Volveré a París, a abrazarla a ella.

Los días de lluvia siempre me han parecido perfectos para escribir. Si os dijese que esta tarde me he sentado con un café calentito y mi perro durmiendo sobre mis piernas a escribir este relato, podría parecer demasiado utópico, pero es real. Ojalá no hubiesen motivos para un día como hoy. Hoy, día mundial contra el cáncer, os dejo este relato, ya sabéis, para leer con calma, despacito, para saborear los rincones, las vidas, las ilusiones, los miedos y la cobardía que a veces nos destroza la vida. Para todos los luchadores que han hecho frente a esta enfermedad, para todos los vencedores, para todos los vencidos, para todas y cada una de esas familias que lo han sufrido… Por todos esos malditos recortes en medicina, en estudios que espero algún día encuentren el triunfo de la batalla, por todos los que lucharán… Por todos los que aman la vida, por los que la aprovechan y por los que no… Hoy, te lo quería contar.

Volveré a París, a abrazarla a ella.

Bajé del taxi temblando, el sudor frío me estaba congelando el alma mientras la lluvia empapaba mi rostro, mi ropa y mi cuerpo… El corazón latía con más fuerza que nunca, sin casi tener fuerzas, pero latía de miedo. Llegué a la entrada de la estación casi sin aliento, miles de personas volaban de arriba a abajo, sin ni si quiera mirar a su alrededor. Prisas, relojes, maletas… Algunos esperaban. Abrazos de felicidad, otros de despedidas y todas esas cosas que forman parte de una estación de tren. No fui capaz de ver ningún rostro, ni escuchar ningún sonido claro, corrí  como pude de arriba a abajo, esperando que no fuese tarde, pero cuando llegué al andén… El andén estaba vacío. Algunos encargados de ser oficialmente acompañantes hasta el punto de partida venían en dirección contraria a la mía, y a lo lejos, entre la lluvia y la oscuridad de aquella mañana de domingo podían verse las luces de un tren que desaparecía. Acababa de perder la batalla más importante de mi vida.

Sólo tenía diecinueve años cuando conocí a Marco. Si todos los cuentos tuviesen que basarse en una historia de amor real, estoy segura que aquella hubiese sido digna de ser escrita. Nos conocimos en Inglaterra, en uno de esos veranos a los que estaba acostumbrada desde niña, conviviendo con otros jóvenes en una exquisita y refinada academia, aprendiendo el idioma y las costumbres. Siempre me pregunté si realmente mis padres estaban interesados en mejorar mi educación y enriquecer mi cultura o simplemente era mucho más cómodo no tenerme como responsabilidad durante dos meses que aprovechaban para ir de viajes con sus amigos. La cuestión es que, en el fondo, tampoco me importaba. Mi relación con ellos había sido más bien fría. Mi madre siempre había deseado tener una niña, para vestirla, peinarla y pasearla, no creo que para nada más. Me eduqué en uno de los colegios más prestigiosos de la ciudad y desde que mis recuerdos alcanzaban, las niñeras habían sido mis compañeras de juegos y deberes. Mi padre era un hombre de negocios que a penas pasaba por casa. No le importaba que mi madre se pasase los días exprimiendo su tarjeta de crédito, y a ella no le importaba saber que él estaba acostumbrado a verse con otras mujeres, mucho más jóvenes y guapas. Frente al mundo, eran el matrimonio perfecto y los padres perfectos. Como otros muchos, matrimonios de esos que pasan los años en la apariencia estando completamente vacíos.

Marco era un chico hecho de sueños. Atento, cariñoso, divertido, sorprendente… Le encantaba viajar, descubrir lugares y culturas, y casualmente vivía en la misma ciudad que yo. Tenía una fiel compañera que nunca le dejaba solo, una maravillosa cámara de fotos con la que inmortalizaba pequeños detalles insignificantes que cobraban vida cuando los veías después de haber pasado por ese objetivo. Su sueño era ser un fotógrafo reconocido mundialmente y exponer su arte en exposiciones casi inimaginables. Me gustaba su sonrisa y su risa, su vitalidad, sus ganas de comerse el mundo. La fotografía me llamaba mucho la atención, y lejos de la carrera de derecho que mi padre me obligó a estudiar, mi sueño habría sido estudiar publicidad, pero claro, eso era una carrera absurda para una familia como la mía.

Éramos unos niños y aún recuerdo con nostalgia y una sonrisa aquella inocencia y aquella pasión que se respiraba en nuestras miradas, en nuestras caricias involuntarias y en un país que no nos pertenecía, pero que estábamos dispuestos a hacer nuestro. Teníamos dos tardes libres a la semana, y aprovechábamos para conocernos y querernos. Me enamoré de él sin ni si quiera haberle dado un beso. Cuando le besé por primera vez, tras una tarde de paseo y helado de vainilla, supe que jamás querría besar otros labios. Una noche, se coló en mi habitación. Y en aquella academia inglesa, que creía tener controlados cada uno de nuestros pasos, le dije que me hiciese el amor como nunca antes se lo había hecho a nadie… Nuestra relación era maravillosa. Nuestras risas, nuestro sexo y nuestros besos. Era, sin duda, el hombre de mi vida.

