Día de estreno y de cine español…

De la mano del director Alejandro Ezcurdia llega Tres60, un “thriller” (con historia de amor incluida) que no dejará a nadie indiferente.

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Guillermo (Raúl Mérida) es un joven universitario amante del surf que un día, por casualidad, encuentra un carrete antiguo en la casa de sus padres. Con la intención de acercarse a Daniela (Sara Sálamo), una estudiante de Bellas Artes y amante de la fotografía, decide revelarlo. En las fotos aparece Iván, un amigo de la infancia de Guillermo, desaparecido y dado por muerto desde hace casi una década. Además, aparecen una serie de fotografías espeluznantes que llevaran a los protagonistas a vivir una aventura que les parecerá más una pesadilla, con tal de averiguar qué ocurrió realmente con Iván.

Guillermo Estrella y Adam Jazierski formarán parte de esta trama, dándole un toque de humor a una historia de misterio y suspense. Estrella interpreta a Mario, el hermano pequeño del personaje principal, un experto en informática que ayudará a nuestros protagonistas en su investigación. Y Jazierski será Ruso, el mejor amigo de Guillermo.

Una de las sorpresas, es la intervención de Geraldine Chaplin, con un personaje escalofriante que te encantará.

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Hoy te quería contar que ayer estuve en la Premiere de Tres60, en la Gran Vía de Madrid. Soy una de las afortunadas que ya ha visto la película que a partir de hoy podremos encontrar en nuestros cines. Y digo afortunada, porque la película no tiene desperdicio alguno.

Sobre las nueve de la noche, la gente colapsaba la entrada de los cines Capitol a espera de poder ver a protagonistas y actores invitados para la presentación. Pasamos al cine y la gente que ya iba ocupando sus butacas comentaba las ganas que tenían de ver el film. Se apagaron las luces y entre aplausos vimos entrar a los actores, director y productores que subieron al escenario a dedicarnos unas palabras. Nadie se olvidó de mencionar a las víctimas del trágico accidente de tren ocurrido sólo un día antes en Santiago de Compostela. Además, todos llevábamos un lazo negro en nuestra ropa, que nos regalaron a la entrada. Mérida y Sálamo agradecieron, sobretodo, la oportunidad que se les había dado al rodar esta película, la primera para ambos, con la que se muestran satisfechos y encantados. A Raúl le hemos podido ver en varias series de televisión, y a Sara también, haciendo pequeños papeles en la pequeña pantalla.

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Suspense, nervios, tensión y amor son los ingredientes principales que se combinan en esta historia. Un giro de Tres 60 en surf significa dar un giro completo de 360 grados sobre la ola.  A veces, estos giros ocurren en la vida misma. Durante toda la película, se entremezclan unas imágenes del protagonista en el agua. A modo de metáfora, podemos ver en ellas un sueño que se repite, que no es más que el estado de ánimo de Guillermo. Puede resultar una película dirigida hacia un público juvenil pero, sin embargo, cuenta con una cuestión moral que tanto adolescentes como adultos, se querrán plantear al salir del cine.

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En la última escena, Guillermo le cuenta a Daniela que sigue soñando con el agua. “Sólo es un sueño“, responde ella. Un sueño que el espectador deberá interpretar. Final sorprendente, sin ninguna duda. Final que nadie se esperará a medida que avanza la historia, y final que te dejará con la duda, con la pregunta, y te hará ponerte en la piel de los personajes y valorar y decidir como actuarías tu en su lugar.

La pantalla se apagó entre los gritos y aplausos de los que allí estábamos. De Raúl y Sara sólo puedo decir que ha sido un verdadero acierto apostar por ellos. Están magníficos los dos. Así como Guillermo, el niño de la película.

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Santiago Segura, productor de Tres60, decía ayer en su presentación: “Si os gusta la recomendáis, y si no os gusta la recomendáis a vuestros enemigos. Siempre positivos: recomendar y que la gente vaya al cine”.

El cine está caro, es verdad. Lamentablemente nos están haciendo pagar nuestra cultura haciéndonos creer que es un capricho, cuando sólo es una forma de vida, de identidad. La cultura no es un lujo, no lo olvidéis. La cultura es nuestra historia, nuestra educación. No dejéis de ir al cine, no dejéis de consumir nuestro cine. Dadle una oportunidad este verano a Tres60 y daros la satisfacción de disfrutarla. Ya me contaréis.

Desde aquí, a todo el equipo de Tres60 sólo me queda desearles mucha suerte y muchos éxitos. ¡Enhorabuena a todos!

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Feliz viernes, amigos.

