Mil millones de GRACIAS.

Hoy el martes viene con la sensación de ser jueves, mañana damos por finalizada una semana muy corta y nos vamos de puente! Yo, que me he querido adelantar, ya vengo de desconectar unos días en un pequeño y maravilloso paraíso como es el norte de España, en mi página de Facebook compartí una foto preciosa del lugar donde he pasado los últimos días, alejada de todo y dedicándolos para mí y los míos.

Hoy vuelvo con un nuevo post lleno de agradecimientos. Marcel Proust decía: “Seamos agradecidos con las personas que nos hacen felices, ellos son los encantadores jardineros que hacen florecer nuestra alma” y yo no puedo estar más de acuerdo. No hay nada más maravilloso que ser agradecidos y no podemos sentirnos más afortunados cuando tenemos motivos para dar las gracias. No me gusta la gente que se pasa la vida recalcando sus esfuerzos, todos hacemos esfuerzos cuando queremos conseguir algo, si fuese fácil, no resultaría tan excitante. Sin embargo, me gusta y mucho la gente que da las gracias.

Por ejemplo, lo primero que hago cuando me compro un CD (Sí, soy de las que todavía va a la tienda a comprar el CD) es abrir el libreto que lo acompaña con las letras de las canciones y buscar los agradecimientos… Cuando compro música, compro música de alguien que me gusta y descubrir algo por lo que se siente agradecido es una forma distinta de conocer al artista al que admiras. Es muy triste que haya personas que no tengan la necesidad de dar las gracias, cuando las gracias se pueden dar muchas veces a lo largo de todo el día… A la chica del supermercado que te acaba de cobrar, al chico de una tienda de ropa que te acaba de atender, al camarero que te acaba de servir el café… Pero, ¿y a todas las personas que no están haciendo su trabajo y hacen cosas por ti, simplemente por que te quieren?

Como bien sabéis muchos, Lo Que te Quería Contar es un blog  que ha estado arropado, abrazado y mimado desde el minuto cero… Y yo, ante eso, no tengo suficientes GRACIAS ni suficiente tiempo para darlas… Porque son eternas.

¿Cómo puedo agradecer yo que haya tanta, tantísima, gente que comparta mis palabras sin pedir nada a cambio? Esta gente sólo lo hace por ayudarme a conseguir sueños, lo hacen para que llegue a todas las personas posibles y lo hacen porque creen en mí… Y creedme que no hay palabras de agradecimiento suficientes.

Hoy quiero acercarme a cada uno de vosotros, y que me perdonen de ante mano aquellos a los que posiblemente me olvidaré…

Mil millones de GRACIAS a mis amores Zara (mi Cometa del alma), Xandrita, Gabri, Mireia, Marta, Patrick… que comparten todos y cada uno de mis posts en sus muros de Facebook para que todos sus contactos sepan que ha habido algo nuevo que quería contar, mil millones de GRACIAS a mi hermanito Diego (mi chachi) que tiene la capacidad de llegar a miles y miles de personas de todo el mundo a través de Twitter y ha hecho que mi blog llegue a tantos rincones y a tantas personas que gracias a él me adoran y me siguen, mil millones de GRACIAS a mi amigo Angel Capel, que no ha dejado de apostar por mí y repetirle a sus miles de seguidores que lean mi blog, mil millones de GRACIAS a mis amores Rebe, Alba (MJDMV), María Paula y mi brother David que sin pedir nada a cambio han retwitteado los posts y han repetido mil veces que creen en mí… mil millones de GRACIAS a mi querida amiga Sara Sálamo que directamente ha enlazado su cuenta oficial de Twitter a mi blog para que cada post salte ante sus miles de seguidores, mil millones de GRACIAS a la diseñadora Laura Daluna que me sorprendió el día del libro presentándome ante sus seguidores y recomendando mis relatos, mil millones de GRACIAS a los que en algún momento han compartido mis posts, mis enlaces, mis palabras, a los que me han mencionado y han pedido a la gente que me lea y siga, mil millones de GRACIAS a todos los que habéis invitado a vuestros amigos de Facebook a darle “me gusta” a mi página…

Y si todo esto me llena de orgullo y amor, imaginad como me siento cada vez que lo hacen personas que no me conocen absolutamente de nada, que sólo saben de mí a través de las redes sociales, del blog y las palabras… No puedo sentirme más orgullosa, querida y agradecida… mil millones de GRACIAS a Merche y su cuenta oficial del club de fans de Diego por mencionar cada post, mil millones de GRACIAS a Inma por compartir y comentar siempre, por hacer sus reflexiones de cada post y siempre tener palabras bonitas para mí, mil millones de GRACIAS a Sandra Torre y a Vichi por emocionarse y compartirlo conmigo, por compartir mis letras con todos los suyos y querer desconectar del mundo a través de este blog, mil millones de GRACIAS a Daniela por darme su opinión siempre y darme los buenos días cada mañana con un mensaje positivo y lleno de amor, mil millones de GRACIAS a la página en Twitter de Violetta en Venezuela, por hacerme llegar a tanta gente, mil millones de GRACIAS a todas esas niñas que desde Rusia apoyan incondicionalmente cada cosa que hago o escribo, mil millones de GRACIAS a los que me hacéis llegar a Brasil, Colombia, Mexico, Argentina, Chile, Italia… Gracias infinitas a todos, a todos los que alguna vez habéis interactuado conmigo, a todos los que alguna vez me habéis querido escribir y contarme vuestras historias, a todos y cada uno los que me habéis dado vuestra opinión sobre un post, tanto en Facebook como en Twitter, a todos y cada uno de los que me leéis desde el silencio y GRACIAS también a los que no os gusta y no lo decís, porque no podemos gustar a todo el mundo y seguro que también hay muchos de esos… Me olvido a muchos, seguro, pero sentíos reflejados en estas palabras, porque os aseguro que todos los que las leéis formáis parte de esto y yo sólo puedo dar las GRACIAS e intentar dar de mí mediante las letras, todo lo que recibo de vosotros.

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Hace casi una semana se celebró el día del libro, y como podéis imaginar es un día que me fascina, siempre me ha gustado que la gente potencie la literatura y me encanta que haya un día oficial en el que todo el mundo tome a los libros como los verdaderos protagonistas, ya sólo me queda la esperanza que todos aquellos que siguen el llamado postureo en las redes sociales leyesen de verdad todos aquellos libros que subieron en forma de imagen.

Os adelantaba en el anterior post que había sido cómplice de algo que estaba pasando en la biblioteca de l’Olleria aquel día y hoy te lo quería contar. 

Unas semanas antes, me contaron que para la diada de Sant Jordi, la biblioteca de l’Olleria había organizado una serie de actividades, las librerías del pueblo montarían stands en la calle y la gente pasaría por allí a comprar y compartir el dia del llibreMe propusieron ser cómplice de una sorpresa para la gente de mi pueblo y a mi no me pudo hacer más ilusión. Junto a un relato del autor Angel Cano Mateu, uno de mis relatos sería editado e impreso y se regalaría a todo aquel que participase en las actividades o comprase libros aquel día. Me parecía una idea maravillosa y para la ocasión elegí un relato ya publicado aquí en el blog; El juego prohibido, la pasión y la mentira (lo encontraréis en el apartado de “relatos”).

