Nos necesitamos los unos a los otros…

José Saramago decía: “En verdad aún está por nacer el primer humano desprovisto de esa segunda piel que llamamos egoísmo”, y esta se convirtió en una de mis frases favoritas. El ser humano, aún con el corazón más noble que exista, y con la bondad más garantizada, siempre tiende a ser egoísta. Aunque sólo sea por un momento, aunque sólo sea en una ocasión puntual o con alguien en concreto. El egoísmo, inevitablemente, forma parte de nosotros y forma esa segunda piel de la que hablaba Saramago.

El otro día hablaba con Carmen sobre algunas circunstancias de la vida y de las personas, sobre el egoísmo y también sobre la envidia. Cuándo el ser humano se siente plenamente feliz, aún cabe en él el sentimiento de la envidia. Es así. La envidia sana siempre me ha parecido bonita, es una envidia vestida de sonrisa y amiga de la admiración, de las cosas buenas. La envidia mala, sin embargo, es un verdadero problema. El problema es de quien la siente, y no de quien la provoca, no tengo dudas. La envidia puede llevar a cometer locuras, e incluso muchas veces, aunque sólo sea de forma inconsciente, acabará haciendo daño. En la mayoría de los casos, quien siente envidia se autoconvence de que no es cierto, que simplemente siente indiferencia y que el triunfo o bienestar de otros le trae sin cuidado.

Y entonces, tenemos un problema. Es tan sano vivir alejado de todo eso! No puedo predicar que el ser humano viste de egoísmo y envidia y decir que nunca he experimentado estos sentimientos, resultaría bastante absurdo, no es cierto? El egoísmo, aunque suene mal, lo he sentido, como lo has sentido tú. Es cierto que en muchos momentos de la vida he pensado antes en los demás que en mí, y esto muchas veces me ha traído consecuencias satisfactorias y otras me ha hecho mucho daño, por entregarme a causas no merecidas y personas que no lo merecían. Pero inevitablemente, en otras ocasiones, el egoísmo, aludiendo a su propio significado, me ha hecho pensar en mí antes que en los demás, en mi beneficio y mi bienestar. Supongo, que mientras no sea en exceso, es algo normal.

De la envidia… De la envidia quedaría mal decir que nunca la he conocido, sea del lado que sea. Pero es verdad, que pocas cosas en la vida me han producido envidia. Quizás porque soy una persona, que aún no teniendo mucho, siempre he sido muy positiva, muy conformista y siempre he valorado muchísimo las cosas de mi alrededor. Siempre he sido de valorar lo que tengo, antes que de anhelar lo que me falta. Ahora, no es que tenga poco, porque no lo es, sino que lo que tengo me parece mucho, y soy feliz. Y la envidia no forma parte de mis pensamientos, al menos, que yo sepa. Pero claro… supongo que alguna vez en la vida la habré sentido. Tampoco creo que haya sido víctima ni objetivo de envidia. Soy una persona demasiado extrovertida y eso tiene un blanco y negro claro. O caigo muy bien, o caigo muy mal. Los que no me soportan, es porque no lo hacen, sin más, no es porque me tengan envidia. Por suerte, creo que las personas a las que quiero me soportan bastante, al menos de momento.

La envidia y el egoísmo son dos sentimientos  muy negativos, que siempre intentamos ocultar, siempre renegamos de ellos y pocas veces somos capaces de afirmar que están ahí, acompañándonos en el tiempo, en los pasos y en la vida. Pero están, y no nos podemos engañar. Hay una película que me ha encantado desde que soy pequeña. En ella, la envidia, el egoísmo, la maldad y la superficialidad son los ingredientes principales que hacen sombra a una dulce y tierna historia de amor.

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Basada en la novela Amistades Peligrosas del escritor Choderlos de Lactos, Crueles Intenciones llegó a la gran pantalla en el año 1999 de la mano del director Roger Kumble. 

En Manhattan viven los ricos y poderosos hermanastros Sebastian Valmant (Ryan Phillipe) y Kathryn Merteuil (Sarah Michelle Gellar), a quienes les encanta divertirse haciendo daño a las personas y riendose de los fracasos de los demás, sin soportar, bajo ningún concepto, que alguien pueda reírse de ellos. Su juego de calculadores y perversos se ve entremezclado con la obsesión de ambos por poseerse, en todos los aspectos. Sus vidas cambian cuando, poco antes de empezar el curso, Sebastian muestra a Kathryn una entrevista que se ha publicado sobre la hija de su nuevo director. La dulce y angelical Anette Hargove (Reese Witherspoon) defiende a través de sus palabras el amor verdadero y la importancia de mantener relaciones sexuales sólo cuándo se esté plenamente enamorado y entregado, afirmando que es virgen. Sebastian encuentra en ella su nuevo juguetito y no descansará hasta conseguir cambiar su filosofía de vida. Kathryn observa con una sonrisa, asegurando que su hermanastro, esta vez, tiene las de perder… Las cosas darán un giro inesperado cuando Sebastian empiece a interesarse realmente por Anette y consiga encender la ira de su hermana…

Un triángulo amoroso envuelto por la maldad que no deja indiferente cuando te paras a pensar de lo que es capaz el ser humano con tal de salirse con la suya… De lo que muchas veces es capaz de hacer el egoísmo y la envidia, cuando rozan límites que jamás podrán ser racionales.

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En la vida real, la gente debería ser consciente que todo tiene unos límites para encajar dentro de la cordura y de lo natural, pero sobretodo, sería importante que todos aprendiésemos que es mucho más fácil y satisfactorio vivir alejados de los malos pensamientos, alegrándonos por los triunfos de los demás e intentar celebrarlo con una sonrisa, porque la vida siempre es justa y todo lo que desees se te devolverá. Porque quizás algún día necesites que ese que provoca en ti la rabia, te eche una mano y te ayude a caminar. Porque aunque nos creamos autosuficientes, nos necesitamos los unos a los otros. 

Feliz lunes, amigos.

Lorena.

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4 pensamientos en “Nos necesitamos los unos a los otros…

  1. Hola, acabo de visitar tu blog por primera vez. Para mí esto es una rutina porque también soy blogger y me encanta leer la forma de pensar y sentir del resto…
    Me ha gustado mucho la descripción que haces sobre “el egoísmo y la envidia”. Son dos de los sentimientos más característicos del ser humano ¿verdad?
    Es curioso que cualquiera de los dos sentimientos provocan emociones en quien los padece, y a la vez en quien los presencia desde afuera, ya que a éste último le pueden llegar a brotar sentimientos de injusticia, o de vergüenza ajena, e incluso de ternura y comprensión si la envidia es muy sana como tú dices.
    Yo no sé si sería posible un mundo sin egoísmo y envidia, pero si que tengo la esperanza de que un día el equilibrio global sea capaz de mantenerse con unas dosis mucho menores de las virtudes y los actos negativos.
    Me alegra que hagas hueco en tu blog a éste tipo de reflexiones antropológicas.
    ¡Un fuerte abrazo y prometo volver a visitarte!

    • Hola Diego! Mil gracias por tu comentario, por tu reflexión… No puedes imaginar lo importante y emocionante que es para mí… Me alegro que te haya gustado, que hayas reflexionado y que me lo hayas contado. Te mando un abrazo muy fuerte y te espero por aquí!

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