Lorena.

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Te regalo una historia…

Hoy te quería contar una historia, te quería contar algo diferente. Este post es para relajarse unos minutos, y perderse entre las letras. Hoy te quería regalar un relato, con el cual gané el Primer Premio de Relatos Cortos de la Universidad Miguel Hernández  de Elche en 2007, justo cuando acabé segundo de Periodismo, y desde entonces siempre lo he guardado como un pequeño tesoro.

Hoy quiero que este relato y esta historia también sean tuyos…

Una vida de 60 minutos.

No le voy a contar una historia de amor, porque esto no es una historia de amor… ¿pero que haría usted si supiese que tan sólo tiene una hora para respirar por última vez, para sonreír, para llorar, para recordar, para emocionarse, para escuchar, para saborear, para conversar… es decir, para vivir?

Yo no le voy a contar una historia de amor, porque esto no es una historia de amor. Voy a intentar recordar toda una vida en una hora de ella, en su última hora…

Recuerdo a mi padre que nunca se sintió orgulloso de mí, sumergido en la época en la que creció y en la forma en la que le educaron siempre creyó que el hombre que goza con la poesía o intenta volverse loco como aquel caballero de La Mancha es un maricón. Nunca sentí aprecio por él, aunque la ignorancia de la que gozaba era digna y merecedora de toda la lástima que mi mente poseía. Mi madre siempre fue una buena mujer, entregada en cuerpo y alma a su familia envejeció mucho antes de que los años se lo permitiesen, nunca fue feliz y en aquellos días de delirio y desesperación que arrastraban a más de uno hacia su fin, soñaba despierta con José Antonio Rodríguez, un soldado que le prometió matrimonio poco antes de morir en la guerra civil. Puedo decir que gran parte de mi vida la pasé sólo, como esta última hora en la que escribo.

Nunca he salido de mi ciudad, pero he visto el mar y la montaña. Crecí en una ciudad destruida por la guerra, en unas calles grises donde el olor a miedo y muerte seguía penetrando en cada una de mis ropas. Puedo decir que he viajado a miles de países, que he conocido culturas de todas clases, que estuve en la antigua Roma, en la preciosa Grecia, en la edad media, en medio de todas las revoluciones que han marcado la historia… porque miles de historias me han llevado a cada uno de estos lugares, de estas épocas.

Dejé mis estudios primarios para ayudar en el negocio familiar, una vieja ferretería que conseguía darnos, al menos, un trozo de pan y un vaso de leche cada día. El ansia de soñar y vivir me llevó a encerrarme días y noches entre los pasillos de la antigua biblioteca, de encerrarme en reuniones clandestinas para traficar verdaderas delicias no permitidas en nuestras tierras.

Ni siquiera recuerdo las primeras palabras que compartí con ella, pero no olvidaré jamás la primera vez que la vi. Luís Méndez era compañero de viajes imaginarios, confidente de palabras, guardián de secretos. Era un 25 de abril de un año que ya ni recuerdo y la hermana menor de su madre dejaba la vida de campo para intentar crear un futuro en la ciudad. Recuerdo perfectamente el momento en que llegaron a la biblioteca. Una melena oscura con unos rizos gigantes cubrían su espalda, unos ojos verdes cubrían su mirada y un precioso vestido blanco escondía ese cuerpo que en sólo unos segundos creí devorar. Ni siquiera sabía su nombre, ni su edad, pero sentí como ella también sonreía.

Le apasionaba leer pero lo que mejor hacía era escribir, por eso estaba allí, con nosotros. Sus padres habían muerto hacía años, y su hermana la trajo a la ciudad con la esperanza de que, al igual que ella, encontrase un hombre rico con el que casarse y tener tantos hijos como él quisiese. Su mirada radiaba ilusión por esta nueva vida que le esperaba, aunque estuviese cambiando en aquel mismo instante sin que ella lo supiese.

Don Emeterio, el dueño del bar que cerraba sus puertas dejándonos dentro leyendo, fue el primero en darse cuenta de que algo sucedía.

–¿Te gusta, verdad?

–¿Quién?

–Pues la tía de tu amigo, ¡quién va a ser! Ándate con ojo chaval, que estas mujeres son las que siempre rompen el corazón.

Me giré desde la barra con el café en la mano y la observé, tenía razón, me gustaba. Desde el día en que la vi no hubo ni un solo segundo en el que ella no fuese la ladrona y dueña de mis pensamientos.

Pasaron los meses y nuestras miradas se convertían en cómplices por segundos, pues siempre había un estornudo o el inicio de una conversación absurda por parte de mi amigo Méndez que las interrumpiesen.

