Hace días que empecé la cuenta atrás…

Hace días que empecé la cuenta atrás. La Navidad es, sin ninguna duda, mi época favorita del año. Es el momento de volver a casa, de estar con los míos, de preparar pasteles, de comer y hacer sobremesas que podrían ser eternas, es momento de ilusión, de esperanza, de dar gracias a la salud cuando no toca la lotería, el momento de sonreírnos y saber que los problemas, al fin y al cabo, con el tiempo desaparecen. Me encanta decorar mi casa, ver las luces en la calle y escuchar villancicos…

Hoy te quería contar que el otro día paseaba con un amigo por la calle Goya, en el corazón de uno de los barrios más prestigiosos de Madrid. Allí, entre el lujo y la estupidez de muchos, me detuve a mirar el escaparate de una juguetería poco común y cada vez más necesaria. Reconocí algunos juguetes al instante, muchos de ellos eran los juguetes de moda cuando yo era niña. Juguetes que jamás se vendieron, otros de segunda mano, preparados y arreglados con suma elegancia y delicadeza como si acabasen de salir de fábrica… Ninguno de los juguetes superaba los diez euros, y supe que aquella juguetería pretendía ser la ilusión de los pobres en un barrio de ricos. Porque sí, lamentablemente retrocedemos en el tiempo, eso bien lo sabéis, y cada vez la diferencia social es más grande entre los que tienen y los que no. Me alegré de ver aquel escaparate y no me olvidé de todos esos padres que aún así, no pueden pagar diez euros por un juguete. ¿Cómo afronta una familia el gasto de los regalos de Navidad cuando ni si quiera tiene dinero para poder comprar comida o pagar una factura? ¿Cómo le explicas a unos niños que los Reyes Magos este año dejan de ser tan magos y se han quedado pobres? ¿Cómo le explicas a unos niños que vivimos en un país dónde el gobierno nos está quitando hasta la vida? Es injusto tener que explicarlo y más injusto, aún, que tengan que entenderlo. Muchas de esas familias que no pueden comer, no pueden afrontar gastos, y ni se plantean poder comprar juguetes sólo necesitan un trabajo. No creo que ninguno de ellos desee ser rico, ni vivir una vida de lujos, sé que muchos, sólo desean y necesitan un trabajo. Eso que supuestamente es un derecho. Sólo eso.

La Navidad es una época que a todos, parece ser, nos ablanda el corazón. Las televisiones se llenan de programas dispuestos a repartir suerte, dinero, regalos e ilusión y la gente, porque todavía queda mucha gente solidaria, participa y aporta lo que puede. Por suerte, hay muchas asociaciones, también, que se dedican a recoger juguetes usados y a repartirlos entre los niños más necesitados. ¿Os acordáis cuándo hace unos años hacíamos esto para niños que vivían en países tercermundistas, muy lejos de aquí?

Esta es la cara triste de la Navidad que cada vez viven más familias en nuestro país. Por suerte, yo tengo una familia que dinero no tiene, pero es millonaria en salud y amor, y eso, es lo que nos mantiene siempre unidos, frente a cualquier problema y cualquier obstáculo, ayudándonos siempre los unos a los otros. Por eso me gusta la Navidad, por eso sigue siendo mi época favorita del año, porque a pesar de las dificultades, todavía conozco a mucha gente que tiene ganas de sonreír, de tener ilusión y no dejar que la economía acabe con sus vidas. ¿Os imagináis a alguno de nuestros políticos no teniendo qué poner en la mesa el día de Nochebuena? ¿Os los imagináis diciéndole a sus hijos que no tienen regalos, o lo que es peor, que este año no podrán ir a Suiza a esquiar? Seguro que os lo imagináis, como lo imagino yo, pero sabemos que aunque debería serlo, no es real. Ojalá, durante un segundo, llegasen a imaginarselo ellos, quizás entonces se pararían a pensar qué es lo que están haciendo mal, o por qué no están haciendo nada bien.

