Empezar de cero

Por fin martes, día de volver a reencontrarnos. Estos días han sido días de reencuentros muy bonitos, con gente a la que hacía mucho tiempo (años) que no veía, y con la que he sido capaz de sentir que no ha pasado el tiempo. ¡Qué sensación tan bonita!

Hace sólo una semana os anunciaba la publicación de mi primer libro, y sólo puedo daros las gracias por tantos mensajes bonitos en mis redes sociales. Gracias de corazón por tanta ilusión, tanto cariño y tanto amor… Jamás sabré cómo responderos.

Hoy te quería contar que no sé muy bien por qué, necesitaba escribir un relato. Me rondaban varias ideas por la cabeza y tenía la necesidad de convertirlas en historia. Ya sabéis lo que toca… Que se quede todo en silencio y leed despacito…

 

Empezar de cero.

Nos reencontramos en silencio, como se reencuentras en el tiempo dos personas que se han amado y se han odiado. Nos reencontramos con un dolor que ya no era nuestro, porque ya lo habíamos olvidado…

Nunca entendí muy bien algunas actitudes de los seres humanos… Nunca entendí el rencor y el odio, nunca entendí a aquellos que podían pasar de un amor absoluto a un odio sonante, o a una indiferencia lamentable… Nunca entendí esos cambios y nunca entendí porque los experimentamos casi todos.

Con el tiempo, de lo que me he dado cuenta es que el ser humano se acostumbra a la realidad compartida y hace de sus desgracias o alegrías una comparación absurda con el resto del mundo. Creces y asimilas que el amor te fallará, al menos, una vez en la vida, sabes que amarás con todas tus fuerzas y te explican que nunca olvidarás el primer amor, que podrás querer a varias personas a lo largo de tu vida pero no podrás quererlas más o menos, simplemente las querrás de forma diferente, sabes que sufrirás y llorarás, que aprovecharás los principios porque después todo cambia, que experimentarás besos irrepetibles y otros que olvidarás sólo unos instantes después… Sabes que todo eso pasará, porque le pasa a todo el mundo. Porque nos acostumbramos a vivir en un mundo de similitudes, dónde da igual en qué lugar estés y en qué momento hayas nacido, porque hay historias que siempre se repiten, en el tiempo y el espacio.

Ella me enseñó que quería ir en contra de estas teorías, ella me enseñó a crear estas conclusiones, ella me enseñó a vivir de una forma distinta, en un mundo que sólo sería nuestro, que moldearíamos a nuestra manera y dónde creceríamos juntos…

Al final, la realidad le quitó la razón, y nos arrancó la ilusión a ambos.

Nuestra historia fue una historia de esas que arrancan sonrisas, a sus protagonistas y a sus observadores. Nos conocimos siendo muy jóvenes, y convertimos un amor de verano en algo inolvidable. Alargamos nuestro amor hasta llegar el frío, y decidimos quedarnos con él unas cuantas primaveras. Se nos veía felices. Éramos capaces de comernos con la mirada y hablar entre silencios. Nos recuerdo tumbados en la cama, durante horas, acariciándonos la piel y los secretos, la ilusión y las ganas, comiéndonos a besos, abrazados sin decir nada, haciendo el amor sólo con el sonido del choque de nuestros labios y nuestros cuerpos, comiéndonos la vida juntos, jurando amor eterno…

Los primeros meses sucedieron de una forma tan perfecta, que casi daba miedo creer en ellos… Pero ella era así, era magia, era locura, era pasión, era divertida, risueña, era frescura… Era mi vida. Yo, que nunca me había enamorado, que siempre había sentido que mi juventud era para vivirla solo, conociendo a mucha gente… y ella, que había aparecido de la nada, en una fiesta, en la playa, con amigos en común, con la piel tostada, con las pecas en la cara, con la vida en los labios, con aquel vestido blanco, aquellas flores en el pelo que caía suave sobre su espalda… Ella, que bailaba y reía a carcajadas, a ella, que todo el mundo miraba… y que yo, sin saber cómo ni por qué, deseaba… Quería que fuese mía, quería ser suyo, quería besarla, abrazarla… Y sin querer, unos meses después, acabó convirtiéndose en el gran amor de mi vida.

Una mañana me llamó para decirme que había recibido un mensaje, que su ex novio quería verla, y hablar con ella. Le pregunté si quería hacerlo y me dijo que sí. Le dije que lo hiciera, yo confiaba en ella. Se vieron un martes por la noche, un martes en el que no pude dormir, esperando su mensaje, una llamada, un “ya estoy en casa“. Nada, absolutamente nada. No quise llamarla, no quería parecer pesado, ni traicionar mi palabra, mi confianza… Confiaba en ella. Me lo repetí constantemente. No pasaba nada, se habría quedado sin batería, no le apetecería hablar… Podían ser mil cosas.

