OTra vez

Lo vi hace unos días y todavía me sale una sonrisa cuando lo recuerdo. No lo puedo evitar. De hecho, me pasé la mayor parte del tiempo llorando… Muchos no entenderéis nada de todo esto, simplemente, porque ya crecisteis más … Sigue leyendo

La vuelta al cole depende de ti

Madrid hoy ha amanecido totalmente gris y envuelto por una lluvia que iba siendo ya más que necesaria. Poco ha durado, la verdad, pero parece que, por fin, el calor asfixiante ha pasado y que el otoño, tímidamente, va asomándose por la ventana. Atrás quedan los días de playa y las vacaciones (al menos para mí) y, sin ninguna duda, la rutina va cobrando su forma y un claro ejemplo de ello es la vuelta al cole. Niños y niñas cargados de ilusiones, mochilas, libros nuevos y reencuentros con amigos, llenan las aulas de todo nuestro país y en una fecha tan señalada para ellos es esencial hacer hincapié en algo que realmente me preocupa y que hoy te quería contar… 

No soy madre (bueno madre perruna sí, claro, pero no es el caso), pero tengo primos pequeños, hijos de amigas y niños a los que quiero muchísimo y a los que no me gustaría ver sufrir por nada del mundo. Siempre he pensado que no puede haber nada peor para unos padres que el sufrimiento de sus hijos y aunque haya miles de campañas contra el bullying, desgraciadamente, este tema está a la orden del día, ¿qué podemos hacer frente a eso?

Justo ayer vi un vídeo que alguien compartía en Facebook denunciando el acoso a un niño en el baño de su colegio, sólo era uno el que atacaba, pero varios los que grababan y reían, siendo cómplices de un acoso y un trauma que a mí me encogió el corazón.

Nosotros, los adultos, tenemos el poder de que la vuelta al cole cambie. Creo que sería esencial que los niños vean en su casa el claro ejemplo de tolerancia y que los padres, desde bien pequeños, les acostumbren a no ver diferencias en los demás. Por ejemplo, sé que el día que tenga hijos, ellos crecerán rodeados de chicos que tienen novio, de chicas que tienen novia, y de parejas compuestas por hombres y mujeres porque yo tengo amigos homosexuales, amigas lesbianas y amigos heterosexuales por igual e intentaré desde que sean pequeños que eso sea lo más natural para ellos, que entiendan que el amor es libertad y que hay niños que tienen dos papás, dos mamás o un padre y una madre y entre ellos no hay ninguna diferencia.

Si acostumbramos a nuestros hijos, primos, hermanos, alumnos, si hablamos con ellos y les explicamos que no hay niños raros, que todos somos iguales, que todas las familias valen, quizás ellos lo vean como algo tan normal que no se preocupen en buscar la diferencia. No hay ningún niño que sea inferior por ser más tímido, más bajito, por estar más gordito o más delgado, por llevar gafas, porque le guste jugar con muñecas, por tener otra cultura o por haber nacido en una familia diferente a la nuestra. La educación es esencial y aunque en esta sociedad quedan muchos pasos gigantes por dar, nosotros y nuestros descendientes somos el futuro para mejorarla y ahí es donde tenemos que actuar. Los más pequeños vuelven al cole pero la forma en la que vuelvan, por supuesto, depende de ti, de mí, de nosotros. 

El bullying es un tema que me preocupa muchísimo, de verdad, y ya lo reflejé en un relato que forma parte de mi libro Me Olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos y estoy segura que quienes ya lo hayáis leído os habéis acordado de inmediato de A Todo Cerdo Le Llega Su San Martín. Por favor, que el respeto, la tolerancia, la diversidad y la educación estén por encima de todo. Nos lo merecemos, se lo merecen.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

 

Septiembre.

Con el calor tan asfixiante que hace en Madrid (y me consta que en otros puntos de nuestro país), casi no apetece ni salir a la calle. Por alguna extraña razón, cuando volví hace sólo una semana, di por finalizado el verano, pero qué equivocada estaba. Lo que no podemos negar es que septiembre tiene el poder de poner un punto y final, de tener ese sabor a año nuevo que tan apetecible puede resultarnos, al menos a mí. Me gustan las cosas nuevas y, sin ninguna duda, mi vida se enfrenta a un montón de ellas.

En los últimos meses (prácticamente en el último año), además de tener un poco abandonado el blog, me han pasado un montón de cosas que han cambiando el rumbo de mis días, algunas muy bonitas, otras no tanto, pero os aseguro que he cogido, para que se queden conmigo, sólo las buenas experiencias de cada una de ellas. Este ha sido un verano distinto y, de un modo u otro, muy bonito. El mes de agosto lo he pasado entero con mi familia en el campo, entre el silencio de los árboles y la piscina, entre el cariño del hogar, entre las páginas de un libro del que hoy, por supuesto, os tengo que hablar. Hoy, te lo quería contar…

Los que lleváis tiempo aquí ya me vais conociendo un poco y sabéis, casi al mismo nivel que lo saben mis amigos, que leer es la gran pasión de mi vida. Por eso, cuando alguien tiene que hacerme un regalo sabe que hay algo que nunca puede fallar. En julio de 2015 (sí, he tardado un año en cogerlo y devorarlo), mi amiga Rebeca decidió regalarme por mi cumple su libro favorito y aunque por alguna extraña razón lo dejé un poco apartado, ahora sé que él esperó a ser rescatado de mi estantería justo hasta que hubiese llegado el momento perfecto para que nos conociésemos, porque no pude presentarme a Sira Quiroga en un momento más crucial de mi vida…