Cuando volvimos de aquel verano del que sólo fuimos protagonistas, empezamos a convivir en nuestra vida real. Vivíamos en la misma ciudad, proveníamos de una vida con un poder adquisitivo demasiado parecido, sólo que a él, sus padres le apoyaban en sus sueños. A mi madre le encantó desde el primer momento… Marco le encantaba a todo el mundo. Y yo no podía ser más feliz.

Habían pasado casi cuatro años desde que nos conocimos, yo estaba a punto de terminar la carrera y él ya había conseguido algunas exposiciones en salas de renombre de Madrid y Barcelona, de las cuales había salido victorioso. Su fotografía no dejaba a nadie indiferente, y yo temía que algún día su talento nos separase. En el fondo, sabía que eso no podía pasar, nuestro amor era mucho más fuerte que cualquier proyecto, cualquier distancia y cualquier tiempo.

Levábamos un tiempo hablando sobre irnos a vivir juntos, pero yo prefería primero terminar mis estudios. Recuerdo perfectamente aquella noche de viernes en la que habíamos quedado para cenar. El clima era suave y las terrazas invitaban a quedarte horas en la calle.

-¡Va a ser maravilloso! Tú y yo, París, una vida nueva y una vida juntos.

Sonreí y asentí. Marco acababa de recibir una oferta de trabajo de una prestigiosa revista francesa, le ofrecían un sueldo de lujo y un trabajo fijo para, al menos, cinco años. No dudé seguir sus pasos, iría con él al fin del mundo. Un mes después estábamos instalados en un precioso apartamento en 5ème arrondissement-Paris, uno de los barrios más prestigiosos de la ciudad. Estábamos felices e ilusionados. Los primeros meses fueron difíciles, Marco pasaba mucho tiempo trabajando y yo tenía demasiado tiempo libre. Me sentía completamente sola. Echaba mucho de menos mi día a día, mis amigos, mis rutinas… Me dediqué a inspeccionar sola los rincones más extraordinarios de la ciudad. Intentaba visitar diferentes distritos y sobretodo aprender el idioma. Mis padres, en su más incuestionable perfección se habían olvidado de que además de inglés, no habría estado mal que hubiese aprendido algo de francés. Empecé a ver mis películas favoritas en francés, y a leer libros y revistas… Además, me apetecía y necesitaba encontrar un trabajo, porque el tiempo libre me estaba matando, incluso en una ciudad tan increíble como aquella.

Una mañana, paseando por el barrio de Ópera, encontré una pequeña librería con un encanto que llamaba a gritos mi atención. Entré a echar un vistazo, en el mostrador había una chica delgada y sonriente, con los ojos claros y el cabello oscuro, que ordenaba una serie de papeles mientras tarareaba una canción. Cuando me acerqué a pagar me dijo algo en francés que no conseguí entender.

-¿Eres española?- Y a mí se me iluminó la cara.

Empezamos a hablar. Se llamaba Laia y era catalana, hacía años había ido a París a estudiar una beca sobre historia del arte y se había quedado a vivir. Le conté mi situación y los motivos que me habían llevado hasta allí, y sin saber muy bien por qué, le expliqué la soledad que sentía y lo mucho que echaba de menos mi día a día. En poco tiempo, Laia se convirtió en mi mejor amiga. Marco estaba feliz, entusiasmado con su trabajo, y aunque intentaba estar pendiente de mí, le quedaba poco tiempo para ello, en la revista le tenían muy considerado y acababan de ofrecerle viajar por Europa una semana al mes para fotografiar ciudades y noticias.

Laia y yo nos convertimos en inseparables, muchas noches en las que Marco estaba fuera se quedaba conmigo en casa. Las dos teníamos una conexión indescriptible. Sentía que nos conocíamos como si hubiésemos pasado juntas toda la vida, pronto aprendimos a reírnos con las mismas cosas, a entendernos con una mirada y a compartir los mismos sueños. Consiguió que un buen amigo suyo me contratase como camarera en una cafetería que había muy cerca de la librería dónde ella trabajaba, así mejoraría el idioma y me sentiría realizada. No me gustaba nada la idea de vivir de Marco,aunque su sueldo nos lo permitía. Obviamente, mis padres no se enteraron de aquel trabajo nunca.