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No tardé en recibir mensajes, fotos y sonrisas a través de mi teléfono de la gente que me quiere, de los que me conocen bien y de los que no me conocen tanto, pero la gente de mi pueblo se alegraba por mí y todos ellos querían compartir la felicidad conmigo, no hay nada más bonito que eso. Siempre digo, y siempre diré, que mientras una sola persona se emocione con algo que yo escriba, me daré por satisfecha… No os imagináis lo bonita que es la sensación cuando alguien me dice que tiene los pelos de punta tras uno de mis posts, que ha llorado o que ha viajado por sus recuerdos y se ha emocionado… No hay nada, absolutamente nada, más gratificante que eso. Por eso no me canso de dar las GRACIAS, por eso sé que si todo ser humano se dedicase a hacer lo que realmente le gusta viviríamos en un mundo mucho más fácil.

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La biblioteca de l’Olleria, además, organizó un concurso de fotos a través de Instagram en el cual una de mis fotos quedó finalista y cuyo obsequio recogió mi madre orgullosa. Muchas veces me digo a mi misma lo mucho que me gustaría que l’Olleria tan sólo estuviese a media hora de Madrid para poder estar en momentos que lamentablemente me pierdo… El miércoles pasado fue uno de esos días.

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Invité a a gente a enviarme fotos y a compartir conmigo el libro con el relato de Angel y el mío… porque este post quería dedicárselo al día del libro  y a lo feliz que me hizo formar, de algún modo, parte de él… mil millones GRACIAS a todas y cada una de las personas que han querido hacerlo, que quisieron escribirme aquel día para contarme que mi relato impreso estaba en sus manos… Hoy quería que ellos fuesen protagonistas de Lo Que Te Quería Contar, porque la gente que arranca sonrisas merece ser protagonista, al menos en la vida de quienes las reciben.

Moltissimes gràcies a Loreto, Emma, Ania, Lurdes, Angi, Jesús, Patri, Jenni, Sheila, Mireia, Maria Oviedo, Sandra, Maria Albiñana, Rafa, Jose, Julio, Ylenia, Maria, Martina, Sara, Tamara i Valeria, Ivana, Carles, Paco, Maria José, Paco Borràs, Marta, Jordi, Elisa, Julia, Mari i Pepe.

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Muchas GRACIAS a todos, los que estáis de forma incondicional y los que han estado de pasada… Hoy esto es vuestro y las palabras sonríen y bailan.Que no paren las letras, que no paren los sueños…

MOLTES GRÀCIES.

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Imagen de “Elles Audiovisual”

Feliz martes, amigos.

Lorena.

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Por amor al arte (Parte II)

Dia de Sant Jordi. Un llibre i una rosa per a tothom…

¿Cómo no me tiene que hacer feliz que haya un día del libro? Un día oficial en el que los libros son los verdaderos protagonistas…  Hoy y siempre. No debemos dejar de leer nunca, porque la ignorancia es lo único que nos podrá hacer débiles. Hoy, en mi pueblo, se celebra el día del libro y como anuncié ayer en mi Twitter y en mi página de Facebook, espero que todos los que estéis por allí paséis por la biblioteca de l’Olleria, donde se van a celebrar muchas actividades y vais a poder encontrar una sorpresa (micro)literaria de la cual, junto a otro autor, Angel Cano Mateu, he sido cómplice. Cuando pase el día, os cuento al resto de qué se trata.

Hoy en el día del libro yo no podía dejar de escribir… Y aquí traigo la segunda y última parte del relato que os dejé a medias hace unos días, Por amor al arte. Recibí comentarios, recibí respuestas y creo que aunque hubo quién tuvo sus sospechas y a quién el protagonista no le daba muy buena espina… Creo que nadie esperaba el final que aquí os espera. Leed despacito, con calma, que hoy el día es para ello…. Hoy te lo quería contar.

FELIZ DÍA DEL LIBRO. FELIÇ SANT JORDI.

Por amor al arte (Parte II)

 

-¿Una sorpresa?.- Dijo ella con una tímida sonrisa muriéndose de ganas por saber de qué se trataba.

-Te lo contaré en París.

-¿París?- Gritó entre risas, asombro y besos.

En dos semanas viajarían juntos a la ciudad del amor, pasearían por sus calles y podrían disfrutar de todo el arte que a ella le apasionaba, por amor al arte.

Recibió la llamada de Jorge el lunes a primera hora, no lo podía creer. ¡Su mejor amigo estaba aquí! Jorge se había ido el año anterior a Alemania con una beca erasmus y allí conoció a Ana, de la cual se había enamorado locamente y con quien había empezado una maravillosa historia de amor quedándose a vivir junto a ella en Berlín, pero Jorge había vuelto durante unos días y ella se moría por verle. Jorge era uno de esos amigos que la vida te regala para guardarlos y mimarlos, él había sido su mayor cómplice desde niña, junto a María, eran los tres inseparables. Él fue su gran apoyo cuando ocurrió el trágico accidente de la muerte de su hermana. Él, más que un amigo, era un hermano.

-¡Me ducho y nos vemos enseguida!

Aquel día quedaría con Ángel por la tarde, así que la mañana ya estaba adjudicada a su mejor amigo, a sus historias y a que se contasen absolutamente todas las novedades de sus vidas. No les hizo falta decir donde reunirían, los dos acudieron a la misma cafetería de siempre, al verse, se fundieron en un abrazo eterno y en miles “qué ganas tenía de verte…”. Pasaron juntos tres horas que parecieron tres minutos y se dieron cuenta que la amistad verdadera está basada en eso, en que cada encuentro, aunque estuviese separado por tiempo y distancia, pareciese pegado al anterior. Le preguntó por María y ella sintió pena, mucha pena… Hacía tiempo que no se veían y sabía que tenía que llamarla. ¡Qué feliz fue aquella mañana! ¡Qué bonito estaba siendo todo en su vida!

A Ángel no le gustó, no le gustó absolutamente nada.

-No entiendo qué te pasa… Es mi mejor amigo.

Le estaba faltando el respeto, la miraba a los ojos y le pedía explicaciones, que le jurase mientras la miraba que no había nada entre ese chico y ella, le hacía jurar que no se habían mirado, ni tocado, y le aseguraba que Jorge estaba enamorado de ella, no había otra explicación para que hubiese querido verla después de tanto tiempo… Ella lloraba, en silencio y a gritos, de rabia, de frustración. No entendía nada, no le reconocía, no sabía qué pasaba. Él se fue, enfadado, y ella se quedó sola. Se quedó llorando, llorando y llorando durante horas, llamándole por teléfono mientras él no contestaba. Quizás él tenía razón y debería haberle avisado de que iba a quedar con su mejor amigo.

Cuando consiguió hablar con él, le pidió perdón mil veces. Ella, que ya no sabía ni lo que hacía, le suplicaba que le perdonase aunque en el fondo de su alma se preguntase qué tendrían que perdonarle… ¿Cuál había sido el crimen? Ángel la perdonó, la volvió a llenar de besos y caricias, de amor, le explicó que la amaba tanto que la posibilidad de perderla o imaginarla con otro le volvía loco, y ella lo entendió. Asintió y le amó, sin reproches. Entregando su corazón, su alma y su personalidad a otro cuerpo y otro ser.