Quizás algunos, al leer su nombre, ya sabéis que voy a hablaros de El Tiempo Entre Costuras porque quiénes lo hayan leído, estoy segura, no lo olvidarán jamás. Sólo me hicieron falta unos días para conocer la historia de su protagonista de principio a fin, para recorrer las calles de un Madrid gris y triste o para viajar a Tánger y Tetuán y saborear el aroma de sus calles, visualizar el color de sus casas o acariciar la tela de la ropa de sus personajes. Sira Quiroga se ganó mi respeto y mi amor en cuestión de pocas páginas, ¡qué maravilla de mujer! Valiente, guerrera, luchadora, con miedos, por supuesto, pero con la fortaleza de afrontarlos y, sobre todo, superarlos. Marcus Logan consiguió robarme el corazón incluso a mí y la maldad de Ramiro me partió el alma en dos. Una historia llena de magia, vida, almas y personalidades totalmente distintas, personajes históricos vistos desde otro punto de vista, una historia capaz de conquistar a cualquier ser humano, una historia a la que María Dueñas supo darle vida de la forma más exquisita.

Quizás sabéis que la novela tuvo tanto éxito que Antena 3 decidió llevarla a la pequeña pantalla y cuando cerré su última página decidí que también quería verla en esta versión. Siempre que veo una película o una serie basada en un libro que me ha gustado tanto como este, sé que nada podrá ser igual pero en contra de mis prejuicios he de admitir que la adaptación televisiva es una auténtica gozada. He visto ya todos los capítulos y sé que nadie podría haberle dado vida a Sira (y a Arish) como lo hizo Ariana Ugarte. Qué dulzura, qué elegancia, qué fortaleza… ¡Inmensa! Rosalinda Fox y su vitalidad, Dolores y su bondad, La Matutera y su atrevimiento, doña Manuela y su saber estar, Manuel Da Silva y su sonrisa envenenada, Marcus Logan y su amor incondicional (interpretado por un Peter Vives brillante), han sido encarnados tal y como los había imaginado y nada ha podido ser más especial que disfrutarles también de este modo, ¡qué pasada!

Septiembre siempre supo a año nuevo y no encuentro mejor momento para que, si todavía no conoces esta historia ni a sus personajes, corras a cualquier librería y te hagas con un ejemplar de El Tiempo Entre Costuras porque estoy segura que te enamorarás. Si por lo contrario, ya conoces la historia, estaré más que encantada de saber qué te pareció y si te enamoraste de sus páginas tanto como yo.

He vuelto, y esta vez para quedarme.

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

 

Nada que decir (y tanto que contar…)

No hay nada que me parezca más bonito y mágico que las casualidades, ni nada que me guste más que la gente que tiene ilusión y pone todo su empeño por conseguir hacer de sus sueños el marcapasos de su … Sigue leyendo

La Habitación

Cada vez que oigo decir “La Habitación” me es inevitable acordarme de esa preciosa canción de Vega que llegó a mi vida cuando sólo era una adolescente. Esa canción que me hizo sonreír y llorar durante años y que todavía hoy me llega al alma cuando suena en mi radio…

La Habitación de la que habrás oído hablar estos días, seguro, es esa película que se ha llevado grandes premios como Globo de Oro o el Óscar a Mejor Actriz para Brie Larson, que está brillante. Hoy es de esta obra de arte de la que quiero hablar, hoy te lo quería contar…

Quienes me conocen bien saben que los casos de secuestros me traumatizan de verdad, me duelen en el alma y me producen escalofríos. Estos hechos hacen que me pregunte durante mucho tiempo qué impulsa a un ser humano a creerse con el derecho de robarle a una persona su vida, de robar a esa persona de la vida de quienes la rodean y de robar la libertad de alguien, bajo el sufrimiento y el dolor. No lo puedo entender. Me supera, me parte el corazón. ¿Qué derecho tiene nadie de robarle un hijo a sus padres? ¿Qué derecho? Es algo tan salvaje que se escapa de mi mente y lo triste es que es algo que se repite cada día en cualquier rincón del mundo. La irracionalidad del ser humano, una vez más.

Últimamente veo muchas películas, porque me encanta ver películas (aunque mi amiga Valeria crea que no). Es cierto que no suelo ir mucho al cine, que soy más de disfrutar del séptimo arte en casa, con el sofá y la manta, es un placer absoluto para mí. Mi mejor opción (y si es con chocolate o helado, mejor, para qué negarlo). No obstante, no significa que no me guste, de vez en cuando, el plan de disfrutarlo a lo grande, en una pantalla inmensa que te hace estar más cerca de la historia, si cabe, con unas palomitas, un refresco y una sala llena de desconocidos (bueno, “llena”). Cuando vi el tráiler de La Habitación supe que necesitaba verla, asocié de inmediato la historia a un caso real que vio la luz hace unos años y no me equivoqué. La película, basada en la novela de Emma Donoghue que lleva el mismo nombre, hace referencia a la terrible historia de Elisabeth Fritzl, la austriaca que estuvo secuestrada durante 24 años por su padre, con siete hijos como una de las consecuencias. Aterrador. La historia llevada al cine es mucho más light, pero no menos dolorosa, sobre todo, porque han cuidado hasta el mínimo detalle y porque la interpretación de sus protagonistas es tan brutal que hace que se te vaya encogiendo el corazón a medida que la historia avanza y te deshaces entre sonrisas tristes y lágrimas.

