Olvidé olvidarme de ti.

Como muchos ya sabéis porque me leéis en mis redes sociales, estoy viviendo un momento de muchos cambios profesionales en mi vida… Cambios muy bonitos que recibo con muchas ganas y energía. Un nuevo trabajo, el placer de haber podido acariciar ya mi primer libro (Me olvidé decir te quiero y otros relatos cortos será vuestro a partir de septiembre y yo me muero de ganas)… Estos están siendo días de emociones muy fuertes para mí, días de lágrimas, risas, miedos y sueños… y no hay una mezcla de sentimientos más bonita. Y hoy, de todas las cosas que te quería contar, no se me ha ocurrido nada mejor que escribir un relato… Para acabar así un martes de sol y verano, de los que el día dura hasta bien tarde y en los que acabarlo leyendo puede resultar la mejor opción.

Leed despacito, como siempre…


 

Olvidé olvidarme de ti.

De entre todas las historias que han ido formando, paso a paso, los capítulos de mi vida, la nuestra siempre me pareció especial, porque tú llegaste de forma especial para hacer de nosotros algo mágico e irrepetible… Aquella noche de junio, entre aquella marea de gente, podría haber conocido a cualquier persona o tú podrías haber conocido a cualquiera, y no sé si fue aquel empujón torpe que tanto te molestó lo que acabó por robarte una sonrisa o simplemente era la magia del lugar… Porque la música es magia y eso lo sabíamos antes de conocernos. Si nos hubiesen preguntado, seguramente no habríamos encontrado un escenario mejor que aquel concierto de aquel grupo que tanto nos gustaba, en una ciudad que solíamos frecuentar, donde el olor a mar se llevaba consigo todas las penas. Aquellas cervezas de más, aquel olor a crema en la piel calmando el reflejo impregnado del sol, aquellas ganas de bailar… Aquella noche de junio.

A medida que pasaron los meses y te fui conociendo, me sonreía a mí mismo y me decía que no había sido una casualidad, porque desde entonces, más que nunca, empecé a afirmar contra todo pronóstico que las casualidades no existen, que la vida está marcada por pequeños detalles que de alguna forma alguien ha preparado para que haya caminos que acaben por encontrarse, que haya vidas que tengan que tocarse… A veces, y tampoco por casualidad, estas vidas se tocan en el momento equivocado, o se tocan de una forma confundida, dejada llevar por la emoción y pasión de las cosas nuevas… A veces, esas vidas se tocan para hacerse daño, aunque tarden un tiempo en saberlo. A veces, un pequeño detalle puede cambiar el rumbo de una vida.

Sin ninguna duda, aquellos fueron los mejores años de mi vida, y tú siempre decías que la vida dura muy poco y que había que celebrarla constantemente, había que celebrarla con una sonrisa, había que celebrar simplemente el estar vivos. Aprendí tantas cosas de ti… Sin ser consciente, me contagiabas tu magia, y no sólo aprendí a ver las cosas desde otro punto de vista, sino que creo que aprendí a ser mejor persona, aprendí a valorar los detalles insignificantes, aprendí a querer más a quienes me rodeaban y aprendí a entregarme sin esperar nada a cambio cuando mi corazón me lo dictaba. No sé si te dije las veces suficientes lo mucho que me gustabas, lo mucho que me gustaba despertar a tu lado, recibir un mensaje imprevisto a cualquier hora del día, u oler tu piel mientras dormías… No sé en qué momento, entre tantas cosas bonitas, empecé a descuidarte para que finalmente te fueses de mi vida, no sé porque no le di importancia cuando me lo advertías… No sé que es lo que hice mal, no sé si me centré demasiado en mi trabajo, no sé si hice de las cosas especiales una simple rutina que acabó consumiéndote a ti, que necesitabas tanta energía diaria para sobrevivir. Tú, que para sonreír, necesitabas estar en todo momento en la cima de una montaña rusa, porque no te gustaban las bajadas y porque, por alguna cosa u otra, no eras capaz de soportar los momentos en los que no se podía ser feliz al cien por cien. No te culpo, cada uno es como es…

Te recuerdo en un final lleno de silencio, apagada, con una mirada que ya no me miraba como antes, con una carcajada que ya no resonaba en toda la casa… No eras capaz de decir nada y cuando te preguntaba me decías que estabas perdiendo la ilusión… Y yo, que te quería más que a mi vida, no sabía como controlar aquello, como cambiarlo, como no dejar que se me fuera de las manos… Te repetía que te quería y me explicabas que eso no te valía y sólo con el tiempo aprendí que no se quiere con palabras… Que los seres humanos, las historias y la vida, están construidos de hechos a los que acompañan las palabras, pero que sin lo primero, lo segundo no tiene ningún sentido. Eso lo aprendí con el tiempo, demasiado tarde, demasiado lento.

