Te regalo una historia…

Hoy te quería contar una historia, te quería contar algo diferente. Este post es para relajarse unos minutos, y perderse entre las letras. Hoy te quería regalar un relato, con el cual gané el Primer Premio de Relatos Cortos de la Universidad Miguel Hernández  de Elche en 2007, justo cuando acabé segundo de Periodismo, y desde entonces siempre lo he guardado como un pequeño tesoro.

Hoy quiero que este relato y esta historia también sean tuyos…

Una vida de 60 minutos.

No le voy a contar una historia de amor, porque esto no es una historia de amor… ¿pero que haría usted si supiese que tan sólo tiene una hora para respirar por última vez, para sonreír, para llorar, para recordar, para emocionarse, para escuchar, para saborear, para conversar… es decir, para vivir?

Yo no le voy a contar una historia de amor, porque esto no es una historia de amor. Voy a intentar recordar toda una vida en una hora de ella, en su última hora…

Recuerdo a mi padre que nunca se sintió orgulloso de mí, sumergido en la época en la que creció y en la forma en la que le educaron siempre creyó que el hombre que goza con la poesía o intenta volverse loco como aquel caballero de La Mancha es un maricón. Nunca sentí aprecio por él, aunque la ignorancia de la que gozaba era digna y merecedora de toda la lástima que mi mente poseía. Mi madre siempre fue una buena mujer, entregada en cuerpo y alma a su familia envejeció mucho antes de que los años se lo permitiesen, nunca fue feliz y en aquellos días de delirio y desesperación que arrastraban a más de uno hacia su fin, soñaba despierta con José Antonio Rodríguez, un soldado que le prometió matrimonio poco antes de morir en la guerra civil. Puedo decir que gran parte de mi vida la pasé sólo, como esta última hora en la que escribo.

Nunca he salido de mi ciudad, pero he visto el mar y la montaña. Crecí en una ciudad destruida por la guerra, en unas calles grises donde el olor a miedo y muerte seguía penetrando en cada una de mis ropas. Puedo decir que he viajado a miles de países, que he conocido culturas de todas clases, que estuve en la antigua Roma, en la preciosa Grecia, en la edad media, en medio de todas las revoluciones que han marcado la historia… porque miles de historias me han llevado a cada uno de estos lugares, de estas épocas.

Dejé mis estudios primarios para ayudar en el negocio familiar, una vieja ferretería que conseguía darnos, al menos, un trozo de pan y un vaso de leche cada día. El ansia de soñar y vivir me llevó a encerrarme días y noches entre los pasillos de la antigua biblioteca, de encerrarme en reuniones clandestinas para traficar verdaderas delicias no permitidas en nuestras tierras.

Ni siquiera recuerdo las primeras palabras que compartí con ella, pero no olvidaré jamás la primera vez que la vi. Luís Méndez era compañero de viajes imaginarios, confidente de palabras, guardián de secretos. Era un 25 de abril de un año que ya ni recuerdo y la hermana menor de su madre dejaba la vida de campo para intentar crear un futuro en la ciudad. Recuerdo perfectamente el momento en que llegaron a la biblioteca. Una melena oscura con unos rizos gigantes cubrían su espalda, unos ojos verdes cubrían su mirada y un precioso vestido blanco escondía ese cuerpo que en sólo unos segundos creí devorar. Ni siquiera sabía su nombre, ni su edad, pero sentí como ella también sonreía.

Le apasionaba leer pero lo que mejor hacía era escribir, por eso estaba allí, con nosotros. Sus padres habían muerto hacía años, y su hermana la trajo a la ciudad con la esperanza de que, al igual que ella, encontrase un hombre rico con el que casarse y tener tantos hijos como él quisiese. Su mirada radiaba ilusión por esta nueva vida que le esperaba, aunque estuviese cambiando en aquel mismo instante sin que ella lo supiese.

Don Emeterio, el dueño del bar que cerraba sus puertas dejándonos dentro leyendo, fue el primero en darse cuenta de que algo sucedía.

–¿Te gusta, verdad?

–¿Quién?

–Pues la tía de tu amigo, ¡quién va a ser! Ándate con ojo chaval, que estas mujeres son las que siempre rompen el corazón.

Me giré desde la barra con el café en la mano y la observé, tenía razón, me gustaba. Desde el día en que la vi no hubo ni un solo segundo en el que ella no fuese la ladrona y dueña de mis pensamientos.

Pasaron los meses y nuestras miradas se convertían en cómplices por segundos, pues siempre había un estornudo o el inicio de una conversación absurda por parte de mi amigo Méndez que las interrumpiesen.