A pesar de los problemas, a pesar de que este año faltará mi hermano en la mesa que resulta que vive fuera de España, porque aquí no se le da oportunidad profesional a los jóvenes, a mí todavía me queda ilusión, y mucha. Yo tengo trabajo e intento ayudar a quienes me rodean y no lo tienen, en todo lo que puedo. A mi la Navidad, por suerte, me sigue pareciendo maravillosa, mi época favorita del año, dónde siempre fui enormemente feliz. Soy capaz de verme de niña, abriendo regalos y pensando lo buena que había sido, porque los Reyes Magos habían accedido a todas mis peticiones. Recuerdo la sonrisa de mi madre, de mis tíos, de mis abuelos o de mi hermano Miguel, recuerdo la ilusión viendo la cabalgata, soñando, esperando, deseando. A pesar de los años, esa ilusión sigue tan viva como siempre. Y para mí la Navidad, desde que soy pequeña, tiene elementos básicos que año tras año me hacen sonreír.

Mujercitas fue llevada al cine en el año 1949. En el año 1994, la película estadounidense vuelve a estrenarse, con otras actrices, de la mano de Gillian Armstrong. Protagonizada por Winona Ryder (nominada al Óscar como Mejor Actriz Principal), Susan Sarandon, Trini Alvarado, Claire Danes y Kirsten Dunst cuenta la historia de Marmee, una madre ejemplar, que se queda sola con sus hijas, sus mujercitas, mientras su marido lucha en el frente en plena guerra civil estadounidense. Valores como la independencia, el amor y la importancia de la familia, son los ingredientes de este film lleno de ternura y sueños. Esta película siempre me ha recordado a la Navidad, y a mi madre, supongo que la descubrí con ella cuando yo era sólo una niña. Hace años que no veo esta película, pero os prometo que cada Navidad me acuerdo de ella, así que creo que llega el momento de volver a sentarme en el sofá y recordarla…

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Otro elemento básico de mi Navidad es la música. No hay nada que me guste más que cantar villancicos con mi familia, entre risas y anécdotas, entre turrones y amor. Pero si hay un villancico que me ha acompañado siempre, desde que soy muy niña, es la Canción de Navidad que Bom Bom Chip estrenó a principios de los años 90. Este grupo musical marcó mi infancia (y ya sabéis muchos que también mi vida), y su canción sobre los reyes magos, la paz mundial y la ilusión de los niños sigue arrancándome una sonrisa cada vez que la escucho. No falla ningún año por estas fechas, os lo aseguro.

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Desde aquí, sólo me queda desearos a todos unas Felices Fiestas, que os llenéis de amor y salud, que sonriáis aunque los tiempos ahí fuera y aquí dentro sean demasiado difíciles, que exprimáis al máximo los momentos con vuestros seres queridos, que vuestras sonrisas sean eternas y que vuestros sueños no dejen de soñar…

Este post se lo quiero dedicar a Sergio, Rebeca y Estela, que supieron ponerle banda sonora a los años más felices de mi vida, que siguen formando parte de mis canciones de Navidad y que han apoyado y leído este blog desde el minuto cero. Gracias…

Yo hace días que empecé la cuenta atrás para volver a casa. Porque la Navidad es, sin ninguna duda, mi época favorita del año.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

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El Palacio de los deportes a tus pies…

Os prometo que no me gusta nada estar tantos días sin escribir, así como os prometo que cada día se me ocurren mil cosas que os quiero contar. Os prometo que no tengo tiempo. Estas fechas están llenas de preparativos, y a mí, que me encanta la Navidad, me falta tiempo para todo. Comprar regalos, organizar sorpresas, escribir postales, cenas y comidas con amigos… Todo eso más la cantidad de trabajo que tengo estas semanas me dejan totalmente desconectada. Hoy, por fin, encuentro un ratito para hablaros de un concierto que viví muy de cerca hace sólo una semana…Hoy te lo quería contar.