Hasta el miércoles por la noche no supe de ella. Aquellas fueron las horas más largas de mi vida y por fin el teléfono sonó. Lloraba… Lloraba mucho. Me dijo que lo sentía, que no sabía si seguía enamorada de él, que me quería, que le quería a él, que nos quería a los dos, me pedía perdón porque sabía que me iba a hacer daño… Intenté tranquilizarla mientras apretaba la rabia entre mis manos y mis ojos se llenaban de lágrimas. Quería que fuese feliz, aunque no fuese mía. No quería que fuese mía mientras le quería a él, así que le dije que me apartaría si quería, que buscase su felicidad. Era lo más importante de mi vida, sabía que si la dejaba ir, me iba a volver completamente loco… Pero quería ayudarla de verdad.

No me dejó irme. Si me alejaba, ella luchaba para mantenerme ahí, aunque sólo fuese al otro lado del teléfono. No sé si era egoísmo o de verdad se estaba volviendo loca… Cada vez que hablábamos, acababa llorando… Repitiéndome que me quería y suplicando que le prometiese que no me iría jamás. Lo hice. Me quedé para ser suyo cada vez que ella me necesitase. Prefería ser su amigo, antes que no tenerla en mi vida.

Dos semanas después, dijo que quería verme.

Recuerdo que la invité a cenar a casa. Mis compañeros de piso no estaban y yo me había pasado horas limpiando para convertir mi dulce morada en el lugar más acogedor y bonito del mundo… porque necesitaba poner todo de mi parte, y porque quizás aquella noche, esa casa iba a ser nuestro refugio, testigo de nuestros besos, de nuestras caricias y nuestra historia. Preparé una mesa con velas, puse música suave, enfrié una botella de vino y llené las paredes de notas con mensajes. Cuando abrí la puerta no la dejé decirme nada. La abracé. La abracé con mucha fuerza, deseé quedarme así durante años… Su olor, su piel, su pelo, cerré los ojos y volví a aquellos primeros meses en los que todo estaba intacto, en los que ella se reía a carcajadas y me juraba amor eterno… Vi su cara cuando entró al salón y vio aquellas notas, colgadas en las paredes, con frases que alguna vez nos habíamos dicho, con versos de canciones que siempre serían nuestras… Y la vi derrumbarse de nuevo. No fue capaz de mirarme a la cara, agachó la cabeza y negó, empezó a llorar y a decirme que no merecía nada de todo aquello… Entonces supe que la había perdido para siempre. Le pregunté si se había acostado con él y ella lloraba con más fuerza. Entonces, sentí como una fuerza inmensa, dolorosa y destructiva, me apretaba el corazón. Nada de aquello estaba ya en mis manos, la odié sin ser capaz de odiarla… Ella, que era mía, había estado en brazos de otra persona, otra persona a la que un día le había prometido amor eterno como a mí alguna vez en la vida, una persona que había vuelto cuando ya no tenía que volver, para desmontar algo que era nuestro, donde él no encajaba, donde no cabía… Quería echarla de mi casa y no tuve valor. Me senté en el sofá y me puse a llorar. Me estaba volviendo loco yo también.

Se sentó a mi lado y me abrazó. Nos besamos entre lágrimas, entre “lo sientos” y “perdóname…”, entre “te quieros…” Y nos quitamos la ropa. Nos olvidamos de la cena, del vino y del mundo que nos apuñalaba con su realidad al otro lado de la puerta. La llevé hasta la cama y volvimos a hacer el amor, como hacía sólo unas semanas, cuando todavía era mía, cuando todo era perfecto… Nos volvimos a abrazar en silencio y estuvimos callados durante horas, dándonos besos y apretándonos las manos… Vimos salir el sol y supimos que ya no nos pertenecíamos.

Nuestra relación dejó de ser una relación. Se convirtió en encuentros cada cierto tiempo, entre odios y lágrimas, entre si y no, entre ni contigo, ni sin ti… Y acabamos haciéndonos mucho, mucho daño. Acabé formando parte de un trío amoroso en el que no sabía si la pieza que no encajaba era yo. Me fui destruyendo poco a poco.

Un año después, me dijo que quería intentarlo todo. Quería estar conmigo de nuevo, desde el principio, al cien por cien. Sabía que no iba a ser fácil, pero no podía dejar que pasase el tiempo y no saber qué habría podido ser de nosotros… Seguía locamente enamorado de ella, aunque ya no sabía muy bien de qué parte de ella, ni si era de verdad.

Cometimos el peor error de nuestra vida. Entramos en un bucle de obsesión, desesperación, rencor y reproches que nos hizo convertirnos en dos auténticos desconocidos. Entendí que no habían teorías que fuesen en contra de lo que vive el resto de la humanidad, y que había conocido el amor más puro y había llegado a odiarlo con todas mis fuerzas. La dejé y no supe muy bien por qué.