Jacob Tremblay, el pequeño actor que da vida a Jack, es el ángel y alma de la película, sin desprestigiar, bajo ningún concepto, el trabajo de Larson. Os prometo que lloré tanto viendo su historia… Viviendo, como si fuese mío, el sufrimiento de ese encierro, el horror de cada noche y admirando a una madre llena de fuerza para hacer que, a pesar de todo, su hijo crezca inmensamente feliz, olvidando que vive encerrado en unos escasos metros cuadrados. Salí del cine con el corazón encogido, lo tuve así durante días… Y esa es la magia del arte, la de crear historias que se te quedan dentro, que te remueven las entrañas, que te hacen preguntarte aunque sea durante segundos por qué la vida, a veces, es tan jodidamente jodida. Y entonces te das cuenta que no puedes quejarte, que tienes todo para ser feliz, que tienes suerte, que eres libre…

Por favor, no dejéis de verla. Disfrutad con ellos del dolor y la felicidad, de la buena energía que las personas son capaces de desprender, a pesar de cómo es su vida. Disfrutad la experiencia de vivir una de esas historias que se te clavan dentro, de esas que aunque pase el tiempo, siempre te removerán el corazón… ¡Es maravillosa!

Buenas noches, amigos.

Lorena.

 

 

 

 

Gracias, 2015…

No, no me podía ir del 2015 sin pasar antes por aquí. Y sí, lo sé, en 2016 una de las cosas más importantes es retomar la rutina del blog, las historias de cada semana y empezar a escribir todos esos relatos que aún quedan por contar… Pero no, no me podía ir de 2015 sin pasar por aquí, porque 2015 ha sido un año hecho de sueños (algunos todavía por asimilar), y en 2015, por supuesto, vosotros también habéis sido protagonistas… Y, cómo no podía ser de otro modo, hoy te lo quería contar.

“Para el 2016 quiero un juego de verdad o mentira en el que sólo gane el que tiene el corazón en la mano. Quiero viajar(te) más, coger más aviones, recorrer más carreteras y encontrar nuevos sitios en los que pensar: aquí me quiero casar yo. Quiero beber más agua y aficionarme a algún deporte, running, quizá escalar. Quiero tener menos miedos. Estar más segura de que ya no los tengo. Quiero seguir recordando la voz de los que ya no están y la forma de sus manos. Para el 2016 no quiero prepararme, quiero que me pille por sorpresa, que reviente en luz y en letras por leer y plasmar. Quiero que el 2016 venga en forma de beso, de onza de chocolate, de un tinto de verano en la terraza de un bar. Quiero que me explote en las venas las ganas de más, que la sangre cuente dos historias, la que está y la que vendrá. Quiero un 2016 que cada poco tiempo me escriba en la agenda: “te reto a…”, yo prometo no fallar”, escribía @Microarte_ en su perfil de Instagram y su página de Facebook. Yo, sin duda, no podría haberlo dicho mejor.

2015 me ha regalado cosas realmente mágicas y maravillosas, me ha regalado viajes a ciudades increíbles como Nueva York, París o Barcelona (las calles de La Sombra Del Viento), ratos, por supuesto, en l’Olleria y Madrid. 2015 me ha dado el trabajo que tanto he soñado y deseado y trabajar en Meltyfan me hace mucho más feliz de lo que jamás habría imaginado (Gràcies Javi, per aquella día que vas pensar en mi i em vas canviar la vida!). 2015 me ha dado despedidas, sonrisas y lágrimas, me ha dado la confianza de los amigos que ya estuvieron en 2014, de todos aquellos que año tras año se quedan con tanta fuerza. 2015 me ha dado historias, reencuentros inesperados, emociones a flor de piel, me ha dado sorpresas, sonrisas en la terraza de un bar, risas que alegran el alma, me ha dado recuerdos bonitos que he guardado con llave en la memoria y también se ha llevado otros que, seguro, no volverán jamás. 2015 me ha dado amor incondicional, por parte de aquellos a los que he elegido, poco a poco, para que formen parte de mí, de mi vida y mis días. 2015 me ha seguido dando los abrazos de Cometo, me ha emocionado con alguna canción, me ha hecho llorar con alguna película y me ha hecho perderme en las páginas de unos cuantos libros. 2015 me ha regalado muchas cosas, y en 2015 Me Olvidé Decir Te Quiero, en forma de papel, ha llegado ya a muchos de vosotros, y ese ha sido mi mayor sueño que ahora, por fin, es una realidad.