Fue aquella mañana de sábado cuando te olvidaste el teléfono en el momento de ir a la ducha y empezó a sonar, vi un nombre que no me sonaba de nada y quizás por esa razón me apuñaló el corazón, quizás fue un sexto sentido, o quizás… quizás a día de hoy todavía no sé lo que fue. Yo, que nunca había estado celoso por nada… Empecé a entender, sin saber cómo ni por qué, que algo fallaba, y que algo estaba pasando, mucho más real y duro de lo que me había imaginado.

No he conocido a nadie más valiente que tú, de verdad lo digo. No es fácil sostener la mirada para explicar que el amor se acaba… para explicar que has dejado de querer, que se te fue la ilusión de tal forma que vació todos tus sentimientos, que no sabías realmente de quien había sido la culpa, que no querías buscar culpables, pero simplemente necesitabas salir de ahí… y cuando dijiste “ahí” no te referías a esa casa que era nuestra, ni a esa habitación que tantos besos y caricias guardaba en la memoria de sus paredes, con ese “ahí” te referías a salir de nuestra historia, necesitabas empezar una tú sola, o con alguien que no era yo… Necesitabas buscar otras formas de ser feliz, de ser feliz de una forma que, según tú, ya ni recordabas.

Entonces lloré. Lloré de rabia y me llené de odio…

Te vi recoger hasta tu última camiseta y vi como esa habitación y esa casa se quedaron completamente sin alma. No supe luchar, porque entendí que la guerra estaba perdida, la guerra había acabado hacía demasiado y yo ni si quiera me había dado cuenta. En vez de reflexionar y preguntarme por qué había pasado aquello, en vez de intentar saber qué había fallado, no fui capaz de asumir culpa alguna y entre todo mi odio y toda mi rabia, decidí olvidarte.

Decidí olvidar cada una de tus risas, decidí olvidar tu forma de andar, decidí olvidar tus lágrimas, tus besos, tus caricias, decidí olvidar tus películas favoritas, tus canciones y los libros que más te gustaba leer, decidí olvidar tu olor, decidí olvidar tu mirada, el tacto de tus manos, los lunares de tu espalda y tu número de teléfono.

Decidí olvidarte entregándome a otras, con rabia y rencor. Decidí olvidarte intentando buscar a alguien que pudiese sustituirte y cuando creía que lo había conseguido, un pequeño detalle o cualquier forma de ver el mundo, me daban una bofetada de realidad insoportable.

Te odié durante mucho tiempo. Intenté no saber nada de ti, pero en el fondo sabía que serías feliz, porque tú eres una de esas personas que no se quedan quietas si no logran ser felices, eres una de esas personas a las que la vida, sin ninguna duda, debe tratar bien.

No sé cuantos años han pasado desde la última vez que te vi… pero hoy, por una de esas jodidas (no) casualidades de la vida, he visto una foto tuya en una red social. Sonreías como cuando yo te conocí, como aquella noche de junio en la que un concierto y un par de cervezas nos presentaron, sonreías como muchos meses después te vi sonreír y como otros muchos después te vi dejar de hacerlo… Y entonces, sólo entonces, me he dado cuenta que a pesar de todo el empeño por odiar y olvidar, lo único que olvidé fue olvidarme de ti.

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Imagen de Google.

*A veces, simplemente hay que saber valorar las cosas que tenemos en nuestras vidas e intentar no descuidarlas ni un sólo día.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

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Fui al teatro… y me reí mucho.

¿Alguien de l’Olleria podría imaginar que en una obra de teatro, en pleno corazón del centro de Madrid, se pronunciase el nombre de nuestro pueblo? Pues ayer pasó… y hoy te lo quería contar.

