Silencio

Qué día más gris ha hecho hoy en Madrid, quizás se ha vestido del color de ánimo y realidad que ahora mismo vive la ciudad, el estado de ánimo, realidad y preocupación que envuelve a nuestro país. Creo que los seres humanos tienen el derecho a equivocarse, porque no somos perfectos, pero cuando un gobierno no hace nada, absolutamente nada bien, cuando tu país está gobernado por una panda de corruptos y sinvergüenzas, entonces te preguntas qué tipo de seres humanos les eligieron para representarnos.

No es noticia ni novedad que os diga lo indignada que estoy por la falta de responsabilidad de una odiosa ministra de sanidad que ha permitido que el ébola haya llegado a nuestro país. La noticia del sacrificio del perro de la pobre enfermera infectada, sin ni si quiera haberle sometido a ningún tipo de análisis y bajo la petición de ciudadanos y expertos de que esto no se llevase a cabo, me ha encogido el corazón desde que me enteré.

Hoy te quería contar que es necesario que escapemos, aunque sea unos minutos, de esta triste realidad que ha superado la ficción. Os traigo un nuevo relato, que no es que no sea triste, es simplemente una fuga a través de las palabras…

Leed despacito, como siempre.

Silencio

Como si de un cuentagotas se tratase, como si esas gotas las pudieses estar observando, mirando fijamente, oyéndolas caer, despacio y lentamente, una a una… pum, pum, pum… Sin ningún sonido más alrededor, más que ese dolor desangrándose y los latidos de tu corazón, entremezclados. Latidos acelerados que se paran en seco para ir despacio sólo un instante después… La sensación más triste y dolorosa de una vida, la sensación de final, de no querer seguir, de no tener ganas, del amor golpeando, haciéndote daño, machacándote el alma, cortándote la respiración, llevándose tu aliento, tus manos dormidas, las piernas temblado…

Desde que empezamos a tener conciencia de la realidad, aun siendo unos niños, sabemos que la vida acabará en la muerte y que ese es un hecho que no puedes evitar, pero por entonces, sabes que tienes mucho tiempo por delante y que aquello, si sigue el orden natural del transcurso del tiempo tardará mucho en llegar. Entonces, todavía no tienes miedo.

Siempre fui una persona valiente y dispuesta, entregada a mi trabajo, a mis familiares y a mis amigos, entregada al amor y dispuesta a recibirlo sin medida. El amor es un ideal tan implantado en la sociedad que crees que sin él, no podrás vivir jamás, y seguramente es verdad, o quizás sólo es a lo que nos han acostumbrado desde que tenemos conciencia de la realidad, como la muerte.

El ser humano tiene la capacidad de enamorarse varias veces en su vida y en algunos casos es capaz de saber quién fue su gran amor y en otros crees que el gran amor ha llegado, pero cuando se va y llega uno nuevo, te auto convences y te cuentas que estabas equivocado y que ésta vez, por fin, será la definitiva.

Yo tenía veintitrés años cuando conocí al amor de mi vida.

Andrés y yo nos conocimos siendo unos adolescentes en uno de esos veranos en la playa que consiguen quedarse atrapados para siempre en la memoria. Uno de esos veranos que seguramente, si los pudieses volver a vivir o, al menos, observar de cerca, te darías cuenta que no es tan idílico como lo habías llegado a guardar en tu cabeza, pero como nunca podrás volver a revivirlo del mismo modo, prefieres que se quede así, como algo precioso y mágico.