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2015 me ha acercado a personas que jamás he conocido y posiblemente jamás conoceré, 2015 ha hecho que nos leamos, despacio, para saborearnos bien. En 2015 también me han pasado cosas malas, por supuesto, me he tenido que despedir de personas a las que jamás podré volver a ver, pero que guardaré por siempre en el corazón. Por eso, porque la vida es corta y el tiempo vuela más rápido de lo que a mí me gustaría, de 2015 yo me quedo sólo con lo bueno, con los ratos y las personas que me han regalado su energía y que me han encendido el alma con un abrazo, un beso, una caricia o un simple mensaje de texto. 2015, creí en ti desde el principio, estaba más que convencida de que me ibas a sorprender y he de reconocer, orgullosa, que superaste todas las expectativas.

2016 se acerca, en unas horas está aquí, queridos míos, y a 2016 pienso cogerlo con las mismas ganas, con la misma ilusión, con los mismos sueños, porque sólo así estoy segura que será un año inolvidable. En 2016 tres de mis grandes amigas darán a luz, otra se casará, viviremos momentos mágicos, también vendrán los que nos harán llorar, pero nos quedaremos juntos, superando cada obstáculo y disfrutando cada día como si fuese el último… ¿Estáis preparados? Pues que venga, que venga, que tenemos muchas ganas.

Gracias, 2015, millones de gracias. Nos leemos el año que viene… 😉

Feliz fin de año, felices fiestas y feliz vida, amigos.

Lorena.

Inuit, esos músicos de verdad…

He de confesar que estoy muy nerviosa. Como bien sabéis, el 25 de noviembre (sí, dentro de 3 días) presento Me Olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos en la librería Cervantes (c/Pez, 27), en el céntrico barrio de Malasaña, en Madrid. Presentación a la que estáis invitadísimos todos y que estará llena de sorpresas, libros, cariño y risas… Pero hoy no vengo a hablar de mí. Hoy vengo a hablar de la música, porque no he encontrado mejor forma de empezar un domingo, y porque no conozco a nadie que sepa vivir sin ella.

Hoy te quería contar que mi amigo Mario es uno de esos músicos de verdad, y el por qué de esta afirmación lo iréis entendiendo a lo largo de este post. Pero empecemos por el principio. Todo esto se remonta al 2003 o 2004, no lo recuerdo bien. Él entró en un conocido programa de televisión y yo le conocí a través de él. Quienes me conocen, saben que OT caló muy fuerte en mí, bueno es que Operación Triunfo caló hondo en toda una generación, marcando un antes y un después en la historia de la tele de nuestro país. Su primera edición me pilló con sólo 13 años y claro, fui el objetivo perfecto para entrar dentro de ese fenómeno fan al que, por supuesto, no me quise resistir, y es que yo, siempre he sido muy fan. Mario estuvo en la tercera edición, la última de Televisión Española, por entonces, sólo éramos unos niños, el de Zaragoza, yo de Valencia… Pero la vida, mucho tiempo después, nos convirtió en grandes amigos.

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Nos conocimos por casualidad bastante antes de que yo llegase a Madrid y cuando me instalé en sus calles, él era una de las pocas personas que conocía en esta ciudad. Puedo decir, muy orgullosa y agradecida, que fue uno de esos amigos que me “salvaron la vida” (al menos la social) en esos primeros meses de soledad en la capital. Nos convertimos en muy buenos amigos y compartimos muchas horas de risas, cafés, historias… Y música. Nunca había conocido a nadie que insistiese tanto por conseguir sus sueños, y quizás, de algún modo, consiguió contagiarme su ilusión para luchar, un tiempo después, por los míos, quién sabe. Cuando ni si quiera sabía cómo pagaría las facturas a final de mes, él lo seguía teniendo claro: quería vivir de la música, quería vivir de las canciones, de las melodías, de los conciertos. Y, así, cada mañana, se despertaba y se sentaba con su guitarra frente al ordenador, a componer, a ver, día tras día, cómo se agotaba la esperanza, y cómo, quizás, nadie les daría una oportunidad. Y digo les, porque por aquel entonces, Mario, Toño, Jimmy y Siddartha ya se habían embarcado en el grupo que iba a dar forma a sus sueños y en el grupo que, tarde o temprano, debía hacer que el mundo conociese lo que ellos hacían, música de verdad, de esa que se crea con la ilusión, el esfuerzo, el talento y la magia… como ingredientes principales. Y Inuit, cocinando a fuego lento y sin descanso, hace sólo una semana presentaba su segundo trabajo discográfico, y yo, mientras les escuchaba entre la gente y sus aplausos, me acordé de todo esto y no pude ser más feliz.

Tras ganar un concurso en el estudio TAF de Móstoles, Inuit veía cómo su sueño se iba haciendo realidad y, así, grabaron su primer disco, que tuvo como consecuencia un montón de bolos y conciertos que les ha llevado a recorrer las carreteras de nuestro país. Ellos siguen soñando con algo tan básico y esencial como vivir de lo que saben hacer, de esa pasión que les acelera el corazón, de la música, de esa misma música que el resto de la humanidad tampoco sabemos vivir sin ella. Sin rendirse ni un segundo, llega su nuevo trabajo, Correr Despacio, que se presentó la semana pasada en El Perro De La Parte de Atrás del Coche, una sala de conciertos en Malasaña. Entre amigos, conocidos y las seguidoras de su banda, nos regalaron un concierto increíble, en el que el trabajo bien hecho fue la pieza esencial de ese puzzle que ellos mismos han ido montando.

