Cielo de colores y sonrisas.

Hoy me he despertado con un montón de nubes grises corriendo y jugando al otro lado de mi ventana. Las sábanas luchaban para despegarse de mi piel mientras yo las agarraba con fuerza. Es domingo, y los domingos están para correr sin prisa, y elegir cuándo te quieres despertar. Los domingos grises, además, son para abrazarte a la cama, al sofá, poner una buena película y ver el frío, ahí fuera, pasar. Y entonces, me he acordado de una de mis películas favoritas y de una historia que ocurrió hace unos días…

 

Hoy te quería contar que un día de esta semana, por pura casualidad, conocí a dos señoras que se ganaron mi amor y mi simpatía. Desde bien niña, las personas mayores me han causado una ternura desmesurada, y si además, cuentan con un pelo blanco coronando esa cabeza llena de tiempo y sabiduría, todavía más. Un día de esta semana conocí a dos señoras que acariciaban los 80 y 83 años respectivamente. Ambas, entre risas, se empeñaron en enseñarme sus documentaciones para corroborar una edad, que a simple vista, casi parecía imposible. Bien vestidas y perfumadas, con sus joyas, sus bolsos favoritos y sus labios besados de carmín, reían a carcajadas y se divertían como si el tiempo les hubiese devuelto su juventud en un suspiro. Estas señoras eran cuñadas y amigas, vivían en Ibiza y estaban en Madrid pasando unos días. Se habían empeñado en ganarle la batalla a sus tacones y recorrerse el centro de la ciudad de tienda en tienda, buscando la última moda y trasladarla desde la capital hasta su maravillosa isla, la isla bonita.

Esta conversación que por pura casualidad tuve con ellas no llegó ni a los cinco minutos de vida, pero me fue suficiente para sonreír y mantenerme con alegría el resto del día. Y no es por nada. pero es que a mí las personas que ríen sin parar, que contagian carcajadas, que desprenden alegría y son capaces de sonreír aunque los años, el tiempo, y las heridas hayan hecho mella en ellas, me enamoran. Y así lo hicieron ellas. Nunca he visto tanta energía concentrada en alguien tan mayor. Y sentí envidia, de la sana y de la buena. Deseé poder ser algún día como ellas, y sonreí porque es bueno saber que aún queda mucha gente con alegría, a pesar de vivir en un país de pandereta.

 

Hoy al despertarme en este día gris y pensar en el cine, la manta y mi sofá, he pensado en Tomates verdes fritos, y por consecuente en estas dos señoras de Ibiza que me robaron el corazón en un rincón cualquiera de Madrid.

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Tomates verdes fritos ha sido, desde que mi memoria es capaz de recordar, una de mis películas favoritas. Una de esas películas que me producen ternura, amor y lágrimas cada vez que la veo. De pequeña solía verla con mi madre, y con el tiempo, intento verla, aunque sea sola, al menos, una vez cada dos años.

Basada en la novela de Fannie Flag, Tomates verdes fritos es llevada al cine en 1991 de la mano de Jon Avnet. En ella se cuenta la historia de Ninny (Jessica Tandy), una anciana que reside en un asilo y que cada día recibe la visita de Evelyn (Kathy Bates), una mujer que se siente totalmente inútil frente al mundo, y frente a su marido. Cada día, Ninny le relata el desarrollo de una historia basada en los años 30, cuyas protagonistas Idgie (Mary Stuart Matersson) y Ruth (Mary-Louise Parker) hacen frente a los problemas y las risas juntas. Como verdaderas luchadoras, mujeres héroes, fuertes y soñadoras, alimentan valores como la amistad, el amor, o la tolerancia frente a temas como el racismo o el machismo. Una película que sin ninguna duda realza y hace un guiño al papel y la figura de la mujer. Evelyn se siente cada vez más enganchada a una historia que no le pertenece y que a medida de los días absorbe hasta sentirla un poco suya, de tal modo que siente la necesidad de convertirse en una mujer distinta a la que es, siente la necesidad de hacerle frente al mundo y no callarse ante nada que no le parezca justo. Se siente alimentada por la personalidad de Idgie, aquella joven que revolucionó a quien se pusiese en su camino, muchos años atrás. Aquella joven que no resulta ser otra que la propia Ninny, la anciana que narra la historia, sentada en un asilo, con los ojos llenos de alegría y entusiasmo y con el olor reciente en la mente de sus adorados tomates verdes fritos.

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Nominada a Globo de Oro, Premios Bafta y a los Premios Óscar, esta película es, sin duda, una buena opción para una tarde de esas en las que te apetece ver buen cine.

Y es que, al fin y al cabo, los días grises tienen esta ventaja, que el cielo está tan blanco que tu eliges de qué colores quieres pintarlo. Yo sin duda, hoy lo visto de colores y sonrisas. 

