Tu viniste, yo me voy.

Empezar las vacaciones siempre trae felicidad. Salir de la rutina es liberarse de muchos quebraderos de cabeza que inevitablemente forman parte del día a día.
Por unos días me alejo de la ciudad hechicera, de su ruido, sus luces, sus prisas y su vida. Y sonrio. No sonrío por alejarme, porque a penas la he dejado y ya la echo de menos. Sonrío por la paz que me produce ir a reencontrarme con los míos. Con la gente que conozco desde que mi memoria es capaz de alcanzar, por saborear durante unos días el dulce olor de mi casa o respirar el aroma de la comida de mi abuela. Esos son los pequeños detalles y las pequeñas cosas que a mi me dan la vida.

Te quería contar que me he acordado, de repente, de una columna de opinión que leí hace muchos años en El País. La escribía Susana Fortes y hablaba de los olores de su infancia, de su abuela y su casa.

Todos soñamos y muchos decidimos perseguir nuestros sueños, por eso nos alejamos de nuestras casas y nuestras familias, no es fácil, pero tomamos la decisión de no conformarnos, de buscar nuestra felicidad en otro lugar, lejos de quienes, al fin y al cabo, son las personas más importantes de nuestra vida. Y nos vamos. Y es entonces, cuando estás lejos, cuando te acuerdas de lo bonitas que son las calles de tu pueblo, de lo mucho que te gusta reír con tu familia o de lo bien que sabe la comida que menos te gustaba.
Recuerdo que leí aquella columna de Fortes cuando aún vivía en mi casa y aún no era consciente de lo mucho que se pueden llegar a echar de menos los olores del día a día. Y con el tiempo, aunque eres verdaderamente feliz luchando por lo que quieres y aquello a lo que aspiras, sabes que la felicidad en estado puro les pertenece a los que te arroparon siempre, desde que naciste. Las calles que te vieron crecer tienen el poder de enamorarte en la distancia como nunca fueron capaces de hacerlo y el lugar de donde vienes te hace saber que no debes olvidarlo. No debes olvidar nunca lo que fuiste, de dónde viniste, ni con quién estuviste.

Me quedo en silencio y sé que yo no estoy tan lejos. Y entonces se me encoge el corazón cuando pienso en esos miles de jóvenes que tienen que emigrar a otros países en busca de una, sólo una, simple oportunidad. Pienso en los miles de jóvenes de mi generación que tienen que “huir” a buscar un trabajo, a aprender un idioma, a empezar de cero, con títulos universitarios, con títulos de post grado, o simplemente con las ganas y la necesidad de tener un trabajo. Todo colgado a la espalda, con una maleta llena de sueños y nostalgia.

Se van del país que hasta hace unos años les brindaba becas y apostaba por ellos, les encendía la sonrisa y les decía que estudiasen y se formasen profesionalmente. Podrían comerse el mundo. Les decían, claro. Y en las palabras de quedaron las promesas y se ahogaron las esperanzas.

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La realidad que nos bombardea no nos brinda una oportunidad. Y muchos se marchan con la ilusión de una nueva vida, otros lloran porque no tienen otra salida. Una vez leí en una red social que alguien decía: “Mar, tierra y aire, esas son las salidas tras acabar la universidad”. Y entonces siento mucha pena. Más que pena siento impotencia. Siento tristeza. Siento rabia ante un gobierno que me ahoga, que ahoga a una generación perfectamente preparada, formada, capacitada. Siento rabia ante un gobierno que está recortando mi sanidad, y por tanto mi vida, y también la tuya. Siento rabia ante un gobierno que recorta mi educación, y ante un gobierno al que pudre la corrupción.

Y al mismo tiempo que pienso en todos los que de van, pienso en todos los que un día vinieron. Gente que al igual que nosotros hacemos ahora, tuvo que dejar su familia, su país, su vida por buscar simplemente un trabajo, al que supuestamente todos tenemos derecho. Recuerdo a arquitectos trabajando de albañiles, o la historia de un médico que aquí trabajaba en la obra en pésimas condiciones. Pienso en la “grave enfermedad” que es la xenofobia, en el veneno de la gente que excluye socialmente a quienes vienen de cualquier otro rincón del mundo. En la irracionalidad de quienes de creen seres superiores por el color de su piel, o en la intolerancia de quien rechaza sin saber que quizás un día la vida dé un giro y las cosas se pongan del revés.