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Mis ganas de comerme el mundo, Fue un placer, Perfeccionándome, No te escondas y ¿Dónde estás?, son los nuevos temas que componen este proyecto, del cual encontraréis toda la información en su web Inuit.es o en sus redes sociales como Facebook (Inuit) o Twitter (@inuitoficial). Os recomiendo seguirles, porque a pesar de que llevan muchos años dándole duro a todo esto, luchando contra un mundo que cada vez es más complicado, os aseguro que su camino no ha hecho más que empezar, además, tuve la suerte de ir con Sergio a verles (que él de música entiende un buen rato) y al salir sólo me dijo: “¡Son muy buenos!”, y yo afirmé: “Y luchadores”.

Ya sabéis que me enamoro del arte, que me encantan las personas que lo convierten en su forma de vida. Me gustan mucho las personas que luchan por sus sueños, saltando cada obstáculo y, sobre todo, me gusta la gente que trabaja poniendo tanta pasión y consigue, como no puede ser de otro modo, que el resultado final sea, simplemente, brillante. ¡Felicidades y mucha mierda, Inuit!

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Feliz domingo, amigos.

Lorena.

Alma En Pena para un otoño de castañas calentitas…

El otro día me preguntaban en Twitter si es que ya no iba a volver por aquí… 😦 Sí, os prometo que siempre voy a volver. No sé que me pasa últimamente, supongo que es la falta de tiempo y la necesidad de apagar el ordenador cuando llevas todo el día pegada a él, pero no son excusas y prometo que pronto encontraré el equilibrio entre el blog y mi trabajo y volveré a mi rutina, y estaremos aquí compartiendo historias de forma habitual, como siempre hemos hecho… También sois muchos los que me preguntáis por el libro y su presentación. Estoy buscando el lugar ideal, en el centro de Madrid, creo que la fecha se cerrará en unos días, así que paciencia y millones de gracias a todos los que mostráis tanto interés e ilusión (me hacéis muy feliz). Os aseguro que tengo más ganas que nadie…

Hace un rato, he bajado con Cometo al parque, me he encontrado con los charcos, las hojas amarillas y marrones sobre el césped, y me he visto con el frío en la cara, acurrucada tras mi abrigo, con mis botas, combatiendo una estación que he de reconocer que me gusta, y mucho. Porque a mí el otoño me sabe a un té caliente, a un buen cappuccino, un chocolate y el olor a castañas calentitas en el centro de Madrid. El otoño me sabe a luces encendidas, al aroma del hogar y a la manta y el sofá… Y a mí eso  me encanta. Con el otoño, llegó la nueva colección de Alma en Pena, una firma de zapatos que sabéis que me encanta y cómo no, estuve en el evento de su presentación porque no quería perderme nada. Allí, una vez más, la elegancia y sofisticación se unieron a la comodidad para crear un calzado que se convierte, automáticamente, en una obra de arte.

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Vanesa Romero, imagen de la firma

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Mónica, directora de la firma, junto a las actrices Cristina Medina, Vanesa Romero y Eva Isanta, conocidas por sus papeles en La Que Se Avecina

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Mónica, directora de Alma en Pena, junto a las actrices Arancha Martí y Lucía Ramos

Nadie quiso perderse este evento que, esta vez, se dio en el espacio T-Doy La Luna, en pleno corazón de Chamberí, en el centro de Madrid. Pieles, hornas confortables y una confección artesanal son los ingredientes principales que dan formas a un sin fin de botas, botines y zapatillas que no dejaron a nadie indiferente, y es que numerosos periodistas y bloggers especializadas en moda, además de caras conocidas como la actriz Vanessa Romero, imagen de la marca, o las actrices Lucía Ramos y Arancha Martí, estuvieron en uno de los mejores eventos de la temporada. Una tarde fantástica entre moda, buena comida, bebida, risas y amigos que no podían hacer del espacio un lugar más perfecto para conocer las nuevas propuestas de la marca. Como siempre, N-Boca Comunicación, supo estar a la altura organizando un evento que, sin duda, nos encantó a todos los que pudimos disfrutar de él.

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¡Felicidades a las chicas de Nboca Comunicación por una organización excelente!

Alma en Pena nació en el verano de 2006, empezando como un proyecto pequeño y convirtiéndose, en el tiempo, en una empresa fuerte y consolidada, dando nombre al calzado que muchísimas mujeres elegimos para nuestro día a día o para nuestros momentos más especiales. Su venta, además de en un montón de tiendas físicas de todo el mundo, también está disponible online, así que os invito a pasear por su web y descubrir las maravillas que presentan para este otoño-invierno, porque estoy segura que, tras ver las imágenes, querrás hacerte con unas. Así somos nosotras, chicas que queremos pisar muy fuerte, ¿verdad?

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Unos días después de la presentación de la nueva colección, Cometo y yo lucíamos mis nuevas Alma En Pena por las calles de Malasaña, ¡nos encantan!

Buenas tardes, amigos.

Lorena.