Recuerdo la primera vez en la que ella no vino, como cada anochecer, al bar de don Emeterio.

–No mires más a la puerta, hoy no va a venir. Hoy cenaba en casa con mis padres y un amigo suyo que al parecer pretende pedirle matrimonio en pocos días.

Se me paró el corazón, tragué saliva y dije:

–Hay que ver como sois los ricos, que os casáis así como así sólo por conseguir un buen apellido y una vida de lujos. –y solté una carcajada que me quemaba el corazón.

¿Qué tenía que hacer? ¿Cómo podía reaccionar? Sabía que esa mujer, que casi me doblaba en edad, me tenía locamente enamorado, sabía que apenas había compartido con ella conversaciones sobre libros, sobre historias que no nos pertenecían, pero sabía que no la podía dejar escapar.

Envié una carta a casa de la familia Méndez, dirigida a Dolores Martínez, con una nota que contenía solamente una dirección y una firma a modo de pésimo escritor.

Ella vino. La conduje hasta el interior del pequeño almacén de la ferretería y allí, sin decir palabra pero con los ojos inundados en un mar de lágrimas, la besé. La desnudé poco a poco, la penetré con delicadeza y la sentí mía.

Ella se casó con aquel rico empresario, pero nuestros encuentros en el almacén de la vieja ferretería durarían años y años. Tuvo tres hijos varones y créanme que el último tenía mi misma cara. Murió cuando tenía cuatro años, de una gripe que nadie supo curar.

No crea que le estoy contando una historia de amor, porque esto no es una historia de amor, simplemente trato de recordar en esta última hora el rumbo que ha llevado mi vida y los pasos que recuerdo haber dado en ella.

Cuando mi padre murió me tuve que hacer cargo de la ferretería. Aunque odiase aquel trabajo, adoraba aquel lugar que tantas noches inolvidables llenaron mi alma de felicidad.

–¿Cuánto tiempo tengo que esperar para ser el único hombre en tu vida?

–Eres el único hombre en mi vida, pensando en un amor diferente al que tengo por mis hijos.

–¿Y cuándo seré el único hombre ante los ojos de los demás?

Ella suspiraba y se escondía entre mis brazos cada vez que esta pregunta aparecía en nuestras conversaciones. Seguíamos hablando de libros, ella escribía historias que sólo yo conseguía leer, historias que me regalaba, historias que de algún modo eran nuestra vida. Pero hablábamos de muchas más cosas, yo la conocía y ella me conocía. Su marido no tenía tiempo para eso, demasiado ocupado estaba bebiendo whisky y fumando puros caros con sus amigos.

Sus dos hijos crecieron, se casaron y a ella sólo le quedábamos ese desconocido con el que compartía cama cada noche y yo.

Créame que nunca he deseado mal a nadie, pero admito rotundamente que cada mañana al despertar deseaba que me contase que su marido la había abandonado por alguna de esas muchachitas con las que tanto frecuentaba los clubes nocturnos o simplemente que había muerto así, de repente, desapareciendo y dejándome el tesoro más preciado que yo soñaba y que él ni si quiera se daba cuenta que tenía.

Su marido era un viejo cascarrabias que ya no podía casi ni andar cuando ella estaba postrada en una cama, enferma y sabiendo que la vida se le acababa.

Me vestía de cura para ir a visitarla, para leerle, acariciarla y sonreírle. Para poder decirle cada día que la amaba con todas mis fuerzas y que era la mujer más maravillosa y preciosa que en el mundo podía haber.

Hace diez años que ella me dejó, que dejó mi mundo solo, que se marchó sin mí, que se fue sin haberme dejado despertar ni una sola mañana contemplándola. Hace diez años que no la acaricio, que no escucho su voz, que no escribe historias nuevas para mí, hace diez años que no siento su aroma, que no acaricio su pelo, y que no la beso en los labios. Hace diez años que mi vida llegó a su fin, y aún he sobrevivido demasiado. He pasado diez años sin dormir, sin comer, sin tener ilusión ni un camino por el que seguir, he pasado diez años sin ella. Creo que sólo han pasado diez días o quizás sólo diez minutos desde que ella se fue. No lo sé. Pero siento que me estoy agotando, que mi alma se consume infinitamente cada segundo, siento como me estoy ahogando y siento como mi corazón poco a poco está dejando de latir…

No crea que le he contado una historia de amor, porque esto no es una historia de amor, simplemente es la única historia que recuerdo de mi vida.

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Feliz miércoles, amigos.

Lorena.

Arrugas de algodón.