“Nihil novum sub sole” me enseñó mi profesor de latín. No hay nada nuevo bajo el sol. Y es que a muchos de les olvidó que la historia siempre se repite, que sus antepasados tuvieron que emigrar y que sus descendientes también lo harán.
Y en este contexto de xenofobia e injusticia social, quiero recomendarte un libro que leí en la facultad. Cabeza de turco, del periodista alemán Günter Walrraff.
En el libro se narra su propia experiencia, al hacerse pasar por un inmigrante turco, para tener acceso a los peores trabajos en la Alemania Occidental de la década de 1980.
Decidió investigar a fondo las calamidades que los inmigrantes soportan argumentando que “hay que enmascararse para desenmascarar a la sociedad”.

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Quizás a más de uno le vendría bien concienciarse a través de estas páginas. Y a todos los demás, a los que sienten pena por los que deben irse y por los que tuvieron que venir, que por suerte somos la mayoría, estoy segura que os encogerá el corazón y tendréis más ganas que nunca de luchar contra la irracionalidad. Porque siempre, para entender cualquier situación, debemos ponernos en el lugar de los demás. Porque no somos tan distintos, porque al igual que tu viniste, yo me voy.

Ya veis que una no descansa ni si quiera en el momento de desconectar, pero la felicidad de volver a casa, aunque sólo sea por unos días, me ha hecho pensar en la tristeza de quienes no pueden hacerlo, ni saben cuando podrán.

Feliz martes, amigos.

Lorena.

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Las malas lenguas siempre mueren.

A veces, es mejor guardar silencio. Porque la mayoría de las veces el silencio no es una falta de respuesta, sino que el silencio se convierte en la respuesta más sincera. Hay una frase en una de mis películas favoritas, La Vida es Bella, que me encanta y dice: “El silencio es el grito más fuerte”.

A veces, uno necesita silencio para responderse a sí mismo, para echar un vistazo a su alrededor y sonreír por lo que gusta, e incluso lamentarse por lo que está mal. Nos encontramos en una sociedad llena de ruidos, de relaciones sociales, de tecnología y comunicación durante las veinticuatro horas del día. Yo, personalmente, debo reconocer que soy una adicta a las redes sociales, a internet y la comunicación en general. Donde incluyo, por supuesto, las relaciones personales y la comunicación no verbal.

Hoy te quería contar que he decidido regalarme unos minutos de silencio. Quizás es gracias a un libro que terminé de leer hace unos días. En las fechas señaladas la gente sabe con qué regalo acertar y eso pasó en mi cumpleaños. Muchos de mis amigos me regalaron libros, los cuales, por cierto, aún tengo por leer. Mi amigo Marc me regaló varios, uno de ellos es del que te vengo a hablar. 99 Maneras de ser feliz, de Gottfried Kerstin, una guía de pequeños placeres que te ayudan a iluminar la vida, a valorar las cosas, a verlo todo desde otro punto de vista.

Soy una persona muy positiva, con mucha energía y os prometo que la mayoría de los días me levanto con ganas de comerme el mundo. Intento siempre vestirme con una sonrisa y salir a la calle sin dejarla en casa. Siempre suelo ver el lado bueno de las cosas  y de las cosas malas aprendo, como todos. También me lamento y también me duelen, pero si es cierto que las olvido facilmente. Y no es por nada, pero se vive muy tranquila si te tomas la vida así.  Por eso, quizás, nunca he sido mucho de libros de autoayuda (no porque crea que no los necesito, sino porque muchas veces me olvido de ellos). Pero éste, edición bolsillo, pequeño y fácil de leer, me ha enseñado que la vida hay que gozarla, disfrutarla, hay que vivirla y hay que ser feliz. 

