Invierno de cobardía.

Diciembre siempre ha sido de mis favoritos, siempre lo fue. Diciembre es un mes agridulce, de despedidas y cosas buenas, de dejar atrás todo lo que hemos vivido durante un año y de guardar con fuerza todo aquello que queremos conservar en el siguiente. Diciembre me sabe a sueños, a algunos cumplidos, a otros que no, pero sobre todo, me sabe a sueños por cumplir, a los que vienen con ganas, a los que vas calentando para empezar en enero a darles la explosión y la forma que necesitan para seguir viviendo o, más bien, para empezar a vivir. Diciembre, a pesar de gustarme tanto, también me produce tristeza, por la necesidad de asimilar lo rápido que pasa el tiempo, por asimilar que ha pasado un año más, que queda uno menos, empezar diciembre es empezar el principio del fin.

Diciembre sabe a Navidad y reencuentros, a mi época favorita del año, a frío y luces de colores, a corazones alegres y ciudades encendidas.

Diciembre me gusta mucho y hoy te lo quería contar… Para estrenar el mes de la lotería y las cartas a Papá Noel, he creído que lo mejor era hacerlo con un relato, que ya sabemos que son nuestros favoritos, los tuyos y los míos…

Leed despacito, como siempre, y que los diciembres, aunque lleguen tan rápido, lleguen durante muchos, muchos años…

Invierno de cobardía.

No sabía qué le gustaba más del frío, si el olor a castañas en la calle o el chocolate caliente abrazado bajo una taza entre las manos, tras la ventana. Lo que sabía es que le gustaban las historias de amor, las buenas y las malas, las experiencias de la vida, los juegos de dos, las derrotas y las batallas vencidas… Aquel invierno arrojaba suspiros de nostalgia, de miedo y frustración. Aquel invierno iba a ser un invierno de cobardía, o quizás no.

Le gustaba el chocolate y odiaba el café, le gustaba la música clásica y odiaba la música pop, le gustaba leer en silencio y odiaba los lugares con mucho ruido… Siempre fue de polos opuestos, de blanco y negro, nunca entendió los tonos grises. Le gustaban las personas educadas, solía querer más a los animales que a los seres humanos, pero en su infinita esperanza por creer que el ser humano también podía ser bueno en exceso, le gustaba creer en los demás, confiar en el resto, entregar su corazón y recibir los corazones de otros, con tacto y con cuidado, para no hacer daño y que la vida jamás se lo pudiese devolver, porque ella sabía que la vida lo devolvía todo, hasta el último centavo de un gesto de maldad y que tarde o temprano acabamos sintiendo el daño que hemos provocado, ella no quería eso, no le apetecía sufrir en este paso tan fugaz por el mundo. Le gustaba disfrutar de los pequeños detalles, rodearse de buenos amigos, le gustaba elegirlos bien, le gustaba el dolor de tripa cuando llevas mucho rato riendo, le gustaban las risas y los caramelos, creía en un mundo mejor porque necesitaba pensar que era posible, se negaba a admitir que el mundo en el que vivía estuviese tan lleno de desgracias, de cosas tan malas que sólo el ser humano, con años y siglos de historias y hazañas había ido creando. Siempre creyó que los infieles se arrepentirían de mentir y de hacer daño, y que todos los que hacían llorar a otros volverían algún día para pedir perdón.

Esas cosas nunca solían suceder, pero a ella le gustaba creer que era posible.

Una vez, hace ya mucho tiempo, le habían jurado amor eterno, un amor de ese que se promete con la mirada y con el roce de los labios, de ese que entra suave por el oído y no te deja tener ninguna duda sobre él. Le prometieron cuidarla siempre, no dejar que nunca le sucediese nada malo. Le prometieron preparar chocolate los domingos por la mañana, aunque fuese a las dos de la tarde, le prometieron una vida con dificultades y realidades, pero a la que se haría frente cogidos de la mano, juntos para siempre. Creyó en aquellas palabras, en aquellas caricias y aquellos besos durante días, durante meses y durante años. Se entregó en silencio a noches de pasión, a días de discusiones, a momentos felices, a días de lágrimas, entregó su cuerpo y su alma a la vida misma, a una historia de dos, a una relación que creía que era lo mejor que tenía…

Un día, le fallaron.

Encontró un papel al que no le habría prestado importancia si no hubiese sido porque estaba en el bolsillo de un pantalón que iba a meter en la lavadora, tuvo que cogerlo y se sintió estúpida al ver cómo le temblaban las manos. Creía conocerlo absolutamente todo de él, y se sentía ridícula por dudar que aquella tarjeta de hotel, de la que nunca había oído hablar, no tendría una explicación. Durante horas estuvo dándole vueltas a una cuestión que la estaba matando por dentro mientras se negaba con una sonrisa, era imposible que él hubiese estado en aquel hotel, era imposible que él pudiese tener una amante, era imposible todo aquello que se le pasaba por la mente… Finalmente, y sin saber por qué, actuó con normalidad y no levantó la voz, se convenció tanto de no levantarla que fue incapaz de dejarla susurrar. Prefirió callar que dudar. Su corazón, sin querer, estaba cambiando, y su cabeza empezó a observar hechos que nunca antes había sido capaz de asimilar… Reuniones hasta tarde, cenas con amigos, mañanas de tenis sólo para chicos… Ausencias aparentemente justificadas que ella ya no creía.