En mi último post os hablaba de Marina, y en Marina Oscar Drai decía: “… desaparecí del mundo durante una semana. Por espacio de siete días y siete noches, nadie supo de mi paradero”.

Yo sólo he desaparecido porque estaba de vacaciones. Porque necesitaba desconectar, mimarme y disfrutar, porque necesitaba recargar energías para volver con fuerza. He estado en mi casa, en las calles que me vieron crecer, con mi gente de siempre, y también me he perdido unos días por Italia, de dónde he vuelto completamente enamorada de cada rincón, de cada esquina.

Pero hoy te quería contar algo que me pasa cada vez que me alejo de casa. Hoy me voy a atrever a reflexionar sobre la vida. Es más, me voy a atrever a reflexionar sobre una vida que ni si quiera es mía, pero estoy segura que quien la vive, no se va a molestar porque lo haga.

Cada vez que paso unos días en mi pueblo y luego me voy, aparece el mismo sentimiento. Tristeza. Nostalgia. Pena. Me enfado con el tiempo, por correr tan rápido. De vez en cuándo me pregunto qué hago aquí, en esta ciudad. Me pregunto si cuando los años sean muchos y eche la vista hacia atrás no me arrepentiré de haberme perdido demasiadas cosas, del día a día, de las personas más importantes de mi vida. Luego se me pasa, y sé que Madrid me da la felicidad que necesito, y que no me imagino, hoy por hoy, en otra ciudad que no sea ésta. Estas calles que he sabido hacer mías. Estos sueños que aún vuelan.

Hace unos días, mientras estaba allí, estuve con una persona a la que conozco desde que nací. Las arrugas le acarician la piel en forma de sonrisas. Su mirada a veces se pierde. A ratos no recuerda qué ha pasado. No sabe dónde está. No sabe quién la cuida y quién la abraza. Otras veces sonríe, y sabe perfectamente lo que pasa en cada instante. Me dijeron que quizás no me recordaba, pero cuando entré en su habitación, la vi sentada junto a la ventana, me sonrió y me dijo que no me había reconocido con las gafas de sol puestas. Creo que ella nunca había producido en mí tanta ternura como aquella tarde. Creo que nunca me había sonreído así.

Sentada en un sillón me acariciaba la mano, me preguntaba qué tal todo y me contaba historias que yo sabía que nunca habían ocurrido. Pero yo también le sonreía, me hacía la sorprendida y le daba a sus relatos la importancia que merecían. Para mí, los recuerdos son uno de los bienes más preciados que posee el ser humano. No seríamos nada sin ellos. Los recuerdos son nuestro recorrido. Quienes somos y quienes hemos sido. Y entonces, me permití el lujo de enfadarme con la vida. Me enfadé porque me parecía injusto verla tan indefensa, perdiendo momentos que la habían hecho sonreír o llorar. Me enfadé con la vida porque no es justo que una persona pase los últimos meses, o años, de su vida estando perdida. Me enfadé con la vida porque no me parece justo que alguien sufra, incluso cuando ya no es capaz de saber diferenciar el sufrimiento de la felicidad.

Pasé una tarde con ella, que creo que ambas nos debíamos. La vi tranquila, cansada, la vi reír, pero también la vi perderse en la tristeza. Ella sabe que nunca más se levantará de ese sillón. Sabe que no volverá a ver el mar, o el pueblo donde nació. Sabe que ahora sólo queda afrontar los días como vienen, disfrutar de las visitas y sonreír mientras se pueda. A veces pide perdón, porque cree que se porta mal cuando no es ella. Pero no sabe que no hace falta, porque ya está todo perdonado. Me enfadé con la vida por hacer de la vejez la más tierna sabiduría y darle luego el trago amargo de arrancarle los días.

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Hoy no he hablado de ninguno de los temas que hasta ahora estaba tratando. Porque hoy quería hacer una reflexión, y te quería contar que me enfadé con la vida. 

Cuando un niño pequeño está sobre protegido se dice que está entre algodones“. Algunas personas mayores vuelven a ser niños. Vuelven a necesitar estar mimados y cuidados. Vuelven a necesitar que les comprendan y les enseñen. Vuelven a empezar. Sólo que esta vez el tiempo ha ido penetrando en su cuerpo y en su mente. Esta vez, el tiempo pone arrugas sobre su piel. Arrugas que son los años, que son las vivencias, que son las lágrimas, que son las sonrisas, que son los bailes, que son el amor, que son la música, que son los paseos, que son la familia, que son los amigos, que son los días, que son los momentos (los que están y los que se fueron)… Porque cambian los escenarios, cambian los tiempos. Pero a todos nos envolverán estas arrugas.  Arrugas que no son más que arrugas de algodón.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

Anoche me comí a Carlos Ruíz Zafón.