No os imaginais lo bonitas que están las calles de Madrid en estas fechas… El centro huele a castañas y gofres de chocolate, y las luces llenan las calles de magia entre miles de personas… Ya sabéis que esta ciudad me tiene enamorada. Hace unos cuantos posts, os hablaba de mi amigo Diego, de su carrera profesional, de nuestra amistad, de cómo habíamos llegado a querernos como hermanos y cuánto lo echaba de menos… Cada día, en twitter, recibo muestras de cariño de parte de sus fans, que se han enganchado al blog y que, de un modo u otro, me están acompañando en esta aventura… Muchas esperabais nuestro ansiado reencuentro, y el momento llegó hace sólo una semana. En las redes sociales se hace evidente el boom y la masa de fans que mueve la serie Violetta, pero es cierto que hasta que no lo vi con mis ojos, no fui consciente de la realidad.

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Tras finalizar su gira latinoamericana, el elenco de la serie de Disney Channel han estado recorriendo las ciudades más importantes de España, empezando, de este modo, su gira europea. LLegó el día, y llegó el concierto de Madrid. Diego llevaba semanas diciéndome que le hacía mucha ilusión que fuésemos a verle, pero si os soy sincera pensé que no me iba a dar tiempo porque justo ese día trabajaba. Ese mismo sábado, Diego me envió un mensaje y me dijo que me daba tiempo de sobra, así que dejaba unas invitaciones para que compartiésemos con él el aclamado show. Mi amigo David (uno de los mejores amigos de Diego también) y yo, nos fuimos hasta el Palacio de los Deportes y nada más llegar nos dirigimos a recoger nuestras invitaciones. Permitidme que os cuente algo que me pareció bonito y a la par curioso. Mientras estábamos en las taquillas una chica se me acercó y me llamó por mi nombre. Yo, la reconocí al instante. Era Merche, la chica que lleva una de las páginas de fans de Diego en Twitter. Merche es una gran seguidora del blog y recibo constantemente muestras de cariño por su parte. Aquel día, ella había ganado un meet & great para estar con todo el elenco de la serie, y como sabía que iba a ver a mi Chachi, había traído un regalo para mí. Merche me entregó una carta y un dibujo que había hecho con todo su cariño, y sus palabras me parecieron preciosas y no sabéis lo feliz que soy sabiendo que la gente se emociona con las cosas que yo escribo, por eso, precisamente eso, es lo que me da energía para seguir contando historias, para no parar nunca de contarlas…

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Ya sentados en las gradas, David y yo conocimos a una familia que había venido desde Cádiz, unos padres que habían viajado a Madrid sólo para hacer realidad la ilusión de sus hijas, para que ellas, que no sobrepasaban los diez años de edad, soñasen entre las canciones y las luces, entre los bailes y la ilusión que se respiró en aquel concierto. Les contamos que éramos amigos de Diego, y ya podéis imaginar su emoción… Les prometí que les conseguiría un autógrafo suyo que más tarde les envié por una imagen de whatsapp y con lo que doy fe, ellas fueron muy felices. Y yo más. Diego, que es tan bueno y humilde, no dudó en hacerlo (y más con lo mucho que él ama Andalucía…) Un besazo enorme para Cádiz, porque sé que ahora, ellas también me leen.

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Como bien os decía antes, sabía la gran repercusión que Violetta está causando en todo el mundo… Pero ver el Palacio de los Deportes prácticamente lleno, y ver a uno de mis mejores amigos, a mi hermanito, sobre ese escenario, fue una de las cosas más bonitas que voy a sentir esta Navidad… David y yo nos mirábamos y nos sonreíamos, sobraban las palabras. Estábamos disfrutando y estábamos muy, muy orgullosos de ver a nuestro amigo, al que sólo hace un año estábamos deseando suerte, triunfar. Y triunfar de este modo. El concierto fue un auténtico show, un espectáculo increíble, que estoy segura disfrutaron tanto niños como mayores… El juego de luces, las perfectas coreografías, la incansable energía, el maravilloso vestuario, los diálogos, las canciones… Fue una combinación brutal y perfecta que no dejó a nadie indiferente, y que hizo soñar a miles de niños y niñas que aquel día sólo pensaban en cantar y bailar.