Viajaron a París. Esta vez, quería decírselo a sus padres.Cuando les dijo que viajaría con su novio, sus padres quisieron conocerle. Ellos, desde hacía años, vivían atemorizados por todo. De hecho, ella sabía aunque no se lo dijesen, que vivían con miedo cada vez que ella salía por la puerta de su casa. Les pareció encantador. Guapo, educado, alegre, simpático, cordial, respetuoso… Y la quería, en los ojos se le notaba que la quería mucho. Sin ninguna duda, dieron el visto bueno para que los enamorados viajasen a la ciudad del amor.

París, el viaje perfecto, la ciudad perfecta, el hotel perfecto, los museos perfectos, el chico perfecto… Nada tendría que haber fallado y falló. Desde aquella mañana en la que vio a Jorge, al que por supuesto, no había vuelto a ver antes de que volviese a Berlín, él había cambiado y ella se sentía culpable. Había perdido su confianza y por más que lo intentase no la recuperaba. Estaban bien sólo cuando él quería y poco a poco ella iba perdiendo la fuerza en demostrar que él era el único y gran amor de su vida. Entre altibajos, enfados y risas, besos y faltas de respeto, pasaron aquellos días en la capital francesa. Días de sueños mezclados con pesadillas que ella quería borrar y olvidar, siempre dispuesta a perdonar. Sin saber cómo ni por qué, estaba totalmente sujeta a él, a su estado de ánimo, a sus caricias y sus enfados. Había dejado de ser quien fue.

El tiempo pasaba sin más, pero ella era feliz, siempre se lo decía a sí misma. Los buenos momentos siempre superaban a los malos y ella prefería quedarse con eso. Estaría entregada a él en cuerpo y alma, no soportaría perderle. Una noche discutieron tanto que ya ni sabía cuál había sido el motivo inicial. Siempre había un motivo, si no era un mensaje que recibía en su móvil, era porque había sonreído cordialmente a algún conocido, o porque no le estaba queriendo cómo le quería antes, aunque ella en nada hubiese cambiado… Bajó del coche llorando mientras él aceleraba. No quería ir a casa, no sabía que hacer. Se acordó de su hermana y deseó con todas sus fuerzas poder abrazarla, poder hablar con ella, pedirle un consejo, un “dime que tengo que hacer…”. Llamó a María y le preguntó si podía dormir con ella. Pasó la noche en casa de su mejor amiga, llorando, escribiéndole mensajes que él no contestaba, preguntándose qué había hecho mal…

-Tienes que parar esto, por favor. No puedes permitir que te trate así. ¿Cuánto tiempo lleváis mal? ¿Cuánto tiempo llevas llorando? ¿Por qué nunca me has dicho nada? No puedo verte así…- María hablaba sin parar creando un monólogo que ella era incapaz de escuchar… Necesitaba verle y estar con él, como una maldita droga de la que no se podía desenganchar.

Quedaron por la tarde y el día se hizo eterno. Dieron un paseo y fueron a cenar. Ella intentaba quererle, pero había algo entre ellos que les separaba demasiado. ya no reconocía esa mirada, los besos no sabían igual y las caricias le daban miedo.

-Creo que deberíamos dejarlo… -Dijo mientras le quemaba la voz.

Él no contestó, sólo levantó la mirada del plato y la clavó sobre ella. No sabía quién era, esos ojos estaban llenos de odio, y sintió como un dolor espantoso le penetraba el pecho. Él pidió la cuenta y se levantó de la silla esperando que ella le siguiese, subieron al coche y aceleró. Aceleró mientras ella, llorando, le pedía que fuese más despacio y entonces el horror se fue reflejando en su cara… No podía creer lo que sus ojos veían.

-¿Qué es esto? ¿A qué estás jugando? ¿Qué tipo de broma es esta?- Ella lloraba y gritaba, estaba aterrorizada.

-Baja del coche. ¡Baja del coche he dicho!

La arrastró hasta el puente, ella lloraba, lloraba como una niña perdida. Aquel puente, aquel lugar. Aquel río que se había llevado la felicidad de su familia, que se había llevado la mitad de su corazón, aquel puente que les había arrancado la alegría, que les había destrozado la vida…. La sujetaba frente a su cara, con el cuerpo apoyado en la piedra fría que desembocaba en el vació, a muchos metros del agua, la miraba con desprecio y con una mirada que jamás habría sido capaz de reconocer…

-Te di una oportunidad, te di muchas. Te puse el mundo a tus pies, te regalé viajes, te llevé a los mejores restaurantes, te compré toda la ropa que te gustaba, todos los malditos libros de arte que querías, te llené de amor… Y tú, ¿qué hiciste? fallarme, fallarme una vez más. Mirar a otros, no quererme, despreciarme… ¿Crees que eres mejor que yo? ¡Contéstame!.- Estaba fuera de sí. Las venas del cuello parecía que iban a estallar y en sus ojos el fuego del odio parecía que los iba a quemar.

Ella lloraba y suplicaba que él la llevase a casa… cuando escuchó una cruel y desgarradora carcajada.

Le dio la vuelta y la puso mirando al vacío, la sujetaba con fuerza y el temblor de su cuerpo ni si quiera se notaba entre la fuerza de sus brazos. Ya tenía medio cuerpo fuera. Ella sentía su aliento sobre su oído, ese aliento del que había estado locamente enamorada, al que le había entregado su vida, ahora le mordía, le quemaba el pelo y el alma.

-Eres igualita que la zorra de tu hermana… Aunque tu tengas amor al arte.- Y la empujó.

Una caída de segundos que se hicieron eternos, una caída al vacío que iba a llevarla a la muerte. Una caída que le regaló mil imágenes en su mente. Él, su amor, su odio, sus padres, Jorge, María… Lucía. Su hermana, su hermana. Él había sido el chico del que se había enamorado. Él la había asesinado. Boom. El golpe seco contra el agua le arrancó la vida y los suspiros.

Miró desde lo alto. Pobre familia. Otro suicidio. Arrancó el coche y se fue de allí. Los últimos caprichos le estaban saliendo demasiado caros.

Quizás fue la ira, fue el dolor, fue la rabia,fue la injusticia… A penas podía un brazo y el otro sin duda estaba roto. Las piernas pataleaban con toda su fuerza y a penas podían luchar contra el agua, y consiguió moverse, arrastrarse y llegar hasta una orilla fangosa, llena de matorrales, con el cuerpo lleno de heridas y el alma hecha jirones. Allí, en tierra sólida y húmeda dio los últimos suspiros, miró la noche, llena de estrellas y le pidió perdón. Sintió como su alma se desvanecía y como la vida se apagaba.

Pasaron minutos, horas y días… Años, incluso, le habían parecido a ella. Ocho horas le confirmaron después. Escuchó unos gritos… “¡Está aquí!” Decía la voz de una chica a la que no conocía. Sirenas, luces, lágrimas, alientos de felicidad… Acababa de volver a la vida.

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Feliz miércoles, amigos.

Lorena.

Gracias Gabo…

Sé que muchos esperabais que el siguiente post fuese la continuidad del relato que os dejé con el final a medias. Os prometo que la segunda parte de Por amor al arte llegará estos días, pero tras las vacaciones de Semana Santa y un intento fallido por desconectar del mundo, hoy debería dedicar unas humildes palabras a quien me regaló tantas palabras mágicas. Hoy te lo quería contar.