“Marina me dijo una vez que sólo recordamos lo que nunca sucedió”, y Marina es uno de esos libros que llevo en mí, en mi alma y mi memoria. Siempre.

Hace mucho tiempo que descubrí a mi escritor favorito, Carlos Ruíz Zafón. De hecho, hoy, por suerte, sus libros venden miles y miles de ejemplares, pero yo descucbrí La Sombra del Viento cuando casi nadie lo conocía. Me enamoré de cada una de las palabras, de cada uno de sus personajes, de cada una de sus frases, de cada una de sus historias, y le juré amor eterno. Pero pronto te hablaré de ello, hoy no.

Hoy te quería contar que ayer fue mi cumpleaños, y dicen que la felicidad no es felicidad hasta que no la compartes con los demás. Por suerte, tengo mucha gente con la que compartir la mía.

A medida que pasan los años, me doy más cuenta de la importancia que tiene rodearse de gente buena, recargar las energías de esa gente que te quiere y a la que quieres, y lo necesario que es echar a la gente que te hace daño fuera.

Ayer pasé uno de los días más bonitos de mi vida, y mira que llevo 26 años celebrando cumpleaños… pero ninguno había sido como este. Hace tiempo que siento que mi felicidad ha alcanzado la cima. Porque sí, la felicidad absoluta existe. Y sólo consiste en valorar lo que tenemos, disfrutarlo, exprimirlo y saborearlo al máximo.

Marina es uno de esos libros que cada vez que leo me arranca una sonrisa, uno de esos libros que cada vez que cierro cuando lo termino, me hace llorar como si fuese la primera vez que lo descubro. Supongo que en eso consiste la magia de la literatura. Bueno, supongo no. Estoy segura de ello.

Ayer tuve una fiesta sorpresa, con las personas más importantes de mi vida. Ayer fue una noche hecha de sueños, e inventada para soñar. Y Marina se convirtió en mi tarta de cumpleaños.

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Nunca había visto una tarta más bonita, y nunca podría haber sentido una tarta tan mía. Hoy quería compartir mi felicidad contigo, quería enseñarte mi preciosa tarta, y quería dar las gracias a las personas que me endulzan cada uno de mis días. Sobretodo, quería darle las gracias a Raquel, una persona que me quiere y a la que quiero. La persona que puso todo su amor y toda su imaginación en crear el pastel de mi vida. Ella supo transportar los sentimientos a través de las manos y crear, pensando sólo en mí, esta maravilla. No sabes cómo me emocioné y cómo estoy de agradecida.

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Os invito a visitar la página “Sucre i xocolate” en Facebook, descubriréis verdaderas maravillas que estoy segura os sorprenderán.

Yo, por mi parte, nunca me imaginé que Carlos Ruíz Zafón y yo nos encontraríamos de esta manera. Con una taza de café, con muchísimo azúcar y hablando de Marina. Tampoco me imaginé que nos acompañaría El Prisionero del Cielo, que fue el tercer libro que publicó de los cuatro que formarán la trama de La Sombra del Viento, ni me imaginé que me lo comería.

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Nunca os olvidéis de sonreír cada día, de disfrutar de la vida.

Buenas noches, amigos.

Lorena.

Adiós dos veces…

Te quería contar que los miércoles siempre me han gustado. Los miércoles saben a esa mitad de la semana que te despierta una sonrisa, te acerca al descanso y te hace sentirte mucho más feliz que el lunes, por ejemplo, aunque sólo los separen un par de días. Pero hoy ha sido un miércoles raro, gris, apagado y muy, muy triste para la cultura de este país.

Hemos empezado el día con la noticia de la muerte de Jesús Robles, fundador de una de las librerías más especiales y con más encanto de Madrid. Robles nos enseñó que el cine también se lee, y fusionó sus dos pasiones en un espacio maravilloso que regentaba junto a su esposa en el centro de la ciudad.

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La librería Ocho y Medio es un lugar emblemático para los amantes del cine. Situada en la Calle Martín de los Heros, se convirtió en el rincón favorito de muchos seguidores del cine y la literatura, así como el de muchos actores, directores y escritores. Según cuentan, Robles se ganó el cariño y respeto de todo el gremio. Su interés y su pasión por el séptimo arte le llevaron a ocupar un lugar privilegiado en el corazón de muchos profesionales. Y así se ha demostrado hoy en las redes sociales, dónde las muestras de cariño han sido interminables.