Hace sólo unas semanas, publicaba aquí una entrevista a David Laguía, Kirian Sánchez y Lucía Ramos para hablar de su obra de teatro: Porno Star. Ayer, por fin, me acerqué con unas amigas a los Teatros Luchana a disfrutar de ellos.

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Ya sabéis lo mucho que me gusta la gente con talento y lo mucho que me gusta la gente con ganas e ilusión. Ayer, sobre el escenario, vi a ocho actores con ganas de comerse el mundo, entregados, locos, divertidos e impecables, representando una obra que es suya, en todos los sentidos. David Laguía, Kirian Sánchez, Lucía Ramos, Belén CE, Rubén Bernal, Mario Alonso, Laura Calero y Marta Wall, bajo la dirección de Darío Facal, son los guionistas, productores y protagonistas de esta comedia que ayer llenó el teatro e hizo ponerse al público en pie.

Si os digo la verdad, tenía grandes expectativas. Algunos de los actores son muy amigos míos, les conozco desde hace años y sé lo mucho que trabajan y luchan por hacer de su vocación su profesión, es obvio que les quiero mucho y que creo en ellos. Sabía que me iban a gustar. Lo cierto es que mis expectativas se superaron con creces, y no sólo es que me gustasen ellos y me gustase el resultado de su trabajo, de su creación y de su esfuerzo; es que me encantaron. Me encantaron a mí y encantaron a todos los que estaban allí, que llenaron el teatro de carcajadas y buena energía.

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Ellos están brillantes, con unos personajes muy peculiares, cada uno con algo especial… Y la obra no puede ser más divertida. Porno Star es una mezcla de locura, humor, diversión y arte, convertida en una explosión de trabajo bien hecho. No puedo estar más orgullosa de ellos. De verdad.

Los recién estrenados Teatros Luchana se encuentran en la calle Luchana, en pleno centro de Madrid, un espacio moderno que estoy segura se convertirá, con el tiempo, en un clásico de la capital. Llegamos bien justas, pero llegamos cuando la gente todavía estaba en la cola para entrar. Buscamos nuestros asientos, se apagaron las luces, nos quedamos en silencio y empezó la función…

Empezó la función y empezó la magia, la magia del teatro, de ver en directo la ficción, de sentir al artista tan cerca, de ver la cara del público, escuchar las risas, sentir los aplausos, mirar las sonrisas en las caras de todos los que estaban ahí… Vi a un público entregado y vi a mis amigos convertidos en otras personas, les vi crecerse, creérselo y les vi disfrutar, y yo fui muy feliz.

Un prostíbulo sin clientes, unas prostitutas muy peculiares, alocadas, divertidas e inocentes. Un proxeneta con ganas de dinero y un chico tontito que acabará sorprendiendo a todos… Un director de cine, una estrella porno y una flamante joven que sueña con ser actriz… Todos ellos en un mismo escenario, con un proyecto en común: rodar una película porno para que sea un éxito y, sobre todo, para que una banda de la mafia rusa no acabe con todos ellos.

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¿Alguien de l’Olleria podría imaginar que en una obra de teatro, en pleno corazón del centro de Madrid, se pronunciase el nombre de nuestro pueblo? Pues ayer pasó… Una conversación entre dos de los personajes, un viaje al pasado, un intento de unir caminos, vidas y destinos… Un lugar y un nombre, y de repente escucho que aquello pasó en l’Ollera y que ella se llamaba Lorena. No pudo hacerme más ilusión y desde aquí quiero darle las gracias a mi querido David Laguía por un gesto tan, tan bonito y tan especial… Que me hizo soltar una carcajada y morir de ilusión. (Gracias brother, gracias y enhorabuena porque no puedes estar más espectacular…)

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Sentimientos, sueños frustrados, muchas risas, un final sorprendente e incluso alguna que otra historia de amor. Porno Star es una locura… pero alguien me enseñó una vez que sólo hay que arrepentirse de las locuras que no se cometen… así que ¡bendita locura!

Aún quedan dos semanas, hasta  30 de junio podéis encontrarles los lunes y martes a las 20:30 en los Teatros Luchana. Estoy segura que os gustará mucho y que, al menos en ese rato, desconectaréis del mundo y de la vida que hay fuera, para adentraros en una historia única que os hará morir de risa… Y reír, amigos míos, alegra y alarga la vida a cualquiera.

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Kirian Sánchez, David Laguía, Belén CE y yo, tras acabar la función.