Estos días atrás a penas he estado mirando el móvil, no he visto las noticias en televisión ni un sólo día y no he leído los periódicos. Leía vuestras menciones en Twitter y poco más. La noche del jueves fue la única noche que sin saber muy bien por qué leí unos cuantos Tweets de todos aquellos a los que sigo… Tweets y RT… La noticia ya ocupaba todo el protagonismo en Twitter. No lo podía creer. Me crujió el alma.

Como bien os decía en mi página de Facebook, la vida está inevitablemente condenada a la muerte, pero cuando muere alguien tan grande entre millones y millones de personas… El corazón duele. Inevitablemente me acordé de José Luis Sampedro y ese post que les dedicaba a él y a su Vieja Sirena hace unos meses… Y otra vez la literatura llorando de rabia, y las letras gritando de dolor.

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Como a muchos los grandes, Amparo, mi profesora de literatura del instituto, se encargó de presentarmelo. El amor en los tiempos del cólera fue nuestro primer contacto, nuestras primeras caricias, mi amor incondicional por él, a primera vista. Aquella historia me enamoró por querer hacerla tan mía que quise compararla con un pequeño trozo de mi vida. En el protagonista, Florentino Ariza, enamorado toda su vida de la protagonista, vi un reflejo basado en la inocente y soñadora adolescencia de mi misma. Durante muchos años, le recordé esta historia a un chico que me había gustado desde siempre con el que durante muchos años soñé que me casaría. Con el tiempo, él se convirtió en mi amigo y pude explicarle cómo años atrás leyendo las palabras de García Márquez y una historia de amor que había costado más de 53 años para hacer feliz a su protagonista, había pensado en él y había sonreído al saber que nada es imposible y que el tiempo en el que estemos vivos será nuestra garantía para poder cumplir todo aquello que soñamos, sin importar el cómo y el cuándo. Quizás, simplemente por esto, aquella se convirtió en una de mis obras favoritas de todos los tiempos.

En mi primer año de universidad y con la moda aún creciente de celebrar el “amigo invisible” por Navidad, uno de mis profesores propuso hacer un amigo invisible en el que sólo se pudiesen regalar libros. A Ana, a quién por aquel entonces a penas conocía y con quien unos años después compartiría uno de los mejores viajes de mi vida, no dudé en regalarle un libro de uno de mis escritores favoritos y recuerdo que en la dedicatoria le puse que sólo esperaba que lo disfrutase tanto, como lo había disfrutado yo. La obra elegida fue Noticia de un secuestro.

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García Márquez es uno de esos escritores que forman el boom latinoamericano, uno de esos genios que han dedicado su vida al arte, a las letras y las palabras. Además de escritor, su vida ha tenido una larga trayectoria en el mundo del periodismo, aunque él estudiase derecho. Recuerdo cuando hace años se publicó aquella carta de despedida en la que sólo quería recalcar las cosas importantes de la vida y como mi amiga Norma me la envió en un e-mail para que me emocionase tanto como lo había hecho ella…

Yo, con una ideología bien lejana al catolicismo y a su iglesia, no dudé quien era el verdadero protagonista de este jueves santo que dejaba sin un brazo a la literatura contemporánea. Me emocioné de ver a tantísima gente citándole en las redes sociales y deseé que todos ellos le hubiesen leído, al menos, alguna vez. Me emocioné de ver a la literatura tan viva y saber que muchos genios fueron reconocidos también en vida. A García Márquez su Premio Nobel de Literatura en el año 1982 no le supuso el premio a una carrera literaria finalizada, el reconocimiento a un “ya está todo hecho”. Por el contrario, jamás dejó de escribir. Nos ha dejado una herencia literaria que viajará por los años, por los tiempos y las generaciones, y nosotros, estemos donde estemos, podremos contar, hasta que la vida nos lo permita, que estuvimos vivos en aquellos años en los que él todavía escribía historias, hacía reflexionar al mundo y creaba arte con sus libros y sus cuentos.

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En el año 2000, un año después de que le diagnosticaran un cáncer linfático que finalmente ha acabado con su vida, decía en una entrevista a El Tiempo en Bogotá:

Hace más de un año fui sometido a un tratamiento de tres meses contra un linfoma, y hoy me sorprendo yo mismo de la enorme lotería que ha sido ese tropiezo en mi vida. Por el temor de no tener tiempo para terminar los tres tomos de mis memorias y dos libros de cuentos que tenía a medias, reduje al mínimo las relaciones con mis amigos, desconecté el teléfono, cancelé los viajes y toda clase de compromisos pendientes y futuros, y me encerré a escribir todos los días sin interrupción desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde. Durante ese tiempo, ya sin medicinas de ninguna clase, mis relaciones con los médicos se redujeron a controles anuales y a una dieta sencilla para no pasarme de peso. Mientras tanto, regresé al periodismo, volví a mi vicio favorito de la música y me puse al día en mis lecturas atrasadas”

Escribió por pasión, por vocación y nos regaló al mundo entero miles de páginas llenas de sabiduría, verdad, crítica, vida, política y amor… Y yo sólo puedo estar agradecida.

Duele el corazón cuando del mundo desaparecen personas tan necesarias, tan sabias. Cruje el alma cuando un genio muere.

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”

Entre otros, la crónica de una muerte anunciada nos parecerá cien años de soledad en las memorias de sus putas tristes

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GRACIAS GABO. 

Feliz lunes, amigos.

Lorena.

Por amor al arte… (Parte I)

Hace días que una historia me viene rondando la mente, una historia que tenía muchas ganas de plasmar y compartirla con vosotros. Una historia que mi mente, que siempre va más allá de la realidad, ha creado para convertirla en relato. Tendríais que verme… Estoy muerta. He llegado de trabajar y mi cuerpo me pedía a gritos que me tumbase en el sofá, que descansase y me pusiese a leer un rato, pero hoy tenía que escribir. Necesitaba hacerlo.

Voy a aventurarme a hacer algo que no sé si saldrá bien… Os traigo un relato para que lo leáis despacito, como a mí me gusta… Pero sólo os traigo la primera parte. Todavía no sé si lo publicaré en dos partes, o en tres, porque os tengo que confesar que aunque ya sé el final, no he tenido tiempo real para poder terminarlo. Quiero leeros, quiero que me digáis cómo creéis que va a acabar la historia, qué creéis qué va a pasar… Hace unas horas he publicado en Twitter lo mucho que me gusta observar a la gente en el metro, lo mucho que me gusta ver lo diferentes que nos creemos y lo parecidos que realmente somos. Con nuestras preocupaciones, nuestras alegrías, nuestros sueños y nuestras realidades… Quiero saber si al final de verdad no somos tan distintos, quiero saber qué pensáis al leer esta historia y qué imagináis que pasará o qué os gustaría que pasase…. No sé si saldrá bien, no sé  si habrá quien lea esto y no lo encuentre interesante y por ello no lea lo que vendrá más adelante…. Pero me apetecía jugar, y hoy te lo quería contar. 

Poneos cómodos, porque empezamos….