No era cuestión de buscar culpables, no importaba quien de los dos había acabado con todo aquello, ese mismo día o hacía ya mucho tiempo… La realidad es que no podía seguir así. No había respeto, ni confianza, ni ilusión, ni besos, ni ganas… La dejé sin saber si la quería con todas mis fuerzas o si realmente sólo quería quedarme con la sensación de haber tenido la última palabra, de haber sido yo, y sólo yo, el que había tomado aquella decisión. Durante meses me llamó, me llamaba llorando, me suplicaba verme… Y yo sentí que era tarde.

Con el tiempo jamás conseguí olvidarla. De vez en cuando iba sabiendo cosas de ella, de su vida y sus días. Por lo que había sabido, no había vuelto a saber nada de su ex novio, y no se había vuelto a enamorar. Una buena amiga suya, me dijo una vez que no me había olvidado, y que yo le había hecho mucho, mucho daño cuando la dejé.

Conocí a muchas mujeres, pero realmente me di cuenta que seguía enamorado de ella cuando una mañana, me desperté al lado de Laura, con la que llevaba saliendo unos meses, y me dijo algo que me recordó a ella. Mi corazón dio un vuelvo y deseé con todas mis fuerzas que fuese ella quien estuviese entre mis brazos, recordé su mirada, su risa, aquella noche de verano en la playa, aquel vestido blanco, aquellas flores en el pelo, aquella locura, aquella frescura, aquella juventud… Fui incapaz de acordarme de nada malo. Me levanté de la cama y quise gritar por la ventana.

No sé si la vida y el destino siempre nos miran con una sonrisa  o si realmente las casualidades existen, pero tras años sin saber nada de ella, justo hace dos días recibí un mensaje de whatsapp suyo.

“Te preguntarás qué hago escribiéndote, ni si quiera yo lo sé. No quiero preocuparte. Ha pasado mucho tiempo, y ni si quiera tengo derecho a escribirte esto, pero estoy asustada. Hace unos días llegué a urgencias por un dolor muy fuerte en el estómago, llevan días haciéndome pruebas y no saben muy bien qué es, los médicos intentan tranquilizarme diciéndome que no es nada grave, pero veo los ojos de mi madre y sé que mienten. Tengo miedo. Estos días he pensado demasiado, en mi vida, en el miedo, en qué pasaría si es el final de ella, en lo que he vivido, en lo bueno y en lo malo… Y sólo sé que necesito verte. Abrazarte aunque sólo sea una última vez, pedirte perdón, mirarte en silencio, acariciarte la mano, saber que no me odias, decirte que no te odio. Si me voy, necesito estar en paz contigo… Necesito decirte que nunca te he dejado de querer.”

Lo releí varias veces y sentí cómo se me iba haciendo pequeño el corazón. No le contesté.

Cuando llegué me encontré con su padre en el pasillo, que se puso a llorar nada más verme… Entró a decirle a su madre que saliese y me dejaron pasar a mí. La vi en la cama, pálida, pequeña, frágil, triste, apagada… e intentó esbozar una sonrisa cuando me vio.

Nos reencontramos en silencio, como se reencuentras en el tiempo dos personas que se han amado y se han odiado. Nos reencontramos con un dolor que ya no era nuestro, porque ya lo habíamos olvidado… Me acerqué conteniendo las lágrimas y le acaricié la mano.

-Pensaba que no vendrías… Pensaba que me odiabas.- Vi como una lágrima silenciosa le recorría la mejilla.

La abracé y volví a sentir su olor, el de siempre, y entonces supe que era ella, sólo ella, que la seguía queriendo con todas mis fuerzas y que no, no la odiaba. Seguramente nunca la había odiado de verdad, aunque se lo hubiese repetido muchas veces. Entendí en aquel abrazo que sólo era capaz de recordar lo bueno, las risas, nuestros besos y nuestra vida… La besé en los labios, le dije que la quería y se echó a llorar.

-Tengo miedo…- Me dijo.- No te vayas nunca más…

-No me iré, te lo prometo… De aquí saldremos los dos, juntos, de la mano, nos hemos perdido muchas cosas y esas cosas nos siguen esperando ahí fuera…

La vi asentir.

Dos semanas después y tras una operación en la que le extirparon un tumor, salí con ella de aquel hospital… Empezando de cero, esta vez de verdad.

manos-entrelazadas

Buenas noches, amigos.

Lorena.

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2 pensamientos en “Empezar de cero

  1. desde que salio el disco de Pablo Alborán #Terral todo lo que lleva “cero” me hace cantar “pasos de cero” . Yo tampoco he entendido nunca como se puede odiar tanto a alguien que de verdad has amado… una incoherencia mas del ser humano. Guardar rencor no aporta nada bueno y tus protagonistas aprendieron eso y volvieron a dar Pasos de cero.

    Un besazo

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