Y le quise ver mil veces…

Reconozco mi poca vergüenza. Os prometo que la reconozco, que no tengo excusas, sólo falta de tiempo…

El otoño ha llegado con fuerza a Madrid y si os digo la verdad, a mí me gusta tener que ir sacando ya alguna que otra chaqueta del armario, la chupa de cuero, los botines o los pantalones largos. Esta mañana he empezado mi lunes trabajando desde aquí, mi ciudad adoptiva, que cada día me tiene más enamorada (aunque parezca imposible) y la terminaré trabajando desde Italia, con una compañía inmejorable y eso, además de que no puede sonar mejor, es una auténtica gozada. A estas horas he decidido prepararme un té verde calentito, mientras el fresquito golpea la ventana y yo me reencuentro con vosotros. ¿De qué forma? Pues a través de un relato… No he encontrado otro modo. Es lo único que hoy necesitaba y os quería contar…

Leed despacio, como siempre, acurrucaos en el sofá y dejar, por unos minutos, de lado la realidad.


 

Y le quise ver mil veces…

Aquel día le vi, y fue casi sin querer, pero fue inevitable. Le vi. Y eso que aquella mañana mi amiga Sofía me había advertido de lo que iba a suceder. Ella sabía que yo saldría de casa y que le iba a ver, y yo negaba, y me reía y le decía que no, que tenía otros planes, que no me iba a cruzar con él… Que no iba a hacer por cruzarme con él. Pero lo hice, como lo llevaba haciendo durante meses…

Nos habíamos conocido muchos años atrás. Habíamos coincidido en una academia de verano de esas a las que van los pringados que, de un modo u otro, necesitan tener una obligación para levantarse cada mañana y estudiar para septiembre. Nos caíamos bien, es que eso se notó desde el principio. Por aquel entonces, él tenía novia y yo… Yo no tenía absolutamente nada. A ver, pongámonos en situación… Compartimos unas clases particulares en una academia, un verano, nada más (¿qué más da si tenía novia o no?). Si digo que no me fijé en él, miento. ¿Quién no se fijaba en él? Era prácticamente imposible. No sé muy bien si por esos ojos verdes, si por esa piel tostada, si por ese pelo despeinado o por esa chulería que le hacía irremediablemente adorable (y apetecible). Compartimos risas y buenos momentos, después, obviamente, cada uno siguió su vida. Es más, creo que él se fue de la ciudad… Bueno, no lo creo. Lo sé. Se fue a estudiar fuera y no le volví a ver hasta que no pasaron dos años, en una noche de viernes, por pura casualidad. Los dos nos alegramos de vernos, es verdad. Se notó, incluso desde lejos. Nos dimos un abrazo, nos regalamos las sonrisas que se regalan aquellos que hace tiempo que no se ven y se caen bien y estuvimos un rato charlando, entre risas, entre tonterías y complicidad (imposible negarlo). Dijimos de tomar un café, algún día, ya nos llamaríamos, si eso…

Pues me llamó. Me llamó al día siguiente y acepté. Lo que iba a ser un café se convirtió en horas y horas de cañas, de risas, de miradas, de parar el tiempo, de olvidarse del planeta, de paseos sin objetivo, sin lugar de destino, de entrar a cualquier bar, de no mirar alrededor, de comernos con los ojos y divertirnos… Sobre todo eso. Y me besó. Y yo he de reconocer que aquel beso me gustó, no sé muy bien si me gustó de verdad o si fueron las cañas de más, pero me gustó, aunque casi ni lo recuerde. Después de ahí, creo que no hablamos mucho más, y no porque no nos hubiese gustado aquella tarde… Es más, creo que los dos decidimos guardarla como una tarde especial en nuestros recuerdos y dejarla ahí, bien conservada, para no estropearla… A veces, hay cosas que pasan en un momento concreto y deben quedarse así, como si las guardases dentro de una cajita y mucho tiempo después la volvieses a abrir, para mirar que sigue igual y sonreír y saber que el tiempo no ha estropeado absolutamente nada. Es difícil, pero a veces, hay cosas que deben pasar así. Creo que alguna vez nos volvimos a escribir, cada muchos meses, un qué tal estás o un hoy por casualidad me he acordado de ti… Sin más. Dos frases cordiales llenas de cariño (y pasión) cada cierto tiempo. Y así, durante cuatro años más.

Yo habría seguido tranquilamente con mi vida, con mi rutina, con mi casa y mi pareja. Habría seguido con la tranquilidad, respirando la paz en mi zona de confort. Habría seguido así mucho tiempo, habría seguido así para siempre y seguramente habría sido cobarde, ¿verdad? O quizás aburrida, o quizás jamás habría descubierto que se puede estar mejor. Bueno, olvidemos la última frase, porque realmente siempre se puede estar mejor, y peor, así que a veces, es mejor quedarse como uno está, pero es que otras veces… Es que otras veces el destino te manda una señal y sabes que todo tiene que cambiar, aunque te vuelvas completamente loca.

Cuatro años después nos encontramos en un bar, él con un grupo de amigos solteros y depredadores y yo con un grupo de amigas guapas y divertidas. Obvio, no fue difícil entablar conversación, ni si quiera alargarla a unas horas, ni si quiera acabar todos juntos de copas y fiesta por el centro de la ciudad… Y aquella noche nos reímos, como lo habíamos hecho cuatro años atrás, y nos mirábamos y sabíamos que ocurría algo, algo inexplicable, algo que nadie podía entender, aunque todos lo viesen, seguramente, más claro que nosotros… Insistimos en decirnos que no nos habíamos echado de menos y, entre risas, incluso que habernos reencontrado había sido el error del fin de semana. Y resulta ser que aquel error nos llevó a querer vernos prácticamente cada día.