Recuerdo la primera vez en la que ella no vino, como cada anochecer, al bar de don Emeterio.

–No mires más a la puerta, hoy no va a venir. Hoy cenaba en casa con mis padres y un amigo suyo que al parecer pretende pedirle matrimonio en pocos días.

Se me paró el corazón, tragué saliva y dije:

–Hay que ver como sois los ricos, que os casáis así como así sólo por conseguir un buen apellido y una vida de lujos. –y solté una carcajada que me quemaba el corazón.

¿Qué tenía que hacer? ¿Cómo podía reaccionar? Sabía que esa mujer, que casi me doblaba en edad, me tenía locamente enamorado, sabía que apenas había compartido con ella conversaciones sobre libros, sobre historias que no nos pertenecían, pero sabía que no la podía dejar escapar.

Envié una carta a casa de la familia Méndez, dirigida a Dolores Martínez, con una nota que contenía solamente una dirección y una firma a modo de pésimo escritor.

Ella vino. La conduje hasta el interior del pequeño almacén de la ferretería y allí, sin decir palabra pero con los ojos inundados en un mar de lágrimas, la besé. La desnudé poco a poco, la penetré con delicadeza y la sentí mía.

Ella se casó con aquel rico empresario, pero nuestros encuentros en el almacén de la vieja ferretería durarían años y años. Tuvo tres hijos varones y créanme que el último tenía mi misma cara. Murió cuando tenía cuatro años, de una gripe que nadie supo curar.

No crea que le estoy contando una historia de amor, porque esto no es una historia de amor, simplemente trato de recordar en esta última hora el rumbo que ha llevado mi vida y los pasos que recuerdo haber dado en ella.

Cuando mi padre murió me tuve que hacer cargo de la ferretería. Aunque odiase aquel trabajo, adoraba aquel lugar que tantas noches inolvidables llenaron mi alma de felicidad.

–¿Cuánto tiempo tengo que esperar para ser el único hombre en tu vida?

–Eres el único hombre en mi vida, pensando en un amor diferente al que tengo por mis hijos.

–¿Y cuándo seré el único hombre ante los ojos de los demás?

Ella suspiraba y se escondía entre mis brazos cada vez que esta pregunta aparecía en nuestras conversaciones. Seguíamos hablando de libros, ella escribía historias que sólo yo conseguía leer, historias que me regalaba, historias que de algún modo eran nuestra vida. Pero hablábamos de muchas más cosas, yo la conocía y ella me conocía. Su marido no tenía tiempo para eso, demasiado ocupado estaba bebiendo whisky y fumando puros caros con sus amigos.

Sus dos hijos crecieron, se casaron y a ella sólo le quedábamos ese desconocido con el que compartía cama cada noche y yo.

Créame que nunca he deseado mal a nadie, pero admito rotundamente que cada mañana al despertar deseaba que me contase que su marido la había abandonado por alguna de esas muchachitas con las que tanto frecuentaba los clubes nocturnos o simplemente que había muerto así, de repente, desapareciendo y dejándome el tesoro más preciado que yo soñaba y que él ni si quiera se daba cuenta que tenía.

Su marido era un viejo cascarrabias que ya no podía casi ni andar cuando ella estaba postrada en una cama, enferma y sabiendo que la vida se le acababa.

Me vestía de cura para ir a visitarla, para leerle, acariciarla y sonreírle. Para poder decirle cada día que la amaba con todas mis fuerzas y que era la mujer más maravillosa y preciosa que en el mundo podía haber.

Hace diez años que ella me dejó, que dejó mi mundo solo, que se marchó sin mí, que se fue sin haberme dejado despertar ni una sola mañana contemplándola. Hace diez años que no la acaricio, que no escucho su voz, que no escribe historias nuevas para mí, hace diez años que no siento su aroma, que no acaricio su pelo, y que no la beso en los labios. Hace diez años que mi vida llegó a su fin, y aún he sobrevivido demasiado. He pasado diez años sin dormir, sin comer, sin tener ilusión ni un camino por el que seguir, he pasado diez años sin ella. Creo que sólo han pasado diez días o quizás sólo diez minutos desde que ella se fue. No lo sé. Pero siento que me estoy agotando, que mi alma se consume infinitamente cada segundo, siento como me estoy ahogando y siento como mi corazón poco a poco está dejando de latir…

No crea que le he contado una historia de amor, porque esto no es una historia de amor, simplemente es la única historia que recuerdo de mi vida.

la foto-1

Feliz miércoles, amigos.

Lorena.

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