 

 

Feliz domingo, amigos.

Lorena.

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De Madrid a Buenos Aires… Un millón de sueños.

Aunque el calor sigue paseando tranquilamente por las calles de Madrid, las pestañas del otoño empiezan a moverse, saben que ha llegado su momento y tienen ganas de despertar. Quizás es el otoño el que me ha hecho pensar en él, quizás porque en un otoño le conocí y quizás porque en el inicio de un otoño, hace ya un año, se marchó a Buenos Aires.

La cara de Diego Domínguez empezó a resultarnos familiar hace unos cuantos años. Tras el éxito de las primeras ediciones de Operación Triunfo, Gestmusic y TVE lanzaron en 2003 la primera edición de “Eurojunior“.

El concurso seguía unas bases similares al anteriormente mencionado, sólo que esta vez los aspirantes a convertirse en triunfadores y obtener una exitosa carrera musical oscilarían entre los 8 y 16 años. Yo recuerdo a Diego en ese programa. Su desparpajo, su carisma, su inocente simpatía, su “Chachi Piruli” o  su “Sinvergüenza” , que hasta los más mayores tarareabamos. Le recuerdo perfectamente. Lo que nunca imaginé es que años después, una ciudad, una tarde cualquiera, y una casualidad nos unirían y harían que ese niño, que ya había crecido, se convirtiese en uno de mis mejores amigos.

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Tras el éxito del grupo infantil que se creó a raíz del programa, 3 + 2, Diego siguió probando suerte en la música y junto a otra de sus compañeras creó “Juego de dos“, un duo musical que finalmente también se disolvió. Sin dejar de lado su pasión musical, empezó a estudiar interpretación y pronto tuvo pequeñas intervenciones en series  de televisión como Física o Química, Aída o El Secreto de Puente Viejo. Pero parecía que no llegaba una oportunidad de verdad, no la que él merecía, hasta el día en que me dijo que había hecho un casting para la serie Violetta (Disney Channel). Supe desde el primer instante que ese papel sería suyo.

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Hoy te quería contar que sólo llevaba poco más de un año en Madrid cuando un domingo de lluvia un amigo me presentó a Diego. Desde el primer instante compartimos risas y complicidad. Sin darme cuenta, al poco tiempo, ya compartíamos una fuerte amistad. Pronto nos unieron las tardes de café, las largas conversaciones, los secretos, las preocupaciones, los miedos… pero sobretodo nos unieron los sueños. Diego es una de esas personas que nunca deja de sonreír, de esas personas que ven el lado positivo de las cosas más negativas, de esas personas que ríen a carcajadas, de esas personas que siempre están dispuestas a ayudar a los demás, y de esas personas que tienen el corazón que podría salvar a medio mundo.

Entre guiones y libros bailaban nuestros sueños, los suyos y los míos. Parecía difícil alcanzarlos, pero sabíamos que si luchábamos por ellos, algún día llegarían. Recuerdo aquella tarde, sentada en un Starbucks en pleno corazón de la ciudad  con nuestro incondicional amigo David, cuando Diego llegó cargado con su guitarra. Venía de hacer un casting para una serie de Disney Channel, y si todo salía bien, se iría a grabarla a Argentina. Le miré y le dije que ese papel era suyo. Estaba totalmente convencida. Había llegado su momento, y yo lo sabía.

Lo demás ocurrió muy rápido. Pronto le confirmaron lo evidente y empezaba nuestra cuenta atrás. En un par de meses volaría hacia Buenos Aires. Sé que aprovechamos cada instante de ese verano, donde manteníamos largas conversaciones sobre cómo iba a ser todo a partir de ese momento, de qué forma iban a cambiar nuestros días y hasta qué punto permitiríamos que cambiase nuestra amistad…

 

Hace un año que Diego se marchó a abrazar sus sueños y sólo le hice prometerme que nada en él cambiaría. La última vez que le vi fue hace tres meses, en su última visita a España, y sonreí al ver que sigue siendo el mismo de siempre. A pesar de la distancia, del tiempo y del éxito.

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Diego recomendó este blog en su cuenta oficial de Twitter hace varias semanas. Desde entonces, no he dejado de recibir visitas, seguidores, y muestras de cariño de sus miles de fans. Y por eso, sentía que este post se lo debía a ellas, porque deben saber que idolatran a una persona que tiene un corazón enorme y la humildad pegada a la piel. Este post se lo debía a Diego, mi “Chachi”, mi hermanito pequeño, porque está dónde se merece. Y este post me lo debía a mí, para no olvidar nunca dónde y cuándo empezamos a soñar.

Diego corona, en forma de póster, la habitación de mi prima pequeña y yo sonrío con nostalgia, porque aunque el éxito profesional casi siempre es un éxito personal, sé que no es fácil vivir a miles de kilómetros de tu familia y de las personas que son el pilar base de tu vida. Pero sé que a pesar de ello, él es feliz. Muy feliz.