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Otra de mis frases favoritas se la leí una vez a Alejandro Sanz en una dedicatoria de uno de sus discos, y decía: “Si todo el mundo supiera que funciona eso de trabajar codo con codo, en vez de a codazos…” y hoy, al pensar en el libro, hacerle caso y regalarme unos minutos de silencio, la he recordado.

El silencio me ha hecho pensar en la competitividad que no es sana, en la envidia profesional y personal, en la gente que necesita preocuparse e intentar solucionar la vida de los demás. Cuando esto pasa, este intento nefasto de solución no es una ayuda, sino un intento de destrucción. De destrucción que hay veces que afecta, y otras que te hace fuerte. Pues yo soy más de la segunda parte, porque es más saludable y porque hace tiempo decidí echar a la gente mala de mi vida en el momento de detectarla. Decidí rodearme de gente buena, de corazones sanos, de quienes se alegran por los triunfos y no sonríen ante los fracasos. De los que dan la mano, de los que te aprietan fuerte, porque como siempre digo, por suerte, a nuestros amigos los elegimos. 

 

“La envidia es la religión de los mediocres. Los reconforta, responde a las inquietudes que los roen por dentro y, en último término, les pudre el alma y les permite justificar su mezquindad y su codicia hasta creer que son virtudes y que las puertas del cielo solo se abrirán para los infelices como ellos, que pasan por la vida sin dejar más huella que sus traperos intentos de hacer de menos a los demás y de excluir, y a ser posible destruir, a quienes, por el mero hecho de existir y de ser quienes son, ponen en evidencia su pobreza de espíritu. Mente y redaños. Bienaventurado aquel al que ladran los cretinos, porque su alma nunca les pertenecerá”.

Carlos Ruiz Zafón.

 

Hace poco me enteré del daño que las malas lenguas intentaban hacerle a una persona a la que quiero, a la que quiero mucho. Y hoy el silencio me ha llevado a pensar en ella, a querer protegerla y mimarla, a estar a su lado y sonreír mientras aprende, mientras se hace fuerte y no deja que le afecte. A todas esas personas que se preocupan tanto por las vidas ajenas, sin estar en ellas, les aconsejo, desde mi humilde conocimiento, que lean 99 Maneras de Ser Feliz. Quizás sonríen un poco más y quizás la vida no les resulta tan amarga. Porque al final, las malas lenguas siempre mueren.

 

Feliz jueves, amigos.

Lorena.

Olor a café y emociones en ayunas.

No es muy temprano, pero tampoco demasiado tarde como para dar los buenos días. Al fin y al cabo, para mi el verano es eso. No tener que madrugar demasiado y menos cuando no te tienes que levantar para ir a trabajar. Y siempre que pienso en esto, me acuerdo de mis veranos y mi infancia En el pueblo, en la playa. El despertar y desayunar con mis abuelos, las mañanas frente a las series infantiles que nos regalaba la televisión y que hoy, por desgracia, no encuentro ninguna ni si quiera parecida. Me acuerdo de las horas de piscina, las risas con mi hermano y los juegos en la calle. Esos sí eran unos buenos veranos. Dónde los horarios no existían, donde los sueños permanecían intactos y dónde los problemas quedaban lejos, demasiado lejos.

Esta mañana he puesto la cafetera y con el sonido y el aroma del café, de repente, me ha bombardeado una sensación. ¿No os pasa, a veces, que un olor es capaz de transportaros a un recuerdo? ¿Cómo es esa magia cuando un olor en concreto te transporta a un momento que ocurrió hace años? Yo tengo dos olores favoritos, que siempre me hacen sonreír por encima de todas las cosas. Uno es el olor de casa de mis padres, ese olor que sólo una madre es capaz de impregnar en la ropa, esa dulzura que te hace sentirte feliz, que todo está bien, que estas con los tuyos. Otro, sin duda, es el olor de la piel de la persona que más quiero en mi vida. Porque el amor tiene la capacidad de regalarte el mejor olor y también es capaz de regalarte el olor que se clava a puñaladas, que hace daño. En este caso, el olor que a mi me gusta es el que me transporta la felicidad, la calma, la paz, la tranquilidad y la locura que ríe sin parar.

