Libertad.

Madre mía… No os podéis imaginar la felicidad que me produce pensar que a partir de ahora, y durante unos meses, cada vez que me siente frente al ordenador para reencontrarme con vosotros va a ser así. Con el día resistiendo en la ventana, con los niños jugando en mi urbanización, sus risas, sus patines y su pelota. ¡Cómo me gusta la primavera! ¡Cómo me gusta el sol y qué buena energía me dan estos días!

Hoy vengo con un relato, que ya nos tocaba. Siempre digo que existen dos tipos de amor: el bueno y el malo, y siempre pienso que para encontrar el bueno, alguna vez has tenido que conocer el malo, para saber que de ese ya no querrás saber nada nunca más. Hoy os traigo un relato que habla de esto, un relato en el que podéis poner nombre en vuestra cabeza a sus personajes, podréis imaginarles cómo queráis y podéis poner como decorado la ciudad que más os apetezca. Es más, os propongo que me contéis cómo imagináis su físico, qué nombre creéis que podrían tener y en qué ciudad imagináis que se desenvuelve la historia… Será divertido.

Leed despacito, como siempre… 🙂


 

Libertad.

 

Que suene una canción y escucharla en el más absoluto silencio es un verdadero placer. A veces, no nos damos cuenta que tenemos a nuestro alcance el poder disfrutar de pequeños momentos que son capaces de llenar nuestra alma, podemos suspirar tranquilos, podemos disfrutar de algo que se va a meter poco a poco dentro de nosotros. Dejamos salir un poco del dolor que queda dentro a través de un suspiro… y entonces, cuando sentimos ese vacío que ha dejado en nuestro cuerpo y nuestros sentimientos, sabemos que en el momento que empecemos a dedicarnos pequeños momentos y nos dediquemos a lanzar suspiros que se lleven en el aire el daño que nos han hecho, nos sentiremos un poco más libres, nos sentiremos un poco más nosotros mismos y que poco a poco, conseguiremos estar en paz. El tiempo todo lo cura, o eso dicen.

Aquella tarde de viernes estaba cargada de energía fuera de mis ventanas. El sol y la primavera sonreían complacientes, cogidos de la mano, observando a todos aquellos que reían a carcajadas en las terrazas, observando a los que paseaban y a los que andaban con prisa, observaban desde algún lugar a todos los que iban y venían, a los que cogían trenes o aviones, a los que daban por finalizada una semana de trabajo, a los que se besaban en las esquinas o los que abrazaban a sus amigos. En el lado de la ventana en el que estaba yo, se respiraba un aire más bien gris y frío, que poco tenía que ver con la realidad del mundo exterior. En ese lado de la ventana, se respiraba el aire que mi mente y mi corazón guardaban en silencio, queriendo sacarlo todo fuera y sin saber muy bien cómo hacerlo. Un hilo de luz, resplandeciente, se colaba entre las cortinas de mi casa, un hilo de luz que rozaba mi pierna, que acariciaba mi piel, un hilo de luz que quise interpretar como una pequeña esperanza en un alma llena de tinieblas y soledad. Porque siempre, en la más triste oscuridad, hay un hilo de luz que te acompaña.

Me quemaba el corazón, me quemaban las ganas, me quemaba el amor y me quemaba cada poro de la piel, sobre todo en la espalda, quizás porque era el momento en el que iba a renacer, en el que iba a volver a tener alas, en el que podía volver a sentirme libre y en el que iban a volver los resquicios de una libertad que alguna vez sentí inmensa, mía, y fuerte.

Siempre me gustaron las personas entregadas, las que tienen ilusiones y risas constantes en la cara, las que aman sin condición, las que quieren con fuerza y con pasión. Siempre me gustaron las personas que están dispuestas a sorprender y siempre están felices cuando reciben una sorpresa. Siempre me gustaron las personas llenas de energía, de sueños, de anhelos. Siempre me gustaron las personas educadas, alegres, divertidas, inteligentes y apasionadas. Siempre creí ser una de esas personas y todavía me pregunto en qué momento dejé de serlo.

