Te encontré.

Las fresas con leche condensada han sido, desde que soy muy niña, mi postre, desayuno o merienda favorita. Mientras me tomo un tazón lleno de ellas y el sol vuelve a asomarse por Madrid, os traigo este post. Viene en forma de relato… Porque sé que los relatos os gustan mucho, y porque hace demasiado que no escribo uno.

Cuando desaparezco varios días de aquí no es por voluntad propia, es por falta de tiempo. Aunque no pueda escribir cada día, sigo estando presente en mis RRSS, tanto en mi página de Facebook y, sobre todo, en mi cuenta personal de Twitter.

Como siempre os digo, leed despacito, saboread las palabras y viajad con ellas allá dónde queráis…

TE ENCONTRÉ

-¿Paula, estás ahí? ¿me oyes? Paula, contesta…Dime algo, joder.

Paula estaba, claro que estaba. El silencio reinaba en el teléfono, reinaba en la habitación, reinaba en su corazón. Paula siempre fue una mujer de apariencia fuerte y alma débil y no es porque le gustase aquello de aparentar lo que uno no es, simplemente, era una coraza que con el tiempo había aprendido a construir. Con la mirada perdida a través de la ventana, colgó el teléfono mientras él seguía preguntando por qué no contestaba. El teléfono volvió a sonar, sonó una y otra, sonó durante días, hasta que decidió apagarlo. No iba a responder, no lo iba a hacer nunca más.

Los días siguientes fueron días llenos de silencios, de soledad (voluntaria e involuntaria), de lágrimas desconsoladas, de consejos de amigos, de risas forzadas, de poco apetito, de copas de alcohol, de noches de insomnio, de ojeras cansadas, de miradas tristes, de alma pesada…

Cuando pierdes a alguien a quien amas crees que el mundo se ha acabado. Llegas a la estupidez de creerte que la vida no tiene sentido, que ya nada podrá ser igual, que nunca se podrá querer a nadie de esa forma, que nadie te volverá a mirar así, que con nadie tendrás esa complicidad y en nadie podrás encontrar esa confianza. Creerás que nadie te hará el amor de esa forma y que con nadie más quieres pasar horas mirándote a los ojos tumbada en una cama… Las rupturas fuertes son todas iguales. Los mismos sentimientos, por eso siempre sirven los mismos consejos, aún con la dificultad de poder llevarlos a la práctica. A Paula, después de su tormentosa relación, de tantas idas y venidas, de tantas lágrimas, tanto rencor, tanto querer y tanta obsesión, se le acabó el amor. Eso le habían dicho, que se había acabado el amor, que el amor se había esfumado, que ya no se podía seguir con esa relación. Se hizo un silencio en el teléfono y el teléfono se colgó. Ella era así, tomaba las decisiones en blanco o negro, nunca había tonos grises, aceptaba y apartaba, aunque el dolor se quedase agarrado a sus pestañas.

Tres meses después la vida había vuelto poco a poco a su forma… Ya no parecía que el mundo se acabaría, y parecía que la vida, pese a todo, aún tenía mucho sentido. Quedaban ganas de risas, de un carmín rojo en los labios y un vestido con el que sentirse la más guapa. Ella, la chica dura, ya había derramado todas sus lágrimas, y en su dureza infinita, había pasado los peores meses de su vida.

El sol bañaba las calles con una luz que casi molestaba al reflejar contra el asfalto… Ella, que venía del sur, siempre creyó que el sol daba la energía necesaria para tener un buen día y sabía que tenerlo, sólo estaba en la actitud. Cuando bajó a la calle, sentía como los ojos de los hombres se clavaban en su espalda, como algunos sonreían con gracia y otros simplemente apestaban. Ella sabía que su belleza nunca había pasado desapercibida, aunque últimamente parecía haberlo olvidado. Cargada con su mochila de piel que había comprado en uno de sus viajes a Marruecos, se sentó a tomar un café en una terraza donde el ruido de la calle se olvidaba al sentirse atrapado por el encanto del lugar. Sacó uno de sus libros y empezó a repasar los primeros apuntes de una larga aventura. En la mesa de al lado, un señor con corbata y traje, bebía el café con prisa, mientras un cigarro se consumía en sus labios a la vez que hablaba por el móvil con cara de enfado, en la mesa siguiente, dos chicas jóvenes reían y contabas entusiasmas historias que parecían ser fantásticas, a su lado, una señora mayor desayunaba una tostada y bebía té mientras su Yorkshire terrier la observaba con la esperanza de que cayesen unas migas de pan que le alegrasen la mañana, y al final, en la última mesa ocupada había un chico que la observaba a través de un periódico y una coca cola.  Él, apartó la vista enseguida, ella decidió mirarle un poco más. No sólo decidió mirarle, sino que también quiso analizarle. Era guapo, la verdad. Muy, muy guapo. De vez en cuando veía como él, tímidamente, levantaba la mirada que en menos de un segundo volvía a bajar y a ella le producía gracia, le producía gracia ese control sobre la situación, esa capacidad de intimidar y dominar algo o a alguien a quien ni si quiera conocía. Era un simple juego, y sonreía, entonces se dio cuenta que le apetecía jugar, porque necesitaba hacer daño. Necesitaba hacer el daño que le habían hecho a ella… ¿Pero le haría daño a un desconocido? Sí. ¿Por qué no?