Echo la vista atrás y visualizo cada uno de los momentos, cada detalle, cada instante, pero mirando desde lejos, creo que las cosas pasaron demasiado deprisa. No sabía muy bien por qué, ni si quiera me atrevía a mencionarlo en voz alta para no asimilar que era real, pero mi necesidad por ver a Laia se fue incrementando cada vez más. Mi amiga, mi confidente, mi consejera y compañera. No sólo  necesitaba verla para contarle mis secretos o preocupaciones, empezaba a tener la necesidad de abrazarla fuerte, de besarla, de acariciarle la piel, de desnudarla, de cuidarla, de quererla… ¿Qué me estaba pasando? ¿Qué locura era esa?

Una tarde de marzo, Laia me dijo que me iba a llevar a un sitio que me iba a encantar. Las dos teníamos la tarde libre, Marco estaba en Roma de viaje, y a las cinco nos encontramos en la puerta de su librería. Aquella tarde me llevó al salón de thé Fauchon, y me enamoré de aquella cafetería. Sin saber muy bien cómo, ni por qué, aquella tarde sentí que el mundo a nuestro alrededor se desvanecía, y que nosotras y nuestras sonrisas estábamos por encima de todo y todos. Le dije que se viniese aquella noche a casa, y creo que ambas sabíamos que aquella noche no sería como las demás. Preparé unas pizzas y nos sentamos en el sofá, preparé unos gintonics con frutos rojos y estuvimos riéndonos, bebiendo y fumando hasta casi el amanecer. Lo evitable ya era inevitable, y entre nosotras ya no existían miradas de comprensión, ahora lo que se reflejaba era pasión… y, ¿por qué no? También amor. Cuando nos tumbamos en la cama, todo me daba vueltas… Laia se me acercó y empezó a acariciar mi espalda, recuerdo perfectamente la suavidad de sus manos rozándome, de arriba a abajo, y las mil mariposas que volaban en mi estomago como, sin yo saberlo, no ocurría desde hacía años. Me besó en el cuello, y a pesar de los escalofríos y la felicidad que en esos momentos sentía, tenía miedo, mucho miedo. Me di la vuelta y la miré a los ojos, entonces entendí que nunca había sido tan feliz. Nos besamos como si el mundo no existiese, nos acariciamos, nos quisimos y nos amamos como estoy segura no habríamos sido capaz de hacer con nadie.

Todo lo demás pasa como diapositivas fugaces por mi mente…

Los miedos, las dudas, las lágrimas, el temor, el daño que le hice a Marco, la cobardía de no contarle nada a mis padres, mi ruptura, mi asimilación de los sentimientos nuevos, la pasión que sentía, la felicidad, la locura, el miedo a una sociedad que cree que está civilizada pero es incapaz de aceptar con normalidad a dos mujeres cogidas de la mano…

Dejamos París a los dos meses de estar juntas. Nos trasladamos a Barcelona, y tras un tiempo con un fuerte dolor en la cabeza, en uno de mis viajes a Madrid, fui al médico al que siempre me había llevado mi madre. Me hicieron pruebas durante días. Un tumor me estaba destrozando la vida. No había casi esperanzas, ni si quiera mucho tiempo. El mundo oscureció de repente, y sentí la rabia y la impotencia, el odio eterno contra la vida, que me estaba fallando en el momento que más la quería. Pensé en Laia, en su dulce voz, en su piel preciosa, y en su eterna sonrisa. Me quedé en casa de mis padres unos días, antes de tomar una decisión, antes de hacerle frente a la realidad… ¿Cómo yo, que tenía tantas ganas de vivir, iba a dejarla a ella sola? Quise contarle lo que pasaba cuando se me quebraba la voz al teléfono pero no tenía valor, no tenía valor para destrozarla. Una muerte nunca se supera, una ruptura acaba curándose con el tiempo. Nadie muere de amor, y eso todos lo sabemos. Nunca me habían gustado las mujeres, hasta que la conocí a ella. Todo había sido tan rápido, tan fugaz, tan bonito, tan nuestro… Un año a su lado me parecía una vida entera que me pertenecía, que nos pertenecía. Intenté hacerlo lo mejor que pude, y cuando volví a Barcelona y la vi, sólo pude echarme en sus brazos a llorar…

-¿Qué pasa? ¿Qué te pasa?.- Repetía una y otra vez mientras lloraba también, sin saber por qué.

Le dije que no podía ser, que mis sentimientos hacia ella habían cambiado, que era maravillosa, que era una de las cosas más bonitas que me habían pasado jamás, pero había estado confundida. Le mentí hasta dónde no se puede ni si quiera llegar a mentir, le dije que necesitaba que nos distanciásemos, que yo iba a volver a Madrid, que nuestros caminos se separaban, que me había dado cuenta que había confundido la amistad con el amor, y que todo había sido un error… Saqué fuerzas de dónde no las había y le pedí cien veces perdón. Se apartó de mis brazos, lloraba en silencio y me miraba. No me estaba creyendo, y me odió, me odió como sólo se puede odiar a alguien a quien en algún momento has amado, dejando atrás todo lo bueno. Me odió y sintió que le había destrozado la vida. En pocos días, sola en aquel piso, recogí todas mis cosas y me marché de allí.