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Alex de la Iglesia, por ejemplo, escribía en Twitter: “María, ánimo. Te quiero @Libros8ymedio ” (Refiriéndose a la esposa del fallecido), o Maruja Torres, que decía: “La gente como Jesús Robles no muere: se va a la pantalla”.

A la librería Ocho y Medio no le hace falta publicidad. Hace muchos años que eso no es necesario. Pero si te gusta el cine, deberías pasar a echarle un vistazo porque estoy segura que te enamorará. Lamentablemente, no será Jesús Robles quien te atienda, pero estoy segura que esas cuatro paredes han querido empaparse de su magia para siempre.

Además, la librería cuenta con una maravillosa terraza dónde tomar un café rodeado de libros y arte. Sólo recomendado para los verdaderos amantes de la cultura.

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El día ha seguido y unas horas después se confirmaba la muerte de la periodista Concha García Campoy, que ha fallecido en un hospital de Valencia, tras varios años luchando contra la leucemia.

A sus 54 años, y con una carrera profesional más que admirable, la periodista ha dejado un vacío impactante entre compañeros y profesionales.  Tras una vida dedicada a la radio y la televisión, con numerosos premios y galardones como el Premio Ondas o el Micrófono de Oro, entre otros, Campoy trabajaba desde 2011 en la Dirección del Informativo matinal de Tele 5 (Mediaset), siendo éste su último trabajo.

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Como en el caso de Robles, el revuelo en las RRSS no se ha hecho esperar. Conmoción y dolor se mostraba en Twitter por su pérdida. Entre los miles de comentarios, Elvira Lindo, por ejemplo, publicaba: “Se fue Concha García Campoy. Colaboré con ella en la radio. Fue una maravilla, como amiga y como directora. Lo siento mucho”, o el periodista Jordi Évole, que decía:”Uno de mis primeros recuerdos radiofónicos: A vivir que son dos días. Gracias Concha García Campoy. Mucha pena”.

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Decir adiós nunca es agradable. A casi nadie nos gusta. Por suerte, en la vida hay personas que, aunque no conozcamos, son capaces de robarnos un trozo de corazón cuando se marchan, cuando nos tenemos que despedir de ellas. Porque hay personas que son capaces de brillar con fuerza y son admiradas. Mucho. Hoy siento mucha pena, porque no hemos tenido que decir solamente un adiós, sino que hemos dicho adiós dos veces y  hoy no tengo mucho más que añadir.

Ha sido un miércoles raro, gris, apagado y muy, muy triste para la cultura de este país.

 

Buenas noches,

Lorena.

Él, que escribió la carta.

Hoy me he levantado un poco nostálgica, lo estoy cada vez que pienso en él. 

Te quería contar que cuando decidí empezar a escribir este blog sabía que tarde o temprano te hablaría de uno de los escritores que más ha marcado mi vida. Y también sabía que esto sucedería temprano, antes que tarde.

Soy una de esas personas a las que le encanta recordar, viajar por los recuerdos de mi memoria, que por suerte, tengo mucha…

Yo tenía 17 años y estudiaba segundo de bachiller. Por entonces, con los nervios que caracterizan el curso que desemboca en la selectividad, éramos muy pocos los que decidimos escoger como optativa la asignatura de literatura. Y fue una suerte. Nuestras clases de literatura se convirtieron en un pequeño mundo, dentro de un instituto. Durante esa hora, nos trasladábamos a cualquier café, a cualquier momento de la historia, a cualquier ciudad y gozábamos compartiendo historias, opiniones y sueños. Pensar en aquellos momentos siempre me arranca una sonrisa. Nostálgica, pero sonrisa.

 

Creo que José Luis Sampedro es uno de esos regalos que la historia ha querido regalarle al mundo. Uno de esos genios que nacen cada mucho tiempo, para llenar de luz este mundo de tinieblas que aparentemente está lleno de colores, para abrir los ojos de los que ven sin mirar, o despertar oídos de quienes oyen sin escuchar. Es uno de esos hombres que nacen simplemente para hacer la vida mucho mejor a los demás, para dejar su sabiduría impregnada en el espacio y el tiempo, uno de esos hombres que pasan por aquí y se quedan para siempre.