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Hoy, sin esperarlo, el aroma del café me ha llevado a pensar en el amor, en las horas sin dormir, en los nervios a flor de piel y la ilusión recorriendo con mucha fuerza cada poro de la piel.
No es que sea muy mayor, ni pueda hablar de una trayectoria larga en sentimientos y amores, pero como todo en la vida, cada uno, más joven o más viejo, tiene ya sus recuerdos almacenados, sus sentimientos guardados y sus historias en la espalda.
El ser humano, desde bien temprano cree que tiene la capacidad de haber amado y haber sufrido lo necesario como para reflexionar y aconsejar sobre la vida. En mi caso, echo la vista atrás y puedo contar amores y desamores, sonrisas y lágrimas, locura y rabia, pasión y dolor. Cada vez he amado de una forma distinta, no sé si más o menos, simplemente distinta. No sólo he amado a hombres. También he amado a amigos y amigas, a familiares y profesores, a gente que ha ido pasando por mi vida. Y es entonces cuando el aroma del café me ha hecho pensar en una ciudad que siempre sentí mía y en la que ya no vivo. Me he acordado de gente que estaba y ya no está. Me he acordado de los que a pesar del tiempo y la distancia han sabido seguir con fuerza. Me he acordado de los que amé y de quienes sigo amando. Y me he sonreído en silencio. Me he sonreído a mi misma porque he pensado que soy feliz. Muy feliz. Y es que en la vida, al final, sólo se quedan los que sintieron amor puro desde el principio, sin nada a cambio, sin odio ni maldad. Los que sienten amor del bueno, del de verdad.

El café me ha hecho pensar que quizás nunca me he enamorado como lo estoy ahora. Estoy segura que nunca lo he hecho. Y entonces me he sentido afortunada. Me he sentido la persona más afortunada del mundo. Por querer con fuerza y que me quieran. Por sentir esa fuerza que no tiene explicación, esa magia, esa sensación que crees que jamás existirá y que es invención del cine y la literatura, que nos han engañado y con ella han disfrazado nuestra vida real. Pero resulta que a veces pasa, cuando menos te lo esperas, pasa.

También hay gente que no se enamora jamás. Hay gente que quiere y vive, que sonríe, pero no se enamora con la fuerza que los libros escriben. Pero claro, ¿quienes somos nosotros para juzgar la forma de amar de cada uno?

Entonces he sentido pena y me he acordado de un libro que leí hace años. Este libro me lo prestó una persona tras leer uno de mis relatos, me dijo que me encantaría y lo devoré en cuestión de horas. “Carta de una desconocida”, de Stefan Zweig. En el libro, se narra la historia de un amor solitario, de una amor sin límites y un amor que, aún no siendo correspondido, viaja por el espacio y el tiempo durante una vida entera. Una de esas historias de amor que encogen el corazón y te hacen ver que la vida, muchas veces, resulta realmente jodida. Hay quien no abre los ojos a tiempo, y quien no lucha con fuerza contra el destino.

Hoy el aroma del café ha despertado en mi todo esto. Y te lo quería contar. 

Ahora os dejo, voy a prepararme el desayuno, que aunque no lo parezca, aún tengo las emociones en ayunas.

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Feliz martes, amigos.

Lorena.

El palacio del alma

Para muchos, agosto es un mes que sabe a vacaciones, desconexión, relax… Siempre fue uno de mis favoritos. Te traigo un nuevo relato, que escribí hace años, que quedó seleccionado hace unos años en un certamen de Relatos Cortos.

