París han sido de las mejores de mi vida. Si de por sí esa ciudad enamora, yo he tenido la suerte de conocer y rodearme de personas increíbles que no me han dejado sola en estos quince días, que me han abierto los brazos desde el minuto cero y que me han hecho sonreír constantemente. París es una ciudad que enamora, cada rincón, cada calle desprende una magia inexplicable… y como no podía ser de otro modo, tenía que volver con un relato, con una historia imaginada en esa ciudad de ensueño… Ya había escrito alguna vez sobre ella, sin conocerla, pero esta vez, estoy segura que será diferente. Leed despacito, como siempre…


Empezó mi vida

Las ganas de comerme el mundo siempre me jugaron malas pasadas. Aquel martes no había sido un buen día. Marta gritaba al teléfono, reprochándome un sinfín de historias que a mi ya me cansaban. La quería, la quería con todas mis fuerzas, pero sin embargo, aquella no estaba siendo una buena época. Llevaba meses pensando que todos tenemos malas rachas y que aquello, tarde o temprano, tenía que cambiar. Sólo faltaban dos semanas para que yo volviese a España y seguro que, entonces, con el verano, los planes y el reencuentro, todo volvería a estar en su lugar. Llamé a Antonio esperando que me ofreciese un buen plan, necesitaba salir de casa y París en una tarde de julio tenía toda la vida que yo anhelaba. Sabía que él no me iba a fallar, él siempre sabía cómo organizar los días y cómo hacer de cada uno de ellos una aventura. A las siete en punto nos reuniríamos en Bastille para ir a tomar unas cañas. Decidí salir de casa con la sonrisa puesta, más por necesidad que por casualidad, pero lo que nunca imaginaba es que esa sonrisa iba a ser mi única aliada en los próximos días… Antonio y el resto de gente de la oficina me esperaron puntuales, había alguien a quien yo no conocía. Ni si quiera me fijé bien en ella. Me la presentaron, sin más. Era la hermana de Juan, otro de mis compañeros, y había venido a pasar unas semanas a la ciudad del amor para hacer turismo e intentar buscar un trabajo que le asegurase un futuro mejor. Sigo sin entender qué fue lo que pasó. No sé en que momento empezamos a hablar, no sé en que momento nos empezamos a reír o en qué momento cogimos la confianza suficiente como para gastarnos bromas que nadie más podía entender… Lo único que sé es que unas horas después deseé que el mundo desapareciese y me olvidé de todo lo que había en él.

La mañana siguiente me desperté pensando en ella, sin saber muy bien cómo ni por qué. Sabía que tenía poco tiempo y quizás la debilidad en mi relación con Marta, quizás la novedad y las circunstancias o quizás el destino hicieron que aquel día y todos los que vendrían a continuación me inventase mil excusas y mil planes en grupo para poder volver a verla. Propuse fiestas y turismo, cualquier cosa que a ella le pudiese interesar. Necesitaba, de forma inexplicable, verla y hablar con ella. Conseguí hacer todos esos planes, el verano también ayuda a salir a recorrer la ciudad, a sentarse en los bares, a beber cerveza fría, a ver caer la noche y ver las luces intermitentes que cada hora en punto llenan de magia la Torre Eiffel. ¿Qué me estaba pasando? Yo, que estaba completamente enamorado de mi chica, a la que durante tres años había visto superior a cualquier mujer, con la que sabía que quería compartir el resto de mis días, el resto de mis vidas… Algo cambió y algo falló en aquella tarde de martes en la que tuve que recoger con fuerza mi sonrisa para salir de casa.