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Este post es tuyo, Diego. Es mío. Es de todos los que no nos cansamos de luchar por aquello que queremos alcanzar. Gracias por estar siempre a mi lado, y por no entender nunca de distancias. 

 

Por los sueños que aún nos quedan… Por un millón de sueños.

Lorena.

 

Nos apagaron las luces…

El martes hoy ha amanecido tranquilo y sereno. Las nubes grises van paseando por la ciudad y mi casa huele a café recién hecho. Hoy te quería contar algo que hace unos días me rompió el corazón en pleno centro de la ciudad.

Me dirigía a casa de una amiga en uno de los barrios más céntricos y de moda de Madrid, cuando pasé por un lugar que siempre me provoca un nudo en la garganta y llama a gritos mis ganas de llorar. Un comedor social. Eran sobre las seis de la tarde y la cola en la puerta daba la vuelta a casi toda la manzana. La mayoría de las veces ni si quiera soy capaz de mirar porque me duele mucho, pero esta vez, quizás por unos segundos que a mi me parecieron eternos, vi los rostros de las muchas personas que esperaban, durante horas, poder comer. La mayoría eran ancianos. Era gente mayor, como podrían ser mis abuelos, o los tuyos. También había gente de mediana edad, como podrían ser mis padres, o los tuyos. Algunos conversaban entre ellos. La mayoría, cabizbajos, guardaban silencio. Me acordé de un reportaje que justo el día anterior había visto en la 2 de TVE, dónde se hablaba de la crisis que nos bombardea y dónde una mujer que había tenido su propia empresa contaba cómo ahogada por las deudas, se había visto obligada a recurrir a comedores sociales para poder comer. Hablaba de la vergüenza que al principio pasaba, no se quitaba las gafas de sol para proteger su imagen, y de lo duro que estaba resultando todo.

Volví a mirar a la cola mientras andaba y observé a los que allí estaban, me pregunté cuál habría sido su historia y entendí lo duro que debía ser todo lo demás como para tener que esperar durante horas en la calle con la esperanza de poder cenar. En un segundo nos imaginé a los que a veces nos quejamos cuando tardan en sacarnos la comida en un restaurante, y sentí vergüenza de mí misma. Me pregunté si ellos, que esperaban, habrían comido ya algo durante el día y me pregunté si al igual que la mujer que aparecía en televisión, también desearían que nadie les reconociese.

Pensé en toda esa gente que mantiene una familia, una casa y muchos gastos con 400 euros. Pensé en todos esos jubilados que con sus pensiones mantienen a hijos y nietos sin rendirse, como hacen mis abuelos, eternos luchadores, que pese a todo, nunca pierden la sonrisa. Y una vez más me dio rabia este país, dónde quienes roban con una sonrisa, vestidos de corbata y montados en coches de lujo, no tienen vergüenza ninguna. Siguen sus dietas caras, sus viajes de lujo, sus ropas de marca, y se ríen. Se ríen mientras roban y mientras creen que representan a millones de personas que han perdido la esperanza. Aún no entiendo por qué no estamos en la calle luchando contra esto cada día.

Y en la esperanza me viene a la mente una película que seguro que muchos de vosotros conocéis. Una de esas películas que hacen que los sueños no mueran, que las ganas de superación nunca se rindan y que la esperanza, sin ninguna duda, es lo último que se pierde, porque al final, la vida, siempre tiene una recompensa.

Dirigida por Gabriel Muccino, y protagonizada por Will Smith (quien fue candidato al Oscar y Globo de Oro como mejor actor) y su hijo Jaden, EN BUSCA DE LA FELICIDAD, se estrenó en 2006. Basada en la historia real de Chris Gardner, cuenta la historia de superación, ilusión y esfuerzo de un hombre que pierde absolutamente todo, su casa, su trabajo, incluso a su esposa. Vagando entre calles y comedores sociales, el protagonista consigue un trabajo interno de corredor de bolsa y tras mil obstáculos, tras mucho sufrimiento, mucho esfuerzo y quizás un golpe de suerte, finalmente acaba convirtiéndose en un hombre de éxito (en la vida real, Gardner consiguió crear su propia empresa multimillonaria de corredores de bolsa). Una de las películas más entrañables y de mayor éxito de los últimos tiempos.

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Quizás la suerte estuvo de su lado, pero lo que está claro es que la suerte no viene a llamar a tu puerta, hay que salir a por ella. Cada uno marca su destino, y aunque intenten ahogarnos debemos tener ilusión y una sonrisa. Sobretodo debemos tener esperanza.