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David y yo.

Mi más sincera enhorabuena a todos y cada uno de los actores de esta maravillosa obra, porque al final, las cosas hechas con ganas se notan y ellos están insuperables. ¡Muchísimas felicidades y mucho éxito!

Ayer fui al teatro y me reí mucho, así que muchísimas gracias por contagiarnos vuestra energía y vuestra magia.

Que no paren los sueños…

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Con Patri, Sara, Carmen y Sandra, mis chicas guapas, con las que fui a ver la obra.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

 

No todos los políticos son iguales.

Nos han hecho tanto daño político que no es extraño escuchar a alguien decir “no confío en ningún político“, “no me creo a ninguno” o “todos los políticos son iguales“. Pero no, no todos los políticos son iguales. Yo, que confío en las personas, tengo esperanza y confío en la razón, siempre estoy segura de que hay excepciones, aunque sólo sea para confirmar la regla. Como en cualquier asunto de la vida. Hoy, te lo quería contar.

Ayer por la noche estuve con mi amiga Lydia y justo le dije que no tenía ni idea sobre qué iba a escribir en el post de hoy. A veces, desgraciadamente, las noticias te sorprenden y te dan el tema a tratar. Hoy, cuando me he despertado, mi mejor amigo me había escrito un mensaje en el que me anunciaba la muerte de Pedro Zerolo y me pedía que escribiese sobre él. Me ha invadido la pena, porque a veces, cuando muere alguien que no conoces, pero de quien sin conocer sabes que tiene un gran corazón, la pena llega de forma inevitable. Me he sumergido en mis redes sociales y todo el mundo se hacía eco de la noticia.

MD35. MADRID, 25/10/08.- El secretario de Movimientos Sociales y Relaciones con las ONG del PSOE, Pedro Zerolo, sostiene una pancarta que condena el machismo, durante la manifestación convocada esta tarde en Atocha, Madrid, por una asamblea de hombres para protestar contra la violencia de género. EFE/VÍCTOR LERENA

La muerte no perdona a nadie, es algo que sabemos que existe desde casi el comienzo de nuestra historia, pero es algo para lo que casi nadie estamos preparados nunca. Yo, personalmente, es a lo único que le temo en la vida. Qué cosas.

Cuando muere alguien que ha luchado por el bienestar social como lo hizo Zerolo, es imposible no sentir un vacío inmenso, y entonces, una vez más, te preguntas por qué no existen más personas así, porque el ser humano, en vez de ser lo contrario en su gran mayoría, no se empapa de la fuerza y buena energía de algunos que parece que simplemente fueron enviados para intentar salvar el mundo o, al menos, mejorarlo en todo lo que esté a su alcance.

Como muchos ya sabéis, soy una gran defensora del colectivo homosexual. Muchas de las personas que forman parte esencial en mi vida son homosexuales, pero no por ello respeto cualquier condición sexual. Respeto cualquier condición sexual porque yo creo en el amor y las personas, porque yo amo la libertad y la felicidad y porque todo ser humano tiene derecho a amar, a ser libre y a ser feliz. Estoy segura que somos muchos los que pensamos así. De hecho, quiero pensar que todos los que me leéis pensáis así.

Zerolo lo pensaba, pero no quiso quedarse de brazos cruzados. Él quiso luchar por el amor, por la libertad, por la felicidad, por la igualdad, por los derechos, por las personas y por un mundo más justo en el que todos vamos a convivir. Porque no todos los políticos son iguales.

Hoy, al verle protagonizar tantas noticias, me he encontrado con un sin fin de imágenes suyas. El cáncer le había consumido, le había quitado fuerza a su cuerpo, pero en cada una de las imágenes, todavía sabía conservar una sonrisa fuerte, llena de ilusión y de esperanza, no por él, que ya era consciente que más bien pronto que tarde se iría, sino esperanza por este mundo que nos dejaba y por el que había luchado sin límites mientras había estado por aquí. Hay personas que tienen magia en el alma, y eso, queridos, ni el maldito cáncer lo sabe destruir. Zerolo brillaba, estoy segura que ha brillado hasta el final.

Mi amigo Tomás compartía en Facebook una entrevista que El Mundo publicaba hace casi un año. Una entrevista maravillosa que me ha hecho emocionarme y de la cual, he creído necesario rescatar algún fragmento.