Se quedó en silencio unos segundos y no sabía porque estaba teniendo esos pensamientos, de hecho, se avergonzaba mucho de esa maldad que no le pertenecía. Echaba de menos la fragilidad y sensibilidad a las que estaba acostumbrada, y le dio tanta vergüenza que se levantó a pagar y se fue de allí lo más rápido que pudo.

Llegó a la biblioteca, practicamente desierta. Los exámenes finales habían acabado hacía poco y los estudiantes ya se habían tomado sus merecidas vacaciones. Los que quedaban, eran los aplicados que necesitaban cogerse el verano para preparar sus asignaturas de septiembre. Ella llevaba tres meses estudiando, y sabía que su verano iba a estar condenado a apuntes y libros. Cuando pasó aquello, cuando recibió aquella llamada, cuando aquella ruptura le supo a puñaladas supo que necesitaba cambiar su vida y entonces decidió preparar la selectividad y empezar una carrera. Filología de lenguas clásicas había sido la elegida.

La segunda mañana que se sentó en aquella terraza, se dio cuenta que prácticamente estaban las mismas personas, menos el hombre que fumaba enfadado, y las dos chicas entusiasmadas. Él si estaba, estaba allí, con el periódico de nuevo. Ni si quiera le miró. No quería hacerle daño.

La rutina de aquel verano se marcó por la casualidad y se convirtió en una tradición. Ya no quería dejar de ir a esa terraza, ni quería dejar de verle. ¿No quería dejar de ver a un desconocido? Así era, no quería dejar de verle, no sabía si quería conocerle, no sabía qué le provocaba aquel hombre, si sólo era curiosidad o si quizás le gustaba, sabía que ya no quería hacerle daño, pero tampoco quería conocerle. Le gustaba todo como estaba, tenerlo todo de lejos, aunque sólo fuese a tres mesas de distancia, le gustaba esa barrera de desconocimiento y desconfianza, quería que fuese así, o eso creía ella.

Algunas mañanas, cargada con su mochila y sus libros, deseaba que alguno de los dos no encontrase mesa y que sintiéndose en la obligación de desayunar en el mismo lugar de siempre, tuviesen que compartirla. Era una de cal y una de arena, un deseo incomprensible y un miedo incontrolable, no quería conocer a ningún hombre, no estaba dispuesta a que le fallasen.

Aquella mañana se miró al espejo y se sintió muy guapa. A las mujeres, muchas veces les pasa, unos días se ven preciosas y otros, aunque lo estén, se sienten tan feas que desearían poder volver a meterse en la cama. Paula siempre pensó que a los hombres eso no les pasa, ellos son mucho más simples, ellas más especiales. Cuando llegó a la cafetería de siempre, vio su periódico sobre la mesa, en una mesa y unas sillas vacías, se quedó unos segundos parada, no sabía si tenía pena o rabia, él ya no estaba.