Hoy, te quería contar una historia de esas que roban unos minutos. De esas que espero robe tu atención y,ojalá, un trocito de tu alma…

El palacio del alma

Alguien me dijo alguna vez que todo aquello que nos sucede a lo largo de la vida perdura para siempre en nuestra memoria. Existen los recuerdos muertos, aquellos recuerdos dormidos que  despiertan cuando un hecho concreto ocurre y te transporta, de un modo u otro, al lejano momento en que todo sucedió. Este recuerdo que yo le cuento estaba más vivo de lo que jamás hubiese imaginado…

Hace unas semanas, dos, quizás tres, ya no lo sé, estaba viendo un programa de televisión de esos en el que los reportajes sobre la gente, sus pueblos, y la vida cotidiana, son los protagonistas. Mi abuela Cecilia, que ya roza casi los noventa años, sentada en su silla de ruedas y resistiendo con pocas ganas a la vida, miraba sin ver junto a mi, un programa dedicado a palacios perdidos en tierras de nuestra península, algunos destruidos por el tiempo, y otros conservados por el alma.

Hace meses que Cecilia no habla, la vida nunca ha sido fácil para ella. Ahora, tras la muerte de uno de sus hijos se consume poco a poco, acompañada por la falta de ganas de comer, sonreír, hablar y en definitiva, vivir. El gemido de un llanto atrapó mi atención cuando me giré y la vi con los ojos penetrados en el viejo televisor e inundados en un mar de lágrimas  repitiendo en voz baja “no puede ser…”.

En la pantalla sólo aparecía una joven entrevistando a un anciano y mostrando, de fondo, un precioso palacio perdido entre las montañas que envuelven la ciudad condal. No podía entender nada, la envolví con mis brazos y llorando como una niña, empezó a hablar de algo que llevaba demasiado tiempo enterrado en su memoria.

Sobre los años veinte Cecilia nació en el seno de una familia humilde y tan numerosa como era digna de su época. Desde muy niña empezó a hacerse cargo de las tareas del hogar, a cuidar de sus hermanos pequeños y de una madre enferma que murió cuando ella cumplía los trece años. Nunca entendió los golpes que daba la vida, ni por qué la gente debía pasar hambre… pero quizás lo que jamás pudo comprender fue el por qué su padre debía recurrir a ella para calmar todas estas desgracias, metiéndose en su cama cada noche, y acariciándola con desprecio debajo de las sabanas.  Recién cumplidos los dieciséis la situación rozaba los límites de la desesperación, y con el alma partida en dos, dejó a sus hermanos y decidió huir de aquella vida lo más lejos posible. No tenía donde ir, ni dinero para poder sostenerse, pero tras meses vagando entre sombras compartidas con penurias y condiciones infrahumanas, acabó por refugiarse en una ciudad lejana de la que sólo había oído hablar.

Fue suerte o quizás la fuerza del destino pero acabó sirviendo para una de las familias más prestigiosas de la ciudad. Parecía que la vida le sonreía, después de tanto tiempo volvía a dormir bajo un techo, disponía de un plato caliente cada día y empezaba a relacionarse con la gente. Lo recuerda con una humilde sonrisa, dice que, a pesar de las continuas humillaciones por parte de sus señores, allí fue feliz. Compartía las horas de cocina y limpieza con las demás sirvientas, entre risas y sueños, anhelando una vida que sabía que jamás tendría. Cecilia nunca desveló a nadie las noches de pesadillas que pasó junto a su padre, pero sentía verdadero temor hacia los hombres y ni si quiera podía imaginar que las caricias y los besos eran capaces de producir una exquisita sensación de verdadero placer. Gozaba del único día libre que tenía a la semana para pasear por la ciudad y no olvidaba ir a la iglesia a rezar por sus hermanos. Siempre se lamentó de no saber escribir, de no poder jamás volver a dirigirse a ellos.

Tras varios meses desde su llegada al palacio en el que vivía, aunque sólo fuese en la parte trasera y rodeada de frío y polvo, llegó el verano, y fue entonces cuando el corazón se le paró por primera vez.

Enrique era el hijo mayor de los señores Rodríguez, y acababa de  regresar del colegio donde estaba internado para pasar el verano junto a su familia. Fue en la hora de la cena cuando Cecilia sacó los platos, que se le derrumbaron en el suelo al ver por primera vez aquella cara. Sintió como una fuerza extraña le oprimía el pecho. El señor Rodríguez se levantó de la mesa y ante la mirada cobarde de su familia cogió a Cecilia de los pelos arrastrándola hasta la cocina, y lleno de furia le dijo que si algo así volvía a suceder no volvería a pisar aquella casa. Esa noche no consiguió dormir y con las lágrimas volvieron a aparecer las imágenes en las que su padre se le insinuaba por debajo de las sabanas. No olvidará jamás el momento del día siguiente en el que un joven Enrique entraba en la cocina para preguntarle si se encontraba bien tras lo que había sucedido la noche anterior.