Dudé mucho en contarle mis sentimientos o no… ¡Era una locura! Tenía unos cuantos años más que yo, un chico que la esperaba, una vida en otro país, unos planes de futuro sin mí. Pero a veces, en la vida, cuando dos personas se cruzan, sus caminos encuentran un punto de unión tan fuerte que la conexión es brutal, explosiva, inexplicable, irracional… Ni si quiera la conocía realmente y no podía dejar de pensar en ella. Me robó el alma, el corazón y los días. Me conformaba con verla sonreír, con escuchar su voz, con aguantarle la mirada y ver a través de sus ojos que ella sentía exactamente lo mismo que estaba sintiendo yo. A veces, esa conexión es tan fuerte que sobran las palabras… Aquel viernes decidimos salir. El Pont Alexandre III nos acogió bajo sus luces, con toda esa gente que estaba ahí, desde cualquier ciudad de Europa, desde cualquier rincón del mundo, compartiendo risas, botellas de vino y amores de verano… Bebimos más de la cuenta y la noche nos invitó a vivir. Bailamos y reímos casi hasta el amanecer y entonces, todavía me preguntó por qué, le dije:

-No hace falta que te lo diga, ¿verdad?

Sonrió y negó con la cabeza, con una tristeza que en cuestión de milésimas de segundo se había apoderado de  su mirada.

-No… no hace falta, pero sabes que es imposible.

Asentí y le di un abrazo. Me conformé con un abrazo. Yo, que siempre había sido de luchar por los imposibles, de convertirlos en posibles. Yo, que la había conocido hacía solamente tres días y no podía dejar de pensar en ella. Yo, que prefería caer mil veces antes que no haberlo intentado. Yo, que en aquel momento olvidé que tenía que volver a España y que ella volvería a Italia… Yo, que había olvidado que tenía una vida en la que ella no estaba. Yo, que había olvidado que ella tenía otra en la que yo no pintaba nada.

Seguimos viéndonos y coincidiendo, entre miradas cómplices y sonrisas a medias. La sentí distanciarse de mí, la vi alejarse de forma sutil, como se alejan los que no quieren hacer daño… Mientras iba contando los días y sabiendo que cada minuto era uno menos, y que cada día que pasaba ya no iba a volver. Entonces, empecé a sentir miedo porque sabía que sin querer, había empezado a quererla, con todas mis fuerzas, desde aquel martes de julio en el que el destino quiso que nos encontrásemos.

Me estaba volviendo loco, me ponía nervioso si pensaba en ella… Necesitaba salir de trabajar y encontrarla. Necesitaba escuchar su voz.  Me creí el imposible y empecé a querer, simplemente, verla sólo una vez más, porque empecé a tener miedo, empecé a temer no volver a verla y empecé a repetirme, una y otra vez, que me estaba volviendo loco… Me había enamorado, locamente además, de alguien a quien ni si quiera conocía, alguien a quien seguramente había idealizado en mi cabeza y alguien a quien seguramente no podría tener jamás. Me sentía culpable y egoísta… ¿Cómo podía sentir tanto por alguien a quien había visto cuatro veces en mi vida? Y entonces supe que no podemos sentirnos culpables por sentir… Porque sentir amor, sea en la condición que sea, es lo que realmente nos enciende el corazón y nos hace temblar el alma… Y además de París, no hay nada más mágico que eso.

Sabía que podía ser un gran error, pero no pude evitarlo. Faltaban dos días para coger aquel avión que me llevaría de vuelta a unas vacaciones que venían en forma de realidad, una realidad que me estaba atormentando. Le envié un mensaje y la cité en las escaleras de Montmartre para beber unas cervezas, para reírnos de las risas y sentir la ciudad a nuestros pies justo en el momento del atardecer… Apagué el teléfono. No quería ver la respuesta. Cogí el metro y fui hasta allí para estar puntual a la hora prevista. Esperé cinco, diez, quince, veinte minutos… Esperé una hora, esperé dos… Vi a muchas chicas rubias a lo lejos, con la sonrisa en los labios y su imagen se me borraba al tenerlas cerca… Me había equivocado, y lo peor, me había metido en una burbuja de un mundo que no era el mío, en un lugar donde no tenía que estar, suplicando poder ver a la mujer que no tenía que ser… Decidí hacer el camino de vuelta andando, perdiéndome entre la noche parisina, entre los jóvenes que se devoraban a besos y las familias que paseaban disfrutando del verano… Me sentí estúpido y avergonzado. No esperaba encontrar un mensaje cuando encendiese el teléfono. Bueno, miento. Sí lo esperaba. Esperé a llegar a casa y lo encendí. Me había escrito quince minutos antes de la hora a la que yo la había citado, me había escrito un: “Lo siento, me es imposible. Cuídate mucho.”, que me provocó una pequeña carcajada que me quemó el alma y la voz.