Muchas veces, a lo largo de mi vida, me he preguntado qué era en lo que habíamos fallado los seres humanos a lo largo de la historia para haber convertido el mundo en el que vivimos en un mundo tan vacío de tantas cosas, en un mundo irracional donde la gente asesina, donde personas mueren de hambre y donde una conversación escrita en un teléfono móvil es, para la mayoría, más importante que apartar ese cacharro y disfrutar de un café tranquilo con un amigo. El mundo, el amor, las personas y la vida se volvieron hace tiempo completamente locos… Y en algún momento que no recuerdo, yo me había dejado llevar por esa locura, por esa irracionalidad y ese vacío que tanto me atemorizaba.

No voy a entrar en detalles para contar algo que todos hemos vivido alguna vez: para contar cómo cogieron mi corazón y lo destrozaron en mil pedazos. Todos hemos vivido el desamor, pero por suerte, no todos hemos vivido una historia cómo la que he vivido yo. No entraré en detalles para decir que un día cualquiera, por una casualidad, con un beso apasionado, sellé un amor que yo creía eterno, cómo me dejé llevar por ese amor y cómo entregué mi cuerpo y mi alma hasta tal punto que los vendí a cualquier precio, por partes, como si de una enciclopedia entregada a tomos se tratase.

Me entregué ciegamente a una persona que me hizo creer que yo era lo más importante de su vida, que adoraba todas y cada una de mis virtudes y sonreía ante mis defectos, una persona que me besaba y me acariciaba, que me hacía el amor por las mañanas y me preparaba café los domingos. Una persona a la que le enseñé cada trocito de mi cuerpo, una persona a la que le hice un recorrido por cada resquicio de mi ser, una persona que me llenó de ilusión y vida, una persona que con el tiempo dejó de ser esa persona.

No quiero echarle la culpa a las rutinas, a la confianza y a la convivencia, porque echarle la culpa de lo que nosotros hacemos a algo que simplemente nos envuelve, me parece egoísta y desorbitado. La culpa la tuvo él, por esa personalidad que yo no entendía, y la culpa, sobre todo, la tuve yo, por perder esa personalidad que era sólo mía. Los primeros gritos se asociaron al trabajo, al estrés, y cuando lloraba desconsoladamente y me besaba, cuando me pedía perdón, entonces yo me culpaba por no ser más comprensible, y ahí iba perdiendo un poco de mí, me hacía un poco más pequeña y le iba entregando los primeros tomos de mi existencia. No por ser incomprensible, sino por permitir que alguien me gritase.

Con el tiempo, resulta que todo lo que antes hacía bien, ahora lo hacía mal. Desde elegir la ropa por la mañana, hasta llamar a un amigo para ver qué tal estaba. Incluso el café que preparaba todos los días, ya no tenía el mismo sabor, debía ser eso lo que le hacía tomarlo en silencio y casi sin mirarme a la cara. A veces, aparecía con un ramo de rosas por la puerta, porque sí, por ser un día cualquiera de nuestra historia y nuestra vida juntos, y entonces me daba cuenta de lo afortunada que era. Segunda entrega de mi alma y mi vida.

Me quería tanto que no podía soportar que otros me mirasen, que mis compañeros de trabajo quisiesen que yo les acompañase a tomar unas cañas después de la jornada o que mis amigos de toda la vida me dijesen en un mensaje que me echaban de menos o me querían. ¿Qué despropósito era ese? Me quería tanto que no podía soportar que alguien más me quisiese y por supuesto no podía soportar que yo contestase esos mensajes, que me fuese de cañas o que sonriese si alguien me miraba. Otra vez gritos y lágrimas. ¡Qué sinvergüenza yo, que estaba provocando todo aquello! ¿Esa era mi forma de querer? Eso no era querer y si seguía así me iba a quedar muy sola. Tercera entrega de mi vida, con mil anécdotas que no te voy a contar, porque me moriría de tristeza, no por ti, sino por mí, por haber aguantado algo así… Y me fui haciendo cada vez más pequeña, más desconfiada, más introvertida, más distante, más rara… Y dejé de ser quien era.