POR AMOR AL ARTE

Estaba nerviosa, claro que lo estaba. Era la primera vez que él iba a ir a su casa, y eso para una chica siempre es algo importante. Todo tenía que estar perfecto, el aroma de la casa tenía que saber a paraíso, la cena preparada, buena música de fondo, la mejor ropa interior, las copas relucientes, las ganas gritando, el alma bailando.
Claro que se había enamorado. De hecho, se había enamorado de tantos chicos que ya no sabía cuál había sido el primero, los había ido olvidando, tachando de una lista que guardaba su mente y que sabía que a él no le hacía gracia que conservara. Sin ninguna duda, él era su gran amor, él que había llegado por casualidad y le estaba regalando los mejores meses de su vida… Él que tanto la quería y tanto la protegía…

Fue puntual, la verdad es que siempre lo era. A las nueve y media, como un clavo, un mensaje en el móvil para que le abriese la puerta. Apareció con su mejor sonrisa y en su mano unos pasteles que anunciaban ser lo más light del postre… Él… tan guapo, tan cariñoso, tan carismático, tan atento, él que tan bien olía…

-Bonita casa… ¿Suelen viajar mucho tus padres?

-La verdad es que no… Tenemos una casa en el norte y es al único sitio al que van, se escapan al menos un fin de semana al mes y eso les hace olvidar toda la rutina. Allí desconectan del mundo y sienten paz…

Se puso a mirar las fotos del salón y sabía que la pregunta estaba al caer. Aquella foto en la que ella estaba sola, riendo en la playa, con el cabello flotando abrazándole la cara, su sonrisa siempre intacta, la luz de sus ojos verdes, la piel tostada… Era preciosa. Siempre lo fue.

-¿Quién es esta chica?

-Lucía… Mi hermana.

-¡Vaya! Nunca me habías dicho que tenías una hermana…

-Murió hace cinco años…- Y aún se le encogía el alma.

-Pequeña… lo siento. No sabía nada, ¿por qué no me lo habías contado nunca?

Nunca hablaba del tema, el dolor era tan fuerte que era imposible sacar el tema. Ellas, tan distintas y tan iguales… Lucía, su hermana mayor, su primera amiga, su mayor confidente, su alma gemela… Lucía que enamoró a todos con su simpatía, con su ternura, tan delicada, tan alocada, tan frágil, tan serena, tan dulce, tan risueña, tan divertida, tan inteligente, tan educada… Lucía era la hermana que todos quieren tener, la amiga que todo el mundo desea, la hija perfecta, la alumna ejemplar, la novia ideal, la chica hecha de sueños que vivía llena de ilusión…

-¿Cómo fue? Era preciosa…

-Se suicidó.

Y claro… El silencio inundó su casa. Inundó su velada, su cena perfecta, su cita idealizada… Se deslizó hasta la cocina y él la siguió… La abrazó despacio, la acarició con ternura, sin decir nada la abrazaba a gritos, diciéndole que no pasaba nada, que él estaba ahí, para salvarla de todo…

Aquella noche fue perfecta. Tras la cena, pusieron música y se sirvieron unas copas… Decidieron hablar… Hablar durante horas, abrir sus almas y sus recuerdos, llegar a conocerse cómo no lo habían hecho nunca… Bebieron toda la noche, entre confesiones y lágrimas, entre risas y caricias, entre besos que acabaron en fuego en la cama… manos entre las piernas, fuerza en los cuerpos, locura… eso era su amor. Locura, locura que sentían el uno por el otro.

Le había conocido hacía cinco meses, casi por casualidad. María, su mejor amiga, llevaba días diciéndole que aquel chico no paraba de mirarla… Se conocieron en la biblioteca, entre apuntes y libros, en medio de una agotadora época de exámenes… Era verdad. Aunque no quisiera reconocerlo, ella también se había dado cuenta que aquel chico no dejaba de mirarla. Aquella tarde, María tuvo que llevar a su gata al veterinario y salió antes… Ya había anochecido y sabía que sus padres no soportaban que ella llegase tarde.

Lo que le pasó a su hermana les pilló a todos desprevenidos, nunca habrían imaginado que alguien como ella estuviese sufriendo por algo y que ninguno hubiese sido capaz de saberlo. Sentían la culpa de no poder haberla ayudado. Llevaba un tiempo rara, pero ella sabía que era porque estaba enamorada. Había conocido a un chico del cuál no hablaba. Nunca le había contado nada, a ella, que era su hermana pequeña, en quien siempre confiaba. Jamás le había dicho su nombre, nada. Pero le quería, le quería mucho. Desde que estaba con él estaba cambiada, más distante, más defensiva… Y mientras su madre se preocupaba, su padre siempre decía que la dejara, que era joven y eso eran cosas de la edad…. Aquella noche sonó el teléfono… Se había tirado por el puente… al río, sin decirles nada, sin dejar que le dijesen nada. Todavía recuerda el grito desgarrador que salió de la boca de su madre, recuerda como su padre se hizo pequeño en cuestión de segundos y como ella sintió que la vida se acababa. Jamás podrán superarlo, porque esas cosas no se superan, aunque escuchaba a sus padres decir que tenían que ser fuertes porque les quedaba ella, porque tenían que hacerlo por ella, pero ella sabía que sus padres habían muerto aquella noche, bajo aquel puente y las aguas de ese río… En ocasiones efímeras, llegó a odiar a su hermana, odiaba su egoísmo por haberles destrozado la vida, por haberles dejado sin ella, por haberse marchado cuando más felices eran, cuando todo estaba perfecto y no faltaba absolutamente nada… Luego, se arrepentía de esos pensamientosy lloraba durante días… Jamás podría culparla por aquello… Porque estaba segura que su mente le había jugado una mala pasada y si había sido capaz de hacerlo era porque había dejado de ser ella… La echaba mucho de menos. Su casa no volvería a ser la misma, su habitación, todavía intacta, parecía que seguía guardando su perfume y esa magia que la caracterizaba… Aquello era, sin duda, lo más doloroso que podía pasar en la vida.

Cerró los libros. Salió de la biblioteca antes de que fuese más tarde y mientras andaba, bajo el silencio de la noche y acompañada por la tristeza del frío del invierno, sintió como alguien caminaba justo detrás de su espalda… Paró en seco y sintió como una sonrisa, sin sentido, le iluminaba la cara. El chico de la biblioteca, tímido y con una media sonrisa dibujada en los labios, le preguntó por qué se reía… Y a ella le pareció tan divertido que le dijo que pensaba seguirle, pero ya que lo había hecho él, le parecía todo muy fácil.

-Historia del arte…- Dijo él mirando los libros que ella sostenía.

-Por amor al arte…- Dijo ella jugando a hacerse la interesante.

-¿Me dejarás invitarte a un café?

-Mañana a las cinco, en la puerta de la biblioteca.- Dijo tajante. Dio media vuelta y se fue andando tranquilamente mientras sentía como él, con esa tímida sonrisa, la perseguía con la mirada.

Era muy guapo. Era tan guapo que casi no se lo podía creer. Llamó a María y le contó lo sucedido, le pidió, con ese tono de voz cómplice que sólo ponen las amigas de verdad, que no fuese con ella al día siguiente a la biblioteca. Quería estar con él, y quería conocerle… “Estás loca”, le decía a carcajadas.