P. No va a renunciar a trabajar…
R. No, nunca. Acabo de proponer en el Ayuntamiento 10 medidas urgentes para luchar contra la pobreza infantil. Quiero trabajar hasta la victoria final. Y si no hay victoria, es que no es el final.
P. Si naciera otra vez… ¿volvería a ser político?
R. Volvería a ser un servidor público con discurso político. De izquierdas, claro.
P. ¿Y cuando escucha: ‘¡los políticos todos a extinguir!’?
R. Hay una enorme desafección y tiene su explicación. Hay algunos políticos que no han entendido su función como un servicio público. Los que así lo entendemos no hemos tenido mayor problema. Pero sí, hay mucho cabreo e indignación y eso hay que corregirlo. En mi caso, la gente conoce mi trabajo y la pulsión suele ser muy positiva. Creo que hay que recuperar la identidad.

Quizás no ha sido una casualidad que junio haya sido el mes de su despedida, de su incansable lucha, de su batalla perdida, pero tantas cosas ganadas… Junio es un mes importante para muchos homosexuales que en el Orgullo Gay saldrán por las calles de Madrid a alzar banderas llenas de colores y a brindar por la libertad y la igualdad, y estoy segura que este año, todos le llevarán en la memoria. Quizás no ha sido casualidad que haya esperado a ver cómo nuestro país vivía unas elecciones con un cambio notable en el enfoque político, en la ideología, en la necesidad de renovarse, en la esperanza y la ilusión… Quizá, quién sabe.

Hoy no hay colores políticos, hoy sólo hay vacío y una tristeza inmensa al ver como la vida, a veces, es excesivamente injusta, y como el cáncer ataca sin elección ni condición. Hoy hay un vacío y una tristeza inmensa por la pérdida de un hombre que luchó por los derechos de las personas, y vio repercusiones sociales gracias a su lucha. Gracias Pedro, muchísimas gracias.

Estoy segura que hoy, incluso aquellos homosexuales que sin sentido se aferran a partidos políticos que rechazan su condición sexual, miran al cielo en silencio, y aunque no se atrevan a pronunciarlo en voz alta, le están dando las gracias.

Hoy, el periodista Isaías Lafuente twitteaba: “En el más allá Pedro Zerolo ya debe estar peleando para que la igualdad sea eterna. DEP”. Yo también lo creo.

Hoy es un día triste, sin ninguna duda.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Ojalá.

Un té frío con sabor a piña colada, un mugcake de plátano y canela recién sacado de la nevera, Cometo durmiendo a mis pies, el sol fuerte al otro lado de la ventana… Martes, las letras, tú y yo. Mi momento favorito de la semana.

Hoy vengo con un relato, porque ya sabéis que son mi parte favorita, porque me encanta inventar historias y me encanta meterme dentro de los sentimientos y emociones de personas que no conozco, pero acabo haciendo que formen, de un modo u otro, parte de mí.

Este relato viene de forma distinta, en una especie de reflexión o monólogo interno en el que espero que mucha gente se siente identificada o que, al menos, encontréis un momento de vuestras vidas en las que estas líneas podrían haberos descrito perfectamente, porque estoy segura que a lo largo de la vida, todo ser humano conoce a un amor imposible que guarda con cariño en su corazón y entierra en su alma… Hoy te lo quería contar.