Enrique no cabía en su sorpresa desde que había visto, al regresar a su casa, la cara de esa  muchacha. Su piel, hecha como de una fina porcelana, aquellos ojos negros que delataban una tristeza incalculable y su frágil cuerpo, hacían que esa joven no hubiese pasado desapercibida para nadie.

Los encuentros inesperados entre pasillos, salones y jardines, se hacían cada vez más comunes, y las miradas y sonrisas no podían evitar delatar a esos dos adolescentes.

Nadie preguntó si estaban preparados para aquello, si debían dejar que aquella atracción siguiese creciendo, nadie quiso saber si en verdad estaban dispuestos a mirarse, a sentirse, y con el tiempo, a quererse. El destino, egocéntrico y caprichoso como sólo él suele ser, decidió por ellos. Así fue, sus vidas, confusas y tan distintas, se mezclaron con el transcurso del tiempo y poco a poco se empezó a crear su propia historia de amor.

Un amor de novela, un amor de sueños… un amor imposible.

Enrique Rodríguez había crecido exprimiendo y saboreando miles de  libros, y a parte de una estricta educación recibida en el internado donde estaba, había basado su bagaje cultural en las preciosas historias que se plasmaban en tantas y distintas páginas. Aquello le hizo ser diferente a su familia, le hizo comprender que la historia había estado envuelta por tantas injusticias que no merecía la pena entender de clases sociales, razas o culturas.

Cecilia nunca supo leer ni escribir, pero Enrique sabía como arrancarle la mayor sonrisa, cuando cada tarde ella le sacaba la merienda al jardín y él con un libro entre las manos le recitaba en voz baja los versos más dulces de alguna exquisita poesía.

La clandestinidad siempre ha sido protagonista de sensaciones de miedo que a todos nos gusta tener, pero un amor clandestino, y más, un amor prohibido, no podía acabar bien.

Habían pasado ya tres años desde que mi abuela había llegado por primera vez a aquel precioso palacio, y había soportado, junto a su amado, la distancia de cada invierno esperando con ansia la llegada del calor. No pasaba un segundo en el que no pensase en él, en el que no soñase con su cara, o en el que no cerrase los ojos para intentar recordar su olor. Tres años escondiendo un amor que no era más que el sentido de su vida.

Todo cambió, de repente, al finalizar el verano de 1939, cuando una asustada Cecilia descubrió la causa por la que hacía un par de meses que no había tenido la menstruación. Escondió su situación bajo ropas anchas tanto tiempo como le fue posible, pero llegó el momento en el que la circunstancia era más que evidente. El señor Rodríguez no lo dudó ni un segundo, sin ni si quiera saber que la criatura que se engendraba en aquellas entrañas era su propio nieto, despidió a Cecilia.

Graciela, una de sus compañeras de limpieza y cocina, la más mayor y la única que tenía un hogar junto a su familia más allá de aquel palacio, la acogió en su casa, siendo solamente ella la sabedora de la identidad del padre de aquel niño.

Con las flores de la primavera nació Francisco, el hijo mayor de mi abuela, mi padre. Cecilia pasó cada noche de su embarazo llorando y lamentando que Enrique no estuviese con ella, intentando concienciarse de que no iba a estar jamás.

Cuando Enrique regresó aquel verano y preguntó por una de las criadas, sus padres, que jamás le habían prestado demasiada atención a sus preocupaciones, se extrañaron que se interesase por algo así.

-La muy fresca, que tuvo el valor de quedarse embarazada y ocultarlo para seguir viviendo aquí. Y claro, la tuvimos que despedir…- Le explicó su padre con una odiosa carcajada.

