El palacio del alma

Para muchos, agosto es un mes que sabe a vacaciones, desconexión, relax… Siempre fue uno de mis favoritos. Te traigo un nuevo relato, que escribí hace años, que quedó seleccionado hace unos años en un certamen de Relatos Cortos.

Hoy, te quería contar una historia de esas que roban unos minutos. De esas que espero robe tu atención y,ojalá, un trocito de tu alma…

El palacio del alma

Alguien me dijo alguna vez que todo aquello que nos sucede a lo largo de la vida perdura para siempre en nuestra memoria. Existen los recuerdos muertos, aquellos recuerdos dormidos que  despiertan cuando un hecho concreto ocurre y te transporta, de un modo u otro, al lejano momento en que todo sucedió. Este recuerdo que yo le cuento estaba más vivo de lo que jamás hubiese imaginado…

Hace unas semanas, dos, quizás tres, ya no lo sé, estaba viendo un programa de televisión de esos en el que los reportajes sobre la gente, sus pueblos, y la vida cotidiana, son los protagonistas. Mi abuela Cecilia, que ya roza casi los noventa años, sentada en su silla de ruedas y resistiendo con pocas ganas a la vida, miraba sin ver junto a mi, un programa dedicado a palacios perdidos en tierras de nuestra península, algunos destruidos por el tiempo, y otros conservados por el alma.

Hace meses que Cecilia no habla, la vida nunca ha sido fácil para ella. Ahora, tras la muerte de uno de sus hijos se consume poco a poco, acompañada por la falta de ganas de comer, sonreír, hablar y en definitiva, vivir. El gemido de un llanto atrapó mi atención cuando me giré y la vi con los ojos penetrados en el viejo televisor e inundados en un mar de lágrimas  repitiendo en voz baja “no puede ser…”.

En la pantalla sólo aparecía una joven entrevistando a un anciano y mostrando, de fondo, un precioso palacio perdido entre las montañas que envuelven la ciudad condal. No podía entender nada, la envolví con mis brazos y llorando como una niña, empezó a hablar de algo que llevaba demasiado tiempo enterrado en su memoria.

Sobre los años veinte Cecilia nació en el seno de una familia humilde y tan numerosa como era digna de su época. Desde muy niña empezó a hacerse cargo de las tareas del hogar, a cuidar de sus hermanos pequeños y de una madre enferma que murió cuando ella cumplía los trece años. Nunca entendió los golpes que daba la vida, ni por qué la gente debía pasar hambre… pero quizás lo que jamás pudo comprender fue el por qué su padre debía recurrir a ella para calmar todas estas desgracias, metiéndose en su cama cada noche, y acariciándola con desprecio debajo de las sabanas.  Recién cumplidos los dieciséis la situación rozaba los límites de la desesperación, y con el alma partida en dos, dejó a sus hermanos y decidió huir de aquella vida lo más lejos posible. No tenía donde ir, ni dinero para poder sostenerse, pero tras meses vagando entre sombras compartidas con penurias y condiciones infrahumanas, acabó por refugiarse en una ciudad lejana de la que sólo había oído hablar.

Fue suerte o quizás la fuerza del destino pero acabó sirviendo para una de las familias más prestigiosas de la ciudad. Parecía que la vida le sonreía, después de tanto tiempo volvía a dormir bajo un techo, disponía de un plato caliente cada día y empezaba a relacionarse con la gente. Lo recuerda con una humilde sonrisa, dice que, a pesar de las continuas humillaciones por parte de sus señores, allí fue feliz. Compartía las horas de cocina y limpieza con las demás sirvientas, entre risas y sueños, anhelando una vida que sabía que jamás tendría. Cecilia nunca desveló a nadie las noches de pesadillas que pasó junto a su padre, pero sentía verdadero temor hacia los hombres y ni si quiera podía imaginar que las caricias y los besos eran capaces de producir una exquisita sensación de verdadero placer. Gozaba del único día libre que tenía a la semana para pasear por la ciudad y no olvidaba ir a la iglesia a rezar por sus hermanos. Siempre se lamentó de no saber escribir, de no poder jamás volver a dirigirse a ellos.

Tras varios meses desde su llegada al palacio en el que vivía, aunque sólo fuese en la parte trasera y rodeada de frío y polvo, llegó el verano, y fue entonces cuando el corazón se le paró por primera vez.