A las cinco la esperaba en la puerta. Con su pelo despeinado, su abrigo marrón y sus gafas de sol… Era el chico más guapo que había visto jamás. Dicen que sólo se puede creer en el amor a primera vista en el momento en el que te sucede… Lo suyo, aunque tardó varios días de miradas en dar sus frutos, estaba claro que había sido un flechazo, una locura, una historia de amor que todo el mundo desearía tener… Ángel parecía un regalo que alguien le había querido enviar. Con él olvidaba los problemas, las tristezas, y sentía los revuelos en el estomago que la hacían estar viva, llena de sueños, llena de ilusión, de ganas, de fuerza, de risas…

Aquella noche, en su casa, él le había contado cosas que sólo ella conocería… Cosas que se quedarían enterradas en los besos, la comprensión, las penas, las lágrimas, el amor y el alcohol… Le habló de su soledad, de lo solo que se sentía… Sus padre, empresario de éxito, a penas se daba cuenta que tenía un hijo. Todos sus caprichos y gastos materiales estaban solucionados. Absolutamente todos y de todo tipo, pero estaba solo. Solo frente a un mundo que le atemorizaba y ahora que la había encontrado a ella era feliz… Muy feliz.

Al poco tiempo de conocerla, le regaló un viaje a Roma, a ella que estudiaba historia del arte, por amor al arte, su estancia tendría lugar en una suite maravillosa donde todos sus deseos se harían realidad, dónde sólo existirían ellos y el mundo a sus pies… Sus padres, siempre creyeron que estaba con María en casa de unas amigas cerca de la playa pasando el fin de semana. Le dolía en el alma tener que mentirles, pero si hubiesen sabido la verdad no la habrían dejado irse… Ángel no quería que hablase de él a sus padres, temía las relaciones familiares y creía que serían más felices así… Ella, también prefirió ahorrarse las presentaciones oficiales, en su casa se respiraba un ambiente demasiado gris, totalmente justificado, que contagiaba la tristeza y la clavaba a puñales en el alma.

Sin querer hacerlo, era cierto que hacía demasiado tiempo que no pasaba una tarde con María, pero no le gustaba que ella se lo reprochase. A veces pensaba que su amiga sentía celos de verla tan feliz… Sentía ser así, pero el poco tiempo que tenía después de las clases quería pasarlo con él, deseaba estar a su lado, abrazarle, besarle, verle sonreír…

El sol bañaba los pies de la cama y el olor a jazmín entraba por la ventana, en aquella habitación se respiraba paz…. Se respiraba amor. Cuando él se despertó la encontró mirándole, con aquella sonrisa dulce que tenía, con el pelo enlazado bajo una suave trenza, con los ojos llenos de sueños y la vida en los labios… La besó, se besaron. Hicieron el amor con ternura, con una suavidad que pronto estallaba como un volcán en erupción… Sus cuerpos hechos uno, sus piernas cruzadas, él dentro de ella, ella cabalgando sobre él… Ellos, sólo ellos, convertidos en un solo ser.

-Tengo una sorpresa para ti, pequeña…

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Disfrutad mucho todos aquellos que os vayáis de vacaciones por Semana Santa…

Buenas noches, amigos!!!!

Lorena.

Tengo miedo.

A veces una se sienta frente al ordenador y no sabe muy bien sobre qué quiere escribir, ni cómo lo va a hacer. Hoy es, sin ninguna duda, uno de esos días. Podría presentaros un nuevos relato que tengo en mente, pero me parece que todavía no es el momento, quizás llegue en el siguiente post.  Hay varios temas que me gustaría tratar, temas que últimamente han llamado mi atención y he sabido que tarde o temprano tendría que convertirlos en historia, como por ejemplo hablar de la anciana que toca el violín todas las noches en Gran Vía mientras su marido espera a su lado, podría hablar de imágenes que últimamente aparecen a modo de denuncia en las RRSS sobre el maltrato animal (y no me refiero a los toros, eso todavía es legal y hay irracionales que lo llaman cultura) o podría hablar del miedo que tienen los ciudadanos a perder su trabajo en un país donde no hay oportunidades y por eso aguantan lo inaguantable, como el acoso sexual… Pero estos temas, os prometo, se tratarán más adelante.

Mientras os escribo estas líneas, me ha venido a la mente algo que siempre me ha dado muchísimo miedo y ahora sé que hoy te lo quería contar.

Me da miedo que exista la posibilidad de que algunos seres humanos se sientan con la capacidad y libertad de arrebatar algo tan grande como la vida. Los secuestros y asesinatos siempre ha sido algo que desde muy pequeña me ha impactado, sobre todo cuando las víctimas son niños. Anoche saltaba la noticia de que podrían haberse encontrado restos óseos en uno de los lugares donde se buscaba el cuerpo de Marta Del Castillo. Todavía no se ha confirmado si los restos podrían ser de huesos humanos. Espero que sí y sólo lo espero para que su familia, en la más profunda agonía y el más profundo dolor, sepa al menos dónde está su hija. Para quienes seáis de fuera y no conozcáis el caso, Marta del Castillo era una adolescente sevillana que desapareció en enero de 2009 y cuyos asesinos confesaron el crimen poco tiempo después. Su ex novio, y dos de sus amigos eran los culpables. A día de hoy, detenidos y tras numerosas declaraciones y mucha búsqueda por parte de cuerpos del estado y ciudadanos, no se ha conseguido encontrar los restos del cuerpo de la joven.

El caso de Marta es uno, entre muchos otros. Hoy, este caso vuelve a ser noticia. Muchas veces, cuando oigo cosas así me acuerdo de Jeremy Vargas o Sara Morales, niños desaparecidos, sin ningún tipo de rastro en las islas canarias, me acuerdo de Madeleine o de Josué, un niño de Dos Hermanas (Sevilla) que desapareció de la noche a la mañana y pocas semanas después desapareció su padre. Pienso también en todos esos casos de niños desaparecidos que finalmente han sido encontrados muertos como los niños Ruth y José (secuestrados y asesinados por su propio padre), Rocío Wanninkof, Sonia Carabantes, las tres niñas de Alcasser o el terrible caso de Sandra Palo… Niños que han protagonizado noticias en televisión, portadas de periódicos y dolor, mucho, mucho dolor. Familias destrozadas y un país entero consternado. ¿En qué momento un ser humano cree que tiene el poder y la capacidad de arrebatarle la vida a otro? ¿En qué momento se puede observar a un niño jugando y se decide que te lo llevas  para hacerle daño y asesinarle?  ¿Qué tienen algunas personas en su mente? ¿Por qué?

Es un tema tan delicado que casi me da miedo incluso hablar sobre ello. Pero hablo desde la visión y la opinión de lo que soy, una ciudadana más que siente dolor y rabia ante una situación como ésta. Me gustaría saber qué piensan cada uno de esos padres sobre la justicia de este país, qué piensan cuando ven que los asesinos de sus hijos salen en libertad,  cuándo sienten que el gobierno no les da la ayuda que merecen o qué se siente cuando sabes que hay un programa de  televisión capaz de pagar miles de euros a la madre de uno de los asesinos de tu hija… No quiero, ni puedo, llegar a imaginar el dolor de esos padres ante la injusticia. Ante la injusticia de la justicia, y ante la barbarie que se entierra en la mente de algunas personas que son capaces de destrozar, golpear y asesinar.