Leed despacito y disfrutad…

Ojalá

Ojalá supieses que recuerdo perfectamente la primera vez que te vi. Hace unos cuántos años y en aquel momento no sabía ni si quiera cómo te llamabas. Quién me iba a decir que mucho tiempo después acabarías robándome el sueño y las ganas. Siempre he pensado que no fue una casualidad que fuésemos en el mismo vagón de metro aquella mañana de marzo, como no fue casualidad que bajásemos en la misma parada, como no fue casualidad que aquella vez, perdida entre las páginas de un libro, levantase la mirada y me diese un vuelco el corazón. Aquellos vaqueros desgastados, aquellas zapatillas destrozadas, llenas de caminos hechos y de historias que yo no conocía, aquella camiseta verde que era la compañera perfecta para tus ojos y tu piel tostada… Supe que si quería volver a verte, debía hacer exactamente lo mismo que aquel día, al menos, esa era mi única esperanza. A la misma hora, en la misma zona del andén, para entrar al metro y encontrarte en ese vagón y así fue cómo me aseguré de verte cada mañana, de lunes a viernes, mientras durase el curso escolar. Ni si quiera me mirabas, todavía vestía el uniforme del colegio y tú ya ibas al instituto con los mayores. Nos separaba una calle entre tu instituto y mi colegio, mi amiga Claudia me acompañó a seguirte para confirmarlo. Nunca tuve tantas ganas de ir a clase, ni tantas ganas de despertarme por las mañanas. Ojalá supieses que te miraba cada mañana, que analizaba tus gestos, tu ropa e imaginaba cómo sería tu olor, a qué sonaría tu risa, cuáles serían tus películas favoritas o qué querrías ser de mayor… El cinco de mayo de aquel año hubo una avería en el metro, y estuvimos quince minutos parados en Alonso Martínez que a mí me pareció una maravilla, fue la primera vez en la que nuestras miradas se cruzaron y me sonreíste como quien sonríe a alguien en el metro, seguido de un suspiro, un “¡menudo rollo!” con la mirada… y a mi me tembló el corazón. Empecé a obsesionarme contigo y a saber que quería conocerte. Muchas veces me he preguntado si alguna vez te diste cuenta que estaba ahí todas las mañanas, la niña rubia del uniforme que se ponía nerviosa sólo de sentirte cerca… Jamás me atreví a preguntarlo.

Ojalá supieses que empecé a quererte cuando no sabía ni lo que era querer, que empecé a averiguar quienes eran tus amigos e incluso quien era la chica que te gustaba. Visto desde lejos, resulta obsesivo, pero sé que fue algo inocente y bonito, algo puro y verdadero, fue una necesidad de saber de ti, de querer que nuestros caminos encontrasen el modo de cruzarse… Aquellos primeros meses pasaron como relámpagos, demasiado rápidos, y muy a mi pesar el curso terminó. Por aquel entonces ya sabía tu nombre y sabía que quizás aquellos días serían los últimos de nuestra historia, de una historia que para mí era nuestra y para ti no existía. Aquel verano empecé a salir con mi primer novio, rogándole a la vida que nos volviésemos a cruzar, sólo necesitaba verte una vez más, al menos una.

Llegó septiembre y tras una semana sin coincidir en ese vagón que tanta ilusión me había regalado, me acerqué un día a la puerta de tu instituto y no te vi entrar, vi a tus amigos e incluso a la chica que te gustaba, pero no, no estabas. Podría haber sido más valiente y haberme acercado a preguntar, ¿pero qué les decía si querían saber quién preguntaba por ti? Nunca lo hice.

Ojalá supieses que los años que siguieron fui muy feliz, tuve varios novios en varias relaciones de las que siempre solía cansarme. Empecé la universidad y puedo decirte que no todos los días, pero si de vez en cuando, pensaba en ti. Me preguntaba dónde estarías, qué habría sido de ti, a qué te dedicarías, si tendrías novia o si seguirías en Madrid… Cuando las relaciones y los caminos se cruzan, acabamos pensando lo pequeño que es el mundo, cuando en realidad sabemos que vivimos en un mundo muy grande, donde viven millones de personas, y no nos damos cuenta que estas conexiones no son porque el mundo sea pequeño, son porque simplemente hay vidas y caminos destinados a estar conectados, por coincidencias de la vida o en forma de amigos en común.

En segundo de carrera, organizamos una fiesta maravillosa, con las emociones de los universitarios a flor de piel, con las ganas de comernos el mundo y la seguridad de que nos lo íbamos a comer, con los juramentos de amor eterno a esos compañeros que eran amigos inseparables desde el año anterior. Ojalá alguien me hubiese preparado para aquello, para entrar a aquel garito, con aquellas copas de más y encontrarte en la barra, riendo con unos amigos. Ojalá me hubiesen preparado para ver cómo Olivia, una de mis mejores amigas de la universidad, te daba un abrazo u ojalá alguien me hubiese preparado para asimilar que en aquel primer reencuentro, después de varios años, tú me ibas a devorar con la mirada y a sonreír y pedir que nos presentasen. “Este es mi primo Juan“, cayó en seco sobre mis oídos, intentando asimilar las cosas que tiene la vida, intentando averiguar si quería reírme a carcajadas o salir corriendo porque sentía miedo. Sí, ojalá supieses que aquel día sentí miedo, miedo de tenerte tan cerca, miedo de que me mirases así, miedo de que algo con lo que había soñado durante tantos días e incluso años, fuese una realidad. A veces, los seres humanos somos así.