Os cuento esto porque sé que muchos de vosotros me leéis desde fuera de España y quiero que sepáis que ésta es nuestra realidad y que aunque haya gente que se sorprende o se decepciona porque no nos han elegido como sede de unos JJOO, la visión que el mundo tiene de nosotros es real. Vivimos en un país de políticos (sean del partido que sean) corruptos, ladrones y mentirosos. Así son quienes nos representan, esos a los que muchos quisieron darles su voto, confiando y esperando ver un poco de luz dónde todo empezaba a ser demasiado oscuro. Pero las bombillas no se encendieron. Al contrario, a nosotros nos apagaron las luces.

Feliz martes, amigos.

Lorena.

Resaca de emociones y el libro de tu vida.

Los días de desconexión son necesarios. Eso siempre. Y en verano, los días de desconexión son imprescindibles. Para dedicarselos a uno mismo, a mimarse y relajarse. Pero cuando septiembre llega es como empezar un año nuevo, sin los restos de confeti ni el sabor de las uvas… Pero parece que todo empieza de nuevo. El verano se va alejando despacito, suave y sin prisa, y la rutina, vestida con una pícara sonrisa, llega con fuerza para abrazarse al otoño, que pronto empezará a bailar.

Las vacaciones han llegado a su fin, y mañana empieza mi septiembre, en mi Madrid, que me arropa y me vuelve loca, y  aún así, tan enamorada de la capital, no es por nada,  pero pienso que tener pueblo es una suerte. Al menos para mí. Cuando vives en una gran ciudad, es maravilloso tener un pueblo al que escaparte. Entonces, la palabra pueblo consigue ser sinónimo de pequeño paraíso, de destino perfecto para hacer una escapada, de rincón perdido para olvidarte del mundo. Y eso da felicidad. Mucha.

Hoy te quería contar que durante toda la semana pasada, mi pueblo ha estado arropado por sus fiestas. Festes patronals i de Moros i Cristians. La música ha ido sonríendo por las calles, los colores y la alegría iban saltando cogidos de la mano. Luces, trajes, brillos, retumbe de tambores y cornetas, marchas moras, marchas cristianas, ojeras y cansancio, jóvenes y mayores, sonrisas de niños y ancianos, y mucha, mucha ilusión. Si algo caracteriza las fiestas de mi pueblo son la ilusión y la intensidad con la que los componentes de las comparsas las disfrutan.

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Y entonces se mezclan la emoción, la felicidad, y también las lágrimas. Desde muy niña he vivido las fiestas desde dentro, sintiéndolas como son, mías y de mi gente. Y ahora, que me toca verlas desde fuera, siguen despertando en mí las mismas emociones, las mismas alegrías. Veo la ilusión en la cara de muchos amigos y familiares, engalanados, orgullosos, espléndidos. Y sólo hace falta que la música empiece a sonar para que mi piel se erice y para que mis ojos se llenen de lágrimas que se derraman como gotas de cristal, tan propio de mi pueblo. Y claro, eso es algo tan difícil de explicar como de entender. Y es que la fiesta, sin ninguna duda, cada uno la lleva dentro.  Y cada uno la suya, está claro. Pero me gusta saber que esta es mi historia, que son mis orígenes, que es mi cultura, mi pasado, mi vida.

Y claro, pasados los días y con la  resaca de emociones retumbando fuerte en mi cabeza,  pienso una vez más lo importante que son los recuerdos que arrastramos en la vida, los que llevamos pegados a la piel e impregnados en el alma, esos recuerdos que son la historia de nuestros días y nuestros años, y sé que es verdaderamente importante guardarlos y conservarlos, cuidarlos y mimarlos. Al fin y al cabo, nuestros recuerdos sólo son las imágenes que conservamos de nosotros mismos.

Y entonces pienso en un libro que me regaló mi amiga Sara. Un libro distinto y especial. Un libro en blanco. Con preguntas sobre uno mismo. Un libro que hay que ir llenando con los momentos y las vivencias, con los recuerdos y las historias. Y guardarlo. Porque será el almacén de tus emociones escritas y porque si algún día, sea por lo que sea, te olvidas de lo que sentiste o de quién fuiste, quizás sus páginas te permitan reencontrarte. Quizás sea tu guía cuando menos lo creas y más lo necesites. Y quizás sea la guía de tus recuerdos que un día quieras regalarle a alguien especial. Yo, el libro de tu vida. “Es un libro único. Un libro que en realidad son muchos libros, tantos como personas. Un libro que nadie sabe cómo empieza ni cómo acaba, porque todavía no está del todo escrito. Un libro que te propone 100 preguntas a las que sólo tú puedes dar respuesta”.

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Entretenido y divertido, un regalo perfecto, tanto para recibir cómo para entregar. Una forma distinta de almacenar las vivencias a las que quizás no les diste importancia. Un buen lugar dónde guardar recuerdos, sueños y combatir la resaca de emociones.

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Buenas noches, amigos.
Lorena