Él, del que no sabia nada, del que sólo conocía la mirada, la voz que alguna vez había conseguido escuchar… Él, con su melena despeinada, su barba medio afeitada, sus ojos color miel, su vaquero, su camisa y su sonrisa escondida, siempre al otro lado del periódico, ese periódico que posaba ahí, abandonado en una mesa. Justo cuando estaba pensando en qué pasaría si no le volvía a ver, y en lo estúpida que había sido por no haberse acercado nunca a conocerle, sintió como alguien le rozaba el brazo con un gesto de “¿me dejas pasar?” y perdida en sus pensamientos sintió como la piel se le erizaba y como el corazón se le aceleraba cuando se dio cuenta que era él, que salía de la cafetería, que seguramente habría ido al servicio, y se sintió tonta, inocente y pequeña… Quiso reír a carcajadas pero se le secaron antes de abrir la boca. Él le sonrió amablemente, como se sonríe de forma cordial a alguien a quien no se ha visto nunca, y a su lado, una chica joven, morena, con el pelo rizado y la piel tostada, hablaba por teléfono y le siguió hasta su mesa, se sentó con él.

Paula tuvo esa sensación demasiado común en el ser humano de no saber si reír o llorar, se había quedado bloqueada, se sentó en su mesa de siempre, con un libro dónde no atinaba a leer absolutamente nada y se fue sin haber probado a penas el café. Sintió una decepción que no entendía de razón. No podía exigir nada a alguien a quien no conocía, con quien nunca había hablado. Sintió decepción de haber tenido una ilusión injustificada, y sintió el dolor que sintió hace unos meses con una llamada de teléfono y entendió que los hombres no estaban hechos para cuidar a las mujeres. Tuvo tanta rabia que incluso lloró, lloró por un desconocido, lloró por entender que aquellas mañana, en aquella terraza, antes de ir a la biblioteca, sólo habían tenido sentido para ella, había visto la sonrisa cordial de él y sabía que no era la misma que la que sentía ella. Llegó a pensar que estaba completamente loca y centró las semanas siguientes en sus estudios y su selectividad, a la que tendría que haberse presentado diez años atrás.

La selectividad fue superada con éxito y el curso acababa de empezar. Se sentía desencajada en aquellos pasillos donde, a pesar de aparentar más joven de lo que era, se sentía muy mayor. Por suerte, había escogido una carrera dónde había gente de todas las edades y casi predominaban más los adultos que los que acababan de ser adolescentes y dejar el instituto. Los primeros días, como siempre pasa, fueron días de presentaciones y caras nuevas y sólo habían pasado cuatro días cuando le tocó el turno de presentación a la profesora más atractiva, sin duda, que pisaba aquella facultad. Se le paró el corazón. Era ella, aquella mujer preciosa, con esos rizos negros y esa piel tostada que había estado con él en la cafetería, ella era su profesora y llegó a asustarle que todo fuese una casualidad. Paula, tan fuerte y valiente, la chica dura, estaba más confusa y sensible que nunca. Intentaba no mirarla demasiado, para que no se le notase la rabia injustificada que le tenía. No habían pasado ni dos semanas cuando la profesora anunció que en su próxima clase iba a invitar a su hermano, el mejor filólogo e historiador que conocía, para que les diese una charla de motivación sobre la carrera que habían decidido estudiar. Pues sí, era él.

Paula, entretenida ordenando unos papeles, tardó en levantar la mirada al centro del aula, a pesar de escuchar los pasos y el silencio respetuoso de la gente. Cuando levantó la vista, sus miradas se cruzaron y mientras ella se quedó totalmente paralizada, a él le salió una sonrisa como la que nunca antes había visto. No pudo evitar ser feliz y sentir que le temblaba la voz cuando tuvo que iniciar su discurso de motivación.

Cuando acabó la clase, entre los aplausos de los alumnos, el ruido de las sillas y el “ir saliendo” de todo el mundo, él se acercó a ella:

-¿Café manchado?

-Como siempre.- Contestó con una sonrisa.

En aquel momento, sin que hubiese sucedido nada más, pero con esa extraña sensación de la que hablan y no crees hasta que la conoces, Paula sintió que las casualidades no existen y en un segundo se olvidó del dolor que alguna vez tuvo, de los silencios, de las rabias y los miedos. Sintió paz, sintió paz en aquella mirada, en aquella sonrisa y en aquella extraña circunstancia que la vida le brindaba.

Te encontré…“, le dijo él, y a ella se le iluminó la mirada.

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Feliz jueves, amigos!!!

Lorena.

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Un pensamiento en “Te encontré.

  1. Terminar el jueves así, no solo hace que me vaya a dormir con una sonrisa sino que me mañana me levante con ganas de decir “hoy puede ser un gran día”.

    Increíble como escribes chiquilla, espectacular de verdad. Mil besos

    @Inma_06

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