Entre todos esos niños desaparecidos, hay miles y miles más que no conocemos, millones de personas desaparecidas en todo el mundo, sin ninguna explicación, sin ninguna lógica que pueda argumentar jamás la mente cruel de algunos seres humanos.

Iba a relacionar este post con una película que me encanta (Venganza) con este tema. Pero no lo haré. No lo hago por el respeto que tengo hacia el dolor de los corazones destrozados de todos los amigos y familiares de las víctimas, porque a veces la realidad supera la ficción y el resultado real es mucho más desgarrador. Necesitamos una justicia fuerte y eficaz que respalde a las víctimas y a sus familiares, necesitamos un gobierno que apoye de verdad y no sólo en palabras a todos los que sufren casos como estos, necesitamos una unión ciudadana y social que creo que es lo único que tenemos de todo esto, necesitamos sentirnos seguros en un país dónde sabemos que los que hacen daño pagarán por ello. Los familiares necesitan estar seguros de que los asesinos de sus hijos, sobrinos, nietos o amigos no volverán a salir a la calle y tener una vida normal (perdonadme por no creer en las segundas oportunidades para este tipo de personas).

Hoy espero, como esperamos todos, que dentro de la desgracia que ya no tiene solución, los restos óseos encontrados en la escombrera de Camas (Sevilla) pertenezcan a Marta, aunque sólo sea para que sus padres, a los que llevamos años viendo destrozados y consumidos por la tristeza puedan tener la certeza de dónde está, al menos, el cuerpo de su hija.

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Tengo miedo de las barbaridades de las que son capaces algunas mentes perturbadas. Tengo miedo de algunas personas, mucho miedo.

 

Feliz martes, amigos.

Lorena.

Te encontré.

Las fresas con leche condensada han sido, desde que soy muy niña, mi postre, desayuno o merienda favorita. Mientras me tomo un tazón lleno de ellas y el sol vuelve a asomarse por Madrid, os traigo este post. Viene en forma de relato… Porque sé que los relatos os gustan mucho, y porque hace demasiado que no escribo uno.

Cuando desaparezco varios días de aquí no es por voluntad propia, es por falta de tiempo. Aunque no pueda escribir cada día, sigo estando presente en mis RRSS, tanto en mi página de Facebook y, sobre todo, en mi cuenta personal de Twitter.

Como siempre os digo, leed despacito, saboread las palabras y viajad con ellas allá dónde queráis…

TE ENCONTRÉ

-¿Paula, estás ahí? ¿me oyes? Paula, contesta…Dime algo, joder.

Paula estaba, claro que estaba. El silencio reinaba en el teléfono, reinaba en la habitación, reinaba en su corazón. Paula siempre fue una mujer de apariencia fuerte y alma débil y no es porque le gustase aquello de aparentar lo que uno no es, simplemente, era una coraza que con el tiempo había aprendido a construir. Con la mirada perdida a través de la ventana, colgó el teléfono mientras él seguía preguntando por qué no contestaba. El teléfono volvió a sonar, sonó una y otra, sonó durante días, hasta que decidió apagarlo. No iba a responder, no lo iba a hacer nunca más.

Los días siguientes fueron días llenos de silencios, de soledad (voluntaria e involuntaria), de lágrimas desconsoladas, de consejos de amigos, de risas forzadas, de poco apetito, de copas de alcohol, de noches de insomnio, de ojeras cansadas, de miradas tristes, de alma pesada…

Cuando pierdes a alguien a quien amas crees que el mundo se ha acabado. Llegas a la estupidez de creerte que la vida no tiene sentido, que ya nada podrá ser igual, que nunca se podrá querer a nadie de esa forma, que nadie te volverá a mirar así, que con nadie tendrás esa complicidad y en nadie podrás encontrar esa confianza. Creerás que nadie te hará el amor de esa forma y que con nadie más quieres pasar horas mirándote a los ojos tumbada en una cama… Las rupturas fuertes son todas iguales. Los mismos sentimientos, por eso siempre sirven los mismos consejos, aún con la dificultad de poder llevarlos a la práctica. A Paula, después de su tormentosa relación, de tantas idas y venidas, de tantas lágrimas, tanto rencor, tanto querer y tanta obsesión, se le acabó el amor. Eso le habían dicho, que se había acabado el amor, que el amor se había esfumado, que ya no se podía seguir con esa relación. Se hizo un silencio en el teléfono y el teléfono se colgó. Ella era así, tomaba las decisiones en blanco o negro, nunca había tonos grises, aceptaba y apartaba, aunque el dolor se quedase agarrado a sus pestañas.

Tres meses después la vida había vuelto poco a poco a su forma… Ya no parecía que el mundo se acabaría, y parecía que la vida, pese a todo, aún tenía mucho sentido. Quedaban ganas de risas, de un carmín rojo en los labios y un vestido con el que sentirse la más guapa. Ella, la chica dura, ya había derramado todas sus lágrimas, y en su dureza infinita, había pasado los peores meses de su vida.

El sol bañaba las calles con una luz que casi molestaba al reflejar contra el asfalto… Ella, que venía del sur, siempre creyó que el sol daba la energía necesaria para tener un buen día y sabía que tenerlo, sólo estaba en la actitud. Cuando bajó a la calle, sentía como los ojos de los hombres se clavaban en su espalda, como algunos sonreían con gracia y otros simplemente apestaban. Ella sabía que su belleza nunca había pasado desapercibida, aunque últimamente parecía haberlo olvidado. Cargada con su mochila de piel que había comprado en uno de sus viajes a Marruecos, se sentó a tomar un café en una terraza donde el ruido de la calle se olvidaba al sentirse atrapado por el encanto del lugar. Sacó uno de sus libros y empezó a repasar los primeros apuntes de una larga aventura. En la mesa de al lado, un señor con corbata y traje, bebía el café con prisa, mientras un cigarro se consumía en sus labios a la vez que hablaba por el móvil con cara de enfado, en la mesa siguiente, dos chicas jóvenes reían y contabas entusiasmas historias que parecían ser fantásticas, a su lado, una señora mayor desayunaba una tostada y bebía té mientras su Yorkshire terrier la observaba con la esperanza de que cayesen unas migas de pan que le alegrasen la mañana, y al final, en la última mesa ocupada había un chico que la observaba a través de un periódico y una coca cola.  Él, apartó la vista enseguida, ella decidió mirarle un poco más. No sólo decidió mirarle, sino que también quiso analizarle. Era guapo, la verdad. Muy, muy guapo. De vez en cuando veía como él, tímidamente, levantaba la mirada que en menos de un segundo volvía a bajar y a ella le producía gracia, le producía gracia ese control sobre la situación, esa capacidad de intimidar y dominar algo o a alguien a quien ni si quiera conocía. Era un simple juego, y sonreía, entonces se dio cuenta que le apetecía jugar, porque necesitaba hacer daño. Necesitaba hacer el daño que le habían hecho a ella… ¿Pero le haría daño a un desconocido? Sí. ¿Por qué no?