A medida que le veía a él, mi  rutina se desmoronaba, mi zona de confort se iba haciendo pequeña y empezaba a ahogarme. Cada vez que le veía quería salir corriendo y decirle que me llevase de bar en bar, a tomarnos unas cañas, a reírnos y a besarnos como aquel día en el que sólo queríamos tomar un café. Pero no lo hicimos, nunca lo hicimos. Porque no nos besamos, ni una sola vez. Compartimos muchos cafés, muchas risas y compartimos una complicidad que de forma egoísta nos iba uniendo cada vez más. Una complicidad que pedía a gritos que nos abrazásemos, que nos apretásemos fuerte las manos y que apostasemos por aquello que sentíamos, que era lo que, realmente, nos estaba manteniendo vivos. Y sentíamos miedo, sin decirlo. Porque nunca se lo dije. A veces, no es necesario decirlo. Supongo que me lo leía en la mirada, como yo leía en la suya que quería que fuese suya, sólo suya, para siempre, de nadie más…

Hubo un día en el que no podía más. Llevaba viéndole meses, fingiendo que era mi mejor amigo, fingiendo que era su mejor amiga, fingiendo que no nos queríamos devorar, arrancar la ropa a mordiscos, tocarnos el alma con las manos y desgastarnos los labios y la piel a besos… No podía quitarlo de mi cabeza y sólo sonreía si él me escribía un mensaje. Tenía un problema, un verdadero problema. Aquel día le vi. Y fue casi sin querer, pero fue inevitable. Me había prometido no escribirle, no verle, distanciarme. No hacer daño a quien creía en mí, hacer caso a la razón… Pero, inevitablemente, yo siempre fui más del corazón. Le vi con la excusa de darle algo, su libro favorito, en edición limitada que lo había encontrado por casualidad, cuando se habían agotado todos los ejemplares y yo estuve semanas para comprar uno. Y sólo nos dimos un abrazo, y le sentí temblar como temblaba yo. Y entonces, sólo entonces, supe que había dos caminos: salir corriendo para siempre o quedarme y arriesgar. Pero joder, alguien saldría herido, y yo, sólo yo, sería la culpable.

Aquella noche volví a casa, y ni el abrazo de mi gata me dio el calor que yo esperaba. Encontré mi casa, mi hogar, completamente vacío, desangelado, frío. Miré a la persona que más había querido jamás, a quien más me había querido, y me pregunté cuánto tiempo hacía que habíamos dejado de estar enamorados y le abracé en silencio. Y lloré, lloré mucho. Y no nos hicieron falta las palabras, porque hacía mucho que lo nuestro no funcionaba, porque hacía demasiado que sólo éramos amigos… Y nos hicimos daño. Claro que nos lo hicimos y nos echamos de menos, y seguramente lo haremos el resto de nuestras vidas… Pero, a veces, el destino te manda una señal, y te pone a prueba, y tu eliges cómo jugar, qué hacer, si arriesgar o quedarte cómodo, sin más.

Y yo arriesgué. Y le llamé. Y le vi. Y sólo me hizo falta abrazarle para sentir que ya nada era igual, que todo había cambiado, en cuestión de segundos, que ahora podía ser verdad, que podíamos tener la oportunidad de intentarlo, sin saber si saldría bien o saldría mal… Y me vio llorar, y lo entendió todo. Y me besó. Aquel día me besó. Me volvió a besar, como hacía años que no lo hacía nadie, como si el mundo se acabase allí mismo, y me abrazó y supe que no quería que me soltase jamás… Y tuvimos que intentarlo.

Y pasaron los años. No sólo cuatro, pasaron ocho, y diez… Y un día nos casamos, rodeados de amigos, en una fiesta divertida, sin excentricidades ni extravagancias. Fue una ceremonia bonita, llena de cariño, de pasión y de mucho amor… Y tuvimos dos hijos, y son maravillosos, con los ojos de su padre y la mirada de su madre. Y los miro, y entonces sé que lo hice bien y que hay veces que, simplemente, la vida te manda una señal, un aviso, de la forma que sea… Por un encuentro casual, un tropiezo o una canción. Hay caminos que aunque no los quieras recorrer, si están en tu destino, acabarás por perderte en ellos. Y le vi, y menos mal que le vi. Y que le quise ver mil veces…

destino

Buenas noches, amigos.

Lorena.

¡Que empiece la aventura!