A Enrique se le paró el corazón al enterarse de la noticia, pero era consciente  que nadie permitiría jamás su relación con aquella muchacha, y sabía que si su padre se enteraba que aquel hijo era suyo, sería capaz de matarle para hacerle desaparecer. Sabía el dolor y el sufrimiento que estaría pasando su preciosa joven de porcelana, y sabía el dolor que sentiría cuando se enterase que sus padres habían organizado su boda con una refinada y adinerada jovencita, el próximo invierno. Cobarde y envenenado por el miedo que no le dejaba enfrentarse a aquel padre al que siempre odió, convenció a Graciela para que dijese algo que hundiría el alma de Cecilia para siempre.

-Acuérdate Graciela, sólo le puedes decir que he muerto, debes hacerlo por ella, para que siga viviendo alejada de mí, alejada de todo esto. Si no lo haces y ella me busca, mi padre la matará, y matará a nuestro hijo. Debes hacerlo por ella, para que no sufra jamás, para que no se entere de esta estúpida boda que han planeado, para que no crea nunca que he dejado de quererla, porque siempre la querré.

Cecilia creyó morir cuando recibió aquella noticia, pero su pequeño era lo mejor que podía guardar de toda aquella historia. Francisco tenía los mismos ojos que su padre, la misma nariz, los mismos labios. De un modo u otro, Enrique estaría con ella para siempre.

Con los años tuvo que aparentar que había superado aquella muerte como mejor pudo, pero su alma seguiría rota el resto de su vida. Cuando Francisco cumplió los siete años, Cecilia se casó con un primo de Graciela, un hombre humilde y trabajador que había estado enamorado de ella desde el primer momento en el que la vio. Quiso al pequeño Francisco como a su propio hijo, y le dio, además, tres hermanitos. En tiempos de posguerra  dejaron una antigua Barcelona para  irse, en busca de trabajo, a vivir a la ciudad de Alicante.

Mi padre murió hace unos meses, de un cáncer de pulmón al que había resistido con fuerza durante varios años. Él nunca conoció su verdadera historia, su verdadero origen, jamás supo de la existencia de aquel palacio, ni de aquel padre que adoraba la poesía. Quizás fue mejor así.

Hace meses que mi abuela no habla, que no come, y que no sonríe. Dicen que ninguna madre es capaz de superar la muerte de un hijo, y ahora sé que la muerte de mi padre supuso para mi abuela la muerte definitiva de alguien que había permanecido vivo cada vez que Francisco hablaba, gritaba, sonreía o lloraba.

Cecilia seguía llorando con los ojos clavados en el televisor cuando terminó de despertar en voz alta el recuerdo silenciado más preciado e importante de su vida. No dejaba de pensar por qué la vida le había fallado hasta el final, desvelándole pocas horas antes de su fin, a través de un programa de esos que hablan de los pueblos, de la gente y la vida cotidiana, que en Barcelona seguía existiendo ese palacio, ahora en ruinas, y que un viejo Enrique seguía vivo tras más de sesenta años desaparecido.

Cecilia murió hace unas semanas, dos, quizás tres, no sé. Murió aquella noche en la que vimos aquel programa de televisión, murió en mis brazos, encogida como una niña, llorando y sonriendo, recordando esos ojos que había visto a través del televisor y que ahora, eran ellos los que delataban una tristeza incalculable arrastrada a lo largo de la vida. El palacio que se veía en televisión conservaba un jardín en pésimas condiciones, las paredes de la casa estaban infinitamente deterioradas, y en su interior ya no había ni un solo mueble, pero los ojos de Cecilia no llegaron a ver nada de eso, a través del televisor ella siguió viendo un precioso jardín, repleto de flores, con la mesa preparada para sacar la merienda, veía las paredes tan brillantes que parecían de cristal, y recordaba la elegancia de cada mueble que envolvía cada una de las salas… aquel palacio no había cambiado con el tiempo, porque aquel día Cecilia regresó a él para poder, por fin, recuperar su alma.

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Buenas noches, amigos.
Lorena. 

Una copa de vino y sexo en Milán.