Siempre fui una persona muy soñadora y sabía que todo ser humano conoce la sensación de locura que se vive con un amor de verano. Yo sólo era una chica de pueblo, de un pueblo bordeado por el mar, donde el clima siempre era cálido y donde los veranos se llenaban de luz y felicidad, donde las tardes en la playa se alargaban hasta que entraba la noche, cuando no tenías prisa por nada, ni más compromiso que disfrutar aquellos días antes de que el curso volviese a empezar. Él venía de la ciudad, de unos trescientos quilómetros de distancia, de una ciudad de la que yo sólo había oído hablar. Sin querer lo idealicé, me parecía guapo e interesante, me imaginaba su vida en la capital y me gustaba creer que era un revolucionarlo que se manifestaba y luchaba por los derechos en esas quedadas masivas que yo veía a través de la televisión. Por aquel entonces yo tenía los sueños intactos, sin ningún tipo de arañazo y las ganas de comerme el mundo se reflejaban en mis palabras y mis planes. Algún día yo también me trasladaría a la ciudad, quería estudiar derecho y convertirme en una abogada revolucionaria que conseguiría salvar todas las causas perdidas, quería vivir en una gran ciudad para tener muchos casos y muy diversos que solucionar. Él se enamoró de mí, locamente, además. Nos hicimos promesas que jamás pudimos cumplir, como hacen todos los adolescentes. Nos prometimos estar juntos, sin que importase la distancia y nos prometimos visitar todos aquellos países que teníamos en nuestra mente, cogidos de la mano, muchos años después. Con él hice el amor por primera vez, una noche en la playa, sobre una toalla, envueltos por otra, con el sonido del mar y la luz de la luna, con las promesas en los ojos y los te quiero infinitos en los labios, creyéndonos dueños de nuestro destino y sintiendo que teníamos el poder para poder seguir toda la vida juntos. De un modo u otro, nos quisimos. Nos quisimos mucho, nos quisimos con una inocencia que perdimos con el tiempo… Septiembre siempre fue un golpe de realidad, aquel septiembre fue un septiembre lleno de lágrimas, de despedidas amargas y de falsas esperanzas…

Nos escribíamos cartas que todavía guardo en un cajón, porque yo siempre he sido de guardar esas cosas que forman parte de los momentos más importantes de mi vida.

Al volver al instituto, el chico que me había gustado desde hacía mucho tiempo empezó a fijarse en mí, y la distancia sin querer hizo el olvido. Me olvidé de aquel chico de Madrid y empecé a salir con aquel que podía abrazarme cada día. No tenía la edad ni la fortaleza para tener una relación a distancia y sé que le hice mucho daño. Tanto, que jamás volví a hablar con él. Le volví a ver, pero su mirada de odio y rencor siempre miraba hacia otro lado. Perdí al amor más inocente y sano que conocería jamás…

Con el chico del instituto estuve saliendo durante varios años, pero la universidad dividió nuestros caminos y las ganas por conocer mundos nos separó de un modo que no nos dolió demasiado a ninguno. Teníamos ganas de vivir nuevas experiencias y experimentar la vida de la mano de gente nueva. En la universidad conseguí a esos amigos que después me acompañaron por la vida, fortalecí relaciones recién estrenadas que acabaron quedándose a mi lado de forma eterna, supongo que le pasa a mucha gente. Es el principio de una madurez en la que empiezas a elegir quienes van a ser tus compañeros de aventuras, de alegrías y penas.

En el transcurso de mi vida universitaria conocí a varios hombres, pero a pocos amores y era feliz así. Cuando sentía que alguien adquiría un aire de compromiso más elevado que el mío le frenaba los pies y la palabra relación me causaba verdadero terror. A veces, me sorprendía a mí misma por la frialdad que me caracterizaba en cuanto a ellos. En mi vida cotidiana siempre me caractericé por ser una mujer fuerte, divertida y muy, muy cariñosa, simplemente era que los hombres, para más de cuatro ratos, dejaban de parecerme interesantes. Me gustaba ser libre, no dar explicaciones a nadie, hacer y deshacer a mi antojo, sentirme querida, pero no querer y eso sé que es bastante egoísta, pero esa era mi forma de ser feliz.