Una noche discutimos tanto que se atrevió a pegarme una bofetada. Lloramos los dos y él pidió perdón por haber perdido los papeles y los nervios. Yo no hablé en dos días… Era una sombra vagando entre las paredes de mi casa, que me parecía más triste y fría que nunca. Le perdoné porque él me quería, debía ser que esa si era una buena forma de querer. Debí perder tanta fuerza en mi cabeza que acabé perdonando aquello y entendiendo que sólo había sido por culpa de los nervios y el momento.

Y pasaron los años y mi vida se vio limitada de la oficina a casa, y de casa a la oficina. No recordaba la última vez que había visto a mis amigas o a mis amigos, y por supuesto, hacía mucho que no recibía ningún mensaje de nadie. Por una vez en su vida, él tenía razón: me había quedado sola.

La soledad puede matarte de pena, o puede hacerte fuerte. No lo olvides.

Que suene una canción y escucharla en el más absoluto silencio es un verdadero placer. A veces, no nos damos cuenta que tenemos a nuestro alcance el poder disfrutar de pequeños momentos que son capaces de llenar nuestra alma, podemos suspirar tranquilos, podemos disfrutar de algo que se va a meter poco a poco dentro de nosotros. Dejamos salir un poco del dolor que queda dentro a través de un suspiro… y entonces, cuando sentimos ese vacío que ha dejado en nuestro cuerpo y nuestros sentimientos, sabemos que en el momento que empecemos a dedicarnos pequeños momentos y nos dediquemos a lanzar suspiros que se lleven en el aire el daño que nos han hecho, nos sentiremos un poco más libres, nos sentiremos un poco más nosotros mismos y que poco a poco, conseguiremos estar en paz. El tiempo todo lo cura, o eso dicen.

Aquella tarde de viernes, en la que el sol y la primavera observaban la buena energía que les mandaban a aquellos mortales que paseaban por la tierra, decidí cambiar mi vida. Aquella tarde de viernes escuché una canción en silencio, la escuché tantas veces como lágrimas quedaban en mi cuerpo, suspiré en silencio y fui sacando parte de un dolor que casi no me dejaba respirar: el dolor que producen las faltas de respeto, el dolor que produce la falta de cariño, de confianza y de complicidad, el dolor que produce entregarse tanto a alguien y perder la esencia de uno mismo. Aquella tarde de viernes, la soledad me agarró fuerte de la mano y me pidió que me levantara del sofá. Fuera, había un mundo lleno de sol, de terrazas llenas de gente, de colores alegres, de macetas llenas de flores, de cervezas fresquitas sobre las mesas, de risas sanas, de gente alegre, de la que a mí me gustaba, de la que alguna vez fui. Hice una maleta con pocas cosas. Cuando uno decide cambiar su vida, a veces, es mejor dejar todo atrás, porque es inevitable que los recuerdos te persigan, pero si cambias el decorado, los recuerdos se ven de otro color, y parecen mucho más lejanos.

Un pequeño instante puede cambiar toda una vida. Quizás fue una canción, o fue un rayo de sol entre mis cortinas… Cuando le dije que me marchaba, por supuesto, ardió Troya, pero no lloré y esta vez, cuando me agarró del brazo, le dije que no me volviese a tocar nunca más.

Me instalé en casa de quien siempre había sido mi mejor amigo, aunque yo me hubiese ido, supongo que los buenos amigos se quedan siempre, en silencio, observando los errores que cometemos desde lejos, para salir en nuestra ayuda en el momento que necesitamos que nos rescaten, que nos resuciten, que nos salven.

Hay decisiones que aunque se deberían tomar mucho antes, alguna vez han de ser tomadas. De aquello aprendí muchas cosas, pero sobre todo, en la vida, he aprendido que sólo quiero rodearme de gente que me quiera de verdad, con respeto y cariño, de gente que me coja de la mano y me sonría, quiero mil canciones en silencio y mil suspiros que se lleven el dolor que una vez estuvo dentro. He aprendido que mi personalidad es mía, y una vez se resurge de entre las cenizas nadie puede volver a cortarte las alas, porque nunca más permitirás que te roben, por amor, tu libertad.

Imagen de Google.

Imagen sacada de Google.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

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