Una mañana de sábado decidió seguirle, primero andando, callejeando, dando vueltas sin sentido, hasta coger un taxi. El nombre del hotel reflejaba en el cristal del coche cómo una llama de fuego, de las que queman y hacen daño, de las que carbonizan en alma y derriten los sueños. Se quedó en silencio y contempló el reencuentro. Era guapa, más joven que ella, quizás. Un beso y un abrazo que le parecieron no haber recibido jamás de forma igual, unas sonrisas envenenadas, una traición que ya no podía ser silenciada.

Fue incapaz de humillarse, de gritar y pelear, de escupir por su boca todo lo que pensaba, se llenó de dignidad, el odio se convirtió en fuerza, en frialdad, recogió sus cosas y dejó una nota. Justo al salir, con las maletas cargadas y la impotencia en los ojos, se encontró con aquel que le había prometido un amor eterno. Él no entendía dónde iba, y ella le explicó que tenía que marcharse, que tenía prisa y que cuando subiese a casa lo entendería. No le dejó abrazarla, ni besarla, ni retenerla, ni pedirle explicaciones, no le dejó pronunciar palabra. Le gustó dejarle allí, de pie con la duda, con el miedo y la incomprensión. Una nota le esperaba reposando en la mesa del salón. Le contaba que ella se había enamorado de otra persona, que llevaba años engañándole y que lo sentía, pero el amor que sentía por él sólo había sido una fachada de apariencia, que seguramente nunca le había querido de verdad. Le deseó suerte en la vida y le pidió que jamás intentase ponerse en contacto con ella, le pidió disculpas de forma cordial y le dijo que ahora podía empezar ella su verdadera vida. Ni un beso, ni un te quiero. Era la carta más fría y cruel que se había escrito en la vida.

Jamás volvió a verle. Le odió durante mucho, mucho tiempo, todavía hoy cree que le seguirá odiando de por vida. Jamás supo si aquella mujer había sido siempre la misma, o si las quedadas en aquel hotel habían sido con mujeres distintas. Ella tenía la fuerza y la capacidad de empezar de cero, de sobrevivir, de crear una vida con cosas sinceras y de verdad. Se instaló en un hostal durante unos días, hasta encontrar un pequeño apartamento dónde sentirse cómoda. Una vez quedó finalizada su nueva casa, desempaquetada la pequeña mudanza, y tener todos los detalles colocados en su sitio, se metió en la cama durante siete días, en los que lloró sin parar y descargó la rabia, en los que le maldijo y le deseó todo el desamor del mundo y en los que se juró a sí misma que ni un sólo hombre más la haría llorar, es más, se juró no dejar que nadie le volviese a prometer nada relacionado con la palabra amar…

Ella siempre fue de blanco o negro, nunca entendió los tonos grises, y su extremo en todas las decisiones de su vida, la llevaron a convertirse en una persona solitaria y triste. Se rodeó de amigos que le arrancaban risas, pero en cada una de sus sonrisas, los ojos de tristeza hacían de sombra enfermiza. La gente que la quería intentó ayudarla, intentó que volviese a ser la misma, la de los extremos, la del blanco o negro, pero la que sonreía de verdad, la que reía a carcajadas y la que creía en el amor y las personas. A ella le habían arrancado el alma.

Llevaba meses coincidiendo con él, siempre a la misma hora, en la misma parada de metro, en el mismo andén. Era alto y delgado, guapo, distraído y parecía simpático. Tenía el pelo oscuro y siempre iba un poco despeinado, escuchaba música con unos cascos y siempre llevaba un maletín. Vestía elegante y discreto. Jamás se admitió que empezaba a despertarle curiosidad, ni si quiera se lo contó a nadie. A veces intercambiaban miradas y ella rápidamente las esquivaba. Una vez, él hizo el amago de saludarla con una sonrisa, a lo que ella asintió sin despegar los labios, sin dejar que hiciesen ninguna mueca, con frialdad y miedo. Sabía que él la miraba, y ella no era capaz de volver la cabeza para confirmarlo. No quería acercarse a él y quería dejar de sentirse estúpida por la gracia que le provocaba aquel desconocido. Sin querer, empezó a sentir cómo se miraba dos o tres veces en el espejo antes de salir de casa, quería sentirse guapa. Un lunes por la mañana, a la misma hora de siempre, él no estaba. Empezó a ponerse nerviosa y dejó pasar el metro, no pasaba nada si esperaba al siguiente. Miraba de reojo las escaleras, esperando verle bajar corriendo, por haber llegado tarde a aquella cita diaria que les venía reuniendo desde hacía mucho tiempo. El metro llegó y él no apareció. Subió al metro y se odió a sí misma, por aquellos sentimientos que tenía y que se había prometido hacía mucho tiempo que no volvería a tener. Ni martes, ni miércoles. No estaba. Pensó que quizás había cambiado de trabajo, que quizás había decidido coger otra línea de metro para no tener que cruzársela… O lo que es peor, pensó que le podría haber pasado algo. El jueves se olvidó del tema, pensó que era mejor así, no quería que le gustara, porque no iba a permitir que ningún impulso la hiciese acercarse a él, pero cuando bajó al andén, ahí estaba, como siempre, con su maletín y sus cascos y entonces ella sintió como además de su boca, su corazón sonreía. Se sintió aliviada y se alegró de volver a verle. No hizo ningún gesto, y no se lo demostró.