Cuando terminé la universidad me fui a vivir a Madrid. Mi amiga Sandra, mi mejor amiga de la infancia, vivía allí desde hacía un par de años. Ella era actriz y triunfaba en pequeños teatros de la capital y yo quería empezar mi vida profesional en esa ciudad, era algo que había tenido claro desde siempre. Vivíamos en un pequeño apartamento con otra chica más muy cerca de Tirso de Molina y a los pocos meses en la ciudad conseguí mis primeras prácticas en un bufete de abogados que me sirvió como escuela aunque el sueldo que me pagaban parecía más una limosna que el salario por todo un mes de trabajo, pero con la ayuda de mis padres, conseguí superar aquellos primeros meses profesionales y de penurias. Sólo tenía veintitrés años y me sentía fuerte y valiente, guerrera y luchadora, poderosa frente al resto. Pablo tenía diez años más que yo y era un abogado de éxito, respetado en la profesión y un señor dentro de aquellos despachos, al que todos admiraban y pedían consejos. A pesar de su juventud, era brillante en su trabajo. Me parecía guapo e inteligente y me reía de mi misma cuando pensaba lo mucho que me gustaría acostarme con él sobre la mesa de su oficina.

Yo notaba como él me miraba y una mañana, mientras tomábamos café y apurábamos cigarros en la puerta del edificio, él pasó y nos dio unos buenos días con una sonrisa de galán que me transmitía poca confianza pero, tenía que reconocer, me apasionaba.

-No tienes nada que hacer… Este sólo se junta con mujeres explosivas a las que les promete amor eterno y de las que se olvida sólo una semana después.- Me dijo Rosi, una señora de unos cuarenta y tantos años que llevaba trabajando en esas oficinas desde hacía muchos años.

Me reí.

-Bueno, pues entonces es de los míos… A mí los que me dan miedo son los que prometen amor eterno en la primera semana y después lo cumplen. Eso, finalmente, siempre acaba siendo una mentira.

En aquellos primeros meses de prácticas llegó la Navidad, y como toda empresa, organizamos una fiesta.

Siempre había sido una persona que había conseguido todo aquello que se había propuesto y en cuanto a hombres se trataba, siempre me había encantado tener el poder de la elección y el triunfo en la recompensa. Aquella noche, me apetecía estar especialmente apetecible y si acababa, entre copa y copa, en casa de Pablo, no me iba a importar lo más mínimo.

Cenamos todos juntos en un restaurante y las botellas de vino duraban poco tiempo en las mesas. Risas, bromas y unos compañeros maravillosos… La verdad es que había tenido mucha suerte. Por desgracia, él se había sentado bastante lejos de mí, no podía verle a penas y no hablé con él durante la cena. Tras las copas en el restaurante, algunos decidimos entrar a un local que había cerca de allí, habíamos bebido lo suficiente para que las risas tontas no nos abandonaran y las ganas por mover el cuerpo en la pista de baile se incrementaban por momentos. La noche era joven, demasiado joven. Pablo era uno de los que se animaron a salir y eso hizo que mis ganas de fiesta creciesen por segundos, quería beber mucho y disfrutar. Todos nos reíamos, nos hacíamos fotos y bailábamos unos con otros… Yo le sonreía y él me sonreía. Es más, me sonreía del mismo modo que yo le estaba sonriendo a él, con pasión y deseo, con ganas de comernos a besos. Me acerqué a la barra, tambaleándome divertida, cuando él se puso a mi lado y le dijo a la camarera que le sirviese lo mismo que a mí y que además pagaba él. Le sonreí y asentí, levantando la copa hacia la suya en un gesto de brindis y agradecimiento. Quise hacerme la interesante y sin dejar que hablase más, me volví hacia donde estaban el resto de nuestros compañeros. Al salir de la discoteca, me preguntó si quería que me acercase a casa, él no había bebido mucho y podía conducir y yo desde luego, no estaba en condiciones para irme sola a ningún sitio. Quise asentir cuando tropecé y me caí, de forma literal, sobre sus brazos, mientras escuché las carcajadas divertidas y apestando a alcohol de los demás.

Cuando subí al coche me preguntó dónde vivía, y cómo pude le dije que prefería ir a su casa que a la mía. Él sonrió y arrancó. No sabía ni por qué había dicho eso. Empecé a marearme y tuve que bajar la ventanilla, el aire frío de aquella noche de diciembre no era capaz de devolverme a un estado normal en el que poder resultar una chica interesante si al menos me quería llevar una noche de sexo apasionante. Nada, cada vez me encontraba peor. Subí a su casa cogida de su brazo, riéndome y sin ser capaz de dar dos pasos seguidos en línea recta.