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Cuando acabó el concierto, pudimos pasar a los camerinos, ahí estuvimos con la familia de Diego, que había venido desde Zaragoza… y el momento del reencuentro os lo podéis imaginar. Fue realmente emocionante, teníamos una mezcla de sentimientos… Nervios, emoción, nostalgia, felicidad, admiración… que se fundieron en un abrazo y me hicieron ver, una vez más, que mi Chachi sigue siendo el mismo, ese chico risueño, alegre, que no se cansa de querer a los suyos, y sobretodo, que no se cansa de soñar. Por la noche, nos reunimos unos cuantos amigos para poder cenar con él, en casa, con tranquilidad, para hablar y contarnos todas las historias que nos hemos perdido los últimos meses los unos de los otros… Y la amistad verdadera tiene ese poder especial de hacer real que el tiempo y el espacio no existan, y que las risas y la complicidad siempre sean las mismas.

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Es Navidad, es mi época favorita del año, tengo amigos maravillosos, tengo salud, trabajo, una familia increíble y un hombre que complementa en todos los sentidos… Podría decir que todo es perfecto en mi vida, o quizás es perfecto porque valoro mucho todo lo que tengo, exprimo el lado más positivo y me siento enormemente afortunada por ello, pero es cierto que en ese concierto dónde vi la ilusión de tantos, tantos niños… pensé en todos esos niños que soñaron también con estar ahí y no pudieron porque sus padres no pudieron pagar esas entradas. Una vez más, insisto, la música es cultura, la cultura no es un lujo, la cultura es para todos, y los precios de los espectáculos se quedan al alcance de muy pocos.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

Mermelada de naranja.

Hoy me apetecía rescatar un relato que escribí hace un tiempo, o no hace tanto… Hoy te quería contar una historia que un día imaginé y plasmé en palabras. Léela despacito, para saborear los rincones, los momentos y el dulce sabor de la mermelada…

 

MERMELADA DE NARANJA

Cuando llegaba el frío siempre le pasaba lo mismo. Siempre le había pasado, y en cierto modo le gustaba. El frío la ponía nostálgica, y en el fondo, no le resultaba nada malo. Con el frío llegaban los días grises, las calles congeladas, los parques vacíos, las noches silenciosas, las farolas encendidas, los cafés calientes, el olor a castañas, la calle callada, la soledad detestada. Los días de invierno también le regalaban los momentos que más adoraba, los momentos desnudos, frente al pincel y las sombras, los momentos de sueños, de emociones plasmadas.

El despertador había sonado hacía ya un buen rato y como vieja y fiel costumbre lo había apagado. Era domingo. Por fin era domingo. Se levantó de la cama y miró la hora. Tenía tiempo. Puso la cafetera en marcha y abrió la ventana. El sol se escondía, tímido, entre el frío de las calles. Encendió un cigarro y se quedó en silencio. Esta ciudad le gustaba. Le había gustado desde el primer momento, se había sentido atrapada y se había dejado atrapar, sentía que la ciudad era suya y que ella, sobe todo, también le pertenecía. El silencio y el frío. La nostalgia y los recuerdos. No habían sido unos meses fáciles y sabía que cuando llegase el invierno, se derrumbaría en segundos… Pero hoy era domingo.

El abrigo marrón se lo regaló Irene, su mejor amiga, y la bufanda oscura la había comprado hacía años, en un mercadillo cualquiera cuando paseaba con Carlos, su fiel confidente. Ambas prendas serían perfectas para acompañarla. Bajó rápido hasta la plaza y torció por  la calle Colón hasta llegar a la esquina con la calle Valverde, y ahí se quedó. No sabía muy bien por qué lo hacía, no sabía con qué fin, ni por qué motivo, pero lo volvió a hacer, un domingo más, en lo que ya se había convertido una rutina. Ella odiaba la rutina, siempre la había odiado. Cuando escuchó el sonido del portal se distrajo mirando el escaparate de una tienda de animales mientras las piernas le temblaban… Sintió su sonrisa y vio su mirada sin ni siquiera darse la vuelta, y sintió como  caminaba, casi rozando su espalda. Él no se había dado cuenta que ella estaba ahí, ni si quiera el perro que siempre le acompañaba. Ella, la que estaba ahí, la que pasaba desapercibida,  domingo tras domingo, para verle salir.