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En aquella clase de literatura, nos presentaron a Sampedro y a La Vieja Sirena. Una novela histórica que no es más que un canto a la vida, al amor y la tolerancia. Uno de esos libros que vayas donde vayas, siempre te acompañarán. La historia nos enamoró a todos, pero a una de mis compañeras la cautivó. Ella lo catalogó como el libro más increíble que había leído jamás, se enamoró y sé que durante mucho tiempo ocupaba parte de sus pensamientos. Sólo éramos unas niñas, pero ella decidió escribirle una carta al escritor, humanista y economista. Sabíamos que no iba a contestar, por aquel entonces, Sampedro tenía 88 años, y su vida estaba en Tenerife, donde pasó los años de un merecido descanso y paz.

Estoy segura que a Sampedro le cautivó la delicadeza, la ternura y la admiración que flotaban entre esa inocente carta que mi amiga Lourdes le escribió. Lo imagino sonriendo, con una vida llena de reconocimientos y halagos, recibiendo aquella carta a puño y letra de una estudiante adolescente, de un pueblo perdido de Valencia. Lo imagino y os prometo que se me llenan los ojos de lágrimas. Porque Sampedro contestó. Él, a sus casi 90 años de edad, contestó la carta.

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Un día cualquiera, en ese buzón entró una carta que nos llenó de esperanza a los siete u ocho estudiantes que amábamos la literatura, que asombró a nuestra querida y admirada profesora, y que llenó de vida la ilusión de mi amiga. Sampedro era miembro de la Real Academia Española desde 1990, y si no me equivoco la carta llegó poco antes de Navidad. Recuerdo perfectamente que era una postal, con una Ñ gigante en su portada y algún dibujo sobre el gran caballero de la Mancha, por entonces se celebraban los 400 años de la publicación de la novela de Cervantes.

 

Una postal, con la letras de Sampedro, su letra. Un tesoro. En ella agradecía la admiración, la inocencia y la sensibilidad, poco común, en una persona de esa edad, le pedía a mi compañera que nunca dejase de escribir y se sentía fascinado por la carta que había recibido.

 

Hace unos meses, me desperté con la noticia de la muerte de José Luis Sampedro. Me preparé un té rojo, y me senté en la cocina. Busqué mi ejemplar de La Vieja Sirena y lloré en silencio. Aquel día supe que una parte de la literatura se apagaba para siempre. Aquel día las letras lloraban y las palabras gritaban de dolor. Nos dejó una de las personas más grandes que han visitado el mundo en los últimos tiempos. Por suerte, nos dejó muchas cosas. Nos dejó su sabiduría en novelas, libros, conferencias y discursos que nunca morirán. Dicen que mientras nos recuerdan, siempre seguimos vivos. Él, por suerte, no será olvidado jamás. A veces pienso qué pasa cuando la vida se lleva a un ser humano así. Creo que se debe quedar un vacío grande en el mundo, que alguna parte de él se debe apagar para siempre…

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Se me llenan los ojos de lágrimas mientras escribo estas palabras, porque como bien le dedicó en su día Mecano a Dalí “los genios no deben morir”.

 

Feliz martes, amigos.

 

Lorena.

Conquistada por el microteatro…

Hoy  quiero empezar el domingo lleno de energía, de cosas positivas y llenando mi mente de las cosas bonitas que me encuentro en esta ciudad.

Hoy te quería contar que la semana pasada salí a cenar con unas amigas y después decidimos ir a ver una obra a microteatro. Nunca había estado allí, pero había oído a muchísima gente hablar de ello. Este es otro de los rinconcitos con encanto que tiene Madrid, en otro de mis barrios favoritos: Malasaña. Microteatro se encuentra en la c/ Loreto y Chicote, nº 9, y si vais en metro podréis bajaros en las paradas de Gran Vía (salida a la calle Fuencarral) o en Callao.

El microteatro es una forma de consumir cultura a un precio asequible para todo el mundo, sin excusas. Son minutos de disfrutar de la magia de la interpretación muy de cerca. Y os digo muy de cerca porque así es. En microteatro no existen los grandes escenarios, ni las cortinas que se abren o se cierran a modo de portero elegante para dar comienzo o fin a una función. Microteatro ofrece 5 funciones, en menos de 15 minutos para menos de 15 personas, por 4 euros cada una. Así de sencillo y así de original.

Entramos a la sala y no me imaginé que el espacio iba a ser tan reducido. Es como estar en una habitación pequeña de tu casa, disfrutando, y creyendo que tú eres el protagonista y que lo que tus ojos están viendo sólo es por y para ti. Escasos centímetros te separan de los actores… y no sabéis lo maravillosa que resulta esa sensación.

La obra que nosotras decidimos ver fue “Ecce mono”, que siento deciros que la pudimos disfrutar en su última función, porque sino, os la recomendaría, sin ninguna duda.