Mi cabeza iba a estallar cuando mis ojos no soportaron más los rayos de sol que entraban por el cristal de la ventana, no reconocía la habitación donde estaba, que por cierto me pareció preciosa, y no sabía cómo había llegado hasta allí… Un maravilloso olor a café se filtraba por debajo de la puerta y decidí salir.

Encontré a Pablo en su salón, que estaba separado por una barra americana de su cocina. Me sonrió y me dio los buenos días. No sabía si salir corriendo o volver hacia atrás y esconderme debajo de las sábanas.

Llevaba puesta una camiseta que por supuesto no era mía y no recordaba absolutamente nada de la noche anterior. Debió ver la confusión en mi mirada, en mi cara demacrada y me dijo sonriendo que había bebido mucho la noche anterior y que después de estar más de media hora vomitando en el baño, me había dado aquella camiseta suya para que me acostase en su cama. Es decir, no había pasado nada entre nosotros, algo que no acabó de sentarme del todo bien. Me senté a su lado en el sofá y le dije que me estaba muriendo de vergüenza y que, por favor, al llegar el lunes a la oficina, olvidase aquel capítulo de mi vida. Nos reímos y me dijo que iba a preparar unos macarrones a la boloñesa y si me apetecía quedarme a comer, sin saber por qué, asentí. Me quedé a comer y me quedé dormida de nuevo en el sofá viendo una película.

Cuando me desperté eran las ocho de la tarde y me sentí una sinvergüenza. Le dije que era hora de marcharme, que ya había abusado demasiado de su hospitalidad. Me vestí con la ropa de la noche anterior que olía a tabaco y alcohol y pensé lo desagradable que podía resultar subir al metro con aquellas pintas. Le pregunté dónde podía coger un taxi y me dijo que me llevaba a casa. Cuando llegamos a la puerta de mi piso no sabía qué decir ni qué hacer para salir de allí como una persona normal, ante uno de mis jefes y uno de los mejores abogados de la ciudad. Me lo puso fácil cuando me sonrió y me dijo: “Hasta mañana…”.

Cuando le conté a mis compañeras de piso lo sucedido fui consciente de lo ridícula que había resultado la situación y me sentía fatal. Le había pedido a un tío que me encantaba, con el que trabajaba, que me llevase a su casa, para acabar vomitando y durmiendo en su cama.

La semana transcurrió con normalidad, me moría cada vez que me lo cruzaba y apenas era capaz de mirarle a la cara. Él sonreía y yo entendí lo divertida que le parecía aquella situación en la que una niña se estaba muriendo de vergüenza cada vez que le miraba, una niña que se le había insinuado, que había acabado entregada a él pero no había sido capaz de hacer absolutamente nada, y entonces me pregunté por qué demonios me estaba preocupando todo aquello, y me di cuenta. Me gustaba más de lo que había imaginado.

Entendí su juego de miradas y sonrisas y decidí aparcar la vergüenza y sacar la garra que siempre me había caracterizado, si quería jugar, jugaríamos. El jueves de la semana siguiente, tuve que quedarme hasta tarde para solucionar un caso que me traía de cabeza desde hacía tiempo. No quedaba casi nadie en la oficina cuando vi luz en su despacho. Me acerqué y di un par de golpes en la puerta antes de abrir. Le encontré frotándose los ojos frente al ordenador y sentí como se le escapaba una sonrisa al verme. Le dije que si no le quedaba más de media hora podíamos ir a tomarnos unas cañas, que nos lo habíamos ganado. Me invitó a pasar y se levantó de la silla. Vi como cerraba la puerta del despacho a mi espalda y vi como clavaba sus ojos en los míos, como acaricio mi cuello y como sus labios se desataron frente a los míos. Apagó la luz y me quitó el jersey, empezó a desabrocharme la camisa y mis manos recorrían su espalda como si nunca hubiese vivido nada igual. Sentí fuego estallando en mis entrañas, sentí un cosquilleo entre las piernas y me dejé llevar por la pasión que explotaba tras muchas semanas contenida.