Estuve meses sin saber nada de ella. Volví a casa de mis padres, que parecía que me querían más que nunca y que por primera vez necesitaban demostrarme que se preocupaban por todo lo me pasase. En los meses que siguieron mi vida estaba totalmente apagada, me pasaba el día llorando y quienes me rodeaban me pedían que fuese fuerte ante una enfermedad que me estaba arrancando la vida. Yo no lloraba por eso, yo lloraba porque la echaba mucho de menos y porque sólo necesitaba estar con ella. Mi cuerpo se iba debilitando y mi cara había perdido el color. Pedí que nadie se lo contase a Marco, ya había sufrido demasiado por mí.

Un sábado por la mañana recibí un mensaje de texto.

“Estoy en Madrid, te espero a las dos del mediodía en el metro de Velázquez. Mañana a las once de la mañana cojo un tren a Barcelona y de ahí cojo un avión.  Vuelvo a París.”

Leí y releí mientras el corazón se me rompía en pedazos que dolían. Me dolía el pecho, la cabeza, el cuerpo y el alma. Miré cada segundo el reloj y pensé en acudir a la cita. Estaba al lado de mi casa. Ella estaba allí, había venido por mí, con la última esperanza, con una ilusión a punto de ser enterrada. Me estaba demostrando que no me odiaba tanto como yo pensaba, y me estaba pidiendo a gritos que volviese a su lado. Si me veía se daría cuenta que me quedaba poco tiempo, ya no tenía pelo, no tenía fuerzas, y estaba totalmente destrozada. Le iba a hacer mucho daño. Vi el reloj posarse en las dos, las tres, las cuatro y cada una de las horas de aquel sábado. Lloré cuando ya no me quedaban lágrimas, y me mantuve despierta cuando ya no tenía fuerzas ni para ello. Aquella noche volví a París, entré en aquella librería y la vi ahí, tarareando detrás de un mostrador, aquella noche vi luz, vi su sonrisa y vi sus ojos, aquella noche sentí su piel y el sabor de sus labios, sentí la felicidad abrazándome la espalda, y me vi a mi misma sonreír, bailar, divertirme. Me vi llena de amor, y también de vida. Me desperté con el sudor empapando mi cuerpo, seguramente tenía fiebre. No tenía casi fuerzas para vestirme, mis padres aún dormían, me vestí como pude y bajé a coger un taxi.

-A Atocha, por favor.

Bajé del taxi temblando, el sudor frío me estaba congelando el alma mientras la lluvia empapaba mi rostro, mi ropa y mi cuerpo… El corazón latía con más fuerza que nunca, sin casi tener fuerzas, pero latía de miedo. Llegué a la entrada de la estación casi sin aliento, miles de personas volaban de arriba a abajo, sin ni si quiera mirar a su alrededor. Prisas, relojes, maletas… Algunos esperaban. Abrazos de felicidad, otros de despedidas y todas esas cosas que forman parte de una estación de tren. No fui capaz de ver ningún rostro, ni escuchar ningún sonido claro, corrí  como pude de arriba a abajo, esperando que no fuese tarde, pero cuando llegué al andén… El andén estaba vacío. Algunos encargados de ser oficialmente acompañantes hasta el punto de partida venían en dirección contraria a la mía, y a lo lejos, entre la lluvia y la oscuridad de aquella mañana de domingo podían verse las luces de un tren que desaparecía. Acababa de perder la batalla más importante de mi vida. Sentí como me flaqueaban las piernas, como mi cabeza me estaba matando a martillazos y sentí el fuerte sonido de mi cuerpo al desplomarse contra el suelo.

Dos días después me desperté en el hospital, donde sigo, donde sé que ya no me queda tiempo. Quizás quedan un par de días, quizás unas horas, o quizás unos minutos. El cáncer me ha ganado la batalla, pero sólo me siento perdedora ante la cobardía. Sé que cerraré los ojos, y sólo volveré a París, a abrazarla a ella.

Vive-sin-trabajar-en-Paris

Buenas noches, amigos.

Lorena

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Un pensamiento en “Volveré a París, a abrazarla a ella.

  1. Y la emoción vuelve a estar a flor de piel y a recorrerme el cuerpo de punta a punta después de leer estas líneas… Es un tema que toca tan de cerca que es inevitable no parpadear rápido evitando que las lágrimas que avisan que van a salir, terminen cayendo.

    Increíble Lorena de verdad, ojalá que pronto puedas escribir tus historias y publicarlas, te aseguro que son muchos los lectores que tendrás, y por supuesto, seré uno de esos lectores =).

    Un beso, @Inma_06

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