Una vez concluida la acción, decidió volver a casa. Estaba cansada, y quizás más triste que nunca. Sentía rabia, incluso sentía dolor. ¿Se podía sentir más dolor del que ya había sentido? Pues sí, ella lo sentía. No había sido un domingo bueno, y seguramente la culpa era del frío y de los días de invierno. Cambió su ruta habitual, porque no estaba siendo un domingo cualquiera y al sentir el dulce olor del pan recién hecho de la panadería de madera que coronaba aquella calle tan estrecha, se detuvo a mirar el escaparate y no tuvo más remedio que sonreír. Mermelada de naranja. Allí estaba, posando tranquila y reluciente en unos frascos pequeños de cristal que aseguraban que era casera. La bombardearon los recuerdos, los bonitos y viejos, y decidió comprar una. Se llevó una barra de pan recién horneada y decidió mimarse aquel día. Con el café que quedaba y el olor del pan que se había impregnado en su casa, se quito la ropa y empezó a pintar, mientras comía mermelada, se encendía cigarrillos y dejaba el pincel bailar.

Cuando era niña y aún vivía en el pueblo, preparaba con su abuela la mermelada de naranja. La ayudaba a pelar la fruta, a quitar toda la piel blanca para que ni un sólo amago de amargo llegase al final, troceaban la pulpa y cortaban la piel en tiras muy finas… Le encantaba mezclar el azúcar y ver como se bañaba y hervía la naranja troceada. Su abuela decía que el truco era no dejarla sola ni un momento, mimarla junto al fuego lento y remover con delicadeza. No pudo tener una infancia más bonita. No pudo sentir más amor que el que le había regalado esa mujer, que ejerció de madre sin poner ni una sola pega. Su abuela… Su abuela que tan pronto se fue y tantas preguntas le dejó sin responder…

Siete años atrás había llegado a Madrid. Tras terminar sus estudios de historia del arte, decidió instalarse en un barrio céntrico de la ciudad, dónde vivían los bohemios y soñadores, dónde el arte era sagrado y las ilusiones estaban intactas. Llegó a aquel barrio porque Carlos, su fiel confidente, lo conocía bien. Se habían conocido en una beca Erasmus, y él la convenció para trasladarse a Madrid, dónde los sueños eran posibles y las oportunidades inmediatas. Esta ciudad le había dado los mejores momentos de su vida, las mejores amistades y también las mejores oportunidades. Había tenido trabajos de todo tipo… pero su trabajo favorito se encerraba entre las paredes de su casa, dónde podía pintar con libertad y desnudarse, en todos los sentidos, frente al lienzo y el pincel. Lo de pintar desnuda tenía sus razones, y todo empezó en aquellos primeros meses en el corazón de Malasaña…

Carlos se relacionaba con el modernismo puro de Madrid. Artistas de todo tipo, y soñadores profesionales. Carlos llevaba meses enamorado de un chico que era actor e insistió mucho en que ella le acompañase aquella noche, a una fiesta cualquiera que cambiaría su vida para siempre, aunque en ese mismo instante ni si quiera lo sabía. Risas, gente joven, alcohol y drogas, desfilaban sonrientes entre la humareda de cigarros que se consumían como almas… y entre esa multitud, salió un chico a saludarla con un “Llevo observándote desde que has llegado…”. Le ofreció un cigarro, y al encender aquel mechero, consumió su vida sin saberlo. Jaime era diseñador de interiores y conquistador profesional.