No le volví a escribir, pero no podía dejar de pensar en ella. Era incontrolable. El mismo domingo que cogía mi avión de vuelta, me crucé con Antonio y entre risas, estupidez y vergüenza, le conté lo que me había pasado…

-Yo estaba con Juan en ese momento. Ella estaba subiendo a Montmartre cuando su novio la llamó, por sorpresa, para decirle que estaba aquí. Me parece, amigo mío, que si no hubiese sido por ese pequeño detalle, habría acudido a la cita.

Sonreí cabizbajo y quise quitarle importancia. Nada, absolutamente nada, sucede por casualidad. Quizás tenía que ser así, tenía que aparecer él para evitar que yo la viese, para evitar que el mundo se desmontase a nuestro antojo, cuando ambas vidas respiraban tranquilas en su rutina y estabilidad. Me recuerdo perfectamente en el aeropuerto, apurando un cigarro en silencio, respirando el aire de París, sabiendo, a ciencia cierta, que cuando volviese dos meses después, ya nada volvería a ser como antes. La ciudad en la que había vivido los últimos dos años había cobrado vida en sólo dos semanas.

Cuando vi a Marta me sentí un cobarde y el mundo se me vino abajo cuando aquella noche, entre besos y sonrisas, quise hacerle el amor y sólo fui capaz de pensar en Isabella…

Dejé mi vida, dejé mi relación, dejé mi mundo porque me estaba encerrando en una mentira. Dejé todo de lado por una ilusión, por una chica mucho más mayor que yo, a la que sólo había visto sonreír entre cervezas, con la que sólo había hablado de la vida… Dejé todo de lado por una chica a la cual no había acariciado, a la cual ni si quiera le había robado un beso, una chica de la cual no sabía cómo era su aroma, cómo olía su pelo… ni si quiera cual era su película, su canción o su comida favorita… Dejé de lado mi mundo por un amor imposible, por una historia surrealista, por una persona que el destino había cruzado en mi vida para hacerme vivir de una forma que no conocía… Para hacerme sentir, aunque resultase imposible, que me estaba enamorando por primera vez… de alguien a quien no conocía, como las historias de verano, las de cuando tienes quince años. Ella, a la que no sabía si volvería a ver alguna vez en la vida… Hasta aquel día, dos meses después, en el que recibí un mensaje que decía: “No he dejado de pensar en ti… Te espero en Montmartre, esta vez de verdad”.

Y entonces, sólo entonces, empezó mi vida…

HIce esta foto desde el metro, camino a Trocadero y supe, desde aquel instante, que tenía que escribir sobre esta ciudad mágica...

HIce esta foto desde el metro, camino a Trocadero y supe, desde aquel instante, que tenía que escribir sobre esta ciudad mágica…

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

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2 pensamientos en “Empezó mi vida…

  1. Paris tiene algo extraño: tiene la vida y el jaleo de una gran ciudad y la tranquilidad y encanto de perderte entre sus calles y rincones llenas de luz, alegría…. de su magia. Has vuelto por la puerta grande, con mi debilidad: tus relatos… ¡y que relato!

    Siento mucho lo que te ha pasado, pero no queda otra que aprender a vivir con ese dolor. Fuerza, ánimo y disfruta lo que puedas de tu vuelta.

  2. Hola Lorena cada vegada que lligs alguna cosa teua es que m’aborrone !!!! cada dia ho fas millor guapa . Quan presentes algun llibre a l’Olleria avisam ehhh !!!! bsts
    Belen Esteve .

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