Darío Frías, Juan Martín Gavina y Sara Sálamo nos hicieron reír durante unos minutos. Una obra que hablaba sobre la amistad, el amor, el egoísmo y la traición, haciendo del drama una comedia. Minutos que fueron más que suficientes para apreciar la calidad y el trabajo de los actores que tenemos en nuestro país, las ganas y la ilusión por esta profesión, y sobretodo la importancia de seguir alimentando la cultura, por parte de quien la ofrece y por parte de quien la consume.

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Estamos ante una situación social y económica demasiado complicada, en la que muchas veces, muchos de nosotros dejamos la cultura para el final de nuestros gastos. No olvidéis jamás que la cultura no es un capricho, es nuestra forma de vivir y de alimentarnos. Pero de esto, ya hablaremos más adelante.

De momento, si estáis por Madrid, os invito a visitar este espacio cultural, porque estoy segura que no os defraudará. Además, mientras esperáis a que empiece la obra u obras que hayáis decidido ver, podréis estar tomando algo en el propio teatro. Una forma distinta de tomar una copa o cenar, rodeados de un ambiente muy especial.

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No dudéis en consultar su web para informaros de todo: http://www.teatropordinero.com Disfrutad de la noche madrileña, y enamoraros de la magia del microteatro.

Feliz domingo, amigos.

Lorena.

He paseado por Madrid y he pensado en ti…

No sabéis lo bonitas que están ahora mismo las calles de Madrid. El centro huele a colores y alegría, y a pesar del calor asfixiante, la gente sonríe tranquilamente. Chueca es uno de mis barrios favoritos de esta ciudad, y estos días se llena más de vida que nunca.

Hoy me ha dado por observar a la gente, como muchas veces hago. Esta ciudad tiene la capacidad de permitirte ese placer. Puedes observar en silencio, y nadie se dará cuenta de ello. Nadie se molestará, y tu sabrás que es maravilloso ver en una misma acera, en unos mismos segundos, tanta diversidad.

Os quería contar que yo sólo era una adolescente cuando Bodas de Sangre llegó a mis manos. Tuve la suerte de tener una profesora de literatura que no se cansó jamás de presentarme a los más grandes (a día de hoy y muchos años después, en la distancia, lo sigue haciendo), y así fue como conocí a Federico García Lorca. Por entonces, yo ya supe que aquel hombre era un genio. Pues hoy, paseando por Madrid, me he acordado de él. He recordado la amargura de las cicatrices más oscuras de la historia de nuestro país, y he pensado en su fusilamiento, en agosto de 1936, cuando tan sólo tenía 38 años de edad.

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Garcia Lorca es el poeta de mayor influencia y popularidad de la literatura española del siglo XX. Y le fusilaron, entre otras cosas, por ser homosexual. Aquella madrugada no sólo asesinaron a un hombre. Aquella noche fusilaron a las palabras, al arte, nos arrancaron parte de nuestra cultura, y ahogaron la sabiduría.

Hoy paseando por Madrid he pensado en ti, Federico García Lorca. He pensado en todos esos hombres y mujeres que a lo largo de la historia han tenido que sufrir, que han sido condenados socialmente, sólo por el hecho de amar, cometiendo el único error de enamorarse de quien se quisieron enamorar.

La fiesta del Orgullo Gay no sólo es diversión. Es un reclamo, es una celebración, es un brindis por la libertad, por esta sociedad que parece que poco a poco va cambiando. Son días de defender esa bandera de colores sin tener miedo de nada.

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Y si me lo permitís, este post se lo dedicaré a todos mis amigos y amigas homosexuales, que son muchos. Porque no hace falta que les diga lo orgullosa que me siento de ellos.

Lorena.

Todo empieza.

Si intento hacer memoria me es casi imposible saber cuántas cosas he escrito en mi vida. Desde niña he dedicado mi tiempo libre a escribir. Algunas veces historias, otras recuerdos, y la mayoría de las veces, ambas. Este blog arranca con la ilusión alimentada de quienes han ido leyendo mis palabras, mis pensamientos plasmados, y han insistido incansablemente en que no dejase de hacerlo. Arranca gracias a los que siempre creyeron en mí y lucharon para que yo nunca dejase de hacerlo.

Quiero dar un GRACIAS muy especial a mi publicista favorita, mi amiga Carmen Barrios, por guiarme y aconsejarme en esta nueva aventura.

Pues bien, Lo que te quería contar hablará de libros, cine, teatro, televisión, arte, música… Os contaré sensaciones, emociones, novedades y encontraréis entrevistas que estoy segura os van a sorprender.

Poneros cómodos, porque esto arranca… 🙂

Lorena.