Aquella fiesta acabó de madrugada, Jaime se ofreció a acompañarla a casa. Ella le invitó a pasar, y allí, en aquel sofá rodeado de lienzos y pinturas, se desnudaron con la mayor pasión que habían conocido jamás. Hicieron el amor hasta quedarse sin fuerzas y al despertar le pidió que pintase, desnuda, para él. Pronto se hicieron inseparables. Los besos, las caricias inimaginables, las risas en la cama, los abrazos interminables, la complicidad inagotable, los viajes de ensueño, los mejores restaurantes, las presentaciones oficiales, los regalos inalcanzables… Todo era perfecto y esa perfección encajó de forma perfecta en una burbuja que no podía ser real. Jaime tenía buenos contactos y en pocos meses consiguió que muchos amigos quisieran comprar cuadros. Cuadros que ella pintaba, desnuda, en su pequeño estudio de Malasaña. Entre el dinero que eso le proporcionaba y el trabajo que había conseguido a media jornada en uno de los mejores museos de la ciudad, ella vivía perfectamente, sin excesos ni necesidades.

Jaime la quería con todas sus fuerzas. Se moría por ella. No podía existir amor más puro, más bueno, más noble… No podía haber mujer más perfecta, ni hombre más maravilloso. Sus vidas estaban totalmente compactadas y nada ni nadie podría separarles jamás. Con el tiempo llegaron los enfados, los celos imperdonables, las faltas de respeto, los gritos desagradables… Pero ella los olvidaba cada mañana al despertarse. Irene la observaba desde hacía tiempo y sabía que algo no iba bien, pero ella lo negaba. Su relación era perfecta y no había capacidad para cuestionarla.

-Mirate, no eres feliz. Y tu lo sabes. Mira tus cuadros, míralos bien… Sabes que no eres tú la que los está pintando…

Oídos sordos. Esa había sido su mejor faceta desde hacía, al menos, un año. No importaban las lágrimas, ni los ojos hinchados encadenados al llanto, él la quería y ella a él también. Una noche de enero, de esas de frío y silencio, discutieron tanto que él se fue dando un portazo. Ella lloraba y le suplicaba que se quedase, que podrían arreglarlo. Luís sólo era un viejo amigo y no había nada malo en aquel mensaje de “Qué tal te va todo?”. Y no, no había nada malo. Ni en aquel mensaje, ni en cualquier otro. El portazo retumbó en todo en edificio, tras el fuerte sonido, el silencio se abrazó al llanto y al mensaje siguiente que Jaime escribió: “Esto se ha acabado”.

Era inevitable y ella lo sabía. Se tenía que acabar. No eran felices y ambos lo sabían. Los celos les destrozaron, la desconfianza marchitó su relación y aún así, ella le seguía amando… Sintió como las piernas se le aflojaban, como el corazón se le aceleraba y como después de varias horas, las lágrimas ni salían… Le llamó miles de veces, llamó a un teléfono que jamás se descolgó. Por primera vez en su vida se sentía sola, derrotada y destruida. En los últimos dos años su vida se había centrado en él y ahora no le quedaban fuerzas para acudir a nadie. No sabría cómo explicarlo, ni a quién hacerlo. Sólo había alguien que no fallaría. A pesar del tiempo.

Carlos se presentó en su casa en menos de una hora y la estuvo consolando toda la noche. Le repetía mil y una vez que era lo mejor que podía haberle pasado, que había dejado de ser ella misma, y que algo bueno, seguro, estaría por venir… Carlos decidió ahorrarse los comentarios y rumores de la gente, que decían que Jaime había estado desde el principio con otras mujeres, entre música, alcohol, drogas y fiestas modernistas a las que ella, normalmente, no acudía. No había consuelo… Las lágrimas de aquella noche se alargaron a los días, a las semanas y los meses. No tenía fuerzas para ir al museo y pocas veces conseguía pintar algo en condiciones. Los encargos de cuadros disminuyeron notablemente y su vacío sólo se refugiaba en volver a casa, bajo el calor de su hogar, los consejos de su abuela y las tardes de mermelada de naranja.