Durante todo el día estuvo pensando que todo estaba bajo control, que le podía seguir viendo cada mañana. Segundos después se decía a sí misma qué habría pasado si realmente ya no le hubiese vuelto a ver, se preguntó qué habría sentido si realmente hubiese sabido que le había ocurrido algo y supo que ya no habría querido sentirse guapa por las mañanas. Supo que ya no querría estar en ese andén y supo que habría lamentado no haber intentado hablar nunca con él.

El viernes pidió un chocolate caliente, que sujetaba entre las manos bajo el frío de la primera hora del día. Se metió en la estación de tren y bajó las escaleras. Antes de asomarse al andén, se observó a sí misma, observó sus recuerdos, sus miedos y sus dudas y decidió quitarse todo eso de encima, decidió tirarlo a una papelera que vio cerca, y decidió que quería volver a creer en las personas, a creer que en el mundo existían las personas buenas, se quitó las dudas y la tristeza, cargó con la sonrisa y con las ganas. Dejó salir, poco a poco, la felicidad en su mirada y sintió que aquella mañana, estaba más guapa que nunca. Se puso a su lado. al lado del chico del maletín y los cascos y le sonrió. Vio cómo a él se le iluminaba la mirada y cómo se quitaba los auriculares. El metro estaba llegando y entonces ella le dijo:

-¿Tienes algo que hacer esta tarde?

Vio su sonrisa y supo que ya no tenía miedo.

La vida nos regala malas experiencias, nos pone a personas que no se van a quedar con nosotros en el tiempo, nos presenta a personas que nos hacen daño, pero también a otras que nos querrán siempre. La vida nos da una de cal y una de arena, una de blanco y una de negro, eso siempre. Pero los tonos grises, la mayoría de las veces, también están presentes, y entre la felicidad absoluta y la destrucción conviven la confianza, los miedos y las dudas, pero la vida es eso, un aprendizaje, nuevas cosas y nuevas oportunidades.

Aquel podía haber sido un invierno de cobardía, pero no lo fue.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

 

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5 pensamientos en “Invierno de cobardía.

  1. Sé que ya te lo he dicho en alguna ocasión, pero aun me impresiona que siempre tengas la palabra CLAVE para el momento justo. Ese momento en el que dices “tengo que tirar pa´delante. Y solo puedo decirte GRACIAS. Y te digo “solo”, porque no me parece suficiente porque aunque cueste creerlo, con cada una de tus palabras provocas algo que no sé definir, que me hace querer seguir. GRACIAS

    • Qué comentario tan bonito… Como todos los que me escribes, como todas y cada una de tus reflexiones… las que transmites con tanta serenidad, con tanta calma, tan suaves y tan llenas de cariño… Gracias Inma, mil gracias de corazón. Te doy las gracias yo a ti, porque sabes que ya eres parte de este blog y por personas como tú, merece la pena seguir creyendo en los sueños… Ojalá la vida nos presente pronto y te pueda dar un abrazo bien grande y apretao… 🙂

  2. ¡Que bien escriba mi chica! Y que bonita es la vida.

    Sobra decirte que tus palabras siempre emocionan, llegan y cautivan. Pero tengo que poner un pero al trasfondo de este asunto y es que desgraciadamente desde que subimos un contenido a un red social o compartimos el de cualquier de nuestros amigos, perdemos todos nuestros derechos sobre esas fotos. Por ejemplo, cuando subimos una foto a facebook perdemos todos los derechos sobre ellas, cediéndole la titularidad de los mismos a facebook, no estoy en absoluto de acuerdo, pero todos “aceptamos” las bases al registrarnos. Sólo con que cualquiera de tus amigos compartiese esa foto de Sergio con mi querido Cometo la foto empieza a publicarse de un lado a otro con independencia de que nuestros perfiles sean privados. A veces me replanteo un poco hasta que punto se burla nuestra privacidad…. como tu bien has dicho, nos apetece compartir ciertos contenidos con nuestros “amigos y familiares” incluso con seguidores a los que no conocemos de nada… pero ¿hasta donde no se burla nuestra privacidad? Me encantaría poder hablar de esto con un café y un cigarro en la mano, dándonos mimos, riendo y comentando la vida. Te quiero pequeña.

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