Enrique era el hijo mayor de los señores Rodríguez, y acababa de  regresar del colegio donde estaba internado para pasar el verano junto a su familia. Fue en la hora de la cena cuando Cecilia sacó los platos, que se le derrumbaron en el suelo al ver por primera vez aquella cara. Sintió como una fuerza extraña le oprimía el pecho. El señor Rodríguez se levantó de la mesa y ante la mirada cobarde de su familia cogió a Cecilia de los pelos arrastrándola hasta la cocina, y lleno de furia le dijo que si algo así volvía a suceder no volvería a pisar aquella casa. Esa noche no consiguió dormir y con las lágrimas volvieron a aparecer las imágenes en las que su padre se le insinuaba por debajo de las sabanas. No olvidará jamás el momento del día siguiente en el que un joven Enrique entraba en la cocina para preguntarle si se encontraba bien tras lo que había sucedido la noche anterior.

Enrique no cabía en su sorpresa desde que había visto, al regresar a su casa, la cara de esa  muchacha. Su piel, hecha como de una fina porcelana, aquellos ojos negros que delataban una tristeza incalculable y su frágil cuerpo, hacían que esa joven no hubiese pasado desapercibida para nadie.

Los encuentros inesperados entre pasillos, salones y jardines, se hacían cada vez más comunes, y las miradas y sonrisas no podían evitar delatar a esos dos adolescentes.

Nadie preguntó si estaban preparados para aquello, si debían dejar que aquella atracción siguiese creciendo, nadie quiso saber si en verdad estaban dispuestos a mirarse, a sentirse, y con el tiempo, a quererse. El destino, egocéntrico y caprichoso como sólo él suele ser, decidió por ellos. Así fue, sus vidas, confusas y tan distintas, se mezclaron con el transcurso del tiempo y poco a poco se empezó a crear su propia historia de amor.

Un amor de novela, un amor de sueños… un amor imposible.

Enrique Rodríguez había crecido exprimiendo y saboreando miles de  libros, y a parte de una estricta educación recibida en el internado donde estaba, había basado su bagaje cultural en las preciosas historias que se plasmaban en tantas y distintas páginas. Aquello le hizo ser diferente a su familia, le hizo comprender que la historia había estado envuelta por tantas injusticias que no merecía la pena entender de clases sociales, razas o culturas.

Cecilia nunca supo leer ni escribir, pero Enrique sabía como arrancarle la mayor sonrisa, cuando cada tarde ella le sacaba la merienda al jardín y él con un libro entre las manos le recitaba en voz baja los versos más dulces de alguna exquisita poesía.

La clandestinidad siempre ha sido protagonista de sensaciones de miedo que a todos nos gusta tener, pero un amor clandestino, y más, un amor prohibido, no podía acabar bien.

Habían pasado ya tres años desde que mi abuela había llegado por primera vez a aquel precioso palacio, y había soportado, junto a su amado, la distancia de cada invierno esperando con ansia la llegada del calor. No pasaba un segundo en el que no pensase en él, en el que no soñase con su cara, o en el que no cerrase los ojos para intentar recordar su olor. Tres años escondiendo un amor que no era más que el sentido de su vida.

Todo cambió, de repente, al finalizar el verano de 1939, cuando una asustada Cecilia descubrió la causa por la que hacía un par de meses que no había tenido la menstruación. Escondió su situación bajo ropas anchas tanto tiempo como le fue posible, pero llegó el momento en el que la circunstancia era más que evidente. El señor Rodríguez no lo dudó ni un segundo, sin ni si quiera saber que la criatura que se engendraba en aquellas entrañas era su propio nieto, despidió a Cecilia.

Graciela, una de sus compañeras de limpieza y cocina, la más mayor y la única que tenía un hogar junto a su familia más allá de aquel palacio, la acogió en su casa, siendo solamente ella la sabedora de la identidad del padre de aquel niño.

Con las flores de la primavera nació Francisco, el hijo mayor de mi abuela, mi padre. Cecilia pasó cada noche de su embarazo llorando y lamentando que Enrique no estuviese con ella, intentando concienciarse de que no iba a estar jamás.

Cuando Enrique regresó aquel verano y preguntó por una de las criadas, sus padres, que jamás le habían prestado demasiada atención a sus preocupaciones, se extrañaron que se interesase por algo así.

-La muy fresca, que tuvo el valor de quedarse embarazada y ocultarlo para seguir viviendo aquí. Y claro, la tuvimos que despedir…- Le explicó su padre con una odiosa carcajada.