-Vuelve a casa… Vuelve aquí, al pueblo, con tu familia… En Madrid estás muy sola…

Pero no volvió, decidió querer ser fuerte y seguir con las oportunidades que sabía que esta ciudad le había brindado, y descubrir todas las que todavía desconocía. Con el tiempo, aprendió a convivir con el dolor, con la ausencia y el recuerdo de quién no merecía ser recordado. Aprendió a sonreír por cosas simples y a ver lo positivo en cada esquina de su vida. Volvió a desnudarse frente al lienzo, y empezó a recuperar una ilusión que había enterrado demasiado rápido. Sólo había una cosa que tenía clara: el amor no existía, y no existiría jamás.

Aquel domingo estaba triste y ella sabía que gran parte de culpa la tenían el frío y el invierno. En medio de tantos recuerdos, del café enfriado, del pan delicioso y de la mermelada de naranja recién comprada, sonrió en silencio. Su abuela la había dejado hacía sólo unos meses y ese desayuno, y ese cuadro que pintaba a base de rabia, eran suyos. De las dos. Empezó a reír a carcajadas. Todos estos recuerdos le habían devuelto un detalle que jamás podría relacionar con Jaime. La mermelada de naranja. Jamás la había comido con él, y por alguna extraña razón, jamás le había hablado de aquellos años de infancia, entre fogones y azúcar dónde preparaba aquella delicia en compañía de su abuela…

Jaime había desaparecido de su vida hacía poco más de cinco años, sabía por terceras personas que ahora vivía en Italia, con una modelo de la que se había enamorado un verano de estos en Ibiza. Jaime había desaparecido de su vida, pero consiguió arrancarle gran parte de su alma. No había vuelto a creer en el amor. Bueno, no del todo. En todo este tiempo había conocido muchos chicos. Su vida social se había incrementado con creces y cada vez se había sentido más feliz. De los chicos había decidido guardar los besos momentáneos, los abrazos efímeros y las caricias ocasionales. No quería compromisos. No creí, ni quería creer en nadie. No creería jamás. Estaba feliz como estaba. Tenía su trabajo, sus amigos, sus amigas, sus risas, sus pinceles, sus cuadros que de vez en cuando vendía, que otras veces exponía en el Retiro o el Palacio Real, dónde todo el mundo se asombraba y la felicitaba, y con lo que ella tenía suficiente.

Poco antes de empezar el verano, un domingo cualquiera, estaba con unas amigas tomando unos vinos en la plaza, cuando le dio un vuelco el corazón  y cuyo hecho habría negado hasta el último instante si alguien se lo hubiese preguntado. Vio cómo él se dirigía hacia la calle Colón y sin pensarlo dos veces se levantó de la silla y le siguió hasta comprobar que torcía por la calle Valverde y se metía en el segundo portal. Cuando volvió a la mesa, justificó su improvisaba huída diciendo a sus amigas que le había parecido ver a una antigua amiga de la facultad, pero que se había confundido. Por suerte, nadie notó nada y la conversación que tenían a medias siguió su ritmo. Conversación que ella jamás llegó a escuchar. No podía creer lo que acababa de pasar.

Cuando tenía ocho años, sus tíos la llevaron de vacaciones a un pequeño pueblo de Cantabria. Allí, pasó una de las mejores vacaciones de su vida, donde hizo muchos amigos con los que jugaba de forma incansable y donde sólo fue feliz. Hugo, por aquel entonces, tenía 12 años, y se juntaba con los mayores. Era el hermano de Elena y ambos eran nietos de la mujer que vivía en la casa continua a la que ellos habían alquilado. Durante dos semanas vio a Hugo cada día. Durante más de veinte años le guardó en sus sueños. No le había vuelto a ver jamás, ni si quiera guardaba una foto suya, pero estaba segura que recordaba cada rasgo de su cara y no necesitaba ni si quiera cerrar los ojos para conseguirlo. Hacía años que no pensaba en él, pero incluso en la adolescencia seguía recordando lo mucho que le gustaba. No cabían dudas, aquel chico, con camiseta blanca, vaqueros cortos y zapatillas que acababa de cruzar la plaza tecleando la pantalla de su móvil y acompañado por un bull dog francés, era él. No sabía cómo, ni por qué, pero ese chico le acababa de encender el corazón y le había devuelto el trozo de alma que le faltaba. ¿Pero qué estaba diciendo? Ella no creía en el amor, y pensaba mantenerse fiel a sus ideas hasta el fin de sus días.