Desde el 17 de agosto sin actualizar… No debería tener excusa, pero la tengo. Estuve en casa. No recuerdo la última vez que pasé tanto tiempo en l’Olleria, seguramente aquello fue antes de irme a vivir a Elche… Desde entonces, todo en mi vida cambió, aunque siempre he guardado las cosas esenciales de ella, pero a mi alrededor todo empezó a ser distinto. Septiembre es, para mí, como un año nuevo, donde, tras el verano, alguna aventura nueva empieza. En el septiembre de hace diez años dejé mi pueblo y mis calles para empezar a estudiar periodismo en la ciudad de las palmeras, ciudad a la que, casualmente, mañana vuelvo unos días, después de demasiados meses sin visitarla, porque el sábado se casa una de mis amigas más especiales, porque nos hacemos mayores y porque ya sonrío al pensar en toda la gente que me voy a reencontrar desde el momento que el ave me deje en la estación de Alicante. Entonces, te paras a analizarlo todo un segundo y te das cuenta que la vida pasa demasiado rápido y lo que más me reconforta es mirar hacia atrás, mirarme ahora y decir: me gusta, no ha sido nada fácil, pero lo que ahora mismo veo, me gusta, y es más, quiero que mi futuro sea todavía mejor. Vivir con esa ilusión cada día, es el motor que me hace sentir las cosas de forma tan intensa, os lo prometo.

Un septiembre también, de hace ya cinco años, me vine a vivir a Madrid, con una maleta cargada de sueños, de los cuales algunos fueron pisoteados bastante fuerte, pero supieron escaparse y resurgir… ¡Ay, Madrid! La ciudad que me ha dado tantas, tantas cosas, la ciudad que me ha visto crecer, que me ha regalado momentos mágicos, que me ha regalado ilusiones, cafés en solitario, amigos esenciales, tardes de silencio, días de mucho ruido, la ciudad que me ha regalado el amor, en todos los sentidos. Cuando estaba en l’Olleria, hace sólo unas semanas, no quería que agosto se acabase, quería alargarlo más y de hecho, lo hice. Me daba pena dejar atrás a mi familia, el olor de mi casa o a mis amigas de siempre, pero una vez volví aquí, hace sólo unos días, entendí lo mucho que lo había echado de menos. Estoy completamente enamorada de esta ciudad de la que no quiero marcharme, al menos, en mucho tiempo… En verdad, hace tanto que no vengo por aquí, que hoy te quería contar muchas cosas…

Este podría ser un septiembre también especial, de hecho, lo es. Lo único que si intentas mirar un poco al mundo que nos envuelve, te das cuenta lo podrida que está la sociedad y lo podridos que están algunos seres humanos… Entonces, tienes ganas de volver hacia atrás y encerrarte en casa y un segundo después quieres salir a gritar y a decirles a todos esos que se creen con derecho a limitar a los demás, que no lo pueden hacer, que no queremos que lo hagan. Vivimos en un mundo que cada día me da más asco y vergüenza, donde los seres humanos son tratados como objetos sin importancia para los que son capaces de prohibirles la entrada en un país como si fuesen verdaderos delincuentes, o donde un periodista es capaz de tirar al suelo a una persona en el peor momento de su vida, solamente por captar una imagen… Vivimos en un país donde se persigue a un animal por la calle, con lanzas en la mano, como si de la prehistoria se tratase, para torturarlo hasta que agonice, para maltratarlo hasta matarlo, por pura diversión… Y no, por favor, ya no quiero oír la palabra tradición. Entonces me duele el alma, y me duele el corazón… Y tengo náuseas, lo prometo, y siento rabia, impotencia, dolor, asco… Y me enfado, me enfado mucho.

Hoy, tras tanta reivindicación en las redes sociales y tantas lágrimas al ver las noticias, he decidido que yo quería volver a Lo Que Te Quería Contar con una buena noticia. Porque septiembre es un mes especial, es un nuevo año, y es el comienzo de muchas cosas… Y septiembre de 2015 es el inicio de mis sueños hechos realidad, de mi mayor aventura, de la ilusión de mi vida y de algo que muchísimos de vosotros, sin ni si quiera conocerme, habéis vivido con muchas ganas durante meses, al otro lado de la pantalla. Septiembre de 2015 es el pistoletazo de salida… Y hoy, me hace especial ilusión enseñaros a “mi primer hijo”. Me Olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos va a estar en breve en vuestras manos. Ahora mismo, se está buscando el lugar ideal para hacer su presentación en Madrid y a partir de ahí, podréis acariciarlo con calma, recorrer cada una de sus páginas y hacer que nos sintamos, si cabe, más cerca.

Os presento, muy emocionada, la portada de mi libro, una portada que me encantó al cien por cien en el momento que la vi, cuando supe que los chicos de Círculo Rojo habían hecho una elección perfecta, simbolizando con algo tan sencillo como nuestras manos, todo lo que este libro guarda: amor, desamor, ilusión, sueños, dolor, tristeza, amistad… Una imagen que abarca cualquiera de mis historias, que sabéis de sobra que también son vuestras. Necesitaba volver así, con fuerza, para contrarrestar, al menos por un segundo, todo lo que está pasando ahí fuera…. Me muero por saber qué os parece, me muero por que lo tengáis en vuestras manos o por que me acompañéis el día que lo presente…. Aquí os la dejo, toda vuestra…

Portada de Me Olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos... ¡Espero que os guste!

Portada de Me Olvidé Decir Te Quiero y otros relatos cortos… ¡Espero que os guste!

Os iré informando de todos los detalles la presentación a través de mis redes sociales, a través de mi perfil en Twitter y mi página de Facebook… Ahora sí, amigos… ¡Que empiece la aventura!

Buenas noches desde Madrid, la ciudad que te enamora y te atrapa para siempre.

Lorena.