A Enrique se le paró el corazón al enterarse de la noticia, pero era consciente  que nadie permitiría jamás su relación con aquella muchacha, y sabía que si su padre se enteraba que aquel hijo era suyo, sería capaz de matarle para hacerle desaparecer. Sabía el dolor y el sufrimiento que estaría pasando su preciosa joven de porcelana, y sabía el dolor que sentiría cuando se enterase que sus padres habían organizado su boda con una refinada y adinerada jovencita, el próximo invierno. Cobarde y envenenado por el miedo que no le dejaba enfrentarse a aquel padre al que siempre odió, convenció a Graciela para que dijese algo que hundiría el alma de Cecilia para siempre.

-Acuérdate Graciela, sólo le puedes decir que he muerto, debes hacerlo por ella, para que siga viviendo alejada de mí, alejada de todo esto. Si no lo haces y ella me busca, mi padre la matará, y matará a nuestro hijo. Debes hacerlo por ella, para que no sufra jamás, para que no se entere de esta estúpida boda que han planeado, para que no crea nunca que he dejado de quererla, porque siempre la querré.

Cecilia creyó morir cuando recibió aquella noticia, pero su pequeño era lo mejor que podía guardar de toda aquella historia. Francisco tenía los mismos ojos que su padre, la misma nariz, los mismos labios. De un modo u otro, Enrique estaría con ella para siempre.

Con los años tuvo que aparentar que había superado aquella muerte como mejor pudo, pero su alma seguiría rota el resto de su vida. Cuando Francisco cumplió los siete años, Cecilia se casó con un primo de Graciela, un hombre humilde y trabajador que había estado enamorado de ella desde el primer momento en el que la vio. Quiso al pequeño Francisco como a su propio hijo, y le dio, además, tres hermanitos. En tiempos de posguerra  dejaron una antigua Barcelona para  irse, en busca de trabajo, a vivir a la ciudad de Alicante.

Mi padre murió hace unos meses, de un cáncer de pulmón al que había resistido con fuerza durante varios años. Él nunca conoció su verdadera historia, su verdadero origen, jamás supo de la existencia de aquel palacio, ni de aquel padre que adoraba la poesía. Quizás fue mejor así.

Hace meses que mi abuela no habla, que no come, y que no sonríe. Dicen que ninguna madre es capaz de superar la muerte de un hijo, y ahora sé que la muerte de mi padre supuso para mi abuela la muerte definitiva de alguien que había permanecido vivo cada vez que Francisco hablaba, gritaba, sonreía o lloraba.

Cecilia seguía llorando con los ojos clavados en el televisor cuando terminó de despertar en voz alta el recuerdo silenciado más preciado e importante de su vida. No dejaba de pensar por qué la vida le había fallado hasta el final, desvelándole pocas horas antes de su fin, a través de un programa de esos que hablan de los pueblos, de la gente y la vida cotidiana, que en Barcelona seguía existiendo ese palacio, ahora en ruinas, y que un viejo Enrique seguía vivo tras más de sesenta años desaparecido.

Cecilia murió hace unas semanas, dos, quizás tres, no sé. Murió aquella noche en la que vimos aquel programa de televisión, murió en mis brazos, encogida como una niña, llorando y sonriendo, recordando esos ojos que había visto a través del televisor y que ahora, eran ellos los que delataban una tristeza incalculable arrastrada a lo largo de la vida. El palacio que se veía en televisión conservaba un jardín en pésimas condiciones, las paredes de la casa estaban infinitamente deterioradas, y en su interior ya no había ni un solo mueble, pero los ojos de Cecilia no llegaron a ver nada de eso, a través del televisor ella siguió viendo un precioso jardín, repleto de flores, con la mesa preparada para sacar la merienda, veía las paredes tan brillantes que parecían de cristal, y recordaba la elegancia de cada mueble que envolvía cada una de las salas… aquel palacio no había cambiado con el tiempo, porque aquel día Cecilia regresó a él para poder, por fin, recuperar su alma.

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Buenas noches, amigos.
Lorena. 
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Un pensamiento en “El palacio del alma

  1. Preciosa historia. Gracias por hacer que el café de esta mañana hay sido acompañado de sueños, imaginación y una moraleja: disfruta cada momento, cada beso, porque la vida es cobarde y en algún momento te traicionará.

    Besos entre palmeras Lorena.

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