Cada domingo, sobre la una del mediodía, se paseaba por el barrio y no volvía a casa hasta encontrarselo paseando con su perro. Habían pasado seis meses desde la primera vez que le vio y en esos seis meses, veintiséis domingos le había visto sonreír por una calle u otra  en pleno corazón de Madrid. Ni una, ni si quiera una vez de esas veintiséis, él se había dado cuenta que ella estaba ahí. Hoy volvía a ser domingo, le había vuelto a ver, y por primera vez en tanto tiempo sentía rabia y tristeza, por primera vez en mucho tiempo volvía a comer pan con mermelada de esa que cocinaba con su abuela. Odiaba el amor, y no estaba enamorada.

La semana transcurrió tranquila. Con el frío y la nostalgia, con los cafés calentitos en el metro, el olor a castañas en la calle y la mermelada sobre la mesa, en forma de recuerdo bonito, triste, como si fuese una canción, una imagen, un olor… Estaba ahí, posando serena. Llegó otro domingo más, y tras la experiencia del anterior, decidió poner punto y final a aquella historia. No tenía sentido. Nada lo tenía. No sabía a qué se dedicaba, no sabía si tendría pareja, si sería gracioso, si sería cordial, si sería bueno, si sería sincero… Ella no creía en el amor, y nada de eso tenía sentido. Enfadada con el mundo, se encerró en casa todo el domingo. Carlos, que nunca fallaba, la visitó con un cargamento de cupcakes para contarle la maravillosa aventura que había tenido la noche anterior con un joven futbolista que pronto llegaría a ser una estrella, o eso creía él. Cuando acabó el día supo que no fue tan malo. Habían pasado seis meses, y ya había acabado. No había necesitado bajar a la calle, esperar verle salir del portal, no había echado de menos nada de todo aquello.

Las semanas pasaron, pasó la Navidad, esa que tanto adoraba y que desde hacía un tiempo tanto odiaba, pasó el frío, la nostalgia, seguían los recuerdos, los pinceles… Y empezaba a llegar el calor. Irene había tenido que volar a Francia urgentemente, su hermana, que vivía desde hacía varios años al sur del país, acababa de dar a luz a una preciosa niña a la que llamaron Dana, así que ella no tuvo más remedio que quedarse cuidando al perro de quien había sido su mejor amiga los últimos casi ocho años.

La tarde sonreía y el sol ya coronaba la ciudad. Las calles volvían a estar llenas de gente y las terrazas volvían a ser escenarios de risas y encuentros. La primavera siempre fue su estación favorita del año. Se puso el vestido verde que tanto le gustaba, unas botas marrones y una chaqueta vaquera que había comprado en una tienda de segunda mano, cogió al perro y decidió bajarse a dar un paseo.  Paseó por todo el centro, estuvo mirando tiendas, observando a la gente pasar, sonriendo a los malhumorados y disfrutando de aquel día. Sin saber por qué, estaba feliz. El dolor del pasado se había difuminado, y quizás el nuevo trabajo que había conseguido hacía tan sólo unas semanas ayudaba bastante en que aquel fuese un buen momento. Decidió sentarse en una de sus terrazas favoritas de Chueca y se puso a leer los mensajes que habían estado sonando en el último rato en su móvil. De repente noto un tirón en su silla, y sintió como los dos perros se entrelazaban en medio de juegos e inocencia. Levantó la cabeza y encontró la misma cara de sorpresa que supuso se reflejaba en la suya, sólo que a ella le volvían a temblar las piernas.

Él le sonrió y le dijo:

-Nos conocemos?

-Creo que no…- pudo balbucear.

-Mmmm… Bueno, no sé, me llamo Hugo.

-Yo soy Marta y me encanta la mermelada de naranja.- dijo con una sonrisa.

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Buenas noches, amigos.

Lorena.