Ojalá supieses que recuerdo todas y cada una de las veces en las que fuimos coincidiendo, sin coincidencia, después. Empecé a creer que te gustaba, es más, estaba completamente segura de ello, porque era verdad. Ojalá supieses que cuando me enviaste el primer mensaje, yo ya tenía guardado tu número de teléfono y que me dio un vuelco el corazón cuando vi tu nombre en la pantalla de mi teléfono. Ojalá supieses que no te besé la primera vez que quedamos a solas porque no quería estropearlo, aunque me estuviese muriendo por hacerlo. Ojalá supieses que grabé a fuego en mi memoria tu perfume la primera vez que te di un abrazo.

Ojalá supieses que aquella noche, en la que mis padres no estaban y dormiste en mi cama, fue la mejor noche de mi vida. Ojalá supieses que intenté memorizar cada beso, cada caricia, cada risa, cada suspiro, cada gota de sudor y felicidad en nuestros cuerpos… Ojalá supieses que me he alimentado de esos recuerdos en infinitos momentos de mi vida. Ojalá supieses que estaba locamente enamorada de ti, desde que llevaba uniforme e iba al colegio. Ojalá te hubiese contado que cada mañana cogía aquel metro sabiendo que estarías dentro de aquel vagón. Ojalá te hubiese dicho lo importante que eras para mí, y que llevaba media vida soñando contigo. Ojalá no te hubiese idolatrado tanto y hubiese asimilado que eras un ser humano más, normal, corriente, un chico con una vida normal, con ambiciones e inquietudes, con ganas de risas y buen rollo, con ganas de sexo sin compromiso. Ojalá no me hubiese enamorado de ti. Ojalá.

Ojalá no hubiese tenido que escuchar aquello de eres “la mejor amiga del mundo“, cuando habría matado por poner en tus labios “eres el amor de mi vida“. Ojalá hubiese tenido más fuerza para contarte toda la verdad y explicarte toda nuestra historia, sí, que para mí era nuestra y para ti lo era a medias. Ojalá no me hubiese querido comportar como colega, sólo para mantenerte cerca, ojalá no hubiese tenido que acostumbrarme a ello sin poder besarte ni si quiera una vez más, sin tener que tragar un dolor que me estaba quemando el alma, ojalá te hubiese olvidado.

Ojalá me hubiese enamorado de otra persona como tú lo hiciste, ojalá no hubiese encontrado tu nombre y tu cara en mil canciones, en mil novelas de amor o en mil películas que me habría encantado ver contigo. Ojalá hubiese querido al resto de chicos que pasaron por mi vida después, la mitad de lo que te quise a ti. Ojalá, al menos, no te hubieses olvidado también que era tu amiga. Ojalá no la hubieses conocido a ella y ojalá no me hubieses apartado del todo.

Ojalá supieses que sigo mirando el móvil, mientras veo que estás “en linea“, mientras deseo con rabia un “escribiendo…” que no llega ni ha llegado nunca más. Ojalá supieses que sigo mirando tus fotos y que te sigo queriendo como el primer día, como tú nunca pudiste quererme, como tu nunca sabrás que yo te quería…

Ojalá no tuvieses tu vida y ojalá yo no tuviese la mía, ojalá nos hubiésemos encontrado de otra forma, ojalá nos hubiesen acompañado otros sentimientos, ojalá volvamos a vivir otra vida para empezar nuestra historia desde el principio. Ojalá no supiese que mañana te casas y ojalá hoy no hubiese derramado ni una sola lágrima.

Ojalá pudiese volver a aquel vagón, y cambiar todo desde el minuto cero, ojalá pudiese volver a aquel instante y mirar hacia otro lado, sin fijarme en tus vaqueros desgastados o esa camiseta verde que tanto te favorecía. Ojalá pudiese volver y haberme retrasado tres minutos en todos los días de después para coger el siguiente metro…

Ojalá me hubieses querido, como yo te quise, como yo te quiero.

Imagen de Google.

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Buenas tardes, amigos.

Lorena.