Teniendo en cuenta que hace sólo un par de semanas pasé unos días en Milán, seguro que a muchos de mis conocidos este titulo les va a confundir. Tranquilo, no vengo a hablarte de mi viaje, ni de mi romance, que podría, pero no. Vengo a hablarte de lo que más me gusta. De páginas y letras.

Los que me conocen saben que soy melodramática por naturaleza, que la vida me ha regalado con generosidad una sensibilidad que me hace vivir las emociones de una forma intensa. Tanto las buenas, como las malas. Cuando cuento algo bueno, la gente me dice: “Por qué te pasan cosas tan emocionantes?”. No saben que quien las hace emocionantes soy yo al contarlas. Las vivencias no son extraordinarias, son normales, como las de cualquiera. Pero claro, cuando me pasa algo malo, lo paso realmente mal, porque todo me afecta, quizás demasiado. Ya sabes, todo tiene su lado positivo y su lado negativo. Por suerte suelo vestirme con una sonrisa cada mañana y afrontar con alegría cada día.

Conocí a Ana Milán a través de la televisión, como quizás también la conociste tú. Un día alguien debió mencionarla en Twitter, algo hizo que ella se cruzase entre los tweets que leía y empecé a seguirla. Me parece divertida y graciosa. Tiene sentido del humor y las palabras adecuadas para cada momento (claro, además de actriz, también es periodista!).  Sexo en Milán comenzaba a ser un tema de actualidad. Ana Milán se hacía eco de las criticas que recibía de sus seguidores a través de la red social. Parecía atractivo. Me picaba la curiosidad y claro, había que leerlo.

Hoy te quería contar que hay libros que merecen ser leídos con una buena copa de vino. Yo suelo ser de novelas largas, de dramas y misterios, de historias de amor imposibles, de momentos clandestinos y sufrimientos románticos. Pero a veces, es necesario leer para reír. Y para sonreír.

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Sexo en Milán es uno de esos libros que me ha hecho reír, mucho. Para estos días de calor lo ideal es tropezar con un libro fresco, entretenido, divertido y ameno. Estos son los ingredientes principales que se entremezclan con recetas de cocina, amistad y amor, entre las páginas de color rosa que ella nos brinda.

Recuerdo que leí este libro en una de esas épocas tontas que a veces el amor (más bien el desamor) te regala. En una de esas épocas tontas en las que los hombres resultan un problema, y sientes que cuanto más lejos les tengas, más feliz serás. Una de esas épocas en las que necesitas que tus amigas te abracen sin parar, en las que necesitas sentarte en un sofá con ellas a reír y a llorar durante horas, hablando tonterías o intentando solucionar el mundo. Una de esas épocas en las que lo único que necesitas es mimarte. Y encontrarte a ti misma.

Me sumergí en las páginas de Ana Milán y me camuflé entre sus palabras, hasta tal punto que podía sentirlas mías. Me sentí identificada y me vi reflejada en muchas anécdotas, vi reflejadas a mis amigas, vi reflejados sentimientos y entendí que podrán cambiar los personajes y los escenarios, pero al final, no somos tan distintas.

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Recuerdo perfectamente cómo me sentí en el momento que acabé el libro. Me apeteció ponerme unos tacones, pintarme los labios rojos, tomarme una copa y comerme el mundo entero, ahí, en ese mismo instante, y en un momento.   Recuerdo que lo escribí en Twitter, y recuerdo que mi amigo Tomás me contestó: “Hazlo“.

Porque Sexo en Milán es “un libro de chicas, para chicas, que deberían leer los chicos“. 

Al final, las épocas tontas del desamor siempre pasan. Y el amor vuelve, con más fuerza que nunca, de la mano de quien menos te lo esperas. Y entonces te quedas en silencio y sonríes, y cuando besas, sientes que estás besando por primera vez. Porque sí, siempre pasa.

Por si no lo conocías, te presento Sexo en Milán porque hay libros que están hechos para mimarte, y merecen que los leas pensando solamente en ti (a veces no está mal ser un poco egoísta), con una sonrisa y una buena copa de vino.

Buenas noches, amigos.

Lorena.