Cerca de su mesa había un pequeño y señorial sofá, en el que me tumbó y me quitó con fuerza los vaqueros, le sentí sobre mí, recorriendo con su lengua mi vientre y mis secretos. Hice el amor como no lo había hecho con nadie. Me senté sobre su cintura mientras me clavaba los dedos en la espalda, mientras no dejaba de besarme y mientras me hizo sentir el placer más absoluto que podía imaginar. Cuando terminamos, me quedé en silencio abrazada a él, sentada sobre él, con mis piernas ejerciendo de cinturón todavía, cruzadas a su alrededor, fundida en un abrazo y tuve ganas de llorar, de felicidad y pasión. Entonces, supe que estaba perdida.

Pablo y yo nos acostumbramos a vernos fuera del trabajo, a abrir botellas de vino en su sofá y a acabar horas y horas mirándonos a los ojos, con nuestros cuerpos desnudos bajo las sábanas y nuestras manos convirtiendo el tacto en caricias infinitas.

Mis prácticas acabaron y conseguí un puesto de trabajo fijo, con un sueldo mejor de lo que habría imaginado y durante meses nos encantó jugar al secreto, a los encuentros en el despacho, a las caricias aescondidas, a los tropiezos fingidos involuntarios. Nos resultaba muy divertido, y lo era.

Cuando no pudimos esconder nuestro amor y ya era un amor consolidado, me trasladé a vivir con él, en su maravilloso apartamento en plena plaza de Vázquez de Mella. Dos años después y con su ascenso, alquilamos un precioso chalet a las afueras de Madrid, con jardín y piscina, donde criaríamos a nuestros hijos y nos haríamos viejos juntos.

Nueve años de amor y dos hijos en común. Una vida maravillosa, llena de pasión, de deseo, de felicidad, de sexo, de besos, de libertad, de compromiso, de respeto, de cariño… Nunca imaginé que se podía querer tanto. Yo, que no quería compromisos, me había enamorado locamente a mis veintitrés años y cada día que pasaba sentía que mi vida dependía más y más de aquel hombre que me volvía loca cada segundo.

Por alguna extraña razón, hace meses que le noto extraño, que no me mira igual y que apenas me toca. El exceso de trabajo lo está apartando de mí, de nuestra familia y nuestro hogar y a pesar de mis intentos por acercarme a él y regalarle mi amor y mi cuerpo, cada vez le siento más lejos.

¿Alguna vez te han dicho que el amor se acaba? A mí me lo dijeron hace tres días. Con una frialdad disfrazada de tristeza en su mirada, sin ni una sola lágrima y con mi locura y rabia entrelazadas, Pablo me contó que ya no estaba enamorado de mí. El desamor, en este caso, tenía nombre y apellidos, veinte años y un cuerpo de infarto.

Hace tres días que no soy capaz de levantarme de la cama. Hace tres días que Carmen, la niñera de mis hijos, se encarga de ellos, de sus deberes y su colegio, de sus duchas y su comida y mi fuerza agotada no para de repetirme que soy cobarde y egoísta, por no sacar ganas de donde no las tenga, por ellos y por mi vida.

El silencio se ha apoderado de mi mente. Como si de un cuentagotas se tratase, como si esas gotas las pudieses estar observando, mirando fijamente, oyéndolas caer, despacio y lentamente, una a una… pum, pum, pum… Sin ningún sonido más alrededor, más que ese dolor desangrándose y los latidos de tu corazón, entremezclados. Latidos acelerados que se paran en seco para ir despacio sólo un instante después… La sensación más triste y dolorosa de una vida, la sensación de final, de no querer seguir, de no tener ganas, del amor golpeando, haciéndote daño, machacándote el alma, cortándote la respiración, llevándose tu aliento, tus manos dormidas, las piernas temblado…

Se llama egoísmo, pero quiero que el silencio se apodere de mi vida.

desesperacion

Buenas noches, amigos.

Lorena.

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2 pensamientos en “Silencio

  1. Un silencio que a veces nos grita lo que tenemos que hacer, un silencio que acompaña, aconseja y nos deja ser nosotros mismos.

    Decirte que tienes ARTE es quedarme corta, eres increíble chiquilla robas miles de emociones en cada una de tus líneas.

    Besazo!

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