Se quedó en silencio unos segundos y no sabía porque estaba teniendo esos pensamientos, de hecho, se avergonzaba mucho de esa maldad que no le pertenecía. Echaba de menos la fragilidad y sensibilidad a las que estaba acostumbrada, y le dio tanta vergüenza que se levantó a pagar y se fue de allí lo más rápido que pudo.

Llegó a la biblioteca, practicamente desierta. Los exámenes finales habían acabado hacía poco y los estudiantes ya se habían tomado sus merecidas vacaciones. Los que quedaban, eran los aplicados que necesitaban cogerse el verano para preparar sus asignaturas de septiembre. Ella llevaba tres meses estudiando, y sabía que su verano iba a estar condenado a apuntes y libros. Cuando pasó aquello, cuando recibió aquella llamada, cuando aquella ruptura le supo a puñaladas supo que necesitaba cambiar su vida y entonces decidió preparar la selectividad y empezar una carrera. Filología de lenguas clásicas había sido la elegida.

La segunda mañana que se sentó en aquella terraza, se dio cuenta que prácticamente estaban las mismas personas, menos el hombre que fumaba enfadado, y las dos chicas entusiasmadas. Él si estaba, estaba allí, con el periódico de nuevo. Ni si quiera le miró. No quería hacerle daño.

La rutina de aquel verano se marcó por la casualidad y se convirtió en una tradición. Ya no quería dejar de ir a esa terraza, ni quería dejar de verle. ¿No quería dejar de ver a un desconocido? Así era, no quería dejar de verle, no sabía si quería conocerle, no sabía qué le provocaba aquel hombre, si sólo era curiosidad o si quizás le gustaba, sabía que ya no quería hacerle daño, pero tampoco quería conocerle. Le gustaba todo como estaba, tenerlo todo de lejos, aunque sólo fuese a tres mesas de distancia, le gustaba esa barrera de desconocimiento y desconfianza, quería que fuese así, o eso creía ella.

Algunas mañanas, cargada con su mochila y sus libros, deseaba que alguno de los dos no encontrase mesa y que sintiéndose en la obligación de desayunar en el mismo lugar de siempre, tuviesen que compartirla. Era una de cal y una de arena, un deseo incomprensible y un miedo incontrolable, no quería conocer a ningún hombre, no estaba dispuesta a que le fallasen.

Aquella mañana se miró al espejo y se sintió muy guapa. A las mujeres, muchas veces les pasa, unos días se ven preciosas y otros, aunque lo estén, se sienten tan feas que desearían poder volver a meterse en la cama. Paula siempre pensó que a los hombres eso no les pasa, ellos son mucho más simples, ellas más especiales. Cuando llegó a la cafetería de siempre, vio su periódico sobre la mesa, en una mesa y unas sillas vacías, se quedó unos segundos parada, no sabía si tenía pena o rabia, él ya no estaba.

Él, del que no sabia nada, del que sólo conocía la mirada, la voz que alguna vez había conseguido escuchar… Él, con su melena despeinada, su barba medio afeitada, sus ojos color miel, su vaquero, su camisa y su sonrisa escondida, siempre al otro lado del periódico, ese periódico que posaba ahí, abandonado en una mesa. Justo cuando estaba pensando en qué pasaría si no le volvía a ver, y en lo estúpida que había sido por no haberse acercado nunca a conocerle, sintió como alguien le rozaba el brazo con un gesto de “¿me dejas pasar?” y perdida en sus pensamientos sintió como la piel se le erizaba y como el corazón se le aceleraba cuando se dio cuenta que era él, que salía de la cafetería, que seguramente habría ido al servicio, y se sintió tonta, inocente y pequeña… Quiso reír a carcajadas pero se le secaron antes de abrir la boca. Él le sonrió amablemente, como se sonríe de forma cordial a alguien a quien no se ha visto nunca, y a su lado, una chica joven, morena, con el pelo rizado y la piel tostada, hablaba por teléfono y le siguió hasta su mesa, se sentó con él.

Paula tuvo esa sensación demasiado común en el ser humano de no saber si reír o llorar, se había quedado bloqueada, se sentó en su mesa de siempre, con un libro dónde no atinaba a leer absolutamente nada y se fue sin haber probado a penas el café. Sintió una decepción que no entendía de razón. No podía exigir nada a alguien a quien no conocía, con quien nunca había hablado. Sintió decepción de haber tenido una ilusión injustificada, y sintió el dolor que sintió hace unos meses con una llamada de teléfono y entendió que los hombres no estaban hechos para cuidar a las mujeres. Tuvo tanta rabia que incluso lloró, lloró por un desconocido, lloró por entender que aquellas mañana, en aquella terraza, antes de ir a la biblioteca, sólo habían tenido sentido para ella, había visto la sonrisa cordial de él y sabía que no era la misma que la que sentía ella. Llegó a pensar que estaba completamente loca y centró las semanas siguientes en sus estudios y su selectividad, a la que tendría que haberse presentado diez años atrás.

La selectividad fue superada con éxito y el curso acababa de empezar. Se sentía desencajada en aquellos pasillos donde, a pesar de aparentar más joven de lo que era, se sentía muy mayor. Por suerte, había escogido una carrera dónde había gente de todas las edades y casi predominaban más los adultos que los que acababan de ser adolescentes y dejar el instituto. Los primeros días, como siempre pasa, fueron días de presentaciones y caras nuevas y sólo habían pasado cuatro días cuando le tocó el turno de presentación a la profesora más atractiva, sin duda, que pisaba aquella facultad. Se le paró el corazón. Era ella, aquella mujer preciosa, con esos rizos negros y esa piel tostada que había estado con él en la cafetería, ella era su profesora y llegó a asustarle que todo fuese una casualidad. Paula, tan fuerte y valiente, la chica dura, estaba más confusa y sensible que nunca. Intentaba no mirarla demasiado, para que no se le notase la rabia injustificada que le tenía. No habían pasado ni dos semanas cuando la profesora anunció que en su próxima clase iba a invitar a su hermano, el mejor filólogo e historiador que conocía, para que les diese una charla de motivación sobre la carrera que habían decidido estudiar. Pues sí, era él.

Paula, entretenida ordenando unos papeles, tardó en levantar la mirada al centro del aula, a pesar de escuchar los pasos y el silencio respetuoso de la gente. Cuando levantó la vista, sus miradas se cruzaron y mientras ella se quedó totalmente paralizada, a él le salió una sonrisa como la que nunca antes había visto. No pudo evitar ser feliz y sentir que le temblaba la voz cuando tuvo que iniciar su discurso de motivación.

Cuando acabó la clase, entre los aplausos de los alumnos, el ruido de las sillas y el “ir saliendo” de todo el mundo, él se acercó a ella:

-¿Café manchado?

-Como siempre.- Contestó con una sonrisa.

En aquel momento, sin que hubiese sucedido nada más, pero con esa extraña sensación de la que hablan y no crees hasta que la conoces, Paula sintió que las casualidades no existen y en un segundo se olvidó del dolor que alguna vez tuvo, de los silencios, de las rabias y los miedos. Sintió paz, sintió paz en aquella mirada, en aquella sonrisa y en aquella extraña circunstancia que la vida le brindaba.

Te encontré…“, le dijo él, y a ella se le iluminó la mirada.

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Feliz jueves, amigos!!!

Lorena.